Carlos Crespo (Fuente: Hombres encontrados)
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Quizás te diga un día
aunque siga queriéndote más allá de la muerte;
y acaso no comprendas, en esa despedida,
que, aunque el amor nos une,
nos separa la vida.
Quizás te diga un día que se me fue el amor,
y cerraré los ojos para amarte mejor,
porque el amor nos ciega, pero, vivos o muertos,
nuestros ojos cerrados ven más que estando abiertos.
Quizás te diga un día que dejé de quererte,
aunque siga queriéndote más allá de la muerte;
y acaso no comprendas, en esa despedida,
que nos quedamos juntos para toda la vida.
(José Ángel Buesa)
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Cartas al Pasado
Carta Urgente
Para no decirlas
Hay cosas que escribo en canciones
Para repetirlas
Hay cosas que estan en mi alma
Y quedaran contigo cuando me haya ido...
En todas acabo diciendo cuanto te he querido...
Hay cosas que escribo en la cama
Hay cosas que escribo en el aire
Hay cosas que siento tan mias....
Que no son de nadie
Hay cosas que escribo contigo
Hay cosas que sin ti no valen
Hay cosas y cosas...
Que acaban llegando tan tarde..
Hay cosas que se lleva el tiempo
Sabe Dios a donde
Hay cosas que siguen ancladas
Cuando el tiempo corre
Hay cosas que estan en m i alma
Y quedaran conmigo cuando me haya ido...
Y en todas acabo sabiendo cuanto me has querido...
Hay cosas que escribo en la cama...
Hay cartas urgentes que llegan cuando ya no hay nadie...
(Rosana Arbelo)
Una carta de amor
no es un naipe de amor
una carta de amor tampoco es una carta
pastoral o crédito / de pago o fletamento
en cambio se asemeja a una carta de amparo
ya que si la alegría o la tristeza
se animan a escribir una carta de amor
es porque en las entrañas de la noche
se abren la euforia o la congoja
las cenizas se olvidan de su hoguera
o la culpa se asila en su pasado
una carta de amor
es por lo general un pobre afluente
de un río caudaloso
y nunca está a la altura del paisaje
ni de los ojos que miraron verdes
ni de los labios dulces
que besaron temblando o no besaron
ni del cielo que a veces se desploma
en trombas en escarnio o en granizo
una carta de amor puede enviarse
desde un altozano o desde una mazmorra
desde la exaltación o desde el duelo
pero no hay caso / siempre
será tan sólo un calco
una copia frugal del sentimiento
una carta de amor no es el amor
sino un informe de la ausencia.
(Mario Benedetti)
Carta
El palomar de las cartas
abre su imposible vuelo
desde las trémulas mesas
donde se apoya el recuerdo,
la gravedad de la ausencia,
el corazón, el silencio.
Oigo un latido de cartas
navegando hacia su centro.
Donde voy, con las mujeres
y con los hombres
me encuentro,
malheridos por la ausencia,
desgastados por el tiempo.
Cartas, relaciones, cartas:
tarjetas postales, sueños,
fragmentos de la ternura,
proyectados en el cielo,
lanzados de sangre a sangre
y de deseo a deseo.
Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.
En un rincón enmudecen
cartas viejas, sobres viejos,
con el color de la edad
sobre la escritura puesto.
Allí perecen las cartas
llenas de estremecimientos.
Allí agoniza la tinta
y desfallecen los pliegos,
y el papel se agujerea
como un breve cementerio
de las pasiones de antes,
de los amores de luego.
Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.
Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.
Cuando te voy a escribir,
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.
Allá va mi carta cálida,
paloma forjada al fuego,
con las dos alas plegadas
y la dirección en medio.
Ave que sólo persigue,
para nido y aire y cielo,
carne, manos, ojos tuyos,
y el espacio de tu aliento.
Y te quedarás desnuda
dentro de tus sentimientos,
sin ropa, para sentirla
del todo contra tu pecho.
Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.
Ayer se quedó una carta
abandonada y sin dueño,
volando sobre los ojos
de alguien que perdió su cuerpo.
Cartas que se quedan vivas
hablando para los muertos:
papel anhelante, humano,
sin ojos que puedan serlo.
Mientras los colmillos crecen,
cada vez más cerca siento
la leve voz de tu carta
igual que un clamor inmenso.
La recibiré dormido,
si no es posible despierto.
Y mis heridas serán
los derramados tinteros,
las bocas estremecidas
de rememorar tus besos,
y con su inaudita voz
han de repetir: te quiero.
Se buscan cartas de amor...
Directo al Corazón
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Peces en mi Red
La memoria del cuerpo
Carlos Crespo (Fuente: Hombres encontrados)
Es lo que hay...
¿Sabes? Hoy, en cierto modo, esperaba tu mensaje, pero no llegó. Y duele, aunque poco. Me has acostumbrado a ese “…esto es lo que hay”, y lo asumo con absoluta resignación, como quien espera en la cola con la cartilla de racionamiento en época de guerra y justo cuando le va a tocar, se acaba la comida. Ese, “otra vez será” me lo repito como un mantra, que me sirve de ungüento para las heridas que tu silencio me provoca a la altura del estómago. Y la guerra fría vuelve a mis rutinas y me muevo por inercia, contigo siempre pero lejos de ti.
Raya el acoso lo que hago el resto del día mirando tu perfil en el WhatsApp. Tú, ajeno a todo esto, continúas con tu vida, echando atrás días en el calendario y retrasando ese café eterno que nunca llega. Me desespero. Escribo. De ti y de mí. De lo que fuimos. De lo que pudo ser, pero no… Te pienso y te odio a ratos.
Te imagino a solas en tu trabajo, o atendiendo a alguien hasta las tantas, o tocando algunos acordes en tu guitarra, o fumando y escuchando a John Coltrane o a Charlie Parker con un whisky con hielo sobre la mesa del jardín. Cuando el resto de la casa duerme tú sueñas despierto. Haces recuento del tiempo que has invertido en ser otra persona distinta a la que pretendías… Y el balance hace que te pongas triste y añores ese garito de jazz que querías montar en un país extranjero que elegirías apuntando sin mirar en un mapa justo antes de tomar el avión… No tendrías una pareja fija, sino una cada día. Mujeres sin nombre, solo sexo, puro placer efímero y poco más. Sin compromisos, sin rutinas, sin dolor…
En cierto modo, te comprendo. Tú añoras lo que no tienes. Persigues un sueño cada vez más lejano y te resignas a vivir acorde con las decisiones que tomaste en el pasado. Como yo. No somos tan diferentes. Y en el deseo apareció el castigo.
Tal vez ninguno de los dos tuvimos elección. Y aun así, ¿sabes qué…? Pese al dolor: volvería a elegirte.
(N.R.H.)
No somos nada
Montaña rusa
Amén
Ya no estás y hace mucho tiempo que lo dejamos. O eso me parece a mí, que hace mucho, mucho tiempo. Pero es que estás ahí. Sigues ahí, haciéndome daño en la memoria. Y no puedo -y no sé si de verdad quiero- borrarte de mi recuerdo.
Espero que algún día ames a alguien como yo te amo ahora, para que te pongas en mi piel y veas que mendigar el amor no es de mediocres, como me decías, sino de amantes sinceros, de esos que como yo, aman con el alma y se dejan los huesos en el intento.
(N.R.H.)
Rafa
Después de tanta meditadera, que sirva esta carta desgraciada para ponerle punto final a este amor sin esperanzas, porque hoy ya sé que no las habrá jamás. Maldito cibermundo que me volvió trizas la existencia. Porque gracias a la computadora de Albertico, mi hijo de quince, fue que me desgracié la vida. En mala hora anda una haciéndole caso a los muchachos, dizque para parecer moderna. Moderna es la lloradera que cargo ahora. Y todo por culpa del dichoso feisbuc. Me iba todos los días más temprano al trabajo para tener tiempito extra en mi oficina antes de que empezara el ajetreo. Entonces prendía la diabólica máquina y me entregaba sin freno: estaba obsesionada con aquella cosa. Y no porque pudiera mandarle tres birras a Tulio, mi marido, y conseguir que al fin me escribiera algo amable. Nada de eso. La fiebre empezó cuando te encontré, Rafa. Mi amor perdido. Mi pasión juvenil! Mi deseo aún latente. El renacer de mi interés por ese juguetito informático fue como un cataclismo, cuando la enviadera de ositos a mi hija de doce, los croissants a la suegra y los hugs a la tía Dorita ya me tenían podrida. Un mensajito de mi comadre Luisa me había vuelto a la vida.. “Tengo a Rafa Vergara en mi feisbuc” me había escrito. Boom. Sólo ella, el sucio de esta uña desde tiempos inmemoriales, sabía que esa frase me iba a sacar de órbita. Entonces fui a su perfil a entrepitearle los amigos y allí estabas tú. Mi amor de siempre.
Busqué una lupa y me regodeé en aquella fotito minúscula que me revolvió los adentros. No me importaron ni tus canas ni tus kilos. No me importó tampoco el por qué me habías dejado. Me importó – y mucho- el recuerdo de tantos recuerdos inolvidables. Tu viejo Chevy, mis rizos rebeldes, la Panamericana. Todo estaba ahí plasmado en aquella imagen. Desde entonces, se apoderó de mí una energía sin precedentes. De purito agradecimiento le mandé a la comadrita unas cholas Manolo Blatnik y dos arepas dominó. Luego cambié la foto horrible de mi perfil por aquella de mi luna de miel en Margarita., donde aún lucía delgada y bonita. Claro que tuve que cortar a Tulio y al vendedor de ostras, ni más faltaba. Oculté mi status de casada, bloqueé las fotos de mis hijos y eliminé de mi muro aquellos ridículos mensajitos de mi marido, siempre de lambucio preguntando que había para la cena. Quería sentirme libre para ti. Ya luego me ocuparía de las excusas para tanto cambio. Seguidamente procedía crear un grupo “Excompañeros ucevistas” para meterte ahí junto con los panas del pasado y no exponerme al “quién es ese” de los muchachos. Sólo quedaba una última cosa y gracias al guai-fai me metí en el garaje a agregarte como amigo. Temblaba como una hojita. “Espero que te acuerdes de mi”, te escribí. Carajo, como si fuera posible olvidar tanto fuego en aquella relación de otrora. Los días pasaban y no me aceptabas y cuando ya estaba a punto de volverme esclava del Prozac apareciste en mi muro. Un simple “cómo te va” que puso mi mundo patas arriba. Desde entonces mi locura no me dio tregua: usando la mensajería privada te inundé de chocolates savoy, playas de Morrocoy y una que otra cachapa. Tú me lo agradeciste todo con palabras hermosas y un par de Martinis. Aún se me aguan los ojos cuando pienso en aquel arbolito navideño tan hermoso donde me tagueaste junto a mil personas más. ¿Qué importaba? Sabía que me lo dedicabas enteramente a mí. Entonces tagueé de vuelta: aquella foto viejísima en el Estadio Olímpico junto al equipo de fútbol donde apenas te distinguías entre tanta tomusa y tanto bigote. Y yo detrás abrazándote muy fuerte, pero tan borrosa que nadie me nota. No la recordabas, ¿verdad? Pues la he guardado con mucho celo todos estos años. “¿Y para qué?, me digo. Craso error fue publicar la dichosa foto. Porque te asustó mi amor, Rafa Vergara. Y arrugaste. Vil y cobardemente no volviste a escribirme, después de todo lo que hice por ti. De nada sirvieron los mil boleros que te envié, los tequeños, los cafés, los muñequitos de “Amor es…” Tu silencio me hirió de muerte. Hasta que la cuaima de tu mujer me escribió en aquél muro público el más despreciable de los epítetos “robamaridos”. Y todos lo vieron. Mis amigos, mi marido, mis muchachos. Sin embargo el escarnio público no fue tan devastador como darme cuenta que un hombre que le entrega la contraseña a su mujer es un patético pendejo. Y a este Rafa no lo quiero ni en pintura. No, señor. Me quedo con el otro tú el del viejo Chevy y las canciones de Yordano, aún sabiendo que más nunca volverás. Así que aquí me despido, te borro de un click de mis contactos, no sin antes advertirte que mi marido creó un evento para divorciarnos y seguro te envía una invitación sólo para fregarme la vida. No vayas a aceptar, por favor, y mucho menos hacerte fan. Guárdate un poco de decencia y no me amargues el bello recuerdo que he tenido de ti todos estos años.
Hasta nunca
YO
(Rosa Acevedo)
Freedom
¿Qué no te olvidaré jamás? Probablemente. Tengo una nostalgia caníbal que me consume en pequeños momentos de debilidad y no tengo más que escuchar una melodía u oler el perfume que me regalaste, para volver a echarte de menos. Alguien entre mis vecinas usa Narciso Rodríguez. No sé quién es, pero por las mañanas, cuando me voy a trabajar, esa persona se me ha adelantado y ha dejado la esencia atrapada en el ascensor. Abrirse la puerta, sentir ese aroma y recordarte, todo es uno.
...los te quiero que no te dije

Así me siento, y todavía no te he vuelto a ver. He desaprendido a querer, no he vuelto a decir te quiero porque te llevaste mis ganas de querer. Ahora… bueno, ahora huyo. Huyo de querer, huyo porque me agobio, porque me asfixio, porque tengo miedo, porque sigo siendo tan frágil como siempre, porque yo no soy yo. Porque ya no existe yo, porque tengo que reconstruirme de cero, de los pedacitos que dejaste cuando te fuiste con ese “no quiero que nos volvamos desconocidos” que se llevó el viento. Porque finjo como si no me importase nada, como si no estuviese rota, como si no buscase tu pecho para apoyar mi cabeza y tu brazo rodeándome. Como si no me doliese que quieras a otra, como si pudiese tragarme esos te quiero que eran tuyos y ahora no me dejan respirar.
“He olvidado como se duerme sin ti” “Lo peor fueron los te quiero. Aún los sigo llevando escondidos en diferentes rincones de mi cuerpo. Porque esos no se pueden tragar, no se merecen ser escupidos y no son intercambiables, no se los puedes decir a nadie más.” “Quizá ya he aprendido a vivir con todos los te quiero que no te dije”.
Cuando sepas de mí...
Cuando sepas de mí, tú disimula. No les cuentes que me conociste, ni que estuvimos juntos, no les expliques lo que yo fui para ti, ni lo que habríamos sido de no ser por los dos. Primero, porque jamás te creerían. Pensarán que exageras, que se te fue la mano con la medicación, que nada ni nadie pudo haber sido tan verdad ni tan cierto. Te tomarán por loca, se reirán de tu pena y te empujarán a seguir, que es la forma que tienen los demás de hacernos olvidar.
Aló?
Obsesión
El durante...
Vuelve
Co-razones
No hace falta que me digáis eso de que perdéis la cabeza
por eso de que sus caderas...
ya sé de sobra que tiene esa sonrisa
y esas maneras
y todo el remolino que forma en cada paso de gesto que da.
pero además la he visto seria ser ella misma
y en serio que eso no se puede escribir en un poema.
por eso, eso que me cuentas de que mírala cómo bebe las cervezas
y cómo se revuelve sobre las baldosas
y qué fácil parece a veces enamorarse.
todo eso de que ella puede llegar a ser ese puto único motivo
de seguir vivo y a la mierda con la autodestrucción...
todo eso de que los besos de ciertas bocas saben mejor es un cuento que me sé desde el día que me dio dos besos y me dijo su nombre.
pero no sabes lo que es caer desde un precipicio y que ella aparezca de golpe y de frente
para decirte, venga, hazte un peta y me lo cuentas.
no sabes lo que es despertarte y que ella se retuerza y bostece,
luego te abrace,
y luego no sepas cómo deshacerte de todo el mundo.
así que supondrás que yo soy el primero que entiende
el que pierdas la cabeza por sus piernas
y el sentido por sus palabras
y los huevos por un minimo roce de mejilla.
que las suspicacias,
los disimulos cuando su culo pasa,
las incomodidades de orgullo que pueda provocarte
son algo con lo que ya cuento.
quiero decir que a mí de versos no me tienes que decir nada,
que hace tiempo que escribo los míos.
que yo también la veo.
que cuando ella cruza por debajo del cielo solo el tonto mira al cielo.
que sé como agacha la cabeza, levanta la mirada y se muerde el labio superior.
que conozco su voz en formato susurro
y formato gemido
y en formato secreto.
que me sé sus cicatrices
y el sitio que la tienes que tocar en el este de su pie izquierdo para conseguir que se ría,
y me sé lo de sus rodillas
y la forma que rozar las cuerdas de una guitarra.
que yo también he memorizado su numero de teléfono
pero también el numero de sus escalones
y el numero de veces que afina las cuerdas antes de ahorcarse por bulerías.
que no solo conozco su última pesadilla,
también las mil anteriores,
y yo sí que no tengo cojones a decirla que no a nada
porque tengo más deudas con su espalda
de las que nadie tendrá jamás con la luna (y mira que hay tontos enamorados en este mundo).
que sé la cara que pone cuando se deja ser completamente ella,
rendida a ese puto milagro que supone que exista.
que la he visto volar por encima de poetas que valían mucho más que estos dedos,
y la he visto formar un charco de arena rompiendo todos los relojes que la puso el camino,
y la he visto hacerle competencia a cualquier amanecer por la ventana: no me hablen de paisajes si no han visto su cuerpo.
que lo de "mira sí, un polvo es un polvo",
y eso del tesoro pintado de rojo sobre sus uñas
y solo los sueños pueden posarse sobre las cinco letras de su nombre.
que te entiendo.
que yo escribo sobre lo mismo.
sobre la misma.
que razones tenemos todos.
pero yo
muchas más que vosotros...
(Escandar Algeet)
...Y escribir un "TE QUIERO" en el Metro de Madrid.
Porque sí.
Porque eres guay.
Porque tu pelo alborotado no es siniestro, sino maravilloso. Adoro ese rizo que cae sobre tus ojos cuando estás cortando las verduras en la cocina.
Tus ojos. Me encantan tus ojos de felino enjaulado.
No sé decirlo de otra manera, sólo así: TE QUIERO. Y voy a escribirlo donde se me ocurra. He pensado hacerlo en la arena de la playa en la que nos conocimos. Pero el mar es impredecible y bromista, como tú y sospecho que me va a borrar cualquier tontería que escriba, como por ejemplo “Te Quiero”.
Y en el lomo de un león de la Cibeles. ¿Qué te parece? Yo, haciendo una locura, cometiendo un delito contra el patrimonio público, para ti. Imagino tu cara al leer tu nombre en el lomo de un león de la Cibeles y Telemadrid dándolo en el informativo de la noche mientras cenas. Tú que siempre has pensado que no puedo ser intrépido ni espontáneo por trabajar en una biblioteca pública...
Aunque... lo mismo lo escribo en la ventana del metro en el que hicimos nuestra primera escapada romántica, con tinta indeleble, pero como me pillen… he oído que hace unos días cogieron a unos grafiteros dibujando en las paredes del metro de Madrid y les han metido una multa alucinante. Y creo que ninguno de ellos escribía mensajes de amor, no. Además los condenaron a limpiarlos y a hacer trabajos sociales. Así que los grafitteros se ven ahora paseando abuelos en el Retiro. Son como los nietos pródigos de los ancianos de todo Madrid. Si a mí me obligaran a pasear con los abuelos, no me molestaría, es más, lo haría con mucho gusto porque siempre te hablan de otro tiempo y me agrada escuchar esas historias, pero borrar tus “Te quiero Marta” me humillaría de por vida. Porque tus tequiero, los tequieros que yo te escribo, en mi corazón o en la ventana de un tren son imborrables. Porque yo creo que te voy a querer toda la vida, Marta.
Creo que nunca me voy a olvidar de ti. Y por eso es tan importante apuntarlo en las calles de Madrid, en las playas de Alicante, o en el polvo del capó del coche rojo de mi vecino, por si algún día mi memoria no da para más y me traiciona. Porque cuando pase el tiempo puede ser que me vaya acostumbrando a tu ausencia y un día me levante y el primer pensamiento que tenga no sea “TE QUIERO”.
Hoy no será desde luego ese día, pero puede ser que olvide que ayer me llamaron para decirme lo tuyo, lo que ha salido hoy en los periódicos, donde tú eres la protagonista, Marta. Sé que no querías hacerlo, porque me quieres. Sí, tú también, aunque nunca me lo hayas dicho ni escrito en las paredes y los metros de Madrid. Sé que sólo pretendías volar, desde hace años soñabas con desplegar tus alas y salir volando de esa vida que no te gustaba. Estabas enferma y tenías un miedo horrible al dolor. Por eso ayer, cuando me llamaron para decírmelo, sé que no saltaste porque sí, sino para demostrar que eras un ángel, que tenías alas y las desplegaste para volar.
Papo
Los primeros recuerdos de mi infancia tienen que ver con escapar de la guardería dos veces, llorar al lado de una reja, no querer que te fueras en el bus que paraba justo en frente de la esquina que habías conseguido con el sudor de tu frente y tu sagacidad como hombre de negocios, me quedaba llorando mirando por la ventana como te ibas en el bus. Eras sin lugar a dudas motivo de mi alegría y vida.
Recuerdo que lo que sentía por ti era una mezcla de amor y miedo, que fue convirtiéndose al paso de los años sólo en amor.
Me encantaba recostarme sobre ti cuando era niño y jugar a contarte los lunares de la espalda, siempre admiré tus abdominales, me parecían fuertes, en modo barriga eran extraños pero muy fuertes.
(Tavo)
El Amor es eterno y siempre está vivo...
Estas palabras calladas y silenciosas las escribo a través de la visión de una madre que le ofreció a alguien especial un mensaje y dijo: quiero que seas mi inspiración, y quiero expresarlo a través de mi nieto
Hoy ya han contraído matrimonio, espero verlos tan felices o más de los que están ahora. Espero que consigan estar juntos el mismo tiempo que nosotros.
La última carta
Barcelona, 14 de febrero de 2013
Querida Celina:
Esta es la décima carta que te escribo desde que dejé de verte… y, creo, será la última.
No sé por dónde empezar. Reconozco que me siento perturbado y aún lleno de rabia por cómo pasaron las cosas. Espero que mi valor no me abandone en este instante y me lleve a hacer lo de siempre: apagar el computador y olvidarlo todo. La verdad no me importaría. A fin de cuentas, eso es lo que he hecho también todos estos años con esa novela que quiero terminar de escribir. Pero cada vez que intento retomarla me detengo cual estatua en el mismo capítulo: la parte en la que escribo sobre ti, porque tú formas parte de ella.
Supongo te causará risa, pero créeme que es así. La trama está en mi mente de principio a fin, e intuyo que si la plasmo en el papel sería una historia fascinante. Pero tengo temor de experimentar el efecto que causará en mí escribir sobre ti. Relatar tu vida que fue mi vida.
Te imagino en este instante reclamándome: ¿Por qué escribir sobre eso? Es un asunto íntimo que sólo les concierne a nosotros dos. Y la verdad es que llevo todo este tiempo intentando responder esa pregunta, pero al final otra interrogante me invade: ¿Por qué no? O quizás deba ser honesto y terminar de aceptar que lo haría simplemente porque lo necesito. De todas formas, si decido continuarla, tú serás la primera en saberlo.
Pero ese no es el motivo de mi carta. Es algo más complejo y difícil de manifestar.
Ahora soy yo quien se ríe imaginando tu reacción: ¿Cómo es posible que a un hombre como usted, tan elocuente, profesor universitario, conferencista, cuarto bate y novio de la madrina, le cueste tanto trabajo decir lo que tiene que decir?
Pues sí, así es. Y lo noto en mis dedos sudorosos, en esta involuntaria aceleración de mi corazón y hasta en este vértigo incómodo que invade mi estómago. Pero tú me entiendes, estoy seguro, y sabes que no soy bueno para decir asuntos difíciles de un solo golpe.
Hoy, sin proponérmelo, hablé de ti en tres oportunidades. Me resultó extraño luego de 10 años. Y no es que no hable de ti, lo hago de vez en cuando, pero hacía tiempo que no lo había hecho con tanta frecuencia en un mismo día.
Muy temprano en la oficina te nombré por primera vez. Le explicaba a la gerente sobre mi plan de inversiones que haría este año en mi empresa. Le manifestaba que me llenaba de incertidumbre saber si dichos proyectos serían una decisión acertada según y cómo estaba el país, y de repente dije en voz alta: “Celina siempre me decía que lo que yo soñaba se cumplía y que debía tener un ángel de la guarda a tiempo completo trabajando para mí, así que no debía dudar de mi instinto”. Te confieso que al decir aquello mis dudas se disiparon y seguí adelante con mis planes. Aún extraño la magia que tus palabras de aliento irradiaban sobre mis propósitos, ¡Y vaya que los impulsaban!
La segunda vez que te nombré fue en la tarde, con mi psiquiatra. ¡Ah, bueno, esa es otra historia! Porque no sé si te había dicho que acudo a terapia con una psiquiatra desde hace algún tiempo. Para serte sincero me avergüenza revelártelo. No quiero que pienses que ando un poco loco, pero la verdad es que con ella he explorado un modo diferente de ver las cosas y me siento aliviado cada vez que salgo de su consulta.
No sé por qué me provocó contarle sobre aquella vez que fuimos al cine cuando éramos novios de estudiantes y que al salir nos agarró aquel chaparrón de agua. ¿Lo recuerdas?, sin vehículo ni un bolívar en el bolsillo, simplemente decidimos caminar abrazados rumbo a casa sin importar que la lluvia mojara nuestros cuerpos. ¡Cómo reímos hasta más no poder durante todo el trayecto! ¿Sabes algo? A veces extraño esa época cargada de carencias, pero llena de sencillez y amor incondicional.
Por último, te nombré en la noche cuando decidí llamar a tu madre… ¡Sí, la llamé! Mantengo mucho contacto con ella. ¿No te lo ha dicho?
Quise pedirle su bendición para lo que estoy a punto de hacer. Cuando se lo dije noté cómo su voz se quebraba, pero tras una breve pausa de silencio me dijo que estaba bien y que era lo mejor para mí. Sus palabras me reconfortaron enormemente.
Luego nos reímos un rato recordando la que fue tu profecía exacta cuando afirmaste antes de abandonarme que yo quedaría después de ti como un “Papagayo sin cola”. Una predicción que se ha cumplido todos estos años, hasta ahora.
Creo que ya supones lo que intento decirte.
Hace 4 años conocí a otra mujer. Ha sido mi ángel desde entonces. Con ella retomé el camino del amor puro que sólo contigo había paladeado, y aunque ha debido llegar a tus oídos que después de ti he vivido muchos idilios locos, esta vez es diferente. En ella encontré el oasis que calmó la sed que tu partida me dejó.
¡Voy a casarme de nuevo! Y no sé explicarlo, pero siento que tu presencia me invade con intensidad por estos días. Cuánto anhelo que me pudieses hablar. ¿Sería posible? Necesito escuchar tu voz. O quizás me puedas visitar un día de estos, y así saber lo que piensas. Es lo único que me faltaría para sentirme completamente en paz. ¿Es pedir un imposible, verdad?
Al principio de esta carta te escribí que creía sería la última. Ahora estoy seguro de ello. Intentaré continuar viviendo esta vida de la mejor manera posible, contigo y sin ti.
Flaca, esta es mi despedida… esa que nunca pude hacer en vida cuando el cáncer poco a poco te arrancaba de mis brazos, esa que mi inconsciente desea gritarte a través de una novela, esa que apenas hoy, 10 años después de tu muerte, tengo el coraje de hacer.
Quizás tú sí intentaste despedirte de mí cuando me pediste que escuchara con atención aquella canción, “No me ames” de Marc Anthony y Jennifer López. Una balada cargada de solicitudes imposibles cuando en verdad se ama. Qué distinta me suena ahora. Mi rabia se alborota cuando la escucho pero pronto se aplaca, no hay opción. No puedo cambiar el destino.
Mi pasión por ti quedó en deuda por la oportunidad que le brindaste al disfrutar de un primer amor inolvidable. Yo te doy las gracias por todo lo vivido. ¿Qué pasará con aquel epitafio?
Tu recuerdo irá siempre dentro de mí y rezaré por ti hasta el final de mis días, mi querida Celina… ¿Nos volveremos a ver?
Juan Carlos
(Juan Carlos Federico Álvarez Sánchez)
Adiós cachazudo e insolente amor de mi vida…
”Los Romeos se demoran y las Julietas se desenamoran”.
(
Joaquín Sabina)
Amor de mi vida:
Te escribo estas líneas desde el más profundo guayabo, decepción y desengaño que jamás creí que me harías sentir… Sí, créeme que jamás pensé que me harías sentir así, tú, tan perfecto, educado, comprensivo, cariñoso, detallista, buen amante; me quedaría corta en adjetivos para describir lo maravilloso que eres. Sin embargo, luego de 28 años, unos cuantos fracasos amorosos, consultas con videntes, leer cuanto libro de autoayuda se me atravesó en las librerías; interminables y bien caras -por cierto- sesiones con psicólogos, entre muchos otros artificios de mujer desesperada, he decidido renunciar a ti.
El último año fue particularmente descorazonador para mí en eso de ir a tu encuentro. ¡Si supieras la cantidad de joyitas con las que salí! Te buscaba desesperadamente en cada uno de ellos, algunos se parecían tanto a ti, no puedo negarlo; hubo uno en particular que me cautivó, es que tenía hasta nombre de realeza: Randolph… Cuando lo conocí me dije: “Este mismo es.” Te confieso que de entrada me pareció un tanto pequeño, de verdad nunca te imaginé con lentes, pero a falta de pan buenas son tortas, pensé. Todo iba muy bien hasta que le insinué que buscaba una relación seria, estable y con miras al matrimonio, decirlo y que huyera despavorido fue casi simultáneo; por supuesto que no faltaron los malos calificativos para mí. Le dijo a un amigo en común que yo era una caza maridos y una loca. Después de eso evidentemente no volví a verlo, pasó vertiginosamente de ser el que creí el amor de vida, a convertirse en el tipejo ese.
No obstante, mi búsqueda no se detuvo por haber tropezado con un batracio. Le sucedió a este intento fallido una lista de galanes de arepera: Uno con novia, otro que estaba jugándose un doble play -sin ser pelotero precisamente-, un romance cibernético que terminó con un clic y un último quien no sabía lo que quería y no se quería enamorar. Pero ¿qué estaba pasando? ¿Era esto una vaina echa’, como dicen? ¿Acaso la fábrica que se encarga de producir la mercancía “hombre de la vida de una”, la habían expropiado?, ¿acaso en su lugar habían mandado una manada de farsantes que te hacían creer que lo eran, para después, sin anestesia y de la manera más cruenta, dejarlo a uno con los tequeños fríos para la boda que ya me había armado?
Tras mi mala racha de amores frustrados hice lo que hacen todas las mujeres decepcionadas: Me reuní cada viernes a tomar con mis amigas y a hablar mal de los hombres. Me quejarba hasta el cansancio de que ninguno sirve ¡Es que no hay hombres!, decía, al tiempo que me exorcizaba con los libros de Walter Riso -no sé cuántas veces leí Manual para NO Morir de Amor. Volví a mis sesiones con el psicólogo para encontrar la raíz del problema -mi soledad e imposibilidad de encontrar al amor de mi vida. Como medida extrema y desesperada, tuve que alejarme del Facebook que sólo me recordaba que el tren se me estaba pasando, pues buena parte de mis amigas ya están casadísimas, y yo, más sola que la una y sin pista de dónde hallarte.
Como te dije al principio de esta epístola, me estoy despidiendo de ti, amor de vida; de la idea de conocerte, del sueño que siempre tuve de tener dos muchachitos, una casa grande y un matrimonio de portada de revista “Look Caras”. Renuncio a ti porque no sé dónde estás metido y perdí toda esperanza de encontrarte. Ya mis amigos no tienen más conocidos solteros que presentarme, en mi trabajo los pocos hombres que hay están casados y la verdad ya agoté todos los recursos de los que disponía. No sé si algún día lleguemos a coincidir, tal vez cuando aparezcas esté vieja y enclenque, y prefieras irte con una más joven y que esté “tunning”. Pero no creas tú que por ello me voy a quedar en mi casa rezando, leyendo y tejiendo mientras apareces. Saldré a divertirme para olvidar la pena de no tenerte a mi lado. Quién quita que me consiga mi peor es nada; sobre todo porque eso de vestir santos siempre me ha parecido aburridísimo. A estas alturas no estoy muy exigente, ¡agarrando aunque sea fallo!
En fin, si algún día te da la gana de aparecer y todavía estoy interesada en ti, veremos qué pasa. Por los momentos, me voy a dejar de puritanismos y de estar creyendo en mitos y leyendas urbanas de príncipes azules. Justamente voy saliendo a una rumba de solteros, así que no se te ocurra aparecer ahorita que me voy a soltar el moño. Necesito tiempo y espacio para reconsiderar la posibilidad de volverte a buscar, estás fuera de mi vida por insolente y cachazudo, ¡tú te lo pierdes!
Con profundo y sincero desamor,
La ex-mujer de tu vida.
(Patricia Espinel)
Tus huellas en mi camino
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