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jueves, 2 de enero de 2014 | By: Abril

Lola, querida


Te voy a escribir una carta...

Sí, ya sé que no estás aquí, pero sigues estando mientras yo te sienta a mi lado. Esta es una carta como aquellas que cruzaban el Estrecho desde África a Sevilla... ¿Recuerdas? En aquel entonces, era la carta el único vehículo para llegar a ti. No había móviles, esos que ahora rompen continentes, fronteras y océanos...

Una carta que tiene el remite de mi soledad y una dirección de destino que no es de esta tierra. La tierra que un día, siempre cercano en mi recuerdo, abandonaste, -quizá con gozo- para vivir en otra Sevilla, la Sevilla de tus sueños.

No creo que estas líneas se pierdan. Habrá, como aquí abajo, un servicio de Correos que te hará llegar mi misiva, mi mensaje de amor. Tu muerte no ha conseguido separarnos, como sin fortuna nos dijo el cura. Te sigo queriendo. Te quiero más, mejor dicho: no puedo quererte más, porque te quiero sin medida, como la infinita eternidad en la que tú vives ahora.

Un beso de tu Enrique.
domingo, 29 de septiembre de 2013 | By: Abril

Y como aquella vez, te lo vuelves a llevar todo...


Querida amiga:

Pasa el tiempo.

La distancia, como siempre, separa más que une. Es inevitable. Intenté convencerme de todo lo contrario pues te fuiste de mí del mismo modo en que te presentas hoy, de improviso, y parece ahora ayer, cuando en esa despedida fui abandonado con un hola acre que resultó ser un adiós envuelto en una sonrisa forzada que decía que no te volvería a ver.

Pero has vuelto, y aquí estás, sin venir y sin esperarlo, como un capricho cruel de la memoria que se parece al destino y al tiempo que no tienen medida, y ese sino quiere que vuelva a saber de ti y quiero decirte que yo estoy bien, que tengo mujer y dos hijos muy guapos, y que trabajo de lo que quiero, y que tenía muchas ganas de verte porque siempre pensé que nunca te iba a encontrar de nuevo.

Han pasado tantos años, vida mía.Y mientras te escribo, muy despacio, pierdo mi nombre y mi condición de hombre pues no hay nada más inmenso que una herida cerrada, una cicatriz que desea bañarse con la voz de tu recuerdo, y ese recuerdo entra en mí, sin pedir permiso, otra vez, y bailamos, como aquel día en el que, arrogante, me pisé a mi mismo y casi caigo y me acerqué mucho a tu cuello, y un bucle rubio no se quiso apartar.

Y aquí estás y me dices hola amigo, y como aquella vez, te lo vuelves a llevar todo.

Ya termino la carta, ya termina el baile... mira, acabamos solos de tanto buscarnos para siempre.

Tuyo

Claudio

(Del blog: Es Amor)
martes, 9 de julio de 2013 | By: Abril

Los números se acaban...

 

Ayer, cuando entré en nuestra habitación ya estaba Teresa dormida. Tenía la cabeza apoyada en la almohada mirando hacia mi sitio. El pelo se ajustaba a la cama como el agua al lecho. Casi a oscuras. Las luces de los relojes de las mesillas hacían de candilejas. Los brazos haciendo una especie de hache a ambos lados de sus sueños. El torso estaba fuera de las sábanas y se adivinaba la ropa de dormir acariciando su espalda hasta donde comenzaba a descender como sin peso. Los dos tirantes, finos, sensuales, femeninos, me hablaban de ella. No sujetaban nada. Sólo decían de su carácter.

Volví a caer. Me enamoré otra vez de ella. Y le declaré mi amor en silencio. Quise recordar el número que hacía esta caída del guindo, y me vino a la memoria que hace unos diecisiete años, dije el último número que existe. Ya llevo muchas caídas más allá del fin.

Se durmió antes que yo, como ocurre todos los miércoles. Y es que, los martes dormimos con mi madre. Ella, en la cama supletoria de la habitación de la enferma-niña herida por el rayo de una tormenta de arterias y venas. Yo, en otro dormitorio, cerca, pero en otra habitación. Es su devoción. La mima.

Para Teresa no existen las obligaciones. Todo es devoción. Ama a lo cafre. Consiente de mí lo intolerable. Ausencias del pensamiento, retrasos sin sentido, olvidos, coqueteos, tozudez, desapego de mi cuerpo. Ella lo adorna todo y me da un beso. Y hace que siga viviendo. Como si nada.

Amar es pensar una canción y que ella comience a entonarla. Amar es atravesar Soria en coche, bajo una lluvia torrencial, mirando la luz de los faros con los ojos empapados. Los dos y sin saber por qué. Amar es consentir la libertad del amado.

Teresa me ama. Como soy. Es decir, me ama.

Yo amo a mi esposa como es. Y porque se cruzó en mi vida. Ya no había otra solución.

(Juampe, del blog "Es amor")
miércoles, 13 de marzo de 2013 | By: Abril

Océanos de amor


A mi esposa María:

Hoy me he reído de corazón. Te habías subido con nuestra hija a una barca en el parque de atracciones. Yo no os seguí porque sabes que me mareo con facilidad. Aunque tú tampoco estás para mucho ajetreo, te montaste en la infernal nave y aguantaste el tipo hasta el final. Pero tu cara te delataba y mientras la niña reía y reía, tú palidecías por momentos, a pesar de ese intento de sonrisa que tus labios no conseguían fraguar.

Me reí de corazón contigo y al verme empezaste también a reír. Cuánto tiempo sin compartir algo, aunque fuese una sonrisa.

Nuestra vida, como balanza en continuo tintineo, hace años que perdió su equilibrio y nuestro amor, ese amor omnipresente, exuberante, apasionado, incondicional, cedió su lugar a una convivencia decadente, monótona y falta de ilusión.

Qué cerca de ti cada noche, pero qué lejos estás de mi. Rodeada de murallas, no encuentro la llave que abra la puerta. Intento escalar tu suave piel, abordar tu nave con dulzura y delicadeza como si manejase porcelana fina pero, una y otra vez, esas olas que llegan a tu orilla, regresan vacías. Mueren en el fondo del océano y con ellas mi vida se apaga, mi deseo se diluye y mis ojos se secan.

Estoy tan solo, tan perdido, que no sé qué hacer. No sé cuándo terminará este invierno que hiela mi sangre, que corta mis alas y mina mis fuerzas.

Y, sin embargo, sigo a tu lado. Aferrado a un pequeño rescoldo que dentro de mí no se apaga, que se alimenta de una risa tuya en el parque y que aviva el amor que aún siento por ti.

(Manuel)
martes, 12 de marzo de 2013 | By: Abril

Buenas noches, amor mío


Perdón por lo de "mío", no quiero que pienses que es posesión. Más bien piensa que hasta hace unos meses creía que después de más de cuatro décadas significaba que los dos nos habíamos convertido en uno solo, que compartíamos todo aunque los sentimientos eran de cada uno. Con la ilusión de tener a la espalda muchos años, de haber vivido juntos momentos como los estudios, el comienzo de los trabajos y la distancia en kilómetros entre los dos... Era todo maravilloso, soñábamos cada día con el encuentro, con nuestra unión.

Pero, como todo llega, ese momento llegó. Todo lo soñado lo fuimos experimentando, con todas las dificultades que conlleva la convivencia y con esos enfados que en seis años de noviazgo no habíamos tenido.

En unos años y casi sin darnos cuenta, los niños ocuparon todas las horas de cada día, que junto a los trabajos y tareas no había minutos para nada más. Bueno, para querernos buscábamos algún ratito.

El tiempo pasa tan rápido que antes de que te quieras dar cuenta todo ha cambiado. Los jovencitos se convirtieron en maduritos, con los hijos independizados, con su vida propia, sus trabajos, los hijos, nuestros nietos y con ellos una nueva ilusión.
                         
Sin embargo, como todo lo finito es cambiable y con la jubilación surgió la idea fantástica de relacionarse con amigas de la juventud perdida. Como en una vida tan relajada todo es un poco monótono y conocido, lo novedoso se intuye rápidamente. Así lo encontré, el mundo que yo creí tener seguro se rompió en pedazos y después de preguntas, exigir respuestas y mil reproches, ahí estamos recomponiendo toda ilusión y confianza perdidas. Con todo este bagaje vivido y en este tiempo de valores olvidados y tan menospreciados, tan sólo quiero renovar ese amor minuto a minuto, con la gran esperanza que lo que nos quede de tiempo sea para hacernos unos ratitos felices, por nosotros y los que nos rodean .

Rosalina
viernes, 26 de octubre de 2012 | By: Abril

El cofre de la memoria


Me decidí a escribirte porque me parece que en los últimos años he olvidado darte las gracias y decirte que te amo. Al redactar esta carta estoy haciendo caso omiso a las recomendaciones de mis amigas, quienes consideran que presentarse en un concurso público con una carta de amor para el ex-marido, produce en el mejor de los casos, caspa. Pero yo siento que con toda esta historia del divorcio y el trajín que significó hacerlo realidad, se han ido pasando los meses y no quisiera perder esta oportunidad. Quería decirte que somos mucho más que un hombre y una mujer que ya no lograban vivir juntos.

Ya van a ser dos años desde que empecé a embalar nuestras vidas para poder cumplirle a la pareja que decidió montar su paraíso de amor sobre las cenizas del nuestro. De todo aquello, como de un naufragio voluntario, todavía siguen apareciendo objetos que daba por perdidos.

De poco valieron los rollos de tirro, papel y plástico; las interminables horas dedicada a envolver meticulosamente cada libro, cada juguete, cada recuerdo y meterlos en cajas identificadas; o las cifras tan exorbitantes como injustificadas que se le cancelaron a la compañía guardamuebles. Con la misma persistencia con la que el óxido y el moho se apoderaron de nuestras cosas, así mismo la tristeza inmensa y una sensación plomiza de fracaso, se filtraron como un líquido espeso a través del papel de burbujas, que pretendía ingenuamente, amortiguar la caída y hacernos protagonistas de una separación posmoderna: sin traumas y sin dolor.

De esos meses perdidos en los que, en efecto, dejamos para siempre de ser “nosotros cuatro” y nos convertimos en otra gente, sólo me atrevo a recordar la última tarde antes de la mudanza en el apartamento de La Castellana, cuando todos bailamos dentro de nuestro cuarto, reducido a un rectángulo semi-vacío con piso de madera: un colchón inflable tamaño King, una laptop y dos cornetas en las que un dúo formado por Juan Luis Guerra y Maná nos recordaba que fue una bendición encontrarnos en el camino. Lo demás me resulta todavía demasiado filoso y permanece confinado bajo llave, en una gaveta bien escondida en lo más profundo del alma, esperando que el tiempo y el psicoanálisis de Margarita hagan su magia. Un día quizás, esos archivos puedan ser decodificados sin causar estragos.

Así como aparecieron la colección de juguetes de madera y los adornos de navidad; así han venido re-flotando muchos de los recuerdos maravillosos de esos casi 16 años que compartimos bajo un mismo techo (aunque tú bien sabes que fueron en realidad muchos techos sucesivos, y cuatro los años finales en los que, como suspendidos en el tiempo, compartimos petrificados techo, pero no alcoba).
Y si bien es cierto que no todos los años fueron buenos y que las razones para no estar juntos siguen estando clarísimas, también es verdad que fuiste mi amor. El de los besos dulces y suavecitos, mi compañero, mi cómplice y el co-autor, impulsor y defensor desde siempre de Camila y Daniela, que son hoy todo lo que me importa. La buena noticia ha sido descubrir que esas memorias cálidas siguen intactas y son la cantera de nuestra relación de ahora, que aunque al añadirle el “ex” por delante machaca siempre lo que ya no somos, tiene, paradójicamente, un presente mucho más plácido que el pasado.

Te confieso que en las malas noches, cuando la culpa y los miedos que me habitan salen de sus cavernas y me atrapan, el saber que cuento contigo me ayuda a liberarme. Porque tú sigues siendo mi aliado, mi único socio en la empresa de la paternidad y tu presencia le añade otra red de seguridad a la peripecia de vivir en esta Caracas contemporánea. Acto que resulta a veces inconscientemente suicida, a ratos tedioso o caótico; pero siempre protegido por una magia imperceptible: como nuestro destino. Qué suerte, Marmotón, la de encontrarte justo ahí, en frente de la cartelera de aquel curso de inglés. Y de verdad, bendita la coincidencia.

(Mariana Bacalao, carta finalista en el concurso de Cartas de Amor de Mont Blanc, 2012)
miércoles, 3 de octubre de 2012 | By: Abril

Carta al Amor de mi Vida

 
Nota: Hay cartas que cambian la vida de alguien. Ésta es una de ellas...
 
Al Amor de mi Vida:
Hace casi cuatro meses que no te veo, pero te imagino con tu vientre abultado llevando a nuestra hija dentro: Sé por Marina que es una niña. Tú y yo siempre quisimos tener una niña, ¿te acuerdas cuando de madrugada yo te abrazaba y soñábamos con huir y empezar una nueva vida?
Cuando me dijiste que estabas embarazada, que íbamos a tener un hijo y que dejarías a tu marido para que pudiéramos irnos los tres; tal y como siempre habíamos soñado, me hiciste el hombre más feliz del mundo. Acordamos que la llamaríamos Carolina si al final resultaba niña, y David si por el contrario era un niño. Lo teníamos todo planeado, yo había encontrado trabajo en Madrid como fotógrafo, y tú querías dejar el trabajo de oficina que tus padres te impusieron y que tanto odiabas y dedicarte a la pintura y el diseño el cual había sido sueño desde muy joven, juntos criaríamos a nuestro bebé y seríamos felices para siempre.
Qué estúpido fui al creerte, la noche que habíamos quedado te esperé en mi estudio hasta el amanecer, te llamé y te busqué pero tú no me contestaste. Cuando fui a buscarte a tu casa, tu hermana me abrió la puerta y me dio una carta en tu nombre alegando que no querías verme, las únicas palabras escritas fueron: Lo siento, no puedo hacerlo. Yo no estaba dispuesto a aceptar aquello y te busqué en el trabajo, te abordé en un pasillo y te obligué a escucharme, me dijiste que no era el momento, que hablaríamos luego, en el sitio de siempre. Aguardé allí por ti, hasta que por fin apareciste, inmediatamente te pedí una explicación sobre la carta y tu plantón, tú simplemente me dijiste: Perdóname, pero no puedo hacerlo. ¿Por qué? Quería saber, no entendía nada hasta que al fin me explicaste que si te divorciabas, ¿qué pensaría de ti la gente? Que sería un escándalo en una ciudad tan pequeña y en unos tiempos como aquellos, ¿qué pensarían tus padres y nuestros amigos? Yo te expliqué que aquello no tenía por qué importante, que yo también tenía mucho que perder, también estaba casado y tenía un hijo pequeño, Marco el cual te adoraba y deseaba más que nada en el mundo tener un hermano, pero tú no quisiste escucharme. Habías decidido quedarte con tu marido y criar a nuestro bebé como vuestro, haciéndole creer que aquella criatura era suya, él no lo dudaría pues no sospechaba de nosotros y nunca estaba en casa. Tus palabras me conmocionaron, estallé y te grité que no lo consentiría, que tú podías hacer lo que quisieras pero que a mi hijo no lo alejarías de mí, que yo era su padre y tenía todo el derecho a criarlo y él a conocerme, a mí, a su hermano y sus abuelos. Me echaste en cara mi egoísmo, y me reprochaste que si actuabas así era porque no querías que naciera como un señalado, que sólo pensabas en él, pero, vida mía, seamos sinceros: En ese momento sólo pensabas en ti mismas y en lo que tu madre pensaría de ti si huías con el hombre al que verdaderamente amabas y no al que ella aprobó para que te casaras con él.
Yo nunca les gusté a tu familia, ya sé lo que pensaban de mí, pero a mi no me importaban ellos, me importabas tú y nuestro hijo. Tú te echaste a llorar y saliste corriendo. Esa noche llovió a cántaros y bajo la lluvia grité tu nombre desde la puerta de tu casa, di portazos, te grité una y otra vez pero tú no saliste ni por el miedo a que los vecinos me oyeran y murmuraran. Marina tuvo que venir a buscarme para llevarme a casa, me echó en cara que ella siempre supo que lo nuestro nunca funcionaría y me instó para que me largara para siempre de tu vida, yo en ese momento no quise escucharla.
Te esperé durante dos meses a que vinieras conmigo, te llamé y escribí, incluso te aceché pero nada logró hacerte cambiar de opinión.
Al final, roto de dolor decidí marcharme a Madrid, solo y allí intentar olvidarte; pero aquí me tienes, sufriendo como un perro y escribiéndote una carta que tú nunca leerás y que puede que ni te interese hacerlo. En este momento me odio a mí mismo, ¿sabes? Y te odio a ti también, por alejarme de tu vida y quitarme a mi hija.
Tu marido es un buen hombre, te quiere más que a nada, pero tu a él no lo quieres, y no se merece eso, ni tampoco nuestra hija, al fin y al cabo ellos son los únicos inocentes de esta historia.
No te imaginas, el dolor que me causa alejarme de vosotras. Yo solo espero no equivocarme, que vosotras seáis felices es lo único que me importa.
Luis será un buen padre, lo sé porque he llegado a conocerle y apreciado como a un amigo, pero siento celos de él y del amor que va a recibir de parte de nuestra pequeña, daría mi vida por poder verla una sola vez, pero conociéndote tú jamás le dirás la verdad, eres demasiado cobarde como para enfrentarla y decirle lo que hiciste.
Te quiero más que a nada en el mundo, ahora y para siempre.
Julio
 

(Carta enviada por Cristina, la hija de Julio)
sábado, 26 de febrero de 2011 | By: Abril

Finalmente, una carta más que leída, escuchada


Sebas:

Esta es mi última carta. No sé si te acuerdas de la primera que te di, aquella que hoy, por el tiempo que tenemos juntos, puedo decirte que descargué de esos sitios de Internet en los que cualquiera escribe y estaba llena de errores ortográficos y ni siquiera te diste cuenta, esa carta que decía hecha por: María Melo y en realidad era una transcripción de un poema de Neruda; tú, como no sabes de eso, no le paraste y seguiste leyendo hasta que llegaste al “te quiero mucho” típico de cualquier muchachita de 11 años pero que te enamoró; teníamos seis meses me acuerdo y todavía no te encontraba ningún defecto, te veía igualito como el primer día de hacernos novios.

Al segundo mes lo volví a hacer, después de agotar mis ideas con cosas sin sentido, aunque lo más irónico era que solo tenía que decirte lo que sentía y un “te quiero demasiado” esta vez, no implicaba mayor cosa para mí. Costaba decirlo pero lo hice; te di la carta y enseguida agachaste la mirada y empezaste a leer mientras yo cruzaba los dedos tras mi espalda para correr con un poco de suerte y así fue. No te diste cuenta. Los versos de Benedetti no fueron más que otro par de palabras transcritas por mí y un largo beso fue mi recompensa. Cómo me besabas Sebas y cómo te quería.

Mi tercera carta no fue hecha con poemas ni de Benedetti ni de Neruda ni de Víctor Ojeda como en nuestro quinto mes, ¿te acuerdas? ¿que te dije que el chamo había ganado un concurso con la carta?, te la entregué el 14 de febrero para reconciliarnos; es que tú eras jodido Sebastian, 14 de febrero y peleando, y encima por mensajitos de texto; espero que con ésto cambies. Pero como te decía, esa vez compré una tarjeta que traía un paisaje hermoso y otra más chiquita que tenía una vaca con unos corazones y unas letras fosforescentes con escarcha a los lados. Te gustó el gesto y no tuve que esforzarme tanto tratando de escribir otra carta que nunca te daría, lo único malo fue que la vaca terminó pareciéndose a mí en nuestro primer aniversario, por haber dejado la famosa dieta del doctor con apellido raro que ni tú ni yo sabemos pronunciar, ja ja ja; estás a pasos de mí y desde aquí oigo tu risa, qué malo que tú no puedas escuchar la mía, pero pronto lo harás.

La última vez que te escribí, fue porque entré al “closet de los recuerdos” como le dice mi abuela Feliza al lugar donde guardaba todas las cartas que le dio mi abuelo hasta sus bodas de oro, imagínate mi Sebas todo lo que tardé en encontrar la carta adecuada y todo lo que tardé en quitarme la alergia; fue mucho más que transcribir las palabras de mi abuelo Daniel y dártela. Como siempre, finalicé con un “Te Adoro” pero la verdad Sebastian, es que ya en ese momento estaba cansada, cansada de no saber qué escribir, cansada de los papeles, cansada de los mensajes de texto, cansada de no poder gritar lo que sentía porque no me escucharías, cansada de tu necedad por no poder confiar en los especialistas y en nosotros, cansada de que no me puedas oír.

Como ves, hoy tampoco supe qué decir, lo que hice fue recordar mis cartas pasadas porque no encontré ninguna otra hoja que tuviera escrito lo que tengo que decirte:

Todo va a salir bien Sebastian, tu familia, la prima Kaki, tus amigos y yo estaremos aquí afuera esperando que salgas, apoyándote y felices de que por fin tomaste la decisión de que te operaran. Sé que no fue fácil porque también sé lo mucho que le temes a las agujas y a los “señores de bata blanca”, pero verás que todo va a ser recompensado Sebas, cuando al salir de la operación puedas escuchar a tu mamá llorando y finalmente cuando puedas escuchar mi TE AMO.

Siempre tuya: Michelle.

(Michelle Bergoderi)
jueves, 16 de diciembre de 2010 | By: Abril

50 años no es nada...




Resumir en un trozo de papel cincuenta años de felicidad a tu lado es tarea difícil para un corazón enamorado como el mío.
Nos conocimos desde siempre, crecimos juntos sin pensar en ningún momento que de mayores seríamos pareja; más bien fuimos dos amigos que compartieron vivencias en la posguerra, malos tiempos, pero muy entrañables para nosotros, porque por esa época comenzábamos a despertar a la vida adulta.
Fue aquel domingo de verano, después de algunos años, cuando te vi por primera vez como mujer. Tus ojos tenían un brillo especial, eras como una cenicienta que de pronto se había convertido en la princesa de mis sueños.
Muchas veces me pregunto cómo pude estar tan ciego, te tuve siempre a mi lado y no me di cuenta hasta aquel día. ¡Qué bonito fue enamorarme de ti, «la neña de los papinos coloraos»! ¡Cómo te ruborizabas cuando te hablaba de mis sentimientos, estabas simplemente... deliciosa!
Fue difícil conquistarte, porque una gran mujer como tú necesita a un hombre de su talla. En todo eras superior a mí: inteligencia, constancia, valentía... pero no te importó, me amaste sin condiciones, soportaste mis faltas y seguiste siempre a mi lado...
Sin darnos cuenta nos fuimos haciendo mayores, nuestro amor maduró y se hizo más intenso; después de tantos años no podría concebir una vida sin ti. Desde que me levanto hasta que me acuesto tengo presente que eres un regalo de Dios, y a Él le pido cada día que me deje estar a tu lado un poquito más. Aún me queda mucho que aprender de ti, eres una mujer excepcional, que siempre supo sacar adelante todos aquellos proyectos en los que participó, sabes hacer... de todo, pero lo más importante para este viejo enamorado es que he tenido y tengo el privilegio de compartir mi vida contigo.
No sé el tiempo que nos queda juntos, por eso quiero aprovechar cada momento como si fuera el último, para que, cuando nos tengamos que separar, me vaya feliz y satisfecho por haber tenido a mi lado a la mejor esposa, madre y abuela... para mí, la mejor.
Mi dulce amor. Aunque hayan pasado cincuenta años, siempre serás aquella jovencita risueña que se ponía colorada cuando le hablaba de amor...
Entonces te quise, hoy te quiero y siempre te querré.

(Manuel Valdés Morán )