miércoles, 30 de enero de 2013 | By: Abril

Carta que se envió y nunca llegó (o quizá no fue leída)


Hola.

Sé que no ves muchos mensajes míos, así que debes imaginar que esta es otra de mis pesadeces y seguramente no te apetece mucho leerla. Estás en lo cierto, pero me gustaría pedirte que lo hagas.

Sé también que no te gusta lo que escribo y, créeme, te hubiera ahorrado tenerlo que leer, pero no me es posible.

Últimamente o me esquivas o estoy demasiado nervioso cuando estoy contigo como para romper con esa barrera que parece haber crecido entre nosotros. Quizá pueda encontrar el momento y contarte esto de palabra antes de que tengas que leerlo. Tengo muchas ganas de contarte esta historia con voz de cuentacuentos; llevo todo el día con ganas de contártela, pero no he sabido que era ésta hasta ahora que se ha hecho de noche y todos duermen.

Déjame, ahora que me amparan las estrellas y sacan de mí algunos buenos sentimientos que creíamos que habían muerto, déjame que te cuente mi historia.

Es la historia de un niño, casi como otro cualquiera, que, como otros tantos, se hizo mayor olvidando lo que de pequeño ya sabía.

Nació en una ciudad pequeña y orgullosa, cerrada quizás, y ya de bien pequeño empezó a dar tumbos por la vida con los continuos cambios de domicilio de su familia. En su casa nunca había sonreído la fortuna, pero con su llegada la suerte pareció esfumarse y la familia cayó en una dura pobreza. Así pasó una infancia pobre pero feliz ignorando los esfuerzos, sufrimientos y discusiones que llenaban su casa y aportando una sonrisa cada vez que su hermano, un poco más mayor, lloraba en su cama.

Pedía como todos los niños cada juguete que veía y no le importaba mucho que sus padres casi siempre le tuvieran que decir que no, que otro día sería. A ellos sí.

Él se contentaba con tres amigos del parvulario y, aunque los más grandes solían disfrutar molestándoles, les iba bastante bien.

Esa misma fortuna que siempre les había puesto la zancadilla se disfrazó de amiga un día para arrastrarles a nuevas miserias y fueron de vuelta a la ciudad donde el chiquillo había nacido. Allí, sin amigos y en un colegio de monjas, el gris y las ciencias naturales se fueron acercando a su carácter. Sólo estuvo allí un año y al siguiente la luz pareció brillar: un nuevo colegio y un negocio familiar.

El negocio, una tienda de alimentos congelados, había de quebrar en cuatro años dejando a sus propietarios en una situación más que apurada. Pero en aquel momento todo era ilusión; tanta que la casa conoció unos Reyes Magos opulentos aquel año y la familia se aventuró a iniciar la compra de una casa propia y dejar el alquiler.

El niño siguió en su vida, desarrollándose como un chiquillo enclenque y listillo que no hacía los deberes pero que se espabilaba para ocultarlo en clase, compitiendo por el puesto de favorito de la maestra. Eso y su falta de habilidad en el recreo y la clase de gimnasia le ganaron unos cuantos amigos de aquellos de los que cualquier niño guarda un horrible recuerdo.

En aquella dulce época sus padres se volcaban en el trabajo y dejaban a los dos hermanos en casa. Primero la golosería y luego la gula hicieron al chiquillo adquirir amistad con la nevera y figura de bola. Comía casi compulsivamente y a todas horas. Aquello acabo de rematar su carrera social. De aquella época serían los recuerdos del más fiel amigo que tuvo en su niñez y de una gata a la que, pese a algunas perrerías que le hizo - que se saldaron con arañazos - amó como a ninguna mascota. El animal se fugó de casa espantado por un primo un tanto maleducado y no lo volvió a ver.

También en esa época forjó un talante acobardado y solitario y, aunque al principio aborrecía leer, encontró un libro que le ataría por siempre a la imaginación, los sentimientos y la literatura. Era el cuento de un cartero harto de su vida que, ayudado por una bruja buena, consiguió viajar por las maravillas del mundo transformado en una carta de paz a los poderosos del mundo. El niño se enamoró, lloró y quiso ser como aquel cartero y volar en forma de carta que pidiese que los niños no se metiesen con los otros niños, volar y huir. Nunca más perdió aquel deseo de escapar.

Se mudaron a la casa nueva y hubo un nuevo cambio de colegio. El segundo ciclo de enseñanza trajo a su vida las maravillas de la ciencia natural, las leyendas de la historia y el infinito tesoro de la literatura con el refranero y Machado. También trajo niños más mayores que jugaban a ligar niñas que se reían de él y un gran odio al fútbol y a las clases de gimnasia.

Empezó a destacar por sus notas, incluso en lengua inglesa, que aprendió con entusiasmo, llegando a hallar un amigo en su profesor, con quien se entendía en inglés sin que nadie los entendiese en clase. Más rechazo de sus compañeros. En invierno le tiraban bolas de nieve y siempre se resfriaba para no tener que ir a las clases. Se iba al campo con su amigo e imaginaban aventuras de tesoros, piratas de río y hombres-lobo.

Un verano, el sexo entró en su vida como algo nuevo y raro que había que ocultar y que resultaba vergonzoso. No cambió gran cosa, pero por las noches soñaba con el momento en que sería mayor y querría a una chica. Después pensaba en sus compañeros y se decía que nunca chica alguna le querría. Si alguna lo hacía, él sería el amante perfecto y la querría como nadie.

No mucho después, entabló amistad con un chico con síndrome de Down contra el que todos cargaban y con otro que acabó pasándose al bando de los que les señalaban con el dedo (aquello le rompió el corazón). Tenía pocos amigos y estaba muy enamorado de ellos pero de aquel más que de ninguno porque era el único con quien los demás no se metían y era amigo suyo a la vez.

Un día, viendo la televisión con su madre, vio a un niño que tocaba el violín. Tenía su misma edad. Se sintió abatido: el genio de la casa era un ignorante junto a aquel pequeño ruso al que su madre pareció mirar con más admiración que cualquiera de sus notas. Prometió sacar un diez en aquello que se llamaba selectividad para reponer aquella falta; después de todo, sólo sería un examen y a él se le daban bien. Ignoraba cuánto llegaría a amar y conocer a aquel joven violinista ruso.

Aquel año, su hermano empezó el instituto. Le pusieron gafas y conoció amigos muy buenos que a él le respetaban aunque tuviera tres años menos. Ansiaba llegar al instituto y conseguir un lugar entre esos jóvenes caballeros que hablaban bien, llevaban pelo largo y jugaban a rol. Poco a poco empezó a insistir para ir con su hermano a todas partes y se coló en el grupo; aquello le hizo feliz.

Fue entonces cuando la tienda cerró definitivamente y dio paso a meses de desesperación y supervivencia horrible. Discusiones, pluriempleo, acreedores, juicios e incluso una tía que huía de su marido pasaron por aquella casa que los picapleitos acabaron por arrancarle a la familia, con un buen pedazo del corazón enterrado en sus jardines.

Su oportunidad llegó al año siguiente, cuando, huyendo de la miseria, se trasladaron de nuevo a una importante capital, pero no la supo aprovechar. Aprendió la lengua local y a encajar las chanzas de sus nuevos compañeros y perdió sus dos amigos. Conoció la horrible moda y costumbres de los skinheads a manos de sus compañeros de clase y decidió dejarse el pelo largo como aquellos inteligentes caballeros que había admirado en los amigos de su hermano. Leía sin cesar y escribía cartas, cada vez más espaciadas, a uno de los amigos dejados atrás; acabó por perderlo, como iría haciendo con casi todo.

Al año siguiente ingresó en un instituto donde, para su frustración, no halló nobles amigos en los que apoyarse, aunque sí consiguió que le dejasen bastante en paz.Y, pasando un año más, su año de fortuna se presentó: cambió de casa a una más grande tras un incidente económico desgraciado por parte de su padre, que a punto estuvo de disolver la familia. En su nuevo curso de instituto halló su alma: dos amigos. Eran un violinista ruso y un chico atlético de madre francesa y los conoció con la inocencia de un niñito, preguntándoles si querían jugar con él. Descubrió la Química, las matemáticas y un profesor de literatura deal que siempre admiraría profundamente. Decidió ser científico y escritor y aquel año ganó el premio literario del instituto con el relato de la muerte de un anciano que pierde su amor.

Dispuesto a comerse el mundo, entró en el siguiente curso con ganas de encontrar alguien con quien intimar más allá de su amistad. Su amigo atleta había encontrado novia aquel verano.

Hasta aquí, creo que lo conoces todo, debes estar aburrida y preguntándote por qué te cuento esto, y sabes lo que va a pasar porque, como también sabes, es aquí donde entras tú en mi cuento. Por favor, sigue leyendo.

En el último día de octubre de aquel año, un compañero que iba a otra clase y cuya amistad no había sabido valorar le invitó a su cumpleaños. Allí conoció a la persona que más profundamente marcaría nunca su vida. Fue casualidad, como casi siempre en estos casos.

Él se sentía incómodo y ridículo. Se había afeitado su reciente barba y estrenaba zapatos. Llevaba una vieja cazadora de cuero de su padre a la que llamaba chupa porque no podía tener una de verdad.

Ella era mayor y segura de sí misma. Tenía los ojos pintados y un abrigo larguísimo de imitación de cuero. Su nariz era hermosa y su sonrisa encantadora, pícara. En su cuello, una cicatriz amenazadora le llamó la atención, pero al principio no quiso decir nada de ella. Se dedicó a hacer el bufón con su amigo ruso hasta que todos salieron a pasear y se sintió apartado del grupo.

Se sentaron en un banco y ella se le acercó. Comenzaron a charlar. Tú sabes cómo se llamaba, y que le gustaban los dragones y las series fantásticas de televisión; sabes que quería hacerse un tatuaje y ser motera... no había chicas como ella. No existían con tanta fantasía y capacidad de aceptarle, tan amables y atractivas y a la vez con algo de esa sensatez que la edad y los disgustos dan de forma turbia. Fumaba, y todo en ella destilaba interés. En la plaza del barrio, por la noche de aquel viernes el corazón se le aceleraba y la mirada se le deshacía en ella.

"Tú no puedes existir"... Pero existía y escuchaba heavy metal y aborrecía las niñatas típicas de los colegios. Con el amigo artista, la acompañaron a casa. Cuando volvían, comentando lo bien que les había caído y sin imaginar cuántas veces volvería a bajar aquella calle, temió que su amigo también se hubiese enamorado.

Al lunes siguiente, tras un fin de semana en blanco de ansiedad, ella pasó por su clase y le dejó discos y cintas de algín grupo rockero. El corazón le dio un vuelco. Aquella música le marcaría. La deseaba y la admiraba como a nada. No se podía desprender de su recuerdo.

A ella le había llamado la atención su cabello largo. Se hicieron buenos amigos. Ella le cogía del brazo cuando paseaban y él se sentía morir de miedo y agitación. Por las noches aspiraba el olor de sus guantes y la recordaba en sus cintas y la quería en secreto. Ella iba detrás de otro chico.
Aquel fin de semana fue de nubes grises y ojos rojos. Sin embargo, no mucho más tarde se encontraron compartiendo indirectas y emociones, ideas y sentimientos.

- Nunca nieva en esta ciudad. Es imposible.
- Todo es imposible hasta que sucede -sonreía él.

Al día siguiente nevó como nunca en la ciudad costera y Dios pareció existir. Con lágrimas de emoción, la llamó por teléfono. Una semana más tarde, uno de sus paseos acababa en la vista nocturna de la ciudad desde una de sus montañas. Era de noche, pero siempre encontraban la manera de escaparse a pasear.

Sentados en unas escaleras, sobre las luces de la ciudad y con las manos unidas, charlaban. Ella le besó. Sintió venir sus labios y el miedo, y después la ilusión. Era imposible, pero sucedió. Temblaba mientras su amor se le salía por los poros. Por primera vez en años, se sintió feliz y querido de una forma especial, sintió que valía para alguien, que era apreciado y no quiso huir... quiso amar para siempre.

Descubrió su piel tersa y suave, su olor y el sabor del tabaco en sus besos, que le acompañaba tras dejarla en la puerta de su casa. La amaba.

Casi dos años después, el primer grupo rockero que ella le enseñó tocó en la ciudad del mar. Debía ser algo mágico, especial. Ellos ya eran famosos por sus discusiones de pareja, como si estuvieran casados. Él disfrutó el concierto sin saber que al día siguiente descubriría cuánto se puede perder a una persona.

Este es un mundo que no está bien, amiga, que no es de cuento, y quisiera no haber escrito ese último párrafo ni haber estado en los dos años en los que respondí a ti perdiendo mi inocencia y mi respeto. Pero no me he perdido todo, no he perdido mis sueños ni mis sentimientos y, ya que todo ha sido tan real, tan desgraciadamente real, quisiera, ahora que las estrellas me amparan y sacan lo bueno que hay en mí, que al menos esos dos amantes que aparecen en la historia tengan un amor feliz eterno en un mundo mejor, en un mundo de imaginación al menos; ahora que yo te pierdo y tú te alejas y me das largas, ahora que me convierto en uno más de los tíos, en este ahora que durante dos años no he sabido ver ni llevar mejor. Te pido que sueñes con ellos, con una tú y un yo de cuento y felices. Quizás si ambos lo hacemos puedan estar en aquel mundo. Ojalá lo hayas leído todo. Ojalá pueda volver a ser yo un personaje de historia de hadas y tú alguien que no puede existir. Ojalá lo imposible pero hermoso siga existiendo y haya esperanza para el mundo, aunque sea en momentos.

Recuerda que siempre te amaré hasta donde me llega el alma. Siento no haberlo hecho mejor. Recuerdos del último beso
Yo.
(Ulises Grant)

1 comentarios:

Marylin LaGata dijo...

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