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martes, 10 de agosto de 2021 | By: Magdala

La perdemos, la perdemos...



Me estás perdiendo...como en esas películas donde se ve una sala de urgencias en la que hay alguien que está inconsciente y un grupo de sanitarios tratan de reanimarla... pero ella cada vez se aleja más de su cuerpo y lo ve todo desde arriba, como si su alma abandonara el cadáver y lo contemplase desde lo alto. Así está nuestra relación: fría, muy fría, casi congelada y bajo mínimos...

Lo cierto es que si seguimos viéndonos y enviándonos mensajes es porque yo hago lo posible y lo imposible por seguir conectada a ti, en una suerte de hilo invisible que quiero cortar desde hace tiempo, pero que no puedo...y lucho. Lucho contra ti y contra mí misma, para que desaparezcas de mis días. Para que la rutina haga que un día te olvide, pero que te olvide de verdad, no de mentirijilla...

Hace mucho tiempo que ya no somos "nosotros", sino tú y yo. De vez en cuando quedamos, porque te llamo con cualquier pretexto y tú acudes con desidia, casi por compromiso, como si me estuvieras haciendo un favor enorme, por no hacerme un feo...y ahí estás: indiferente a mis anécdotas, llenando el aire que nos separa de mal rollo, porque a sabiendas de que me hace daño, me hablas de tu otra vida, de tu trabajo, de tu apatía, de tu hastío, de tus sueños...y yo te escucho estoicamente, oigo tus quejas, te intento animar...e intento contarte algo de mi vida, pero enseguida cambias de tema y vuelves a relatarme tu día a día...y además rematas con eso de que eres muy feliz. 

Pero yo no te creo, o no quiero creerte. Prefiero recordar ese tiempo donde tú y yo éramos algo, éramos nosotros y nuestro mundo imaginario. me refugio en las palabras que quiero recordar porque salieron de tus labios. Aquellas que juntabas para decirme "te quiero". 

Ha pasado el tiempo y yo sigo aquí, albergando la esperanza de que un día quieras volver a ser quien eras conmigo. Sé que nunca vas a volver, o al menos no como yo quisiera que fueras, sin embargo también sé que nunca voy a dejar de creer que todo va a cambiar. porque soy así: romántica, ilusa, paciente, soñadora, y nunca dejaré de esperarte porque una vez fuiste el amor de mi vida...

(N.R.H)
viernes, 17 de julio de 2020 | By: Magdala

Hasta siempre

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Anoche te vi. En la mesa más alejada del restaurante. Línea recta en diagonal que me mostraba permanente tu perfil.
Me hubiera gustado decir que te vi mal, más mayor, desmejorado, pálido y evanescente. Pero mentiría. Estabas como siempre.
Y aún así, sigo mintiéndote. Estabas mejor que nunca, renovado, como si fueras una edición remasterizada y resplandeciente.
Te observé. Hubiera querido verte triste, serio, preocupado, cabizbajo, distraído, como pensando aún en mí. Pero no sería objetivo. Estabas tranquilo, en calma y relajado.
Y debería ser más honesto aún y decirte que en realidad se te veía muy feliz, regalando sonrisas que cruzaban afiladas la diagonal de salón hasta la boca de mi estómago.
Nadie me creería si contara que te vi solo, aislado, rodeado de indiferencia e invisible al mundo. Pero no, estabas con el que allí ocupaba la silla en la que yo querría estar sentado para recibir el brillo de tu mirada, donde yo debería ser la causa de tus sonrisas.
Sin embargo, yo estaba aquí, en tu diagonal si miras a la derecha, invisible, rodeado de indiferencia, con un rictus de tristeza y amargura, inquieto y totalmente inexistente para ti.
Descubrí que era yo el que me estaba castigando, era el que se estaba matando con su propio veneno, era yo el malo de mi propia película. Y dejé de mirar en diagonal, giré al frente mi cabeza, relajé mis manos y hombros, cerré los ojos, respiré hondo, y los abrí a un futuro sin ti.
¡Hasta siempre!
martes, 12 de noviembre de 2019 | By: Abril

Quedarse con lo bueno


Quizás no supe leer las señales. Seguramente estaba demasiado ocupado en mirarte e imaginar todo lo bonito que vendría después.
Puede que tu ni siquiera te dieras cuenta de todo lo que pasaba por mi cabeza. Y seguramente no te fijaste que mis ojos sólo brillaban de esa manera cuando me mirabas. Pero eso es lo de menos. No esperaba que te fijaras en esos detalles. Creí que eras despistado o que no te fijabas en cosas a las que yo si le daba importancia.
Cuando te pedí que me dejaras tu pulsera para tomar mis pulsaciones estas iban a 150. Las tuyas a un ritmo normal. Y no era porque yo viniera de correr y tu de estar sentado en el sofá viendo alguna serie de esas que te gustaban. Era porque yo sentía más de lo que tu ibas a sentir por mi. Lo acepté, por más rabia que me dio.
Siempre me dijiste que hay que quedarse con las cosas buenas.
Y me quedó claro. Y esta vez si que supe leer entre líneas.
Hay que quedarse con lo bueno.
Por eso no te quedaste conmigo.

Abuga (Fuente: Hombres encontrados)
lunes, 4 de noviembre de 2019 | By: Abril

Es lo que hay...

La vida es eso que nos va sucediendo mientras nos empeñamos en hacer otros planes” John Lennon

¿Sabes? Hoy, en cierto modo, esperaba tu mensaje, pero no llegó. Y duele, aunque poco. Me has acostumbrado a ese “…esto es lo que hay”, y lo asumo con absoluta resignación, como quien espera en la cola con la cartilla de racionamiento en época de guerra y justo cuando le va a tocar, se acaba la comida. Ese, “otra vez será” me lo repito como un mantra, que me sirve de ungüento para las heridas que tu silencio me provoca a la altura del estómago. Y la guerra fría vuelve a mis rutinas y me muevo por inercia, contigo siempre pero lejos de ti.

Raya el acoso lo que hago el resto del día mirando tu perfil en el WhatsApp. Tú, ajeno a todo esto, continúas con tu vida, echando atrás días en el calendario y retrasando ese café eterno que nunca llega. Me desespero. Escribo. De ti y de mí. De lo que fuimos. De lo que pudo ser, pero no… Te pienso y te odio a ratos.

Te imagino a solas en tu trabajo, o atendiendo a alguien hasta las tantas, o tocando algunos acordes en tu guitarra, o fumando y escuchando a John Coltrane o a Charlie Parker con un whisky con hielo sobre la mesa del jardín. Cuando el resto de la casa duerme tú sueñas despierto. Haces recuento del tiempo que has invertido en ser otra persona distinta a la que pretendías… Y el balance hace que te pongas triste y añores ese garito de jazz que querías montar en un país extranjero que elegirías apuntando sin mirar en un mapa justo antes de tomar el avión… No tendrías una pareja fija, sino una cada día. Mujeres sin nombre, solo sexo, puro placer efímero y poco más. Sin compromisos, sin rutinas, sin dolor…

En cierto modo, te comprendo. Tú añoras lo que no tienes. Persigues un sueño cada vez más lejano y te resignas a vivir acorde con las decisiones que tomaste en el pasado. Como yo. No somos tan diferentes. Y en el deseo apareció el castigo.

Tal vez ninguno de los dos tuvimos elección. Y aun así, ¿sabes qué…? Pese al dolor: volvería a elegirte.

(N.R.H.)
martes, 29 de octubre de 2019 | By: Abril

Café para dos



Lo intento, pero no me sale. Te odio a ratos, porque vuelves a hacerme lo mismo. Me paso media vida esperando tu señal. Me prometes una y otra vez que me llamarás para hacer mil cosas. Pero no. Nunca lo haces. Llega el día “D”, se va y estamos en las mismas. Tú sigues con tu vida, y yo bloqueando mi agenda el día entero para ti, sin recibir nada. La historia se repite. Ni una disculpa, ni un mensaje, ni una llamada… no… te limitas a aparecer otro día cualquiera, solo si yo te he hecho antes una señal y haces como si no pasara nada.

Te odio. Hoy es uno de esos días. El segundo de esta semana, que empezó ayer. A veces pienso que es una venganza porque te dejé en su momento. Otras que demuestras inseguridad y es tu forma de hacerme ver que te humillé y tratas de hacerme creer que estás por encima de mí y de mi estatus de niña-bien, malcriada… Tú, con tu orgullo de clase obrera que empezaste a trabajar por necesidad y no por vocación; que levantaste a tu familia cuando aún eras un niño. Tú, que no pudiste estudiar aunque servías para ello, y ahora que puedes, desprecias hacerlo porque la vida no te dio la oportunidad en su día y ahora crees que sabes más por viejo que por diablo...

Qué tristeza que pagues todas tus deudas conmigo, que nunca te he hecho nada malo. Que lo peor –y lo mejor- que me ha ocurrido es haberme enamorado como una idiota de ti. Que vuelvo a removerme desde mis cenizas para hacerte ver que estoy de tu parte, que no somos enemigos íntimos, sino todo lo contrario. Que sé que me necesitas, porque soy la única que te escucha cuando llueve por lo que has perdido en el camino. Tu orgullo de proletario aburguesado, tu ambición insaciable, tu rol de padre coraje, tu esnobismo improvisado, los traumas que arrastras y en los que te refugias para tratarme mal, que no es maltrato, sino desidia…que no comprendo, que no comparto, que me obligan a odiarte.

Esta tensa calma me mata lentamente. Pasa otro día de otoño y así llevo unos cuantos esperando a que me invites a ese café prometido, que nunca llega…

(N.R.H)
jueves, 24 de octubre de 2019 | By: Abril

Nota en la nevera


Resultado de imagen de imanes de nevera con una nota

No me lo tomes a mal, pero hoy me toca empezar a olvidarte. Esta no es una carta de desamor, sino de despedida. En realidad contiene mucho amor, amor del bueno, que es el que he ido guardando para ti, a pesar de tus desaires, de tu indiferencia, de tus desatinos con las fechas, de esa capa de rutina que cayó y lo anegó todo en nuestra historia de… amor, amor del bueno.

Sé que en el fondo me quieres y que cuando llegues del trabajo y no me encuentres en la cocina te parecerá raro, pero tardarás unas horas aún en echarme de menos. Llegará el momento al atardecer en que, cercana la noche, empieces a impacientarte porque aún no habrás cenado. Justo cuando acaben las noticias de deportes y salgas de la intriga de si el Barça le ganó esta vez o no al Real Madrid, y si el equipo de tu hermano sube por fin a primera. Justo, después de eso, empezarás a echarme de menos, pero no antes, porque echarme en falta nunca fue tu prioridad.

Y entonces se te ocurrirá –a ti solo- llamar primero a los parientes más cercanos, luego a mis compañeras del trabajo y más tarde, dramatizando ya un poco, a los hospitales y a la policía. Es ahí y no antes, cuando caerás en la cuenta de que hay una nota en la nevera, sujeta por el imán de la Torre de Pisa de la última y única vez que me llevaste al extranjero, que fue porque jugaba tu equipo en Italia y tus amigotes de cervezas no pudieron acompañarte….Italia… Y allí estaba yo, como una imbécil, vestida con la camiseta de Messi, coreando el himno de tu equipo entre un millón de aficionados que proferían amenazas a los árbitros cada vez que os pitaban en contra…yo, que nunca entendí de penalties ni de fueras de juego, que adoraba ir al teatro o al cine y nunca me acompañaste.

Tú me querías, a tu manera, que no era ni la más romántica, ni la más digna. Era solo eso: “a tu manera”. Y supongo que a tu manera me fuiste haciendo pequeñita, pequeñita…casi como una partícula de polvo, hasta que desaparecí. Vivías conmigo, pero sin mí. Me abandonaste emocionalmente, como se abandonan a los perros viejos en las autovías, para alguien ejecute el violento final.

Ahora soy yo quien te abandona. Porque sí, porque ya nuestros hijos volaron; porque ya no tengo cuerpo que resista unos tacones de aguja, pero sí un alma embrutecida por la desazón vivida a tu sombra todos estos años; porque me miro al espejo y no me reconozco en las canas que peino, pero me basta el coraje para enfrentarme sola a la vida: porque me duele lo poco que me he querido para quererte a ti tanto; porque tú no me valoras, y yo lo he aceptado en actitud sumisa y complaciente, pensando que mis problemas no eran nada comparados con los tuyos, pero me equivocaba, porque sí lo fueron.

Ahora ya no te quiero, o tal vez lo justo para sentir una lejana pena por ti. No, no te quiero y punto. Cuando dejes de leer esta nota en la nevera, no me busques. Quédate con Pisa y mi camiseta de Messi. Quédate con tus rutinas. Quédate con el recuerdo de lo que fuimos un día. Pero quédate ahí y no intentes buscarme porque me he ido a vivir el resto de mi vida sin ti.

(N.R.H)

domingo, 13 de octubre de 2019 | By: Abril

No somos nada


No sé qué quiero decirte. En realidad…nada. Me basta con volver a compartir contigo una sobremesa: un poco de arroz, sin hambre por tener el corazón en el estómago, un café... Uno más y luego la nada. Tú a tu vida y yo a la mía sin una despedida que nos merezca la pena…

Sé que te morirás de ganas por volver a besarme, pero no lo harás. Sé que si no te mueres tú, sí que lo haré yo. Siempre contenida; siempre respetuosa y pendiente de no caer en la tentación de volverte a repetir lo que ya sabes: que vivir sin ti es posible, pero amargo; que nunca te voy a olvidar, si no lo he hecho ya, después de tres años; que nunca es tarde si la gente importa, si el olvido no cubre de cenizas un sentimiento que es tan fuerte… que puedo olvidar pero no quiero. Que no me importa lo que tardes en volver  a mí, porque no tengo nada mejor que hacer que esperarte.

No bajo la guardia contigo, sino que cada vez mis intentos son más evidentes.Y te pienso, y te veo y te echo de menos aun cuando estás a mi lado contándome tus rutinas. 

Yo no soy capaz de sacarte de mi caja de historias pendientes. Y te pido como único deseo cada vez que soplo velas. Pero pasa el tiempo y tú no estás. O estás pero no, porque no puedo tocarte. Rehuyes mis palabras, cambias de tema y sigues haciendo como si no fuera contigo la cosa; como si nunca hubiésemos estado ahí, en esos momentos donde los dos fuimos uno…y ahora no somos nada. 

(N.H.R.)
jueves, 15 de febrero de 2018 | By: Abril

Sincericidio en el café de los viernes


Te quiero y me empeño en pensar que no. Y duele. Duele y mucho. No hay día que no me levante con la sensación de que vamos a volver a compartir un café de sobremesa. Y ahí está tu recuerdo. Y el café. Pero no hay dos compartiendo nada como en la foto de mi estudio, con París al fondo y la lluvia al otro lado del cristal. No. Hay un café, pero yo estoy sola clavando los ojos en la cucharilla que dibuja círculos concéntricos, los mismos círculos que dan vueltas en mi memoria intentando devolver al presente recuerdos que tengo cada vez más difusos, de otro tiempo, de otra vida que  viví a tu lado…

Hace más de un año que nos encontramos por última vez. En el mismo sitio: un pub trasnochado de luces tenues que se aliaban con nuestras debilidades para avivar el fuego que se encendía cualquier día menos los viernes y los domingos. Los domingos nunca existí. Los viernes me los negaste, por capricho y porque en cierta forma pretendías domesticarme. Los domingos me daban lo mismo. Renuncié a ti y a ellos desde el primer beso. Pero los viernes… nunca te perdoné los viernes donde yo era tu plan B. Qué crueldad negarle a alguien los viernes. El resto de la semana competía con tus prioridades. No me acostumbré nunca a ello, pero sacar el tema desencadenaba una nueva tormenta perfecta entre nosotros, por eso intentaba esquivar mi indignación. Pero aquello hacía que me doliera más y me devoraba hasta que vomitaba todo lo que sentía cada vez que me borrabas los viernes de tu agenda.

Soy demasiado clara. No me van los comentarios a medias, así que cuando ya veía todo perdido me tiraba de cabeza al ruedo a pecho descubierto. Este sincericidio va a matarme cualquier día… el caso es que te lanzaba las verdades a la cara, aun sabiendo que cada lanzamiento te alejaba diez centímetros de mí. Aquello nos fue distanciando tanto que surgió aquel monólogo que empezaba por… “no sé qué hago aqui”,  continuaba con “no tiene sentido que nos sigamos viendo” y finalizaba con “ya no sé qué creer… has cambiado tanto” y volvía en bucle al principio “no sé qué hago aquí”.

Si supiera que cambiando algo iba a borrar el final de esta historia, te volvería a regalar los domingos enteros y los viernes a medias, y lo pensaría dos veces antes de comenzar mi monólogo en bucle y te odiaría en silencio y pensaría que no eras tan nocivo para mi salud mental como lo eres… pero la vida no usa borradores, las cosas se escriben una sola vez y la tinta es indeleble. Por eso me quedo aquí a solas con mi café compartido contigo, removiendo con la cucharilla en círculos concéntricos la nostalgia de un viernes imaginario.

(N.R.H.)
sábado, 6 de mayo de 2017 | By: Abril

Amén


 
Acabo de caer en la tentación de recordarte… y mira ¿eh?,  que ya te tenía olvidado, pero vuelves siempre y no sé cómo lo haces. Ya no estabas y de repente apareciste de nuevo, con tus gestos de niño malcriado, con tu mirada inocente, con tu dolor crónico y tu cinismo ambiguo... Siempre te querré, tal como fuimos. Yo me hice a tu lado, a tu imagen y semejanza, por eso ahora  -sin ti- ya no me reconozco.
Ya no estás y hace mucho tiempo que lo dejamos. O eso me parece a mí, que hace mucho, mucho tiempo. Pero es que estás ahí. Sigues ahí, haciéndome daño en la memoria. Y no puedo -y no sé si de verdad quiero- borrarte de mi recuerdo.  
Espero que algún día ames a alguien como yo te amo ahora, para que te pongas en mi piel y veas que mendigar el amor no es de mediocres, como me decías, sino de amantes sinceros, de esos que como yo, aman con el alma y se dejan los huesos en el intento.
No puedo dejar de pensarte. Mírame, escribiéndote ahora, que ya se suponía que eras mi pasado. Mírame, ni siquiera soy digna de tu lástima, aunque me gusta pensar, con el poco amor propio que me queda, que tú tampoco me has olvidado. Por eso confío en que tarde o temprano volverás a buscarme.
Te debo lo mejor y lo peor de mi vida. Contigo fui yo misma, yo sincera y entregada. Sin ti ya no sé ni en quién me he convertido; tan sólo escribo poco, tarde y mal lo que no me atrevo a decirte a la cara: que te echo de menos, que no te he olvidado, que te quiero todavía, que me dueles, que te amo… ¿por qué no reconocerlo?
¿Qué más da? Estás lejos. No me oyes. No me sientes. No te acuerdas… No te creo.
Por eso y más: no me dejes caer en la tentación de volver a nombrarte y líbrame de tu recuerdo.

(N.R.H.)
jueves, 1 de diciembre de 2016 | By: Abril

Carta inconclusa


Si estás leyendo esta carta, significa que lo nuestro ha llegado a su fin. No es una simple carta, sino la confesión que te debo por todas aquellas veces que respondí con largos silencios a todos tus “Te quiero”.  
Me pregunto, ¿por qué sigues ahí doliéndome tanto? No puedo seguir, sabiendo que ya no estás. Que un nosotros dejó hace un tiempo paso a un tú y a un yo sin compromisos.
Estás pero no. Intento olvidarte, pero tampoco. Mentí y dije que sí, que tus palabras eran un alivio después de tanto dolor, pero el dolor más amargo ha llegado después, cuando tocaba hacer limpieza de cajones y aparecieron tus recuerdos en no sé qué parte de mi memoria, para convertirme en una criatura sin alma y sin vida.  
Saber que existes y que ya no puedo tocarte, me mata lentamente. No sé cuándo comenzaron tus remordimientos y dejamos de hablar el mismo idioma, tú y yo que éramos la prueba viva de que las almas gemelas existen, del tal para cual, de que el amor verdadero es real y es capaz de superar todos los contratiempos.
Me muevo por inercia, pero me sigo muriendo por ti, por tocarte, por rozar tus labios, y no hay día ni noche que no regreses a mi cabeza, pero jamás a mi cuerpo, que te echa tanto de menos…. No sé cómo aprender a vivir sin ti. No tengo con quién compartirlo, a quien contarle mi pena y no puedo hacer otra cosa que malvivir con la tristeza de saber que ya no, y sin ti…yo no.
(N.H.R.)
martes, 31 de mayo de 2016 | By: Abril

Siempre


El tiempo es un solitario siempre, siempre vencedor. La inmensidad de la vida también a mí me aprieta tanto que no puedo respirar y me paso días sudando y vomitando y llorando. Pero para dentro. Sin que se nos manche la ropa, sin que se nos enrojezcan los ojos.
Y tú y yo eso lo sabíamos de sobra. Sabíamos que la angustia del sinsentido nos abrazaría sin remedio, sabíamos que pensar era nuestra condena y buscábamos libélulas entre las hojas bailarinas de los sauces porque éramos jóvenes y no íbamos a darnos por vencidos.
El amor era todo lo que nos quedaba.
Allí, acurrucado en la orilla del Guadalquivir nos esperaba tímido y prudente, nos acompañaba en nuestros juegos de niños y nos salpicaba agua clara las tardes de verano.
Estaba allí cuando apoyabas la espalda en las piedras y te cubrías los ojos del Sol con tus manos infantiles. Cuando me acercaba a ti sin hacer ruido y me quedaba mirándote la cara mojada, viendo el aire entrar por tu nariz y bajar hasta tu pecho, viendo tus pestañas largas descansar del mundo.
Estuvo vigilando cuando el de día de mi cumpleaños me regalaste el vestido amarillo que tu madre me había comprado y me dijiste al oído: “luego te doy el regalo de verdad” y me llevaste en tu bicicleta hasta el mar para darme un primer beso azul e inmenso.
El amor…
Intentaba ocultarse sin conseguirlo cuando hablábamos de filosofía de camino a la facultad, con los corazones asustados porque desde la ciudad no se veía el río. Te miré la barba incipiente y los ojos oscuros y así, de la forma más hermosa, descubrí yo el tiempo, con tu mano sobre mi rodilla.
Pasaban los años y tú y yo seguíamos siendo tú y yo. Íbamos al pueblo los fines de semana y paseábamos entre los recuerdos construyendo nuestra propia historia, revolcándonos entre los restos del otoño. Riéndonos de las estrellas, y a veces llorando con ellas, intuyendo ya que la vida tenía reservado para nosotros una almendra amarga, un abismo.
Éramos demasiado iguales, Santi. Queríamos salir, queríamos comernos el mundo, viajar, volar. Y creíamos que podríamos con todo pero no pudimos. Cuando te propusieron ir a Madrid a estudiar y a mí me ofrecieron la beca para Berlín la interrogación se hizo un hueco en el aire, nos sobrevolaba en cada conversación como una nube de polvo. Maldita. El miedo nos fue calando a los dos por igual, agriando nuestras miradas, agriando el paisaje. Miedo a convertirnos en aguas estancadas, en barrizales mediocres, miedo a acabar siendo tierra seca y muerta que lo único que puede hacer es esperar la lluvia de abril. Amábamos el pueblo y a la vez nos aterraba su quietud, sus calles llenas de viejos con boina y el mismo gallo cantando cada amanecer.
Acabó el verano y ambos desaparecimos.
Entre promesas y despedidas alentadoras, desaparecimos para siempre. La ilusión por el futuro brillante que se nos brindaba pudo con todo, se lo llevó todo.
Han pasado cuarenta años y yo ya no sé dónde está el amor. Quizá se quedó a orillas del Guadalquivir, esperando a otros chiquillos despreocupados, o quizá se ha perdido en alguna carretera de Europa, intentando hacernos llegar la carta que nunca escribimos.
Para mí tampoco fue fácil. La Europa sofisticada que esperaba se mostró distante, en bastantes ocasiones hostil. El Sol pasó de amigo compañero a padre trabajador, me daba para vivir pero nunca jugaba conmigo a derramarse en mi piel como solía hacerlo. Y me resigné igual que me resigné con tu ausencia: contando el tiempo con un reloj de muñeca que nunca había llevado hasta entonces, encerrada entre nubes y edificios grandes y grises, aprovechando el bullicio estridente y hueco como excusa para enclaustrarme a estudiar durante horas. Todos los días.
Pasaron unos años y cuando empecé a trabajar ahorré algo de dinero y viajé por Navidades a España. Recuerdo el camino hasta el pueblo en el coche viejo de mi padre, recuerdo los baches y los meneos en el asiento de atrás y recuerdo que veía tu silueta en cada curva. Pregunté por ti. Me dijeron que te iba bien, que seguías en Madrid haciendo un máster y que pasarías allí las fiestas con tu grupo de amigos.
Me pasé todo el viaje de avión de vuelta llorando a lágrima viva. La señora que estaba a mi lado me preguntó y le contesté sin mirarla: “¿Por qué no he pedido su dirección?” Y aún hoy me lo pregunto más de lo que me gustaría.
Finalmente conseguí encontrar otro sitio que hacer mío en el mundo, me he rodeado de gente buena a la que quiero y que me quiere, he aprendido a disfrutar del Sol pálido, del hervor de las calles, de los mil rostros nuevos cada día.
Santiago, no me puedes pedir que vuelva…
Contigo aprendí a vivir, descubrí el mundo en tus ojos y no lo he vuelto a ver desde ningún precipicio. Santi, jamás he amado a nadie como te amé a ti. Pero no me puedes pedir que vuelva… Tú y yo ya no existimos. Somos dos viejos desconocidos, no podemos manchar nuestra historia. Por favor. No me pidas que vuelva.
Gracias por haberme enseñado cuál es el sentido de esta alegoría imposible que llaman vida.
Hasta siempre,
Sofía.

Tarde de los lunes



Puedo imaginar, después de tantos años,  el gesto displicente de tu boca, ese que siempre hacías cuando te decía algo que no te gustaba. Lo imagino, como también imagino que en cuanto termines de leer éstas líneas tomarás el teléfono y escribirás  lo de siempre, solo que esta vez, con enojo y rencor.
Te estarás, en este momento,  sirviendo un vaso de aguardiente añejado pensando en que palabras elegir para ser contundente, preciso y en tan solo un mensaje hacerme pensar que estoy equivocada, que hay un mundo que nos pertenece muy cerca en el tiempo, tan solo con estirar un poco la vida.
La  cita era a las tres, por eso pienso que en quince minutos volaras alguna copa, o vaso o adorno donde puedas apoyar tu furia clandestina. Como si el estallido en la pared te hiciera sentir un alivio inmediato. Un placebo inmensurable. A las tres, como cada lunes de verano, de primavera, de otoño e invierno también. La cita era en el lugar de siempre, lejos del trabajo, de los amigos, de los afectos. Pero esta vez, no estarán allí más que estás líneas en las que mis sentimientos, decisiones y acciones se harán tan presentes como la ausencia de mi cuerpo en el calor de tu almohada.
A las tres de cada lunes, cuando nos encontraba rasgando investiduras, explorando caminos vírgenes y sensaciones desconocidas.  Solo vos, yo, y los las tardes de los lunes. Eso fuimos tantos años. Tantos malditos años en los cuales esperé el milagro de que llegues a mi oficina y me cuentes que estabas listo…
Evité tu mirada tantas veces, tus ojos entornados que me decían en pocos segundos justo lo que necesitaba leer. Evité pasar por las vidrieras y comprarte un regalo. No, comprarte no, sino dártelo. Compré corbatas que imagine atadas a tu cuello, bolígrafos para que firmes los contratos con un accesorio acorde a tu puesto, a tu jerarquía de hombre inalcanzable para todos -creo que ahora siento, que para mí también lo fuiste-. Evite el exabrupto de una llamada a las diez de la noche para decirte que sueñes conmigo. Evite la dicha de caminar por la calle tan solo con tu mano apoyada en mi hombro como cuando viajábamos, siempre por trabajo.
Te creí perfecto, con la palabra justa en los labios, el buen humor continuado y la energía siempre de cara al cielo. Caballero, atento a mis necesidades, coherente con mis ideas y creencias. Carismático, caritativo y justo con las desavenencias.
Eras perfecto, de hecho,  tu retórica me ayudaba a pensar que tenías razón, que la verdad estaba en tus manos. Te seguí, te confié mi vida, te amé con esmero, te extrañe cada noche y añore lo que nunca tuve tan solo esperando las tardes de los lunes.
Por eso entiendo que no será fácil. Desocupar mi escritorio como yo desocupe ayer el cajón de la mesita de luz que te había comprado, solo para que cuando durmieras a mi lado tuvieras tu lugar. Explicaciones a  Gutiérrez del por qué de mi renuncia  -insospechada después de lo que la empresa invirtió en mi carrera-. Explicaciones a mis compañeros de una noticia tan absurda y repentina. Pienso quién te llevara el café a media mañana, te hará masajes en los hombros después de una reunión con el directorio. Quién te ayudará a vislumbrar las mejores alternativas para seguir acumulando un prontuario de  alta rentabilidad y decisiones acertadas.
Si has llegado a leer éstas últimas palabras, te estarás enterando de que voy camino hacia una nueva vida.  Es extraño pero a veces el destino nos sitúa en lugares que nunca pensamos que servirían de morada.
¿Buscando qué? ¿Felicidad? No creo que esa palabra me encuentre algún día. Plenitud, tal vez, sentir haber hecho lo justo, lo correcto.
Pensar en una casa, un perro, en lo común de hacer las compras en la esquina, pero hacerlas con alguien. Decidir que mermelada comprar de a dos.   Encargar empanadas frisadas  y lasaña para más de uno. Un buen vino que no sea malbec –el único que me gusta-. Tener en la alacena galletas de maicena y alfajores para otro que no esté cuidando el cuerpo de manera vitalicia como yo. Tan pocas cosas, tan simples.
¿Dolor? Mucho. Indescriptible. Un agujero en el pecho que trato de tapar con la palma de mi mano presionada, pero es tan grande…
¿Esperanza? Mucha. ¿Fuerza? De haberla tenido, me hubiera marchado tiempo antes.
¿Amor? Demasiado. Pasión, entrega. Nunca reproches, nunca rencor. En tal caso, yo también decidía.
Ahora, después que la furia le dió paso al dolor, te imagino sentado en el sillón de cuero de tu despacho, con la carta en tus manos, la mirada abatida y el no saber hacia dónde ir.
No me busques, sé que no podrás encontrarme.
Huir siempre fue el mejor de tus verbos. Entonces creo que algo, en todos estos años, pudiste enseñarme.

(Gabito)
miércoles, 11 de febrero de 2015 | By: Abril

Ignacio

 

Ignacio:

Ayer te vi desde el carro. Cruzaste la avenida sin mirar para los lados. Tuve ganas de lanzarte el carro y aplastarte con su peso y con mi rabia, por verte tan tranquilo como si el mundo te perteneciera solo a ti.

Debo confesar que me pasó algo raro porque luego del ataque de rabia, me conmovió tu corbata ladeada y esa manera única de cargar tu maletín, tu bolso, no se sabe muy bien que es esa cosa que cuelga de tus hombros. Pero sí sé que llevarás revistas de cine, libros de política, “cachivaches” para tu computadora y por supuesto, algunas cosas para tu nueva mujer.

Me enfurecí al pensar que sacarías del bolso ése, un anillo egipcio o turco, una libreta de papel exquisito o un artículo de una tienda gourmet recién abierta, para seducir a alguien.

Pero no será para mí porque no te soporto. Si pudiera, te lo haría escuchar cien veces, como te lo dije hace tres meses.

Te haré llegar esta carta para que sepas como he cambiado, ya no me convencen tus excusas ni conmueven tus argumentos.

Descubrí como eres y estoy feliz de apartarme de tu perturbadora influencia.

A veces te añoro y hasta te deseo algunas noches, por eso te quiero bien lejos. Bien lejos y para siempre, quería continuar pero no estoy segura de aguantar sin ti mucho tiempo.

Quería humillarte y ahora te pido que regreses a mí. Parece que caí otra vez en esa cosa que no sé como llamarla, desgracia, pasión, amor, enfermedad, no lo sé. Estoy concluyendo como lo haría una bolerista cualquiera, porque la vida sin ti, no la puedo vivir. Enamorada y ansiosa, te espero pronto.

Ana Belisa

(Mercedes Rojas)
jueves, 11 de diciembre de 2014 | By: Abril

Un océano y una promesa







Pero es que desde hace rato
Que ya no llevo la cuenta de las horas
Para no creer en los días, ni en los años
Que me hacen falta para observarte fijamente a los ojos
Y preguntarte si aun me amas.
 
Lo mejor sería no crecer o madurar
Para encontrarnos con la misma naturaleza
Con la misma inocencia que te conocí
 De los días que marchaste por esta ciudad
 De todos los sitios donde habité
y también te hice conocer
 
Se me fue la fuente del perfume de tu blusa
Que dejaste conmigo, como parte de tu cuerpo
Y sólo me queda la esencia como muestra
De que residiste en estas cuatro paredes
y desapareces al otro lado de un océano enorme
 
Un océano que no solo nos aleja
Sino que nos llena de todo un poco
y de nada mucho
 De ilusión, preguntas, promesas, tristeza
Juramentos y un por siempre
 
Al menos los tiempos son distintos
Y puedo siquiera verte cuando pueda
Porque no soportaría no saber de ti
No podría, no podría.
 
¿Y si al fin y al cabo es peor?
Eso de que pueda verte pero no tocarte
Eso de que pueda oírte pero no escucharte
No está completo, es incompleto
Y a veces creo que sería mejor
Un nada a un poco

Esos deslices que tenemos
Esos encuentros a medio hacer
Pueden llevarlo a uno a la locura
Porque estas pero al mismo tiempo no

¿Cuándo saber si estarás ahí de nuevo?
Tal vez te lo preguntaría
Pero quizás no
Porque la inteligencia tiene limites
Pero la estupidez es infinita y la mía lo es.
 
viernes, 5 de diciembre de 2014 | By: Abril

¿La salida de Roma, por favor?

 
Una vez escuché a alguien decir que no existen preguntas estúpidas, sino respuestas estúpidas...
 
Hoy te pregunté ¿cómo se sale de Roma? La respuesta correcta era un simple "Te quiero". Hubiera servido también un sucedáneo del tipo: "eres especial" o "siempre estoy pensando en ti".  Tal vez un... "podría vivir sin ti, pero no sería lo mismo". Pero sólo me contestaste: "Volviendo sobre tus pasos al punto de partida".
 
Porque yo no hablaba de Roma, ni del Coliseo, ni de la fontana de Trevi, sino de ti y tú lo sabías. Sí, hablaba de ti y de cómo huir de pensarte, de cómo evitar que aparezcas en cada cosa que hago... de cómo borrarte un rato de mi cabeza, porque me repito, como una letanía que "tú y yo somos pasado, somos pasado, somos pasado...", que nada de lo que vivimos fue cierto (porque duele menos si lo creo así, aunque sea una estúpida forma de engañarme); que eres un extraño producto de mi imaginación que suena a carta de ajuste cuando me quedo por las noches insomne mirando el techo, tratando de contar corderos para que desparezcas...
 
Pero son sólo formas de mentirme, porque haga lo que haga, todo me conduce a ti. Tú eres mi ciudad eterna, el principio y el fin de todas mis jaquecas. Por eso siempre vuelvo a ti; por eso camino en círculos concéntricos, aunque me enfurezca conmigo misma y con mi actitud regresiva. Tú eres quien me da la vida y quien me la quita, cada día. Por eso te odio, por eso te quiero y no puedo hacer otra cosa que pensar en ti.
 
Ojalá supiera salir sola de este laberinto. Ojalá pudiera sacarte de mi cabeza, ojalá pudiera dejar de quererte... pero no soy yo quien decide todas esas cosas, por eso sigo aquí a la espera de una señal. Una sola palabra tuya bastará para sanarme. Por eso sigo aquí deshojando margaritas y esperando encontrar la senda que me saque de Roma...
 
(NRM) 
martes, 2 de diciembre de 2014 | By: Abril

Frío




Hola,

...Tienes razón. Me debiste de leer los pensamientos en la cara. No tenía frío la última vez que nos despedimos después de almorzar juntos. No era frío, al menos físico. Era dolor. El dolor a veces hace daño, como el frío, cuando es intenso.

Nos despedimos, como siempre, como lo hacemos desde hace ya dos años. Con un "que te vaya bien, cuídate", acompañando a dos besos que más que de cariño son una mueca que forman parte de esta representación que hacemos en público.

Luego, a solas, nos escribimos todo lo que sentimos... a veces, hasta me sueltas un "te quiero" con el que me aferro a lo nuestro hasta el próximo encuentro, siempre a solas y siempre en público.

Y la historia se repite, porque soy incapaz de dejar de querer (te), porque me ahoga la esperanza que no pierdo, de volver a ser lo que fuimos; porque te quiero y deseo que todo vuelva atrás, a ese instante en que te hacía ilusión verme y en que nos procurábamos los recovecos de esta ciudad para hacerlos nuestros, para dar rienda suelta a nuestro amor, que era como de película... de esos amores imposibles, en los que dos personas que están destinadas a quererse, se encuentran al cabo de los años y saben que son ellos lo que ambos estaban buscando, pero cuando se encuentran ya lo hacen a destiempo porque cada uno es la mitad de otra relación que no pueden romper.

Eso éramos tú y yo. La mitad de una aventura con un pacto no firmado. Y así nos iba bien, porque tú me amabas y yo estaba loca por ti. Porque por fin encontrábamos sentido a todo el dolor, porque la espera había merecido la pena. Y tratamos de adaptarnos a las circunstancias del otro y de lamernos las heridas.

Al principio nos fue bien, no sin remordimientos. Pero un día empezaste a llamarme "amiga" (¿puede haber dolor en ese palabra? para una amante sí, lo hay) y a espaciar los encuentros con excusas de todo tipo: que si el trabajo, que si los niños... Y yo me ahogaba y trataba de buscar la salida menos dolorosa para nuestro final infeliz. Habíamos superado tantos obstáculos para llegar hasta aquí...

Pero tú no me dejas irme, Amor, y tampoco me escuchas ya. Soy sólo tu paño de lágrimas... y me siento fatal. Y nuestros encuentros son tan fríos, que eso es lo que viste en mi cara la ultima vez que nos despedimos. Ya no me necesitas. Nuestra historia pasó. Por favor, si no me quieres, deja que me vaya...

(NRM)
domingo, 29 de junio de 2014 | By: Abril

Me gustaría...


Me hallo buscándote en cada rincón de mi cama sin poder conciliar el sueño, dando vueltas en el colchón, abrazando la almohada, arañando las sábanas, maldiciendo cada minuto que pasa y que tú no estás aquí, acompañándome esta noche. Cierro los ojos con la esperanza de verte en mis sueños y los vuelvo a abrir esperando encontrarte en mi realidad.

Me gustaría ser esa claridad que entra por tu ventana para despertarte cada mañana y esos últimos rayos de luz para despedirte en cada atardecer.
Me gustaría ser tu mesilla de noche para ver cómo te sumerges en el mundo de los sueños.
Me gustaría ser tu sábana para arroparte en cada madrugada fría.
Me gustaría ser tu espejo para convencerte de todo aquello en lo que dudes.
Me gustaría ser tu perfume para investigar cada uno de los poros de tu piel.
Me gustaría ser tu peine para enredarme en tu pelo.
Me gustaría ser tu colchón para que descansaras en mí todo el peso del día y me gustaría ser tu almohada para aconsejarte en todos tus pensamientos.

Pero por desgracia, ni soy esa claridad, ni esos rayos, ni tu mesilla de noche, ni tu sábana, ni tu espejo, ni tu colchón, ni tu almohada, sólo soy alguien que  te espera en su cama todas las noches en vela con la esperanza de que en una de esas, aparezcas.

(NGR)
viernes, 10 de enero de 2014 | By: Abril

Me lo dijiste a quemarropa


Para: Ti, (que me lo dijiste a quemarropa)

Tengo que contarte cómo viví yo ese momento, cómo lo sentí y lo recuerdo… no sé si hoy en día me recuerdas o yo esté aún en tus pensamientos, pero para mí fue uno de los momentos más tristes de mi vida… Pero me hiciste aprender y la moraleja, jaja, te la cuento más adelante.

Ahí estaba yo preparando el peinado más hermoso, tratando de aplacar mi afrodescendencia para complacer una fantasía erótica con la cabellera de Demi Moore o de Jennifer Aniston, me puse el sostén que más ajustaba mis dos picadas de mosquito, me maquillé, me combiné perfectamente de marrón y me perfumé. Iba al encuentro de mi galán, mi príncipe como le decía, lo esperé a la salida de mi trabajo cual florero… en la puerta, orgullosa… deseando que todos envidiaran al hombre que vendría a buscarme, ¡Ja!, pensé, mírala pobrecita con ese que le es infiel y yo que me gané el Kino con mi mangazo, y aquella otra, ¡Ja! Tan cursi como le dice "mi cuchi cuchi" al novio…

Heme aquí parada porque me dijo que quería hablar, ¡tan bello! Seguro se viene a disculpar porque me contestó un poco mal la otra vez, o viene a decirme que me compró un regalo hermoso, es más… seguro lo pensó bien y quiere que viajemos juntos a hacer ese postgrado que tanto anhela… no, no, no, no ¡¡¡ya sé!!! está dispuesto a ayudarme con mi proyecto de tesis y viene a ofrecerme unos temas… ¡¡Ay, Dios mío, si eres grande!! Me has premiado con un ser cariñoso, sensual, solidario, buen amigo y amante, que admiro con todo mi ser, con el que iría ida y vuelta a la luna sin pensarlo, a quien veo como padre de mi hijo y los muchos que quisiera tener a su lado… príncipe. Pero, ya han pasado 20 minutos de la hora pautada y comienzo a angustiarme… Qué raro, si dijo que venía en camino, pero ¿en camino de dónde? ¿¿Porqué no se apura?? Qué pena se me está chorreando el maquillaje y esta humedad me está “frizando” el cabello, me duelen los pies, no aguanto estos tacones…

¡¡Por fin!! … ¡Hola amor! Hola. ¿Como estás príncipe? Bien. ¿Te pasa algo? Vamos a esperar llegar al café, ¿te parece? Ok, pero en realidad no quiero café, ¿vamos por un helado? Como tú digas... (Dios, que bello ¡¡me complace en todo!!) Y fuimos a una heladería donde vendían helados costosísimos y de todos los sabores… Pedí una tinita de chocolate para que no se viera caro y afectara el presupuesto de mi amado… mmhh él pidió una barquilla doble con sirope… (la que yo hubiese querido)…Te cité aquí porque NECESITO QUE HABLEMOS… Me tomó la mano y la comenzó a besar, pero su mirada era diferente, ¿qué paso? Me lo cambiaron… hubo un error, este no es mi príncipe… ¡¡¡Auxiliooooooo!!! Me lo robaron, este no es mi príncipe… y con una certeza absoluta, definitoria, e inquisitiva comenzó a hablar y me dijo: Eres una mujer excelente, luchadora y preciosa, pero me tengo que ir y no quiero compañía, te quiero, pero no te quiero a mi lado, te adoro, pero prefiero la soledadno estoy preparado… Y yo como un venado esperando la mordida del tigre, las pupilas dilatadas, el corazón a mil, el rímmel recontra chorreado, el cabello enroscado y los pies morados, le pregunté: ¿Preparado para qué? (¿Dónde se prepara uno para amar?), ¿Estás seguro? (más seguro que la muerte), ¿Lo pensaste? (creo que mil veces) y ahí me quedé con ese corte violento de patas… a quemarropa… sin permiso.

Ahora sí, moraleja: Nunca te alises el cabello por alguien que no te quiere… ni un pelo.

De: Mí (que ya me recuperé)

(Marisela Arraiz Rizzo)

Querida enemiga


Sentada en nuestra cama, ésa que hemos dejado de compartir, me quedé esperando que volviera, esperando que sintiera.

Tardé tiempo en darme cuenta de que no iba a volver, que nunca estuvo aquí, que su mente estaba lejos mientras paseaba el esqueleto de su alma por mi vida.

Intenté inútilmente ser lo que necesitaba, olvidando por completo quién era yo. Cómo iba a quererme, si deje de conocerme...

Aún no se si puedo volver a ser yo, por más que busco dentro no consigo reconocerme. Me gustaría despedirme de él, tal vez así pueda presentarme de nuevo o reencontrarme conmigo.

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Sólo me queda darte las gracias por cuidarlo, por hacerle feliz, por ser lo que yo nunca logré. Ten en cuenta que no querrá quererte, no quiere compartir; ten paciencia, si logras eliminar sus reservas te hará la mujer más feliz del mundo.

Sólo me queda desearte toda la suerte del mundo, querida enemiga. Enemiga porque nunca podremos ser amigas y querida porque no puedo odiar nada que él pueda llegar a querer.

(Annabell)
sábado, 28 de diciembre de 2013 | By: Abril

Carta de amor para él


"Ella se miró en los mil pedazos rotos del espejo, su piel iluminada por las velas, tenía el color irreal de las figuras de cera. Miguel comenzó a acariciarla y ella vió transformarse su rostro en el calidoscopio del espejo y acepto al fin que era la más bella de todo el universo, porque pudo verse con los ojos que la miraba Miguel."

'La casa de los espiritus', Isabel Allende.

Tiempo de silencio, tiempo de espera, si tengo que admitir que volver a oír tu voz me trajo sensaciones olvidadas, te imaginaba dormido, como un príncipe de cuento, esperando que viniera alguien a darte un beso para volver a ser real, mientras solo eras un sueño, alguien del pasado que se marchó a un país lejano, pero dentro de mi sigues estando y eres real, tu voz me quema y tus palabras me traen recuerdos de besos y ron, pero debes de seguir durmiendo.

Volcar mis sentimientos y mis actos en unas palabras a veces duele, este es un momento de mi vida muy difícil, muy importante, nada fácil, en el que cuando me quedo a solas conmigo misma me viene una película que no quiero volver a ver, la película de todos los meses pasados contigo, las palabras que me  dijiste, lo que yo  te dije, una y otra vez van pasando delante de mi como una pesadilla, lo que hizo, lo que me dijo, lo que le dije, todo tiene un tiente amargo, y luego por encima de todo eso, o por debajo, está el día a día, el trabajo, hacer la comida, mi casa, y es que nadie sabe que llevo conmigo un fantasma, que se sienta en mi mesa y se acuesta en mi cama , y por la noche me dice cosas y me abraza, pero cuando me despierto me clava a martillazos sentimientos en mi corazón, pero tengo que luchar contra todo esto, y quizás toda la felicidad de antes, ahora está pasando la factura.

(María Jesús)