miércoles, 20 de febrero de 2013 | By: Abril

Carta de un tonto a su amada...


Segundo domingo del mes de noviembre de mil novecientos prefiero no acordarme...

Querida Analepsia:

Las noches sin ti son frías. Obvio, ya no hay quien caliente mis pies. Obvio, ya no hay quien cubra mi espalda. En fin, ya no hay nada… Sí, sé lo que estarás pensando: ¡Nunca ha habido nadie desde que nos conocemos! Al menos eso es lo que yo creía, y me hubiera gustado seguir cobijado con esa ignorancia; porque, a veces, decir la verdad duele más que si te halaran, juntos, todos los pelos de la nariz. Si extraer una sola hebra, con el cuidado de quien lleva una taza de café hirviendo sobre la cabeza, te duele hasta el culo, imaginá el resto...

Y lo que más pesa, son tus sonrisas por doquier, ahuyentando mis noches de sueño, inventando tormentas para mis ojos (suspiro). ¡¿Valdrá la pena tanto amor?!

Debo decir (decirte) que no me gusta sentir golpes en el pecho y menos cuando la estaca con la que me empalan, es tu nombre. Eso me hace sentir deshabitado, quisquilloso, molesto, ausente…

Ayer que estuve contigo, me di cuenta de que resiento cada parte de tu cuerpo (ese que está conmigo, pero sin ti), más cuando la sed de tu ausencia me inunda el sexo vil. Ahora que, llamarle vil no es gratuito: son noches y noches tratando de desprenderme de tu aliento tras mi piel, pero por más que froto, solo consigo aferrarme aún más a tu tiempo.

¿Sabés -yo sé que no sabes, pero supondré que sí-?… ¿Sabés?: me hacés falta. Me haces falta vos y tu espalda iluminada, vos y tu cama a media luz, vos y la parte de mí que se perdió en vos. Y ahí no hay vuelta de hoja. Yo no puedo ser más libro abierto, ni más hoja suelta de lo que he sido contigo. No puedo ser creador de ilusiones donde la tierra es seca y árida…

Y da rabia, rabia de sentirte ajena, de sentirme inservible. Me mirás y siento que estoy completo, como en el principio de los tiempos. Vos sos la esencia que justifica el aire que respiro, y sin embargo, de tu parte, no hay rastros de mí. Yo, al contrario, te miro y me tiemblan las ganas de besarte, de hacerte en sopa y tragarte en migajas, para que nadie se te acerque, y que sepan que me alimentas sólo a mí.

Pero volviendo al punto, mujer (aquel donde te hablo de la frialdad), la obviedad, a veces, responde a subjetividades disímiles. Y, en tu caso, mi amor (si se me permite la salvedad), la interpretación que yo obtengo de tu corazón es distinta del canto que mana de tu razón.

No es lo mismo, por ejemplo, que vaya a vos con los brazos abiertos, y que vos me recibas dispuesta a dejarte hacer, pero sin reciprocidad, a que vayas vos con las ganas traviesas y que yo te reciba con mi aliento. No es lo mismo.

Pero decíme vos si, ¿Al fin el hombre (este en particular) puede saber qué carajo quieren de él? Y conste que la interrogante tiene nombre, el tuyo: piel luna, bordes blancos, cristales ajenos y voces perdidas en el oído de otro, son las acusaciones.

Quizá acá deba detenerme y explotar, digo explicar que no hay derecho:

¡No hay derecho a que yo me consuma con el veneno de los celos, cuando le endulzas la boca a otro, a ese que acaba de regalar el mundo, con hipoteca incluida!

¡No hay derecho a entregar la pluma al olvido, por culpa de lo obvio (y que quede constancia que no es reclamo, es protesta), porque, si de amores hablamos, al que yo te profeso sólo le falta correr para tirarse bajo tus pies y evitar que estos toquen la tierra, que ya mucho ha sufrido con desamores!

¡No hay derecho a pasar noches en vela, escribiendo epístolas para un santo imaginario y absurdo, además, anotando el diario vivir de las desventuras de un acongojado corazón, sólo para que tu no te enteres del dolor que me causa tu sonrisa de “amiga y nada más”, cuando te abrazo con la nostalgia de mi cuerpo!

Porque he de recalcar que, que mis manos, cuando te tocan, no son simples sanguijuelas, prendidas de tu carne. No. Son murallas que te quieren proteger (quieras o no) de los espíritus chocarreros, como el que hoy te lame el cutis. Pero, ya sabes como termina el cuento (escrito en alguna parte está. Yo recuerdo), que siempre las almas bondadosas, como la mía, se quedan añorando bocas, como la tuya.

Ana, me gustaría seguir describiendo la parábola de tus huellas sobre mi almohada, pero, en algún momento debo dormir. Lo creas o no, el cuerpo reclama por los embates del abandono, más que de costumbre, cuando el amor se viste de sueños inalcanzables. ¡Cobardía!, dirás. Es posible, pero, ¿de quién? ¿Tuya? ¿Mía?

Sé que el dolor que me está llenado de mierda el alma, tiene un solo dueño, el que viste y calza estás mismas letras que hoy ensucian tu vista. Pero, te recuerdo, que para parirlo se necesitaron dos. Ahora, que yo nos amo, y puedo cargar con tu parte, no quiero lágrimas de culpa y menos de compasión.

En fin, hay que darle tiempo al tiempo, para que las aguas se aclaren, aún cuando la mejor forma de combatir la soledad, no sea en soledad. Sin embargo, en este momento, es lo que menos hastío me causa. Quizá si le doy tiempo al tiempo, al tuyo y al mío, algún día me reiré de la gracia que hoy te cuelga de la angelical muerte que cuelga de tus labios.

Arden. Las despedidas son así de peligrosas, de malignas y furtivas, pero eso no quita que no sean justas y necesarias. Por eso ya debo decir adiós, para irme a la cama, que, a esta hora, es tan fría como la foto que me regalaste hace tres años y que guardo bajo la almohada. Aunque, en noches como esta, suele ser buena amante.

Bueno. Salúdame al que se dice dueño del olor de tu piel.


Con la sospecha de siempre, afectuosísimamente tuyo, “el que sólo puede ser tu amigo”, o sea, yo.



Posdata:

Lo que hoy me dispongo (inventarte con mis manos), sólo es alivio momentáneo, mañana ya vendrán los olores de la culpa, nada que una ducha bien fría no pueda resolver.

Únicamente quería sentar postura y decirte que así estamos: o te pido perdón por los malos pensamientos y desando los odios (que me han salido al costo, por el individuo ese); o te pido perdón y me veo en tus ojos, sin más; o seguís muriendo, azotando, estallando, sepultándonos…

Un beso.
(Diego Murcia "Sarnahuixtli")

1 comentarios:

Marylin LaGata dijo...

“el que sólo puede ser tu amigo”, o sea, yo. Una carta fuerte Abril. Te dejo un beso