Mostrando entradas con la etiqueta Lo que la rutina mata. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lo que la rutina mata. Mostrar todas las entradas
domingo, 8 de marzo de 2020 | By: Magdala

Amor por las rutinas


Hemos caído en la rutina, amor.
Llevamos días despertándonos sin los buenos días. Sin soles que se cuelen entre sonrisas y nos hagan brillar en la oscuridad.
Las buenas noches se han mudado a otra ciudad y nos dormimos pensando en si la noche estará mejor sin nosotros.
Ya no nos echamos de menos; ya no pronunciamos un y yo a tiMás.
Ocultamos respuestas por no herir a las preguntas, y no sabes el daño que nos hacemos así.
Hemos dejado de hacernos heridas para dejar la huella de las cicatrices. Que quedan bonitas, dices.
Ya no cruzamos límites peligrosos ni el corazón nos va a 200 km/h. Y qué aburrido esto de viajar sin estrellarnos. Juntos, digo.
Nos preocupamos de si el cielo llora hoy en vez de si ha llovido en nuestros ojos.
Ya no nos escuchamos, sólo oímos y a saber cuántos silencios nos hemos tragado ya.
Lo del orgullo creo que lo llevamos bastante bien, sólo nos hemos tragado nueve desde ayer.
Las fotos han pasado a ser sustituidas por recuerdos. Que se borran, que se escapan y vuelan. Lejos, creo.

Y que si probamos a querernos, digo, por esto de salir de la rutina.


(Del blog: Mírame cuando no te hablo)
viernes, 25 de octubre de 2019 | By: Abril

Cómplices en desamor





"No sé en qué momento me alejé de ti
Ni cuando nos giramos para ser
El caso es que ahora somos dos extraños
En el bar del desengaño y nos falta hasta la sed"
                                                 (Vanesa Martín)


¿Qué hacemos aún juntos? Nada nos une. Cuántas veces lo hemos comentado sin llegar a un acuerdo que nos deje a ambos conformes. Sin llegar a esa tregua que nos permita un momento de calma, a esa paz interior que, con el tiempo, nos hemos resignado a perder y a donar a cambio de evitar la soledad que nos lleve al olvido.

Estamos, más que solos, mal acompañados el uno del otro. Nos toleramos, pero nada queda de aquel motivo que nos unió, que quiero seguir pensando que no fue otro más que el cariño. Pero no, sé que me engaño, porque fue tan solo una forma más de espantar el miedo al abandono.

Sé que me quieres de una manera muy particular y probablemente egoísta. Yo no te quiero y te lo demuestro cada día con señales que prefieres ignorar. Pero sigo aquí porque tengo miedo a no tener nada, a desaparecer, a volverme aún más invisible de lo que ya soy para todos, incluso para mí misma. Tú controlas los tiempos y sabes qué hacer  y cómo comportarte ante los demás para seguir pareciendo lo que no somos: felices. Pero mírame. Mírame a los ojos y dime qué queda de la pareja perfecta que éramos al principio de este cuento de hadas.

No tuvimos hijos, ni perro que nos ladre. Y eso contribuyó a acumular ese miedo que hoy anega esta tensa calma. Mi única vía de escape es pensar en él, mi amante. Pensar en el único hombre que me ha robado el corazón. Desde que se fue de mi vida camino como un alma en pena, con la insólita idea de que un día de estos abandone a su mujer y a sus hijos y vuelva a buscarme.

Yo estaba muerta a tu sombra. Él me dio la vida, pero también me la quitó. Y desde entonces sobrevivo con un hueco en el estómago que no puedo llenar con nada. Sigue en mí, pero de otra manera y me llama amiga, que es lo peor que se le puede llamar a una amante que no ha dejado de sentir aquello que le hizo volver a la vida.

Tú no sabes nada de él. Me miras con la mirada vacía del cordero que va al matadero, como si no me vieras, aunque estás acostumbrado a que mi calor caliente esta casa. Solo somos dos extraños que comparten apartamento. A veces hacemos el amor, por no hacernos la guerra y luego nos damos la vuelta. Tú para no pensar en nada y dejar que otro día se convierta en cenizas, como si todo te diese igual, caminando inexorablemente hacia el momento en que dejes de respirar. Y yo, pensando en que acabo de entregarle mi pasión fingida al hombre equivocado.

(N.H.R)
martes, 3 de septiembre de 2013 | By: Abril

Desde cero

 
 
Hace dos semanas ando viviendo entre la tristeza y la esperanza... la tristeza de haberte dejado y la esperanza en el futuro. Siempre me dices que pase lo que pase vamos a envejecer juntos y yo me aferro a esas palabras para encontrar el sentido de cada día que pasamos separados…
 
Hace exactamente 15 días hoy, te dije que no quería seguir en una relación con vos. No te he explicado mis motivos porque creo que no te importa. Estás convencido de que es una pelea tonta, un malentendido... No tenes idea amor de que fue premeditado por mi parte, que llevo semanas planteándome el asunto, que un día desperté y simplemente supe que debía terminar lo nuestro.
 
Sabes que te amo profundamente y eso es algo que no podría cambiar aunque quisiera, pero si puedo cambiar la infelicidad que siento al respecto, puedo cambiar la sensación de cada vez que me dejaste plantada esperando, de cada vez que no contestaste mis llamadas y mis mensajes, de cada vez que encontraste cosas más importantes que hacer que pasar tiempo conmigo y puedo cambiar la forma en que me has amado hasta ahora.
 
Por eso me alejo amor. No sé si por un tiempo o para siempre. Me alejo para que despejes tus pensamientos y puedas verme con claridad, en toda mi extensión, con todos tus sentidos. Me alejo para que descubras quien he sido y quien soy…
 
Sé que si logras descubrir eso será muy fácil encontrar el camino de regreso. Y tal vez entonces, si no tardas mucho, yo aún esté sentada en la mesa del mismo café donde nos conocimos y podremos empezar de nuevo.
 
Atte. Laura
lunes, 8 de julio de 2013 | By: Abril

Absurda Cenicienta


...Y mi carta llena de explicaciones, reproches y deudas pendientes esta aquí.

Puedes leerme, quemarme -una vez mas-, hundirme en una copa de vino como la que estoy tomando. Pero eso no evitara que te exprese todo lo que he callado. Quiero que me cuentes qué pasó ¿Qué pasó con todo lo vivido? ¿Qué pasó con el jardín que prometiste? ¿Qué pasó con los cuatro niños que correrían por el? ¿Qué pasó con nosotros? ¿En qué momento deje de ser tu princesa para convertirme en esta absurda Cenicienta?¿En qué momento cambiaste tanto?

No siempre fue de esta manera. Esta "forma" en la que eres abruptamente bestia conmigo. No me escuchas más de dos minutos; no me dices qué te pasa. Huyes cuando intento rozar tu mano. Tu aliento cada vez esta mas lejos. Ya no logro atrapar tu sonrisa ni siquiera esforzándome al máximo.

¿Qué nos paso? Supongo que el tiempo termina siendo desgastante ¿En qué punto te das cuenta de que el amor se convierte en monotonía? Supongo que aquí. Supongo que en el momento en el que dejas de susurrarme "Cami quédate un poco más". Quizás en ese momento en que ya no me abrazas por la cintura y me das vueltas hasta caer; desde ése en que no jugamos como niños, que no contamos estrellas, que no me atrapas por la espalda, que no me invitas a planear el futuro a tu lado...

Y ahora me dices que sólo sientes cariño, que no quieres que estemos juntos, que la relación no puede continuar. No logro entenderlo Manuel, explícame qué hago con todo el ayer.

Quisiera entender cómo puedo sacarme de la cabeza la idea de que nací solamente para ti, y que tú naciste sólo para mi. ¿No lo ves? Te amo tanto y te extraño aún más. Ese dia que viniste y me dijiste que podíamos estar juntos, que aún me querías, sentí volar, sentí estar llena nuevamente por unos minutos, por unas horas. Pero al volver a la realidad me di cuenta que pase de ser de princesa amada a una absurda Cenicienta y no cometí ni un solo error para merecerlo.

Y sabes que lo digo por tu nueva pareja. Fui incondicional contigo, acepté tus malos humores, acepté tus derrotas, te apoyé.

Manuel ¿En que momento salí de tu vida? ¿Por qué no me besabas como antes cuando estábamos juntos?.

Quisiera que todo fuera como antes y posiblemente ése sea mi principal reproche. Te reprocho el silencio, reprocho el abandono, reprocho las citas falladas, lo sueños no cumplidos, las promesas de "no volverá a suceder" rotas, los besos fríos en la frente que evadian mis labios. Te reprocho toda y cada una de esas peleas en las que decías "soy yo quien tiene la razón".

Te reprocho firmemente que me aceptaras tal cual soy y que luego te dieras cuenta que ya no te gustaba tanto. Te reprocho que no lucharas un poco más, sólo un poquito más. Como yo, que sigo luchando por ti. Explicaré por qué: Yo te amo y me niego rotundamente a dejarte sin luchar.

Me niego a creer que todos nuestros sueños los abolieras, o que estés dispuesto a realizarlos con ella ¿Es justo? Manuel, estoy aquí tragándome el orgullo y la dignidad. Pero sé que no me tomarás, por lo tanto déjame seguir siendo princesa, ayúdame a no sentirme Cenicienta. Entiende que este pobre corazón solo conoció tu amor. De ti aprendí todo: la forma de besar, de mirar, esos abrazos, las señales... ¿Cómo hago para sentir solo cariño? ¿Eso se puede hacer?  Si es así, perdona mi ignorancia y enséñame. Quizás si te toca ser mi maestro nuevamente, puede que te enamores de la alumna y esto podamos salvarlo. Piénsatelo. Puede que después de todo no sea tan tarde como ambos pensamos. Puede que yo logre cambiar en un par de cosas para que vuelvas a quererme.

Y si simplemente estamos negados a esta vida: jódete. Seré feliz con o sin ti, porque a través de esta situación he logrado amar cada una de mis virtudes y mis defectos y me he levantado con fuerza. Puedo vivir sin ti, tú me enseñaste. Quiero vivir junto a ti, también me lo enseñaste. Pero también recuerdo tu filosofía de... "nadie es indispensable". Así que si vienes a quererme, estaré aquí, dispuesta a salvar este sueño, nuestro sueño. Y si no, terminaré de quemarme en este pasado y dejaré que el tiempo se encargue de cerrar el ciclo. De las cenizas siempre surge una nueva mujer.

Piénsatelo y escríbeme, como cuando me amabas más que a tu vida. Como cuando tenías ese carpeta con el titulo "Cartas a Camila". Después de todo, este absurdo hábito de escribir también lo aprendí de ti.

-Siempre tuya, siempre mío Manuel.
                   Con amor: Camila.

(Patricia Pineda)
domingo, 19 de mayo de 2013 | By: Abril

La lluvia, el olvido y los perros



Montevideo, febrero de 2013

Flaca:

¿Sabes qué? Me di cuenta de que al final tenías razón con lo que me dijiste aquella vez, hace tiempo, en tu auto, la noche en que llovía afuera y un poquito también adentro. Sí, tenías razón. Yo preferí no dártela porque –no es para poner excusas– a esa altura todo lo que te daba se rompía y todo lo que me devolvías ya no andaba. No te la di, pero tenías razón.

Me acuerdo de que lo dijiste como al pasar, casi sin querer, como disculpándote por tamaño hallazgo y tamaña verdad dicha de una manera tan linda. Estábamos tomando una cerveza, callados, probablemente aburridos y claramente en duda, cuando me dijiste eso. “La lluvia no es mala ni perjudicial, mojarnos no es molesto ni dañino y la ropa ni se achica ni se rompe. Pero le tenemos miedo a la lluvia”. Estabas hablando de nosotros, yo me di cuenta, pero preferí pasarlo por alto. Hoy, que ya pasaron más de dos años y varias lluvias, entiendo que debí haberte dado la razón y bajar a mojarme, a caminar o a correr, pero a irme.

Dos años después siempre es fácil pensar. Esa noche no lo hice: ni me fui ni te di la razón ni nada. Apenas te largué un “puede ser”, indiferente y cobarde. Desde esa lluvia hasta el sol tibio y pusilánime de hoy pasó mucho tiempo y tantas otras cobardías. El final, predecible a todas luces, amagó ser final, pero fue apagón inconformista. No sé si te acordás, Flaca, pero la primera vez que hablamos de terminar fue casi que jugando. Nos preguntamos qué pasaría si, y respondiendo nos dimos cuenta de que la ruleta rusa que habíamos empezado a jugar resultaba tener seis balas, y aunque el tambor gira mucho, tampoco gira tanto. Nos dimos cuenta de que no sería tan grave, y eso es gravísimo, Flaca. Después de eso seguimos como si no hubiese pasado nada. El tambor giraba y las seis balas bailaban esperando que pare la música para ver quién quedaba sin silla. Dejamos de ir donde íbamos, dejamos de abrazarnos para dormir, dejamos de soñar con una casa bien lejos, dejamos de reírnos de la gente y dejamos de hablar sobre la lluvia. Pero no dejamos de vernos.
Te soy franco. No sé qué hacer. Seguramente esperabas que esta carta estuviese abrazada a una certeza, a una respuesta clara, a una decisión; a algo. Pero no. La carta dice lo que dice y hasta ahora no me ha dado más valentía que cualquier otra carta que pude haberte escrito bajo cualquier otro sol menos cobarde. Sin embargo, ya sabés, escribir me ayuda a pensar. Y sentarme a escribirte y a pensarte y a extrañarte joven me ayuda a acordarme de por qué te espero cada tarde y de por qué te elijo cada noche.

Es lindo acordarse, Flaca, porque en el recuerdo está la respuesta. Vos sabés bien que le tengo miedo al olvido, a la rutina, al conformismo, a “lo normal”, a la lluvia y a los perros. Esto último no importa, pero lo otro sí, el olvido sobre todo. El olvido es cruel, Flaca, porque entre otras cosas no existe. Yo sé que de vos no me olvido más, y sé que si me voy no va a parar la lluvia. Además, qué es eso de irse porque las cosas no funcionan. Qué es eso de escaparnos. ¿Sabés qué? Yo me quedo. Sí, lo decidí, me quedo. Y no me quedo por vos, me quedo por nosotros. Me quedo por lo que todavía nos falta. Me quedo porque nunca nadie dijo algo tan lindo sobre la lluvia. Me quedo porque dormir abrazados vale la pena aunque haya calor. Porque podemos tener una casita afuera. Porque te quiero a vos. Me quedo porque el olvido no existe, porque hay rutinas divinas, porque el conformismo es para mediocres y porque lo normal es para amores normales. Todavía no solucioné lo de los perros, ya sé, pero podemos comprar uno grande para la casa de afuera, y capaz que le tomo cariño. Y con él a todos. Y con vos al mundo. Y con el mundo a vos, que sos la ley de gravedad de todo lo que me pasa.
Al final sí, decidí, sé qué hacer. Me quedo, Flaca. Ahora estás leyendo esto y yo no estoy pero ya vuelvo. Me quedo. Ya vuelvo. Salí a buscar una película. Si tenés tiempo, cuando llegues, prepárame el más tuyo de los abrazos.

Yo

(Ángel Cal, 2º Premio, Concurso de Cartas de Amor de Montblanc, 2013)
miércoles, 13 de marzo de 2013 | By: Abril

Océanos de amor


A mi esposa María:

Hoy me he reído de corazón. Te habías subido con nuestra hija a una barca en el parque de atracciones. Yo no os seguí porque sabes que me mareo con facilidad. Aunque tú tampoco estás para mucho ajetreo, te montaste en la infernal nave y aguantaste el tipo hasta el final. Pero tu cara te delataba y mientras la niña reía y reía, tú palidecías por momentos, a pesar de ese intento de sonrisa que tus labios no conseguían fraguar.

Me reí de corazón contigo y al verme empezaste también a reír. Cuánto tiempo sin compartir algo, aunque fuese una sonrisa.

Nuestra vida, como balanza en continuo tintineo, hace años que perdió su equilibrio y nuestro amor, ese amor omnipresente, exuberante, apasionado, incondicional, cedió su lugar a una convivencia decadente, monótona y falta de ilusión.

Qué cerca de ti cada noche, pero qué lejos estás de mi. Rodeada de murallas, no encuentro la llave que abra la puerta. Intento escalar tu suave piel, abordar tu nave con dulzura y delicadeza como si manejase porcelana fina pero, una y otra vez, esas olas que llegan a tu orilla, regresan vacías. Mueren en el fondo del océano y con ellas mi vida se apaga, mi deseo se diluye y mis ojos se secan.

Estoy tan solo, tan perdido, que no sé qué hacer. No sé cuándo terminará este invierno que hiela mi sangre, que corta mis alas y mina mis fuerzas.

Y, sin embargo, sigo a tu lado. Aferrado a un pequeño rescoldo que dentro de mí no se apaga, que se alimenta de una risa tuya en el parque y que aviva el amor que aún siento por ti.

(Manuel)