lunes, 10 de noviembre de 2008 | By: Abril

Flores de Nata


Ayer tuve una cita. No es que me apeteciera mucho, la verdad, pero Linda insistió tanto que no pude negarme. Quizá hubiera sido más acertado hablarte antes de ella. El domingo me acerqué a esa floristería con forma de invernadero. ¿Te acuerdas, Sonia? Cuando paseábamos por el bulevar te detenías delante de los ramilletes del escaparate y yo disfrutaba al oírte pronunciar aquellos nombres tan raros.

Elegí unas orquídeas y una docena de rosas blancas, pero cuando ya iba a pagar me arrepentí. Para qué disgustarte si aún no era seguro que saliera con Linda. Y me alejé de la tienda, aflojándome el nudo de la corbata.

Mira que ha pasado tiempo, Sonia, pero cada vez que me ajusto la corbata es como si viajáramos de nuevo en el coche de línea. Aquella mañana radiante en que Patones se fue quedando atrás por la ventanilla y, como quien no quiere la cosa, me aconsejaste que vistiera siempre con corbata, que parecía más elegante con ella. Y también lo reviví ayer, mientras intentaba convencerme de que no es delito quedar con una compañera de la oficina. Y menos aún en estas fechas. Ponte en mi lugar, Sonia, le di largas desde mayo. A los cincuenta ya no tiene uno ganas de flirteos, pero Linda es la nueva redactora del periódico. No tiene amigos en Madrid, la pobre llegó trasladada de Valencia. Insistía en que tomáramos un café al acabar el trabajo, pero me opuse durante meses.

Me inquietaba lo que pudieras sospechar. Que vieses fantasmas donde jamás han existido y me inventé mil excusas. Las consultas al dentista, una avería morrocotuda del coche, qué sé yo. Nunca se me dieron bien los engaños, Sonia, y tal vez Linda lo notaba. Quizá pensase que no quería salir con ella. Lo cierto es que me planteó un ultimátum. No te figures que me resultó fácil. Pasé toda la jornada dándole vueltas, mientras revolvía de un montón a otro los artículos de prensa del archivador. Sin olvidarme de ti ni un segundo, Sonia. Dudaba si aceptar o no. Y eso que salí tan decidido del ático que cerré todas las ventanas. Me sigue molestando que se desperdicie la calefacción y quedarme muerto de frío cuando regreso a casa. Pero te prometo que no imaginé que te enfadarías de esa manera, por eso me animé y escribí un correo a Linda, diciéndola que sí, que la esperaba a las cinco ante la puerta giratoria del diario.

A estas alturas no pienso engañarte, Sonia. Me lo pasé bien, no puedo negarlo. Al cruzar junto a Nebraska me empalagó el aroma de los primeros roscones. Cómo no recordarte. Pero mis pensamientos eran tan fugaces como la riada de gente que me embestía en la plaza de Bilbao. Yo ya no estoy acostumbrado a estos guirigáis, Sonia. Sólo atravieso la ciudad en coche y a las seis suelo encerrarme en casa. Pero Linda no se cansaba de señalar con el dedo, como una niña maleducada. Si la hubieras visto, Sonia. Sin darme tiempo a relajar los ojos, mostrándome el Papa Noel que trepaba en un balcón, las guirnaldas tendidas en las farolas, como si el forastero fuera yo. Se me hacía tan insólito caminar al paso de otra mujer, Sonia… Hasta ayer no había advertido que tenéis un brillo semejante en la mirada. Tanto que mientras tomábamos un irlandés en el Café Comercial, temí que con solo fijar sus ojos en los míos intuyera mis pensamientos, como tú al observarme.

No te saqué a relucir, Sonia. Tampoco hizo falta. La tarde transcurrió como en las sobremesas que pasábamos con los amigos, todo el tiempo charlando. Bueno, yo no, Sonia, a mí sigue sin molestarme permanecer callado. Pero Linda es tan locuaz. Cambiaba de un tema a otro con la misma soltura con que hizo desaparecer los cacahuetes bañados de chocolate. No probé ni uno, se los zampó todos ella. Yo me ausentaba a menudo. Me sentía tan distante al acercar la cucharilla de nata a mi boca y me acordaba de ti, tras merendar un pastel, sin limpiarte aún los labios. Tuve tentaciones de irme, pero Linda al terminar se sacudió las manos en el vestido de flores y en voz tan baja como una confesión me dijo que los frutos secos le chiflaban. No hace falta que lo jures, la respondí alejando mi oído de sus labios, y por eso tuve que pedir otro café, sólo por eso, Sonia, para que nos llenaran de conguitos el plato. Jamás he pecado de roñoso, y no deseaba dar esa impresión en mi primer encuentro. Una cosa es ser reservado, Sonia, y otra muy diferente tacaño.

Caí en la cuenta de que nunca estuve en ese Café contigo, Sonia. Y te añoré como cada mañana al arreglarme para acudir a la oficina, cuando me prendías el alfiler de la corbata. Y eso que el local permanecía muy animado. Desde lejos escuché a Linda repasar las exposiciones de fotografía que se inauguran estas navidades, mientras pensaba que te hubiera encantado el trasiego de los camareros con sus pajaritas y el sabor delicioso de la nata. Pero Linda esperaba una respuesta. Es como si te hubieras aprendido de memoria una guía cultural, la comenté. Ocultó la mirada en el suelo plagado de servilletas inservibles y me reconoció que nunca iba a verlas, que prefería hacerlo acompañada. Entonces se fue al servicio, Sonia, y entretuve mi tristeza fingiendo que me interesaban los cuadros del bar y Linda sin volver del cuarto de baño.

No entiendo cómo pudo suceder. Quizá porque ya no acostumbro a tomar alcohol, Sonia. Nunca lo hago. Como mucho una cerveza antes de cenar, pero de whisky nada. Perdóname. Pero me hizo gracia cuando Linda comentó que me envejecían mis vestimentas. Quizá si me peinara de otro modo y si no llevase corbata. No es cuestión de apariencias, sino de edad, respondí. Pero en aquel instante no medité lo que me hacía, por un momento, Sonia, debí olvidarte. Y mientras me aseguraba que no era viejo, dejé que Linda me echara hacia atrás el flequillo y deshiciera la lazada. Me dejé quitar la corbata y la guardé en un bolsillo. Tal vez debí sentirlo, Sonia, pero no lo hice. Al poco rato, salimos del local y acompañé a Linda a coger un taxi. No sucedió nada más, Sonia. Te lo prometo. Excepto que ella se tomaba vacaciones y me entregó una tarjeta de visita. Por si te animas a asistir a una exposición estas navidades, me dijo, y la vi desaparecer en el taxi. Yo preferí volver a casa andando, total no estaba lejos y necesitaba un poco de aire. Aunque me ensordecieran los petardos que los chavales tiraban junto al mercado de la plaza de Barceló, donde hacíamos las compras las mañanas de los sábados.

No he sido del todo sincero contigo. Lo cierto es que prefería retrasar el momento de volver a casa y hacía una noche tan agradable. El viento imprescindible para formar remolinos y tanta vida en las calles como si fueran las once de la mañana. Me acordé de los domingos cuando íbamos a los cines de la Gran Vía, como dos novios de la mano, y luego discutíamos porque yo prefería comer unas bravas en Espoz y Mina y tú merendar una reina de nata. ¿Qué hubiera sido nuestra vida sin esas discusiones? Acababas saliéndote con la tuya, Sonia, y entonces me incomodaba, pero ayer no, ayer tenía la risa floja mientras regresaba a casa y me complacía recordar. De modo que no reparé en que no me había vuelto a poner la corbata.

Fue al entrar en el vestíbulo. Saqué la prenda hecha un guiñapo del bolsillo de la cazadora y sólo entonces lo sentí, Sonia. La terraza abierta de par en par, y yo que habría jurado… La cerré, ¿a qué sí? Sí, sé que la cerré, Sonia, porque iba a tardar, porque salí casi convencido de que me iba a pasar la tarde con Linda, tomando un café. O dos. Qué tiene eso de malo. Allá afuera, asomado a la barandilla, estuve a punto de hacer confeti con la tarjeta de Linda y dejar que se la llevase el aire. Que los trozos volaran entre las chimeneas y los neumáticos de los coches. Aunque te parezca mentira, a esas horas quedan muchos circulando. Pero preferí cerrar las ventanas, sentarme en el butacón frente a tu fotografía y mirarte fijamente. Tus ojos me parecieron de un tono más mate que el que yo recordaba. Quizás la calidad del papel. Por eso, Sonia, hoy volví al puesto de flores. Supongo que no me será sencillo acostumbrarme. Por lo pronto he cambiado la corbata por un foulard de seda, así no sentiré la garganta tan desprotegida como si no llevase nada. He colocado las orquídeas y las rosas en el jarrón junto a tu foto. El blanco siempre te favoreció, Sonia. Aunque te manchara los labios.

(Silvia Fernández. Carta finalista del VII Concurso Antonio Villalba)

1 comentarios:

El Príncipe Segismundo dijo...

Tienes unos blogs maravillosos Dam ade Abril. Son exquisitos tus gustos, tanto por los textos como por las fotos y la música. Es una gozada pasear por internet para perderse en ellos.