miércoles, 11 de febrero de 2009 | By: Abril

¿La Felicidad?


El sábado trae regalos, por momentos relucientes…, allá bajo el sol de la risueña Alicante. Porque así veo yo la ciudad, sonriente y colorida; y siempre, siempre soleada, desde que me adentro en sus laberintos y camino distraídamente sobre sus aceras, o desde que detengo el vertiginoso decurso del tiempo en un rico y fresco mojito elaborado en cualquier local de esos que estrechamente se pierden en mitad de una calle. Es curioso cómo se gana querencia con el trato. Antes, no hará tanto, la capital alicantina para mí no significaba más que una parada casi obligada, una visita conveniente para comprar algún artículo o para distender la tarde dominical bajo el manto de una película, mecido en el sopor que deja el olor a palomitas. Lo siento por ti, Alicante, pero ni tú ni yo éramos los mismos. Y sabido es que las luces de las avenidas refulgen más cuanto más hinchado lleva uno el corazón en su mochila.

Como somos tardones, solemos aterrizar en la calle Mayor a eso de las tres de la tarde. La crisis dibuja su cara más sufrida en los menúes (cada día más baratos) estampados en las pizarras de los establecimientos, y en los apremiantes rostros de los camareros que a nuestro paso nos invitan a degustar las bondades culinarias de lo que allí adentro se cuece. Observamos con sorpresa que la zona para no fumadores está yerma de personas, como si una bomba química hubiera borrado todo rastro humano. Arriba, a donde se empipa uno con placer el puro o el cigarro tras la pitanza, suelen darse bastantes mesas llenas. Ocupamos una, mirando en derredor, con timidez, como quien entra a hurtadillas en una biblioteca para no atraer la atención de la concurrencia. Ya relajados, nos lanzamos a las viandas. La invariable costumbre nos hace abandonar los últimos el local, justo cuando los rostros de los camareros yo no son apremiantes, como cuando nos recibieron, sino de puro hastío. ¡Qué pelmas!, -creo que leo en sus ojos mientras nos despiden con forzada simpatía.

Salimos. Es la calle Mayor, a la que cada sábado vemos como recién inaugurada, por la que transitamos a paso de soldado herido, en exasperante lentitud, atrapando el gesto de sus edificios, la armonía de sus años, la antigüedad de sus calles instalada en ese enjambre de Historia que se llama, con justicia, El Barrio. Y noto, una vez más, como que se me regalara un objeto de inapreciable hermosura, irrepetible: la felicidad.

(A ti, Alicante, por Claudio Rizo).

1 comentarios:

Camilo dijo...

Bonito relato. La felicidad suele estar en esas pequeñas cosas,como dar un paseo por un sitio agradable.

Un saludo.