jueves, 13 de junio de 2013 | By: Abril

Cartas a nadie III


A ti,

No sé con qué intención te escribo hoy. Quizás sólo sea mi necesidad de ti; la necesidad de apagar con palabras tanto silencio. Esa misma necesidad que yo, a diferencia de ti, no ahogo, no intento borrar. Mi alma lo necesita así y sé que pensarás que te lo reprocho. Y no, no lo pienses. Simplemente te admiro y te envidio por ello, porque yo no soy capaz, ni quiero ser capaz. No sería yo, no serías mi alma.

Cómo puedo, ¿ dime...?, cómo puedo hacerlo si te amo. ¡ Dios ¡, que palabra tan grande y qué corta se hace al escribirla. Cuánta grandeza resumida en cinco letras, tanto amor tejido durante ....cuánto?, cuánto hace que es así...? Ni te imaginas lo que daría por volver, por estar lejos, por morir si con ello estuviese de nuevo contigo, y cuánto me duele estar viva y hasta vivir fingiendo ser feliz, haciendo que los demás sí lo sean, pero siempre.... sin ti, qué ironía...

Quisiera arrepentirme de haberte sentido, quisiera que en mis momentos de soledad consentida, no vinieses a verme con tu risa, con tu aroma suspendido entre mi pelo, con tu te quiero susurrado en mi oído, y ... y me lo creo, divagando entre recuerdos, tus manos amarradas a mi cintura ... y no quiero, no me arrepiento.

¿Sabes?

Quiero darte las gracias, sí las gracias...
por ser, sin ser el momento, que más da...¡
me quedo con todo, con todo junto a mi infierno,
allí quedo...

Ahora sé por que te estoy escribiendo, me paré por un momento, sólo estuve dormida y abrazada a ti , sintiendo...
sólo sintiendo...


(Del blog: Alma)

Y sin querer...


Y sin querer, y poco a poco, has sembrado la semilla de tu recuerdo.
Ahora te empiezo a echar de menos aunque aún estés aquí.
Ahora me quema el saber que te vas y que nada sucederá para que deje de suceder.
Ahora me enfado conmigo mismo echándome en cara que no tiene nada de especial, que es otra flor del jardín.
Ahora me enfado contigo cuando me dices que esta noche no quieres quedar, porque me aflora la necesidad de tu piel y de tus besos, y no los tengo.
Ahora me odio un poco por no querer jugar al juego del cínico irreverente, porque no me sale, porque quiero dedicarte tiempo; y pienso que eso te va a cansar, ya no te confundiré.
¿Amor, relaciones? ¡Qué es eso!
No, que muera porque no puedo matarlo. Que empieza a arder entre mis manos lo que veo que me va a estallar en la cara dejándome en la calle de rodillas echando de menos sus sábanas.

(Del Blog: Días sin horas)

Hay días...


Hay días que te quiebran la cintura, que te superan. Se van deshaciendo entre tus dedos y aunque ves que pasan, dejan un recuerdo sobre tu piel, manchada.

Supongo que por pura idealización me acuerdo de ti estos días, me dan ganas de llamarte y contarte lo que me pasa, lo que hace que se me desajuste el ritmo.

Pero no puedo hacerlo.

Y me recreo en mis recuerdos para reconstruirte y contártelo aunque no me escuches. Quemé las fotos y ahora te voy recreando y buscando por donde se me ocurre.

Supongo que en el fondo no me lamento de estar así, ni de desearte, aun tanto. Es algo que decidí yo, y ahora me pasa factura.

Este texto es sencillo, simple, sin giros, a veces sin sentido, pero quizá en su simpleza se esconda alguna esencia, que hasta a mi se me escapa.

Seguiré arañando el cielo de la noche para sentir otra vez el tacto entrelazado de tus dedos con los míos. No la quites.

(Del Blog: Días sin horas)
miércoles, 12 de junio de 2013 | By: Abril

Final


Al final se ha acabado ese estado extraño en el que se juntaban los últimos minutos de tus besos y los primeros de tu ausencia. Ya sólo quedan de los segundos, que no son segundos, sino horas comprimidas en un minuto. Y yo, que nunca he sabido llorar bien, he venido en el autobús y en el metro con los ojos humedecidos a ratos, cuando he olido sin querer mi camiseta que olía al sudor de tu último abrazo, cuando he pasado por tu parada de Metro, vacía ya para siempre de ti.

He ido recordando momentos indefinidos en tu habitación, en la que ayer dormíamos como si nada pudiera pasar, ajenos al fin de nuestros días juntos, aun pensando que nuestra piel seguiría pegada, porque es nuestra, ni tuya ni mía; y en eso, se me cayeron un par de “te quiero”s.

Esos momentos de cuentos a oscuras compartiendo una almohada para uno, momentos de sudor entrelazado entre nuestros pechos y a viajes al sur de nuestras almas, momentos de noche congelada tras los cristales que nos hacían los reyes de la noche santiaguina.

Y ya no estás, no estás para siempre. Aunque no es así del todo, estás aún en mi almohada, en mis sábanas, en mis dedos que aún te tocan, en mi nariz que aún te huele, mi piel que aún te saborea, mis oídos que aun te oyen reír y mis ojos que te ven llorar por mí.

(Del blog: "Días sin horas")
sábado, 8 de junio de 2013 | By: Abril

Otro amanecer sin ti



 
Penitenciaria nacional de Picaleña
1er turno
Garita No 22 , muro externo, 5:36 am
Julio 24 de 1999

Ver como  empiezan a languidecer las últimas sombras de la noche en un parcial y absoluto desfallecer sin remedio de esta incesante penumbra, es algo que no logra colmar mi satisfacción….
Vivo otro amanecer sin ti, en el fracaso, al sentirme algo evocado en esta totalitaria inexistencia de no poder sentir tocarte. Y si estar envuelto en esta seca ilusión de no poder sentir un abrazo, al no hallar en la dimensión de mis pensamientos lo que me trasmiten tus desafiantes miradas, porque sólo creo que viviré eternamente condenado a vivir de una perenne y etérea frustración, de que en mi vida vacía y sin sentido, estas miradas jamás existan.
El estar desvalido, por no poder recordar en cada intento fallido la textura, el color, y el dulce perfume del lazo que envuelve tu cabello, porque este destino al parecer ha privado a mis ojos de verlo y  ha privado a mis manos de jamás, jamás tocarlo… El no poder extrañarte, sólo porque tal vez en este momento definitivo, asumo que otro amanecer sin ti, es tener la certeza  de que soy sólo para ti un ser anónimo  y desconocido, que a este implacable destino al parecer no le interesa ponerme en el cruce de tus miradas.
Otro amanecer sin ti, si es otro frío amanecer. Es este frío amanecer en el que nuevamente sin ti me encuentro de pie, en la soledad de esta inhabitada garita, y a través de esta gran ventana, observo  en un agudo, largo y completo silencio, la belleza de este fugaz amanecer, donde el imponente sol comienza a proveer el cielo de sus primeros rayos de luz de oro. Y en su mágico efecto produce extraños matices en el cielo que  los palcos de nubes en él, parecen  pinceladas y lo hacen arder como un rojo candente y deliberadamente vivo. Disfruto el resultado de este instante. Mi corazón y mis pensamientos me reclaman, lanzando un lamento de soledad sustentada por un gran anhelo que no se concreta precisamente en respuestas. Sigue transcurriendo  en lo lento y absoluto de esta basta monotonía, el pasar de este amanecer, sólo y sin ti. Mientras mis sentidos  disfrutan de este momento sin tu compañía, de este soñado amanecer, con tu ausencia, sólo pienso en que tal vez en estos cruciales momentos, tú te encuentres sumergida en el letargo de un frágil sueño. Puedo imaginarte en la metáfora de las fantasías que anhelo: quiero ser el eterno testigo y guardián en el despertar de tus amaneceres, para que así me puedas llenar tal vez de alguna falsa ilusión, sin importar lo lejos que estés de mí.
Mientras tanto, los días pasan sin mi consentimiento, sumidos en la imposibilidad  que me despedaza cada vez sin que te des cuenta de que pasa otro rotundo amanecer sin ti, sin que puedas ver mis inexistentes señales, porque ante ti  tal vez hay alguien distrayéndote en tu camino, gozando de lo elocuente de tus sonrisa, del dulce sabor de tus labios, de tu profunda mirada, o  de ser el dueño absoluto de tu corazón. Mi egoísmo dice reclamarlo como suyo; dice que por legitimo derecho: le corresponde, pero que en este abismo que nos separa a los dos, hay algo mucho más fuerte: este maldito destino  que al parecer está empecinado en demostrarme su negligencia, y que sin  objeción alguna, no hará nada para juntarnos.
Y mientras trasciende el tiempo,  me veré resignado a habitar en esta espera, y a pensar en ti  como la silueta de una vana ilusión que se desvanece, cada vez que asome el alba. La observo nuevamente, mientras mi esperanza se desvanece, fragmentándome toda el alma. Y siempre se  verá reflejada en mis ojos de color negros, oceánicos, y extintos, habitando en ellos, día tras día, otro de estos rotundos amaneceres sin ti.
(Marlon Jair Moya Perlaza)
lunes, 27 de mayo de 2013 | By: Abril

Ignacio


Ignacio:

Ayer te vi desde el carro. Cruzaste la avenida sin mirar para los lados. Tuve ganas de lanzarte el carro y aplastarte con su peso y con mi rabia, por verte tan tranquilo como si el mundo te perteneciera solo a ti.

Debo confesar que me pasó algo raro porque luego del ataque de rabia, me conmovió tu corbata ladeada y esa manera única de cargar tu maletín, tu bolso, no se sabe muy bien que es esa cosa que cuelga de tus hombros. Pero sí sé que llevarás revistas de cine, libros de política, “cachivaches” para tu computadora y por supuesto, algunas cosas para tu nueva mujer.

Me enfurecí al pensar que sacarías del bolso ése, un anillo egipcio o turco, una libreta de papel exquisito o un artículo de una tienda gourmet recién abierta, para seducir a alguien.

Pero no será para mí porque no te soporto. Si pudiera, te lo haría escuchar cien veces, como te lo dije hace tres meses.

Te haré llegar esta carta para que sepas como he cambiado, ya no me convencen tus excusas ni conmueven tus argumentos.

Descubrí como eres y estoy feliz de apartarme de tu perturbadora influencia.

A veces te añoro y hasta te deseo algunas noches, por eso te quiero bien lejos. Bien lejos y para siempre, quería continuar pero no estoy segura de aguantar sin ti mucho tiempo.

Quería humillarte y ahora te pido que regreses a mí. Parece que caí otra vez en esa cosa que no sé como llamarla, desgracia, pasión, amor, enfermedad, no lo sé. Estoy concluyendo como lo haría una bolerista cualquiera, porque la vida sin ti, no la puedo vivir. Enamorada y ansiosa, te espero pronto.

Ana Belisa

(Mercedes Rojas)
lunes, 20 de mayo de 2013 | By: Abril

Ya tebia lublu


Por fin vamos a volver a vernos después de tres años, pensaba mientras iba en el avión. Tenía más de 20 horas para recordar que la primera vez que te vi mis ojos no dejaban de perseguirte, que la primera vez que te oí no podía escuchar otra cosa y que la primera vez que te besé ni yo mismo sabía que podía besar tan bien. Me enamoré hasta de tu nombre: Anastasia.

Londres fue cómplice de nuestra aventura. Podíamos pasar todo un día caminando por la ciudad machucando el inglés para entendernos. Nuestras citas eran en la misma estación de tren, Wall Street, que quedaba cerca de la escuela. Yo aprovechaba para pedirte disculpas por llegar siempre una hora tarde. Nunca entendiste que la impuntualidad es algo muy venezolano.

Allí iba yo, emocionado, pensando en la vez que fuimos a Escocia y no conocimos nada porque decidimos quedarnos encerrados conociéndonos a nosotros mismos. Ese invierno fue muy caliente, lo único que no te quité fue la bufanda, por si te daba gripe, tú sabes… Se nos pasaron los meses más que perfeccionando el inglés. Tú aprendías español y yo trataba de aprender ruso. Te expliqué lo que significaba: “No es pelúo ese idioma, es peluísimo”. Lo único que aprendí en ruso es que “te amo” se dice “ya tebia liubliu”. No me importaba nada más.

El día que tuve que regresar a mi país te prometí que volveríamos a vernos. Fue una tortura pasar tanto tiempo escribiéndote mails, hablándote por Messenger, viéndote por Skype y escondiéndole las facturas de CANTV a mi papá. El día que me llamaste y me dijiste “¡Vente a Rusia ya!”, no lo dudé, no me dio tiempo. Compré mi pasaje inmediatamente y arreglé mis maletas, ni siquiera me acordé del cupo CADIVI (eso tampoco lo has entendido, lo sé).

La cosa es que estaba en el aire esperando llegar a Moscú para luego subirme a otro avión que me llevaría a Krasnodar, que es como decir Tucupita aquí en Venezuela. Durante el vuelo imaginaba nuestro reencuentro, hasta estaba preparando un discurso, eran muchas mis interrogantes: ¿Qué tan fuerte iba a abrazarte? ¿Qué tan largo iba a besarte? ¿Qué era lo primero que debía decirte? Por cierto, tampoco sabía en qué momento darte el boleto adicional que llevaba para que regresaras conmigo a Venezuela.

S7 se llamaba la aerolínea que me llevaría a Krasnodar, yo era el único pasajero de pelo negro, y el más oscuro; nadie hablaba español y una sola azafata medio hablaba inglés. Fue en ese momento que decidí llamarte, antes de despegar: “Anastasia, en dos horas estoy allá contigo”. Tu respuesta fue: “No te puedo buscar, me caso el sábado”. Era miércoles, y colgaste. Me quedé tan frío como cualquier otro ruso. Pensé: “Esto tiene que ser una broma” y volví a llamarte. Me dijiste que ibas a buscarme, respiré.  Salí del aeropuerto y ahí estabas, hermosa, toda una princesa, causabas el mismo efecto en mí que la primera vez. Me acerqué y no hubo abrazo, no hubo “hola” o “privet”, como se dice en ruso. Lo que salió de tu boca fue: “Te voy a dejar en un hotel y mañana te regresas a Venezuela, que aquí no tienes nada que hacer”. Me acompañaste hasta la habitación y antes de que abriera la puerta te fuiste. Esa fue la última vez que te vi.

Ahí me quedé yo, viendo el techo y pensando que mi mamá tenía razón cuando me dijo: “Kenny, ¿qué vas a ir a buscar tú tan lejos por allá?”

Aún te recuerdo, no con odio; no me alegré cuando me escribiste, un año después, que te habías divorciado; disculpa por no responderte ese mail. Confieso que hasta ahora no te he llorado, es más, si quieres puedes venir a Venezuela para que veas que no hay rencores. Yo te estaré esperando. Dile al taxista que te deje en el centro de Caracas. Procura llegar de noche, que es más interesante.

Ya tebia liubliu.

(Kenny Cerna)