martes, 11 de febrero de 2014 | By: Abril

La última carta

Barcelona, 14 de febrero de 2013

Querida Celina:

Esta es la décima carta que te escribo desde que dejé de verte… y, creo, será la última.
No sé por dónde empezar. Reconozco que me siento perturbado y aún lleno de rabia por cómo pasaron las cosas. Espero que mi valor no me abandone en este instante y me lleve a hacer lo de siempre: apagar el computador y olvidarlo todo. La verdad no me importaría. A fin de cuentas, eso es lo que he hecho también todos estos años con esa novela que quiero terminar de escribir. Pero cada vez que intento retomarla me detengo cual estatua en el mismo capítulo: la parte en la que escribo sobre ti, porque tú formas parte de ella.

Supongo te causará risa, pero créeme que es así. La trama está en mi mente de principio a fin, e intuyo que si la plasmo en el papel sería una historia fascinante. Pero tengo temor de experimentar el efecto que causará en mí escribir sobre ti. Relatar tu vida que fue mi vida.

Te imagino en este instante reclamándome: ¿Por qué escribir sobre eso? Es un asunto íntimo que sólo les concierne a nosotros dos. Y la verdad es que llevo todo este tiempo intentando responder esa pregunta, pero al final otra interrogante me invade: ¿Por qué no?  O quizás deba ser honesto y terminar de aceptar que lo haría simplemente porque lo necesito. De todas formas, si decido continuarla, tú serás la primera en saberlo.

Pero ese no es el motivo de mi carta. Es algo más complejo y difícil de manifestar.
Ahora soy yo quien se ríe imaginando tu reacción: ¿Cómo es posible que a un hombre como usted, tan elocuente, profesor universitario, conferencista, cuarto bate y novio de la madrina, le cueste tanto trabajo decir lo que tiene que decir?

Pues sí, así es. Y lo noto en mis dedos sudorosos, en esta involuntaria aceleración de mi corazón y hasta en este vértigo incómodo que invade mi estómago. Pero tú me entiendes, estoy seguro, y sabes que no soy bueno para decir asuntos difíciles de un solo golpe.

Hoy, sin proponérmelo, hablé de ti en tres oportunidades. Me resultó extraño luego de 10 años. Y no es que no hable de ti, lo hago de vez en cuando, pero hacía tiempo que no lo había hecho con tanta frecuencia en un mismo día.

Muy temprano en la oficina te nombré por primera vez. Le explicaba a la gerente sobre mi plan de inversiones que haría este año en mi empresa. Le manifestaba que me llenaba de incertidumbre saber si dichos proyectos serían una decisión acertada según y cómo estaba el país, y de repente dije en voz alta: “Celina siempre me decía que lo que yo soñaba se cumplía y que debía tener un ángel de la guarda a tiempo completo trabajando para mí, así que no debía dudar de mi instinto”. Te confieso que al decir aquello mis dudas se disiparon y seguí adelante con mis planes. Aún extraño la magia que tus palabras de aliento irradiaban sobre mis propósitos, ¡Y vaya que los impulsaban!

La segunda vez que te nombré fue en la tarde, con mi psiquiatra. ¡Ah, bueno, esa es otra historia! Porque no sé si te había dicho que acudo a terapia con una psiquiatra desde hace algún tiempo. Para serte sincero me avergüenza revelártelo. No quiero que pienses que ando un poco loco, pero la verdad es que con ella he explorado un modo diferente de ver las cosas y me siento aliviado cada vez que salgo de su consulta.

No sé por qué me provocó contarle sobre aquella vez que fuimos al cine cuando éramos novios de estudiantes y que al salir nos agarró aquel chaparrón de agua.  ¿Lo recuerdas?, sin vehículo ni un bolívar en el bolsillo, simplemente decidimos caminar abrazados rumbo a casa sin importar que la lluvia mojara nuestros cuerpos. ¡Cómo reímos hasta más no poder durante todo el trayecto! ¿Sabes algo? A veces extraño esa época cargada de carencias, pero llena de sencillez y amor incondicional.
Por último, te nombré en la noche cuando decidí llamar a tu madre… ¡Sí, la llamé! Mantengo mucho contacto con ella. ¿No te lo ha dicho?

Quise pedirle su bendición para lo que estoy a punto de hacer. Cuando se lo dije noté cómo su voz se quebraba, pero tras una breve pausa de silencio me dijo que estaba bien y que era lo mejor para mí. Sus palabras me reconfortaron enormemente.

Luego nos reímos un rato recordando la que fue tu profecía exacta cuando afirmaste antes de abandonarme que yo quedaría después de ti como un “Papagayo sin cola”. Una predicción que se ha cumplido todos estos años, hasta ahora.

Creo que ya supones lo que intento decirte.

Hace 4 años conocí a otra mujer. Ha sido mi ángel desde entonces. Con ella retomé el camino del amor puro que sólo contigo había paladeado, y aunque ha debido llegar a tus oídos que después de ti he vivido muchos idilios locos, esta vez es diferente. En ella encontré el oasis que calmó la sed que tu partida me dejó.

¡Voy a casarme de nuevo! Y no sé explicarlo, pero siento que tu presencia me invade con intensidad por estos días. Cuánto anhelo que me pudieses hablar. ¿Sería posible? Necesito escuchar tu voz. O quizás me puedas visitar un día de estos, y así saber lo que piensas. Es lo único que me faltaría para sentirme completamente en paz. ¿Es pedir un imposible, verdad?

Al principio de esta carta te escribí que creía sería la última. Ahora estoy seguro de ello. Intentaré continuar viviendo esta vida de la mejor manera posible, contigo y sin ti.
Flaca, esta es mi despedida… esa que nunca pude hacer en vida cuando el cáncer poco a poco te arrancaba de mis brazos, esa que mi inconsciente desea gritarte a través de una novela, esa que apenas hoy, 10 años después de tu muerte, tengo el coraje de hacer.

Quizás tú sí intentaste despedirte de mí cuando me pediste que escuchara con atención aquella canción, “No me ames” de Marc Anthony y Jennifer López. Una balada cargada de solicitudes imposibles cuando en verdad se ama. Qué distinta me suena ahora. Mi rabia se alborota cuando la escucho pero pronto se aplaca, no hay opción. No puedo cambiar el destino.

Mi pasión por ti quedó en deuda por la oportunidad que le brindaste al disfrutar de un primer amor inolvidable. Yo te doy las gracias por todo lo vivido. ¿Qué pasará con aquel epitafio?
Tu recuerdo irá siempre dentro de mí y rezaré por ti hasta el final de mis días, mi querida Celina… ¿Nos volveremos a ver?

Juan Carlos

(Juan Carlos Federico Álvarez Sánchez)

3 comentarios:

Anónimo dijo...

me di el tiempo de leer tu relato, me emocionó bastante y me sacó sonrisas... Espero sigas escribiendo, me gustaría saber que es de ti, deberías escribir como tu bien nombraste esta "novela"

Juliette Jonson dijo...

Continuarás las redacciones? Es una historia triste pero muy bonita, hace ya casi un año perdí una amiga y comprendo el anhelo de volver a ver a un ser querido.

ana dijo...

Yo estoy viviendo algo similar, solo puedo decirte que ella seguramente hubiese querido que tu fueras muy feliz y que vivieras por los dos. Como pago a toda la felicidad que ella te dio.