sábado, 12 de febrero de 2011 | By: Abril

Y te vi


Y te vi. Y pensé un no que era un sí. No, no, no. No a esconderme, no a las mentiras, no a la espera, no a la soledad. Esto no me puede pasar a mi. No me puedo enamorar de un hombre casado y mayor que yo. Va en contra de todo lo que soy, de lo que pienso, de lo que imagino y deseo para mi vida.

No dejaré que tu presencia empañe mis pensamientos. Seguiré andando sin mirar atrás, sin concederme, ni siquiera, la debilidad de un primer beso, que debiera ser el último.

Y te vi. Y nos fuimos a comer a un restaurante desierto y , como no te atrevías, en los postres, te besé y te pregunté si me invitabas a tu habitación de hotel. Nunca fui tan descarada.

Sí, sí, sí. A todo sí y para siempre, sí. Sí a esconderme, sí a las mentiras, sí a la espera, sí a la soledad. Me enamoré. Nos enamoramos sin un porqué. Y daba igual, por aquel entonces, lo que no teníamos porque era suficiente con tu piel sobre la mía, con escuchar tu voz en mi nuca, con rozar tus mejillas a cada reencuentro.

Y te vi. En ese mismo hotel. Una y mil veces. Y también en el cine en versión original de la esquina. Recuerdo tu perfil, recortado en el mío. Se suceden en mi memoria imágenes de películas en idiomas extraños cuyo único interés era el de ofrecer cobijo a nuestras manos, entrelazadas en la oscuridad. A la salida, comíamos algo deprisa para correr a la habitación y contar las horas hasta tu marcha, en esas noches infinitas de amor y palabras. No dormíamos nunca.

Y pasó el tiempo y nuestros ritos se alejaron de mis deseos. Ya no quería hoteles, sino una casa. Detestaba los restaurantes y soñaba con un plato de sopa caliente en la mesa de una cocina. No quería ir al cine sino quedarme en el sofá viendo la tele o dormirme con un libro en la cama. Pero siempre a tu vera. Sin pensar en tu mujer y en esa vida que conozco como si fuera la mía, pero que no me pertenece. Te hice la consabida llamada perdida y esperé tu respuesta. Quedamos. Estaba decidida a dejarlo todo. Y...

Y te vi. Besé tus mejillas en un paso de cebra. Metí mi mano en el bolsillo de tu chaqueta para encontrar la tuya. Me sonreíste y yo dejé de buscar las palabras que no sabía encontrar.

Nos metimos en un cine a ver una película iraní.

Cómo me gustas de perfil.

Te quiero, Joan.

Anna

(Ayanta Barilli)