lunes, 14 de abril de 2014 | By: Abril

Papo


Los primeros recuerdos de mi infancia tienen que ver con escapar de la guardería dos veces, llorar al lado de una reja, no querer que te fueras en el bus que paraba justo en frente de la esquina que habías conseguido con el sudor de tu frente y tu sagacidad como hombre de negocios, me quedaba llorando mirando por la ventana como te ibas en el bus. Eras sin lugar a dudas motivo de mi alegría y vida.
Recuerdo que lo que sentía por ti era una mezcla de amor y miedo, que fue convirtiéndose al paso de los años sólo en amor.
Me encantaba recostarme sobre ti cuando era niño y jugar a contarte los lunares de la espalda, siempre admiré tus abdominales, me parecían fuertes, en modo barriga eran extraños pero muy fuertes.
Y cada vez que tenia un logro en los estudios me dabas un beso que siempre me pareció extraño, pero el último que me diste hace 20 días me pareció lo más hermoso que haya recibido de ti.
Solía pedirte los mejores zapatos, los mejores guayos, la mejor ropa, y me diste la ropa más económica y la más cómoda, me enseñabas sencillez y el aprecio por las cosas, a valorar lo poco. Me parecía bonito como te vestías, usabas palabras que otros no usaban, a pesar de que también dijeras una palabrota cada 5 minutos, fui encontrando en tí tanta sabiduría, que aún me queda por estudiar de ti.
En mi sangre ha estado inmersa la violencia que te aconteció cuando eras niño, una rebeldía agresiva, un pensamiento firme, una inteligencia llena de sentido común y unos sentimientos muy hermosos. 
Cada una de estas cosas las supiste, a pesar de tus pocos estudios, guiar y estimular, para la violencia aprendiste a controlar la tuya, para mi rebeldía me diste libertad, para mi pensamiento firme aprendiste a valorar mi opinión (faltaron detalles, pero nadie es perfecto viejo), el sentido común fue tu ejemplo y los sentimientos hermosos fueron tus ricas recetas, los jugos de infinitos sabores, tus madrugadas por mi...
Cuando la vieja falto, te quedaste al frente como un guerrero, vinieron las tías al apoyo y quedaron faltando algunas cosas que uno obtiene de la mamá y que me ha tocado obtener por los libros, y los rechazos, las lecciones que faltaron las he tomado en los cursos intensivos que nos da la vida.
Así también fuiste mi mamá, ¿Cómo se te ocurrió ser también mi mamá? ¡Qué fuerte fuiste siempre! Si soy fuerte fue porque no tuve quien me enseñara debilidad y no pretendo aprender otro arte diferente al de ser fuerte.
Si había que hacer algo lo hacías, si había que comprar algo lo comprabas, en actuar encontraba tu esencia, en actuar estás tú cada vez, ese legado lo estoy poniendo en practica, me levanto cada día desde que no estás y miro que le falta al día y voy y lo pongo, trato de adelantarme a los hechos como tú lo hacías y siento tu compañía cuando lo hago.
A tí te gustaban mucho las mujeres, no hay nada más bonito sobre la faz de la tierra, no voy a hablar de las cosas que no pudieron ser, el pasado hasta donde sé no se puede cambiar, pero quiero que sepas que voy a tener tantas experiencias como pueda y que ser un buen amante también es algo que me gusta ser.
Hacer el ridículo siempre fue algo sencillo para tí, bailabas sin saber hacerlo, nadabas sin saber y disfrutabas de la vida a tu modo único, yo el refinado me quedaba quieto, cuando la vida consiste en hacer algo así sea hacer de tonto. Así que salgo a bailar más frecuentemente aunque no sea un buen bailarín y celebro los momentos, por el simple hecho de estar vivo, esa parte de tí sigue en mí.
Pusiste tanta música romántica en tu negocio que creaste a un romántico, bohemio y algo poeta, y ya esta carta que he decidido escribirte para que sea leída en el cielo para ti, me ha robado un par de lagrimas, no te preocupes, que estoy bien solo que a veces me hago el sentimental.

(Tavo)


sábado, 15 de marzo de 2014 | By: Abril

Curvo


Señorita, ¿me concede este beso?Sólo quiero restregarme contra usted un par de veces por semana durante diez o doce meses a lo sumo, prometo no molestarla más, no inmiscuirme en sus asuntos, como mucho la llamaré un par de veces de madrugada, hurtando sus ojos al sueño, para decirle cuánto la amo y cómo la echo de menos, por lo demás no se preocupe, de las noches en que no nos veamos, prometo suicidarme sólo la mitad de ellas, la otra mitad estaré tranquilo.
Miraré sereno cómo la tarde plomiza se posa sobre la ciudad, veré los coches ladrar furiosos sobre el asfalto, buscaré sus facciones en las caras anónimas que pululan por el centro y ellos me tomarán por un estúpido al ver mi sonrisa (de estúpido) no se preocupe por mí, ya le digo, estaré bien, entraré en uno de esos restaurantes del centro y pediré una ración de pulpo y una botella de vino tinto, el camarero también me tomará por estúpido cuando vea mi cara de felicidad al hincarle el diente al cefalópodo, el camarero sonreirá, le digo, porque ignora el pobre que como pulpo porque yo también quiero ser pulpo, señorita, yo también quiero ser pulpo, para acariciarla a usted y abrazarla con mis tentaculitos, y poseerla con ellos, y después me sentaría al piano y le tocaría jazz como sólo los pulpos pueden tocarlo, porque, ¿sabe, señorita?, si yo fuese pulpo aprendería a tocar el piano sólo por complacerla, pero el camarero no lo entiende, y me mira y sonríe cuando yo rebusco entre las patatas los tentáculos para saber si son tentáculos de pianista, y pienso en los momentos de felicidad y pasión que pudo tener, y le recito las palabras del poeta: pulpo será, mas ¿pulpo enamorado?, y al final suele ocurrir que me entristezco por ese pobre pianista a la gallega, con su anárquica melodía emergiendo entre las patatas y el pimentón, y me bebo el vino y me voy del restaurante, y vago un rato por las calles, pero ya ve, señorita, que no soy peligroso en esas noches, no lo soy porque aún llevaré pegado al cuello el aroma de usted desde la noche anterior, los pulpos somos muy tranquilos, aunque debo confesarle, señorita, que otra cosa será al día siguiente, en esos días enloquezco desde la mañana, ser pulpo me deja una resaca espantosa, noto un demonio dentro de mí, y consigo aplacarlo al principio, con mucho esfuerzo lo mantengo a raya, pero latente, crece, se alimenta de los restos del pulpo, y va ganando terreno poco a poco, hasta que, cuando empieza a caer la tarde ya no puedo contenerlo, sale de mí y me esclaviza, me fustiga, me hace odiarla a usted y odiarme a mí mismo por odiarla y odiar al pulpo por amarla, y empiezo a arrastrarme y se me hiela el corazón y soy una víbora, y salgo a la calle y repto por la ciudad, y no la busco a usted, porque la odio, ya se lo he dicho, la odio, porque miro a los ojos del demonio que me sodomiza y veo su mirada limpia, y creo que usted me odia por ser una víbora, pero luego pienso que simplemente le soy indiferente, le doy exactamente igual, y eso me horroriza aún más, ser una víbora indiferente, porque puedo comprender su odio, ya que su cuerpo no está hecho para ser tocado por una víbora, pero su indiferencia me hiere, y lo que haré, señorita, será buscar consuelo en el hombro del demonio, que me hará beber mil y un whiskies para engañarme, porque sus labios, señorita, lo sé, tienen el regusto amargo del whisky, y en mitad de la noche, con mis escamas de whisky y mis colmillos de odio, el diablo me acompañará hasta la calle de las putas y allí me dejará cómo una presa fácil, y, lo siento, señorita, buscaré sus labios entre los labios de las putas para inyectarles mi veneno, si es que aún tengo veneno, pobre viborilla de madrugada, y por un instante creeré haberla hallado a usted, cuando en realidad son mis colmillos los que hieden a whisky, no los labios de las putas, y mi corazón de sangre fría volverá a arrastrarse por la calle, ya ve, señorita, eso será todo lo que haré el tiempo que no pase con usted, quizá no sea muy ortodoxo, quizá espera usted algo más, lo comprendo, pero piense que yo la necesito para no perder la cabeza, porque yo la amo, y por eso, concédame usted este beso, por favor.

Bruno García

(Carta de Gabriel Rodríguez, ganadora de la II Edición del certamen de cartas de amor Antonio Villalba, organizado por la Escuela de Escritores).
domingo, 9 de marzo de 2014 | By: Abril

El Amor es eterno y siempre está vivo...

       
        Estas palabras calladas y silenciosas las escribo a través de la visión de una madre que le ofreció a alguien especial un mensaje y dijo: quiero que seas mi inspiración, y quiero expresarlo a través de mi nieto

   Alva…
 
        Quisiera deciros que mis hijos son únicos, los quiero como cualquier otra madre quiere a sus hijos. Sabed que nos sentimos orgullosos de vosotros.
        Hoy estamos aquí porque Fernando ha puesto los ojos en esa damisela, tan guapa, linda preciosa y maravillosa , a la que hoy se ha unido. Ahora está  feliz con él; esta pareja estará fundida en un sólo corazón.
        Hoy ya han contraído matrimonio, espero verlos tan felices o más de los que están ahora. Espero que consigan estar juntos el mismo tiempo que nosotros.
        Hace 5 años que mi cónyuge se quedó solo aunque estén sus hijos y demás familia; yo siempre estoy junto a ellos a pesar de que no me vean. Sé que me sienten, cada noche; miran a esa inmensa alfombra celeste, ese reluciente y brillante lucero y dicen ahí está mi esposa, nuestra madre y nuestra abuela… que dejó de estar con nosotros…
        Tuvimos un  amor platónico que no olvidaremos jamás; hasta que en este día tan especial quiso el destino que nos uniéramos los dos y traspasásemos el espejo en un solo corazón.
Hoy celebramos la unión de nuestro hijo con Pilar y nuestras  bodas de oro. Queremos que sientas en este día especial cosas maravillosas…
        Tú nos enseñaste a creer, a dar a sentir, y a compartir momentos inolvidables.
        Abuelo: decirte que seguiremos a tu lado siempre, apoyándote, amándote, más que nunca. Felicidades "Feliz Aniversario" La abuela está aquí con nosotros…
 
  " El amor no muere, solo duerme. El amor de nuestros seres queridos que ya no están con nosotros, nunca se olvida, se renueva día a día. Pero lo más importante es que siempre: queda en nuestros corazones…"

DE TUS NIETOS Y DE TOMAS   
miércoles, 5 de marzo de 2014 | By: Abril

A la madre biológica de mi hijo



Aunque no te conozco y sé que nunca leerás esta carta, quiero que sepas que cuando comencé a escribirla mi intención era escribir una carta de amor a tu hijo, a mi hijo, a nuestro hijo. Pero de pronto me di cuenta que él no necesita cartas de amor de mi parte, él siente mi amor en cada paso de su vida porque como le expliqué la primera vez que tuve que viajar por trabajo, nuestros corazones están unidos por un hilo larguísimo, invisible, pero irrompible.  Me di cuenta que aunque lo he dicho muchas veces, jamás he escrito lo mucho que te agradezco darle vida a tu hijo biológico, a mi hijo, al amor de mi vida.

No sé si estabas del todo lúcida o cuerda el día en que lo concebiste, ni mucho menos el día en que decidiste salir corriendo del hospital y abandonarlo.  Lo que si sé y te agradezco infinitamente es tu decisión de continuar con tu embarazo, la decisión acertadísima de aceptar que eras mental, física, moral y afectivamente incapaz de cuidarlo como él se merecía.

Te agradezco desde lo más profundo de mi corazón haberlo dejado en el hospital, un sitio en donde lo cuidarían y alimentarían, en lugar de dejarlo en un basurero o de llevarlo contigo a una vida de miseria.  Reconozco que a pesar de tu poca lucidez actuaste con el amor que sólo una madre puede sentir, ese amor que es capaz de hacernos sacrificar nuestras necesidades y deseos en aras del bienestar del hijo. Y es por eso que cada vez que alguien te llama irresponsable, yo te defiendo. Porque dentro de tus precarias circunstancias tomaste la decisión más acertada, porque gracias a ti soy la mujer más feliz y realizada de este mundo.

Quiero que sepas que  hoy él es un niño feliz, con una familia que lo adora y que le da sentido a su vida, con “La Familia”, como él la llama cada vez que nos visitan, que disfruta los deportes, que se aburre con las cosas para armar, que es un verdugo jugando memoria, que ama los animales, que sueña con una casa con jardín para tener varios perros, que disfrutó más Roma que Disney, que es fastidioso para comer pero que adora probar cosas nuevas, que come picante y detesta el pimentón, que es desafinadísimo pero adora cantar y bailar, que necesita escuchar y sentir que lo amo constantemente y especialmente, en los momentos en que lo regaño, que tiene una fuerza y energía contagiosa, unos brazos que apretujan hasta que duele y una mirada que  convence a cualquiera, que es sensible ante las necesidades  y carencias de los demás, que disfruta sinceramente compartir, que conversa con todo el mundo, que conoce y acepta sus orígenes con sencillez y humildad, que no dice mentiras, que confía en mi como nadie y que es capaz de amar como si nunca hubiese sido herido.
Quiero que sepas que me diste el regalo más maravilloso de mi vida, que gracias a ti y a ponerme a nuestro hijo en el camino aprendí que los paradigmas están hechos para romperlos, que se puede elegir ser madre soltera si es el momento perfecto, que no hay manual para saber cuál es ese momento perfecto y que sólo la fuerza de una mirada y de un abrazo son los indicios a tomar en cuenta, que es imposible resistirse al amor verdadero por miedo y que si el miedo nos inmoviliza el mismísimo Dios se encarga de hacernos mover. Gracias a ti aprendí que sólo un hijo le da sentido a la vida y que del amor sólo pueden surgir maravillas.

Con esa seguridad es que te puedo decir y firmar con sangre que a pesar de haber pasado los primeros 3 años de su vida en un orfanato, a pesar de y por sus carencias, el abandono y la falta de una familia biológica, hoy, el fruto de tu vientre, mi enano, mi Chino; tiene 7 años y es la criatura más perfecta, amorosa, carismática, juguetona, tremenda, pícara, impulsiva, decidida, activa, sana, generosa y bella que he visto en mi vida.

Gracias infinitas por esos ápices de cordura que te llevaron a tomar las decisiones que tomaste, gracias por regalarle la vida a mi hijo, por ser la portadora de un milagro durante siete meses y por sobre todo gracias por ser parte esencial de esta historia de amor.

(Ira Vergani)
martes, 18 de febrero de 2014 | By: Abril

Me has dicho que no


Me has dicho que no. Y no has podido hacerme más feliz. Ahora no sé muy bien cómo se lo voy a explicar a tus padres, pues, tú ya lo sabes, llevaban detrás de ello tiempo. Bueno, y mi madre, que me ha estado machacando los últimos cuatro meses con tácticas de acoso y derribo constantes. El caso es que entre unos y otros me convencieron. Me hablaban de hacerte sentar la cabeza, de ponerte una bonita jaula de 120 metros cuadrados y vistas a la Gran Vía, a pagar en unos cómodos trescientos sesenta meses, o diez mil novecientos cincuenta días de brillante atadura. Para hacerte feliz, decían convencidos. Tan bonito lo describían y tales eran las caras de felicidad de tu madre y la mía que me enamoré de la idea y me entusiasme tanto… ahora no sé qué les voy a decir…

Recorrí, una tras otra todas las joyerías de Madrid, buscando ese anillo especial que soñaste la noche que pasamos durmiendo al raso del desierto tunecino. Me volví medio loco hasta conseguir aquellas flores que sólo crecen en un rinconcito de la selva birmana y de las que te enamoraste en la loca escapada de varios meses que hicimos recorriendo aquellas latitudes. Tuve que esperar tres meses a que eclosionaran las mariposas como las que te rodearon en los tres inolvidables días con sus mágicas noches que pasamos en el Cabo de Gata. Acepté de buen grado que Nicolás me mirara raro cuando le pedí que me trajera un bote con el aire de Nueva York a la vuelta de su viaje de novios. Esperé con paciencia a que hubiera una noche con luna azul, como el día en que nos conocimos, aquel delicioso error del destino, en las fiestas del encantador pueblecito donde me dejó tirado el coche. Y después de todo esto me dices que no.

Cómo le digo a tus padres que tras la cena, traída por envío urgente del bistró que había debajo del piso que alquilaste el verano que pasaste en París, en la azotea de tu apartamento sembrada de velas blancas, tras todos los regalos, la música, la luna, tras hincar la rodilla como mandan todos los manuales, me miras con tus vibrantes ojos castaños y con tu dulce sonrisa me abrazas y me dices: “No, cariño. Pero recuerda que te encargabas tú de alquilar la caravana para irnos la semana que viene a Casablanca, ¿vale?”. Y vas y me besas y me levantas para ponernos a bailar casi hasta al amanecer mientras me cuentas que hoy has conocido en el autobús a un anciano que te ha hablado de un pueblecito en la costa murciana donde aún existen libres caballitos de mar y que, otra vez, te has perdido paseando en el Retiro y, otra vez, te has puesto a reír.

No sé cómo voy a explicarles que ya eres tan feliz.

Carta finalista de la XIII Edición del certamen de cartas de amor ‘Antonio Villalba’, organizado por la Escuela de Escritores.(Autor: Javier Ramos)

Películas



Me gustaría hablarte de cómo empezó todo. Y los pechos de Heather Graham en Boogie Nights fueron lo primero. Heather Graham interpreta a una roller-girl. Folla hasta con los patines puestos. Hará que vi esa peli siete años, o nueve. Más o menos. Cuando uno se enamora, el tiempo parece que pase de otro modo. Estuve una temporada en la que ya no me pude quitar sus pechos de la cabeza. Hasta el punto de dejar a la chica con la que estaba saliendo. Me pasé semanas visitando centros comerciales donde hubiese patinadoras. Entonces, conocí a Silvia. Trabajaba en el Carrefour y supe que sus pechos, a pesar de la blusa blanca que los cubría, eran como los de Heather Graham. Silvia era guapa, dulce, incluso con ese punto de timidez que requería el papel de la actriz en Boogie Nights. Pero unos meses después vi Algo pasa con Mary. ¿Quién no se acuerda de los ojos de Cameron Diaz en Algo pasa con Mary? Al final, no me quedó más remedio que romper con Silvia. Había empezado a no quererla.

La chica de la que me enamoré porque sus ojos eran como los de Cameron Diaz se llamaba María Dolores, pero yo la llamaba Mary y a ella no le importaba. Ya sabes que al principio de las relaciones hacemos y dejamos hacer cosas que en otros momentos no consentiríamos. Mary estudiaba psicología. Nos veíamos a diario. Por las tardes me acercaba a la biblioteca de la facultad y le llevaba caracolas de chocolate o zumos de piña. El sexo con ella era estupendo. Cuando lo hacíamos, Mary abría los ojos como si fuesen un par de balsas donde los helicópteros van a cargar agua. Me sentía feliz y pensaba que nunca iba a poder separarme de ellos. Pero fueron otros ojos, los míos, los que me trajeron una nueva obsesión al ver las cejas de Jennifer Connelly en Dark City.

Mary intuyó que algo no iba muy bien, incluso antes que se lo dijera. Quizá fue porque alguien que estudie psicología tiene ventaja sobre el resto. Una mañana la llamé para decirle que no pasaría por la biblioteca a llevarle la merienda, y nunca más volvimos a vernos.

Hay quien pensará que Jennifer Conelly también tiene unos ojos preciosos, pero a mí lo que me volvía loco de verdad eran sus cejas. Las cejas de Jennifer Conelly en Dark City son las de una cantante acostumbrada a cantar en clubs acompañada de músicos negros con sombrero y manos grandes.

Encontrar a una chica con unas cejas iguales fue bastante complicado. Fue como si solo a Jennifer Conelly, de todas las mujeres del mundo, se le hubiese ocurrido llevar unas cejas así.
Hasta que apareció Mónica. Con sus cejas idénticas a las de Conelly. Fue ella quien, al poco tiempo de estar juntos, me hizo por primera vez una pregunta que nunca antes ninguna de las mujeres con las que había estado me había hecho: ¿Qué es lo que más te gusta de mí? Puede parecer que Mónica estuviese insegura, pero no era eso. Tenía cinco años más que yo y una licenciatura en Bellas Artes. Había expuesto en diversas exposiciones y vivía de la venta de sus obras. Era conocida en el mundillo. Así que hablarle de sus cejas hubiese sido como manejar torpemente un abrelatas oxidado. Estando con Mónica no sentía la necesidad de ponerme ante una pantalla donde contemplar los rostros de mujeres de los que uno se puede enamorar fácilmente, así que, no le dije la verdad.
Nuestra relación duró más que las anteriores. Hasta que fuimos al cine a ver el estreno de Habitación en Roma. Mónica era fan de Julio Médem y esa película me trajo el pubis discreto y focal de Elena Anaya. Nada tenían que ver el de una y otra. El pubis de Anaya era de contornos suavizados, el trabajo perfecto de un jardinero que se pasa horas con las tijeras de podar en mano. El de Mónica era pura exhuberancia y desenfreno, casi como la imagen de un bote de pintura derramado sobre el lienzo.

No hace falta que entre en detalles de cómo fue la búsqueda y qué jardines hube de visitar para encontrar un pubis como el de Elena Anaya.

Por suerte, te he encontrado a ti. Ya conoces los hechos. Eso ocurrió hace apenas dos semanas. Te acordarás del paripé que monté para acercarme a hablar contigo en aquella playa nudista. Estabas echada encima de una esterilla, sobre las piedras. Llevaba gafas de sol, así que posiblemente te estuvieras dando cuenta de que miraba tu entrepierna. Desde el primer instante también yo me percaté de que estabas interesada en algo que había en mí. Quizá esa era la razón por la que mi interior me avisaba para que estuviese alerta: las cosas podían no salir bien.

La alarma saltó en la primera noche que pasamos juntos, cuando me confesaste que te gustaba mucho el hoyuelo que tengo en la barbilla. Desde que te he visto me has recordado a Michael Douglas, me dijiste. Me gusta mucho Michael Douglas, ya su padre me parecía un hombre guapísimo.

Esa era la verdadera razón por la que, en la playa, me habías mirado con unos ojos reconocibles. Tu expresión, estoy seguro, era la que puse por primera vez cuando le vi los pechos a Silvia, la chica con los pechos iguales a los de Heather Graham en Boogie Nights. Ahí ha sido cuando se me ha caído el mundo encima. Porque sé cómo puede acabar esto.

No me gustaría sufrir. Por lo que mientras reúno fuerzas para hacer lo que debo hacer, he pensado que mejor será que no vayamos mañana al cine. ¿Para qué quieres ir al cine? Dime.

Carta ganadora de la XIII Edición del certamen de cartas de amor ‘Antonio Villalba’, organizado por la Escuela de Escritores. (autor: Kike Parra)
martes, 11 de febrero de 2014 | By: Abril

Amor



AMOR:

No sé si querrás leer esta carta. Supongo que sigues ofendido y que recuperar lo nuestro será más difícil que echar para atrás el cambio climático, alcanzar el Everest, sacar la cita del pasaporte … ¡o todas las anteriores! Aún así, Amor, asumo el riesgo de quemar mi último cartucho contigo, o sea, disparar esta carta en el mero centro de tu rencoroso corazón.

¿No te alegra, en el fondo, saber de mí después de tantos años?, ¡Nuestra relación es tan larga como mi memoria!. Comenzó exactamente en el tercer grado de la escuelita municipal aquella, ¿Recuerdas?. ¡Los irrepetibles años sesenta!, El movimiento Hippie, Los Beatles, la Era de Acuario y ¡por supuesto!, El Apolo 11. Te llamabas Fernandito, Amor, y estabas sentado en el pupitre de al lado. Me mirabas  con cara de “¿qué le pasa ésta loca?” cuando decía, “¡Toma Fernandito, te regalo mi merienda!, ¡Y mis legos!, ¿Quieres mis creyones?”. En un arrebato de pasión precoz casi te regalo mi Barbie Visage 1963, ¡Mi única Barbie!, ¡Eso ya era como mucho con demasiado!

Fue así, Amor, como entramos en contacto. Tu primer chiste malo conmigo fue el 20 de julio de 1969, ¡Ni que lo hubieses calculado!, El día exacto que el capitán Armstrong posó un pie en la superficie lunar… ¡Fernandito se cambió de Escuela!. Aquel fue el día que se produjo un gran paso para el hombre, un salto gigantesco para la humanidad y… ¡un soberano  barranco para mí infantil existencia!. Como era una niñita no comprendí que estaba deprimida y la verdad, eso de aprender a multiplicar “llevando” era tan complicado que la tristeza se diluyó, en progresión geométrica, con el avance de mi educación  primaria.

La segunda vez que supe de ti, Amor, había entrado de cabeza y sin fórceps a ese sudoku emocional que llaman adolescencia. -Me llamo Claudio Arquímedes-, dijo él… ¿Claudio Arquímedes?, ¡DIOS QUE NOMBRE!, ¡Homérico, epicúreo, galvánico, fisicoquímico!”, aullé.  Además, era idéntico, ¡igualito! al solista de los Bee Gees. Me enamoré ipso facto, sin cura, sin resistencia. Las rodillas me traqueteaban como un trapiche viejo en su presencia y sólo podía respirar completo, o sea, suspirar, cuando se le ocurría voltear a mirarme ¿Lo recuerdas, Amor? Enloquecí. Quería ser su novia. La cosa no estaba fácil porque después de aprender a multiplicar “llevando” se me desató la vena aritmética y sólo sacaba veinte. Es harto conocido que no hay nada peor que ser la cerebrito del salón si lo que se quiere es enamorar al bello de la película. Pero ¡qué carajo!, decidí enrollarme el pelo en papel de aluminio para parecerme a Donna Summer, La Pantera de Boston. Eso tendría que gustarle ¿no?.¡ Yo sabía, yo tenía la certeza de que Claudio se fijaría en mí y me invitaría a comer un helado! (signo inequívoco de que terminaríamos casándonos).

¿Recuerdas lo que pasó, Amor?. Descubrí que Claudio ya era novio de la Reina del Liceo quien ¡por supuesto! ni era gordita, ni sacaba veinte en matemáticas como yo. ¡Hubiese preferido otra muerte!. Durante un mes mi único alimento fueron las barajitas del álbum “Amor Es” que me comí, una a una, con pega y todo. ¡No me convertí en anoréxica porque en los años setenta esa vaina no existía!
Cuando volví en mí tenía dieciocho años y estaba haciendo la cola para inscribirme en la universidad. No esperaba que rondaras por ahí, Amor, pero…

Robertico era rural ma non tropo, ingresos superiores al promedio y con un verbo de moto sierra capaz de desquiciar a cualquiera. ¿Su hobby?, ¡Sacarme la piedra!

“Mira caraqueña… de verdad ¿Tú no sabes lo que es el ponsigué?” me decía inclemente con su sarcasmo endógeno. “¡No, no sé! ¡Y qué!” ¡Le odiaba!  De tanto odiarle, obvio, comencé a adorarle. Justo cuando me disponía a darle el beso que le convertiría de batracio en mi cónyuge… ¡zas! ¡Agarró sus maletas y se fue de mi vida por siempre jamás!

¡Ese out con las bases llenas sí me dolió, Amor! Llena de bolero, vestida de tango y como recién arrastrada por un tsunami, comencé a analizarte. Llegué a la conclusión que tú, Amor, eres cruel, agotador, malversador y mala gente. Decidí comenzar una nueva vida sin ti. ¡No más AMOR! ¡No más taquicardia, no más conjuntivitis, no más desvelos!. Te sentencié al exilio… ¡Mi vida sin ti no conocería el dolor!

Cerca de los treinta decidí que debía casarme. No me impactó, Amor, que no estuvieras involucrado, ¡Al contrario!, Escogí el novio, la casa y hasta el recetario únicamente con el cerebro, con la razón. Para hacerte el cuento corto, Amor, te diré que me divorcié y que lo único que funcionó de aquel episodio inviable fueron las recetas del libro “Mi cocina a la manera de Caracas” de Armando Scannone.

Cuando me independicé y comenzaba mi segunda República, me dediqué a buscar lo que toda cuarentona libre, solvente, sin hijos e inmune al Amor aspira: ¡encontrar un novio diez años más joven para subir la autoestima y bajar la angustia!. Diez años después, es decir hoy, lo único que me quedó de la loquetera fue un “ex” que todavía quiere que lo mantenga, una tendinitis crónica (de cuando aprendí a bailar reggaeton), una soledad del tamaño de una catedral y … ¡esta cosa rara por dentro!… ¡Este vacío!… ¡Esta urgencia de no sé qué, Amor!

¿Será que extraño la sensación de querer regalar mis juguetes a alguien sin esperar nada a cambio?. ¿Será que ya no me miro en el espejo para agradar a alguien que no sea yo misma?. ¿Será que no es tan malo ser bolero, tango y noche porque, en el fondo, hasta el peor despecho es mejor que esta insoportable, tediosa y ridícula paz?.

Yo creo que esta vez sí, Amor, las respuestas son todas las anteriores.

Por eso te ruego… ¡Vuelve a mi vida Amor!, pasa un día por la casa. Llega con el nombre que quieras… Quédate el tiempo que puedas. No vas a interrumpir nada.

Ni siquiera he tenido la valentía de asumir plenamente tu ausencia comprándome el perrito que me recomendó el terapeuta… ¡para olvidar que la vida sin ti es una soberana mierda!

¡Perdóname chico! Porque, ¿sabes? Aunque no lo creas, Amor…

¡Hace rato que yo a ti te perdoné!