Mostrando entradas con la etiqueta Ausencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ausencias. Mostrar todas las entradas
jueves, 21 de noviembre de 2019 | By: Magdala

Make me like you



Podíamos llamarnos novios porque sabíamos que no era más que un juego. Las etiquetas solo asustan cuando son verdad. De haber sentido algo sólido, hubiéramos recurrido a eufemismos que prolongasen el misterio. Tú y yo, en cambio, nos sentíamos cómodos en esa distancia que nunca desaparecería y por eso jugábamos a preguntarnos cómo había ido el día aunque en el fondo no nos importase. No te hubiera gustado presentarme como novio oficial a tus amigos, ya lo sé. Lo más extraño llegó después, cuando encontraste a alguien y me sentí vacío por haber perdido algo que nunca fue nada.

(Alex Pler, Fuente: Hombres encontrados)



jueves, 15 de febrero de 2018 | By: Abril

Sincericidio en el café de los viernes


Te quiero y me empeño en pensar que no. Y duele. Duele y mucho. No hay día que no me levante con la sensación de que vamos a volver a compartir un café de sobremesa. Y ahí está tu recuerdo. Y el café. Pero no hay dos compartiendo nada como en la foto de mi estudio, con París al fondo y la lluvia al otro lado del cristal. No. Hay un café, pero yo estoy sola clavando los ojos en la cucharilla que dibuja círculos concéntricos, los mismos círculos que dan vueltas en mi memoria intentando devolver al presente recuerdos que tengo cada vez más difusos, de otro tiempo, de otra vida que  viví a tu lado…

Hace más de un año que nos encontramos por última vez. En el mismo sitio: un pub trasnochado de luces tenues que se aliaban con nuestras debilidades para avivar el fuego que se encendía cualquier día menos los viernes y los domingos. Los domingos nunca existí. Los viernes me los negaste, por capricho y porque en cierta forma pretendías domesticarme. Los domingos me daban lo mismo. Renuncié a ti y a ellos desde el primer beso. Pero los viernes… nunca te perdoné los viernes donde yo era tu plan B. Qué crueldad negarle a alguien los viernes. El resto de la semana competía con tus prioridades. No me acostumbré nunca a ello, pero sacar el tema desencadenaba una nueva tormenta perfecta entre nosotros, por eso intentaba esquivar mi indignación. Pero aquello hacía que me doliera más y me devoraba hasta que vomitaba todo lo que sentía cada vez que me borrabas los viernes de tu agenda.

Soy demasiado clara. No me van los comentarios a medias, así que cuando ya veía todo perdido me tiraba de cabeza al ruedo a pecho descubierto. Este sincericidio va a matarme cualquier día… el caso es que te lanzaba las verdades a la cara, aun sabiendo que cada lanzamiento te alejaba diez centímetros de mí. Aquello nos fue distanciando tanto que surgió aquel monólogo que empezaba por… “no sé qué hago aqui”,  continuaba con “no tiene sentido que nos sigamos viendo” y finalizaba con “ya no sé qué creer… has cambiado tanto” y volvía en bucle al principio “no sé qué hago aquí”.

Si supiera que cambiando algo iba a borrar el final de esta historia, te volvería a regalar los domingos enteros y los viernes a medias, y lo pensaría dos veces antes de comenzar mi monólogo en bucle y te odiaría en silencio y pensaría que no eras tan nocivo para mi salud mental como lo eres… pero la vida no usa borradores, las cosas se escriben una sola vez y la tinta es indeleble. Por eso me quedo aquí a solas con mi café compartido contigo, removiendo con la cucharilla en círculos concéntricos la nostalgia de un viernes imaginario.

(N.R.H.)
domingo, 8 de mayo de 2016 | By: Abril

Cuando sepas de mí...


Cuando sepas de mí, tú disimula. No les cuentes que me conociste, ni que estuvimos juntos, no les expliques lo que yo fui para ti, ni lo que habríamos sido de no ser por los dos. Primero, porque jamás te creerían. Pensarán que exageras, que se te fue la mano con la medicación, que nada ni nadie pudo haber sido tan verdad ni tan cierto. Te tomarán por loca, se reirán de tu pena y te empujarán a seguir, que es la forma que tienen los demás de hacernos olvidar.
Cuando sepas de mí, tú calla y sonríe, jamás preguntes qué tal. Si me fue mal, ya se ocuparán de que te llegue. Y con todo lujo de detalles. Ya verás. Poco a poco, irán naufragando restos de mi historia contra la orilla de tu nueva vida, pedazos de recuerdos varados en la única playa del mundo sobre la que ya nunca más saldrá el sol. Y si me fue bien, tampoco tardarás mucho en enterarte, no te preocupes. Intentarán ensombrecer tu alegría echando mis supuestos éxitos como alcohol para tus heridas, y no dudarán en arrojártelo a quemarropa. Pero de nuevo te vendrá todo como a destiempo, inconexo y mal.
Qué sabrán ellos de tu alegría. Yo, que la he tenido entre mis manos y que la pude tutear como quien tutea a la felicidad, quizás. Pero ellos... nah.
A lo que iba. (.....)
Porque si algún día sabes de mí, eso significará muchas cosas. La primera, que por mucho que lo intenté, no me pude ir tan lejos de ti como yo quería. La segunda, que por mucho que lo deseaste, tú tampoco pudiste quedarte tan cerca de donde alguna vez fuimos feliz. Sí, feliz. La tercera, que tu mundo y el mío siguen con pronóstico estable dentro de la gravedad. Y la cuarta, -por hacer la lista finita-, que cualquier resta es en realidad una suma disfrazada de cero, una vuelta a cualquier sitio menos al lugar del que se partió.
Nada de todo esto debería turbar ni alterar tu existencia el día que sepas de mí. Nada de todo esto debería dejarte mal. Piensa que tú y yo pudimos con todo. Piensa que todo se pudo y todo se tuvo, hasta el final.
A partir de ahora, tú tranquila, que yo estaré bien. Me conformo con que algún día sepas de mí, me conformo con que alguien vuelva a morderte de alegría, me basta con saber que algún día mi nombre volverá a rozar tus oídos y a entornar tus labios. Esos que ahora abres ante cualquiera que cuente cosas sobre mí.
Por eso, cuando sepas de mí, no seas tonta y disimula.
Haz ver que me olvidas.
Y me acabarás olvidando.
De verdad.
viernes, 1 de enero de 2016 | By: Abril

El cofre de la memoria


Me decidí a escribirte porque me parece que en los últimos años he olvidado darte las gracias y decirte que te amo. Al redactar esta carta estoy haciendo caso omiso a las recomendaciones de mis amigas, quienes consideran que presentarse en un concurso público con una carta de amor para el ex-marido, produce en el mejor de los casos, caspa. Pero yo siento que con toda esta historia del divorcio y el trajín que significó hacerlo realidad, se han ido pasando los meses y no quisiera perder esta oportunidad. Quería decirte que somos mucho más que un hombre y una mujer que ya no lograban vivir juntos.

Ya van a ser dos años desde que empecé a embalar nuestras vidas para poder cumplirle a la pareja que decidió montar su paraíso de amor sobre las cenizas del nuestro. De todo aquello, como de un naufragio voluntario, todavía siguen apareciendo objetos que daba por perdidos.
 

De poco valieron los rollos de tirro, papel y plástico; las interminables horas dedicada a envolver meticulosamente cada libro, cada juguete, cada recuerdo y meterlos en cajas identificadas; o las cifras tan exorbitantes como injustificadas que se le cancelaron a la compañía guardamuebles. Con la misma persistencia con la que el óxido y el moho se apoderaron de nuestras cosas, así mismo la tristeza inmensa y una sensación plomiza de fracaso, se filtraron como un líquido espeso a través del papel de burbujas, que pretendía ingenuamente, amortiguar la caída y hacernos protagonistas de una separación posmoderna: sin traumas y sin dolor.
 De esos meses perdidos en los que, en efecto, dejamos para siempre de ser “nosotros cuatro” y nos convertimos en otra gente, sólo me atrevo a recordar la última tarde antes de la mudanza en el apartamento de La Castellana, cuando todos bailamos dentro de nuestro cuarto, reducido a un rectángulo semi-vacío con piso de madera: un colchón inflable tamaño King, una laptop y dos cornetas en las que un dúo formado por Juan Luis Guerra y Maná nos recordaba que fue una bendición encontrarnos en el camino. Lo demás me resulta todavía demasiado filoso y permanece confinado bajo llave, en una gaveta bien escondida en lo más profundo del alma, esperando que el tiempo y el psicoanálisis de Margarita hagan su magia. Un día quizás, esos archivos puedan ser decodificados sin causar estragos.
 
Así como aparecieron la colección de juguetes de madera y los adornos de navidad; así han venido re-flotando muchos de los recuerdos maravillosos de esos casi 16 años que compartimos bajo un mismo techo (aunque tú bien sabes que fueron en realidad muchos techos sucesivos, y cuatro los años finales en los que, como suspendidos en el tiempo, compartimos petrificados techo, pero no alcoba).

Y si bien es cierto que no todos los años fueron buenos y que las razones para no estar juntos siguen estando clarísimas, también es verdad que fuiste mi amor. El de los besos dulces y suavecitos, mi compañero, mi cómplice y el co-autor, impulsor y defensor desde siempre de Camila y Daniela, que son hoy todo lo que me importa. La buena noticia ha sido descubrir que esas memorias cálidas siguen intactas y son la cantera de nuestra relación de ahora, que aunque al añadirle el “ex” por delante machaca siempre lo que ya no somos, tiene, paradójicamente, un presente mucho más plácido que el pasado.
 
Te confieso que en las malas noches, cuando la culpa y los miedos que me habitan salen de sus cavernas y me atrapan, el saber que cuento contigo me ayuda a liberarme. Porque tú sigues siendo mi aliado, mi único socio en la empresa de la paternidad y tu presencia le añade otra red de seguridad a la peripecia de vivir en esta Caracas contemporánea. Acto que resulta a veces inconscientemente suicida, a ratos tedioso o caótico; pero siempre protegido por una magia imperceptible: como nuestro destino. Qué suerte, Marmotón, la de encontrarte justo ahí, en frente de la cartelera de aquel curso de inglés. Y de verdad, bendita la coincidencia.

(Del blog: Mil cartas de amor)

domingo, 20 de diciembre de 2015 | By: Abril

Súplica al cielo

 
Mirarnos, abrazarnos, reírnos, besarnos, amarnos, extrañarnos y volver a buscarnos... así era cada día: los dos juntos y felices, soñando lo mejor.
Hasta que un día el destino te arrancó de mis brazos. Es cierto que ambos sabíamos que esto podía pasar, pero ¿tenía que ser tan pronto?
En tan poco tiempo hicimos, vivimos y disfrutamos... tantas cosas..., pero nos quedaron tantas otras por realizar tanto que soñamos.
Me he quedado solo, de nuevo…y ahora… ¿qué hago?
 
-“Tienes que aprender a olvidarla”, me dijo una psicóloga
 
¡¡No!!, no quiero olvidarla. No es que no pueda, si quisiera tal vez podría, pero no quiero. ¿Como voy a olvidar a la persona que cambió completamente mi vida?, ¿cómo olvidar a quien me enseñó el verdadero y más puro amor, el que ni siquiera de niño tuve?, ¿como olvidar a quien me llenó de cariño, ternura, caricias, confianza, pasión...? No. No quiero olvidarla, y no lo haré nunca.
 
-“Debes rehacer tu vida” , me dijo la segunda vez -y última- que pasé por su consulta
 
Menos aun; eso sería traicionarla. Y, si bien ella me lo pidió, no lo he hecho y no lo haré, porque sería lastimar a otra persona empezar una relación. Y cuando me preguntase si la amo le tendría que mentir sistemáticamente porque sé que nunca la querré como a Jennifer, y tarde o temprano le diría: “no, no te quiero ni te amo. Lo siento, pero es la verdad”, y le rompería el corazón a alguien que no se lo merece.
Nadie jamás podrá entender cuánto nos amamos; cuan absurdamente enamorados estábamos. Podíamos pasarnos horas sentados en tu jardín simplemente mirándonos, abrazados, disfrutando de un dulce e infinito beso durante el cual el universo se podría haber congelado y no nos habría importado
A veces caminando veo las parejas junto a sus hijos pequeños y se me hace un nudo en la garganta al pensar que podíamos haber sido nosotros. Habría sido el hombre más feliz de la historia si hubiera tenido la dicha de tener familia contigo. Luego me doy vuelta y se me escapan las lagrimas tras mis lentes oscuras.
¿Por qué tú, mi vida?, ¿por qué no otra persona? ...Y no me importa sonar como un egoísta. No es justo lo que nos pasó, no es justo que nos hayan separado así
Lo que más tristeza me da es que ni siquiera puedo reclamarle a nadie. Me he sentido tan impotente...sin poder más que llorar, sabiendo que te ibas al cielo y ya no podría volver a besarte...
Es aquí cuando me surge la única pregunta y al único a quien se la puedo hacer:
 
¿Por qué si en el cielo había tantos ángeles Dios te tenía que llevar a ti?
 
Jenny vos eras mí ángel personal, mi princesa, mi niña adorada, mi único amor, mi razón para existir y sentir.
Así que aquí estoy, de rodillas, con tu crucifijo dorado en mis manos, ese que tanto significaba para ti y que me entregaste confiando en que me ayudaría; su brillo me recuerda el brillo de tus ojos y los míos empiezan a llorar... y mis lagrimas caen de nuevo sobre él; entonces levanto la vista y miro al cielo, al oscuro y profundo espacio, más allá de todo hasta donde mi vista llega, en esta noche en que siento que mi alma se deshace en un llanto demasiado doloroso y angustiante y mi corazón se desangra; y en un último deseo busco a un  Dios en el que dejé de creer hace mucho cuando te separó de mi y sólo le suplico una cosa:
 
¡Señor, por favor , por favor… DEVUÉLMELA!
 
miércoles, 27 de mayo de 2015 | By: Abril

El durante...

 
Lo más difícil es empezar. Y terminar. Dicen que lo que va en medio, las líneas que componen el cuerpo del texto, es lo más sencillo, lo más fácil de llevar, lo que más se disfruta. No sé, eso dicen.
Los comienzos. Los finales. Tú y yo siempre olvidamos que el texto también tiene cuerpo, que las historias también tienen un “durante”. Fuimos unos olvidadizos, unos pobres irresponsables. No comprendimos que los grandes poderes conllevan grandes responsabilidades. Que los grandes amores merecen un maldito desarrollo.
 
Lo peor que nos pasó fue que nos hicimos adictos a esos pequeños momentos de felicidad que nos brindaban los inicios. Todos nuestros inicios. Nos enganchamos a andar juntos cogidos de la mano, a abrazarnos hasta traspasarnos el alma, a besarnos hasta rompernos los huesos. Nos enganchamos a no saber, aún sabiendo. A hacernos los tontos mirando para otro lado, haciéndole creer al cosmos que podríamos juntos y no separados. Pero al cosmos no se le engaña, y tú lo sabes. Y yo lo sé. Pero tú más. Tú lo supiste mucho mejor que yo. Llevaste mis riendas sin quererlas ni coger, te colgaste mi corazón a la espalda y recorriste la ciudad impregnándome las calles de recuerdos.
 
Y ahora qué. Dime qué puedo hacer. Porque a día de hoy, a veces, aunque ya no deba hacerlo, sigo repasando los momentos que viví a tu lado. No fueron demasiados. Ni muchos ni pocos. Sólo fueron los justos y necesarios para hacerte imborrable. A veces sigo pensando en los principios, en todos nuestros principios y en la falta de ellos. Nos sobraron y nos faltaron a partes iguales. Nos sobraron, como nos sobraron los anocheceres. Nos faltaron, como nos faltaron los amaneceres. 
 
Nunca fuimos de esos que hacen las cosas como se han de hacer. Nunca fuimos juntos a Mercadona. Nunca fuimos juntos a lavar el coche. Nunca estuvimos juntos en ninguna boda. Nunca nos dijimos “para siempre”, pero tampoco “para nunca”. Yo siempre fui tu puerta abierta. Tu vida y tus arrugas de expresión. Tú fuiste mi último primer amor. Mi cara más bonita sin pintar. Mi precipicio emocional. Pero no recordemos nuestras carencias. No hagas que piense de nuevo en las vidas que podría haber vivido mientras esperaba a que la tuya arrancara. No me mires como sé que harías si estuvieras delante ahora. Y no, tampoco me toques la mejilla como si fuera de cristal. Te aseguro que si no me he roto ya, ahora ya no es el momento.
 
Te lo dije hace tiempo. Me copié de quien lo dijo, ya sabes, que “puedo vivir sin ti, pero no quiero”. Te lo dije mil veces. Y tú lo escuchaste asintiendo. Lo escuchaste sabiendo que el café se enfriaba, que tu corazón se cerraba. De nuevo. Otro final.
 
Hasta el nuevo comienzo.
 
lunes, 20 de abril de 2015 | By: Abril

Vuelve

 
Tú. Sí, tú, chico de pelo castaño corto, de espaldas anchas y voz enloquecedora... Tú, que con tus pasos abres camino en la nada y con tus manos rompes esquemas. Tú, chico prudente, perezoso y orgulloso, de sonrisa pícara y radiante. Esta carta es para ti.
 
No creas que te he olvidado. Desde que te fuiste, mi vida esta vacía de significados; ya no sé expresarme con palabras ni con actos....¿Dónde se quedaron esos abrazos calidos cuando hacía frío?... ¿Y esos besos frios por la mañana?
 
No sabes lo que te echo de menos, pequeño. La vida que me has dado todo este tiempo, a la que me has acostumbrado, porque me has acostumbrado a ti.Echo de menos lo que me has hecho sentir, pensar aprender y, sobretodo: vivir.
 
Recuerdo cuando pensaba en qué sería de mí sin tenerte a mi lado, sin que me quisieras... Y después de pasar noches en vela deseando que no pasase, al final tuvo que ocurrir. Tuvo que llegar el momento en el que no estuvieras a mi lado; el momento de no quererme, e incluso odiarme.
 
Esta carta te la escribo para que sepas que sigo aquí: luchando por un "nosotros", para poder volver a hacernos felices el uno al otro, para quererte más fuerte que nunca y nunca más volver a dejarte ir.
Hemos pasado tantos momentos juntos, que al recordarlo me es imposible guardar las lágrimas. Te he hecho sentir feliz, lo sé, y eso me hacía estar feliz también a mí, porque con tu sonrisa, tengo todo lo que necesito. Eres una persona maravillosa, la única capaz de hacerme sentir lo que siento.
¿Piensas volver algun día?Anhelo ser tu mundo, tu pequeño mundillo lleno de locuras.
Mira atrás.¿Que ves? ¿Me ves a mí? Ahí estoy. Esperándote con los brazos abiertos, las mejillas rosadas, los ojos iluminados, deseando verte...
 
No quiero que te alejes de mí para siempre. Necesito/quiero que vuelvas aquí, a mi lado, a abrazarme, a besarme, a susurrarme un ''te quiero'', de esos que sólo en tus labios suenan tan bien. Tú sé feliz. Mientras tanto, aquí estaré, cielo: para darte los buenos días y las buenas noches, para llenarte de caricias, porque simplemente...Te quiero, Carlos.
 
VI.V.MMXIV
(SSC)
martes, 8 de julio de 2014 | By: Abril

Carta de Gina



Querido Alfredo,

Este periódico me ha vuelto a contactar para que según ellos responda algunas preguntas. Hacerlo sería señalar a mucha gente que aprecias y eso no te gustaría. Cuando estaba contigo y cumplías años no dejaba de darle gracias a Dios por regalarme un año más contigo; hoy no puedo decir lo mismo. Lo más probable es que esto no lo llegues a leer, mucha gente correrá a quitarte el periódico de las manos para que no me leas, para que no me extrañes, para que no me recuerdes. Qué ilusos, porque nunca nos hemos separado, las almas gemelas se pueden separar físicamente, pero nunca espiritualmente. Al menos eso me enseñó una amiga, dice también ella que tú siempre serás mío, pero que no todas las almas gemelas están destinadas a estar juntas.

Sabía que en el mundo no cabía toda la humilde alegría de mi pobre corazón. Algunas otras amigas queriéndome ayudar a olvidarte, mejor dicho, a odiarte, utilizan la estrategia de decir que no luchaste por mí. Pero si aquella boca tuya mentía el amor que me ofrecía, por aquellos ojos brujos yo habría dado siempre más. Tal vez fue que aflojaste al llegar como hacía "Sarampión" el caballo de Carlitos Gardel que siempre perdía por una cabeza. ¡Estuvimos cerca de firmar ese maldito papel que no necesitábamos! Ojalá nunca me hubieras dicho que nos casáramos, ojalá yo hubiera sido menos egoísta para haberte dicho "no".

No estés celoso, la guitarra en el ropero todavía está colgada, nadie en ella canta, ni hace sus cuerdas vibrar. Si los restaurantes madrileños conversaran estos platos dirían de qué modo te quería, con qué fiebre te adoré. Sabes, encontré un lugar donde siento que he dejado de estar errante en la sombra, vivo en Barracas [el barrio porteño donde nació Alfredo di Stéfano en 1926], tal vez te suene de algo.

"Boludo" ya casi me sale de forma natural, aunque sin duda el "boluda" es el que mejor me pega por haberte perdido. Si te llega una postal de Gardel sin firmar es mía. Si te llega un bote de dulce de leche sin azúcar es mío. Si te llega un alfajor sin azúcar es mío. Y si quieres también puedo llegar yo. Claro, perdón, olvidaba que a la vida no se le puede pedir tanto, por aquello de las dudas sigo pidiendo a Dios. Te amo.

Atentamente,

Cachorrita.

Posdata: Por favor, ya que estás tan a gustito visitándome seguido en sueños, quiero verte feliz en ellos, ya que siempre me sales triste y ya no está en mis manos sacarte una sonrisa.

(Carta de amor de Gina González a Alfredo di Stefano)
viernes, 10 de enero de 2014 | By: Abril

Querida enemiga


Sentada en nuestra cama, ésa que hemos dejado de compartir, me quedé esperando que volviera, esperando que sintiera.

Tardé tiempo en darme cuenta de que no iba a volver, que nunca estuvo aquí, que su mente estaba lejos mientras paseaba el esqueleto de su alma por mi vida.

Intenté inútilmente ser lo que necesitaba, olvidando por completo quién era yo. Cómo iba a quererme, si deje de conocerme...

Aún no se si puedo volver a ser yo, por más que busco dentro no consigo reconocerme. Me gustaría despedirme de él, tal vez así pueda presentarme de nuevo o reencontrarme conmigo.

ADVERTISEMENT
Sólo me queda darte las gracias por cuidarlo, por hacerle feliz, por ser lo que yo nunca logré. Ten en cuenta que no querrá quererte, no quiere compartir; ten paciencia, si logras eliminar sus reservas te hará la mujer más feliz del mundo.

Sólo me queda desearte toda la suerte del mundo, querida enemiga. Enemiga porque nunca podremos ser amigas y querida porque no puedo odiar nada que él pueda llegar a querer.

(Annabell)
jueves, 2 de enero de 2014 | By: Abril

Querido cuerpo mío...


Dijimos que era mejor terminar y era cierto, que nos hacíamos daño, que no conseguíamos estar bien...Todo eso quedó claro y admitido por los dos. Pero me pasa algo con mi cuerpo, siento que no me pertenece.

Cada que rozo mi piel vienes a mí, cada caricia es tuya, si me peino veo tus manos enredándose en mi pelo, recuerdo como lo hacías mientras yo me abrazaba a ti. Mientras me enjabono son tus manos las que me recorren despacio. Si me toco la espalda, la cintura, las piernas tú apareces. Si me miro al espejo te veo a ti. Todo mi cuerpo eres tú, ¿cómo puede el amor apoderarse así, físicamente, del ser amado? Parece que pusiste un sello invisible en cada centímetro de mi ser.

Y si he de olvidarte, ¿qué hacer con mi cuerpo? Si pudiera quitármelo y guardarlo en el armario como quien se quita un abrigo sería un alivio. Olvidarse de él y cerrar la puerta, luego guardaría mi corazón en una cajita al fondo del cajón. Y después, aún quedaría mi alma, ahí también estás, ahí reinas. La verdad no sé si meterla en esta carta y enviarla al correo.

(Rosario)
jueves, 19 de diciembre de 2013 | By: Abril

Carta a Medardo Fraile


Barcelona, 13 de marzo de 2013.
Querido Medardo,

Lleva todo el día cayendo una lluvia impertinente y mineral sobre Barcelona, una lluvia, la verdad, un poco escocesa, y mira que yo con la lluvia suelo ponerme lírico y estupendo, pero ahora, ya ves, se me hace más difícil escribirte con estos chorretones de plomo armando bulla en el patio. Quería felicitarte hoy por tu cumpleaños ―ochenta y ocho, nada menos, el doble que Chéjov―, pero el viernes no se te ocurrió otra cosa que morirte mientras dormías y me he quedado así, con la misma cara de aquél bobo que en tu cuento se aferra a un álbum de cromos que no regalará nunca a nadie.

Estamos muy tristes por aquí, Medardo. Durante todo el fin de semana han ido apareciendo obituarios y semblanzas en los medios ―en diarios y en la red, ya sabes que en la tele sólo hablan de los literatos que, como decías, están siempre con su cuchara encima del plato de lentejas, no de nómadas discretos como tú―, y casi nadie ha faltado a la cita del afecto y el respeto. Algunos críticos y notarios han dado fe de tu valía literaria, pues de todo queda registro: de tus inicios en el teatro con los grandes y de cómo el cuento español te debe tanto, desde la admiración de tus coetáneos, como Ignacio Aldecoa o Carmen Martín Gaite, a la de tantos buenos cuentistas después de ti, como Hipólito G. Navarro, Eloy Tizón o Javier Saéz de Ibarra. Tus editores también te echarán de menos: dice Juan Casamayor que te han traducido por ahí al inglés y que tramabais otro libro de cuentos después de esa última joyita tuya, Antes del futuro imperfecto, y piensa Fernando Valls que ya es mala pata que semejante cuentista se haya ido justo cuando acaba de aparecer la reedición de tu única novela, Laberinto de fortuna. Y, claro, también te han dedicado unas palabras de despedida unos cuantos de tus amigos. Quizá uno de los que más te conocía y quería y, desde luego, el que te leyó mejor, Ángel Zapata, ha publicado en El País unos párrafos tan sentidos y exactos ―como los que sólo otro gran cuentista podía dejar escritos de ti― que no concibo añadir una coma.

Sólo alcanzo a escribirte esta carta. Luego pienso ir a por un pastel de cumpleaños y comérmelo a la salud de tu sonrisa de fauno bueno y socarrón, que a mí lo de que se mueran los amigos y los maestros me lo desmonta todo, francamente, y yo quiero celebrar haber tenido el privilegio de conocerte. Sobre todo si te pienso y recuerdo aquella cara de Harvey Keitel que se te ponía a veces ―te habría creído cualquier cosa en esos momentos, aunque me hubieras contado que la tierra era plana― hablando de Entradas de cine y de la vida y sus salidas. Me parte un poco en dos ahora lo nítida que tengo una imagen: tu expresión decepcionada de chaval recién merendado al que le sobran energías pero se le acaba la hora del patio, cada vez que, tras la última copa, nos retirábamos de madrugada los amigos y tú querías más canciones y charlas, otra ronda del calor de Madrid, del calor de tu gente en aquél cafetín decimonónico de Malasaña del que, tras cada visita a tu terruño, te llevabas en el zurrón un poco de sol ―Helios, se llamaba el camarero, ya es casualidad―, para capear mejor la distancia y casi medio siglo de frío, allá en Glasgow.

Quienes te leían valoraban tu literatura y quienes te conocían te querían bien. Qué más pueden esperar un artista y un hombre de su paso por el mundo. Que te conozcan más ahora y siempre, se me ocurre, que te sepan más lectores, que te lean mucho y que lo hagan atentos. En cierto modo, envidio ese gozo inaugural de quien se acerque por primera vez a tus cuentos. Estos días ando diciéndole a quien me lo pregunta ―y a quien no me lo pregunta también, empecinado― que, si te quieren descubrir ―a estas alturas―, que lean al menos tus cuentos completos en Escritura y verdad. Hasta ganas me entraron ayer de darle un susto a una viajera en el autobús: «¡lea a Medardo, hágase el favor!», le hubiera soltado en voz alta ―que leyera tus cuentos, o tus memorias, El cuento de siempre acabar, ese recuerdo tuyo de España tan afilado como honesto y bien contado, con un castellano luminoso como pocos he leído―, pero a la señora le asomaba del bolso un novelón de esos de highlanders ―palabra― y de pronto me entró una tristeza misionera. La cosa está muy chusca, Medardo, y aquí la gente sigue como cuando el café Gijón, con lo de «novela grande ande o no ande», y, a poder ser, extranjera.

Ya sabes que soy lector de cuentos de morro fino, aunque nunca me atreviera a enseñarte ninguno de mis primeros relatos ―ni a darte la vara con ello, que me parece que también por eso te caía yo algo simpático, con lo pesados que nos ponemos los noveles―, tal vez porque la cabra que soy tira al monte de la novela ―perdóname, maestro, porque no sé lo que hago―, porque tengo demasiado de ruso loco y me da por intentar contarlo todo, en vez de hacer como tú, que decías tanto con los silencios, que dejabas que lo no escrito apareciera en tus cuentos y le dejara la última palabra al lector. Tus primeros relatos ―cualquier joven cuentista firmaría hoy un estreno como el tuyo, con ese librazo que es Cuentos con algún amor, que publicaste antes de cumplir los treinta, maldito― se parecían un poco a los de Chéjov, aun antes de que leyeras al médico, y hubieran sido dignos de Katherine Mansfield, a la que leías tanto. Pero a la vez, y esto es lo mejor, no se parecían a nada, en particular a ningún cuento español de la primera mitad del siglo XX. Y es que, a lo peor, quien no te haya leído aún pensará que un señor que tal día como hoy cumple ochenta y ocho años ―no me hagas esto, anda, que ya he comprado las velas y tienes que soplar luego― debe de haber escrito batallitas con mucho polvo de biblioteca encima. Qué sorpresa va a llevarse, que lo que tienen debajo tus relatos son mil correcciones, mucho trabajo, ganas de experimentar, de buscar caminos y, sobre todo, esa mirada tuya, desengañada, incisiva, irónica y tierna a la vez, que, como un buen cuento, le quita lo vulgar y la rutina a la lectura para dejar un eco de vida sugerida, un rastro cierto y sin aspavientos del alma de las cosas.

He tenido la inmensa fortuna de leerte y de conocerte, Medardo, de compartir entre gente muy querida algunos ratos contigo. Por eso no me permito estar demasiado triste, o cuando menos lo intento. Mantuviste siempre, como los más grandes, la soberbia a raya, tan humilde tu presencia pero sin la estratagema de la falsa modestia, tan generosa tu actitud con los demás, en particular con aquellos jóvenes en los que tus ojos sabios identificaban la intención honesta y la voz despierta. Pero también con el látigo fino cuando olías a un tuercebotas cerca. Un buen día tuve incluso el honor de maquetar un prólogo tuyo ―otro de esos gestos que te hacían especial: apoyar a una editorial minúscula y los cuentos de un escritor tan bueno como desconocido― o hasta de hacerte una entrevista ―como un niño esperaste impaciente y gruñón a que se publicara, y como un niño estabas luego, tan feliz―, y es que sólo con trabajos de por medio nos poníamos serios y podíamos hablar de cuentos y literatura, ya que ―y eso también suele ser síntoma de verdadera grandeza en un escritor y en cualquier ser humano― en persona hablabas poco de ti mismo y de tus libros, no sentabas cátedra sobre nada y tenías más curiosidad por el otro que ganas de que te doraran la píldora.

«Al que este mundo no le ponga triste alguna vez o le falta algo esencial o le sobra algo que no le pertenece», dijiste en aquella entrevista. «Dicen que si aspiramos a la luna, la luna acaba acercándose», pude leer en otra. Y yo ahora me quedo aquí, al final de esta carta, con todas las minas de Escocia lloviendo en mi patio y mucho más triste ―no me sale otra cosa hoy― en un mundo en el que ya empiezas a faltar más de la cuenta. Aspirando también a poder enviarte esta carta a alguna parte, para que la leas en cualquier cuarto del cielo ―o lo que hayan inventado allá arriba― en el que haga calorcito, entre un buen sol de meseta y te dejen escribir cuentos tranquilo, tal vez en la vertical de Madrid, a ver si así quedas un poco más cerca.
Aunque sea para soplar las velas del pastel.
Y pedir un deseo. Y otra ronda.

Feliz cumpleaños, Medardo, y hasta siempre.

Tu amigo,
Sergi

(Carta de Sergi Bellver)
lunes, 11 de noviembre de 2013 | By: Abril

Un invierno sin sol



Yo amé, con perdón.
 
Amé por encima de todas las cosas, que es,
permítanme que les diga,
de la única forma en que se puede amar.

Yo viví
en un cálido regazo del amor,
protegido bajo su techo,
comiendo de su misma mano,
aprendiendo el fuego hasta verlo arder,
hasta quemarnos.
Compartí su sudor
y ascendí en su alegría de peldaño en peldaño.
Es decir: de dos en dos.
 
¿Sabéis qué?
Yo tampoco creía en la magia hasta que la vi.
A ella.
Irradiándola, desprendiéndola,
 descontrolando el tiempo
y cargándose con un gesto cualquier rutina impuesta,
criando una primavera en cada estación.
 
Solo querría decirles eso.
Decirles: yo tuve un reino y lo llamé hogar.
Y fue tan inmenso como el más pequeño de los detalles.
Una puta barbaridad.
Así debía de ser mi cuento.
 
Sin embargo, escribo desde el dolor aquel
en que solíamos gritar que todo acaba mal
porque si no, no acabaría.
 
Así fue
que todo se llenó de distancia
y de sangre,
todo se ensució de grietas y pudriéndo-
se pasó como una enfermedad
por delante nuestro,
un olvido por encima de nosotros
paseándose
jodiéndonos,
diciéndonos adiós,
a Dios reclamadle.
 
Estas son mis ruinas y esta es mi voz.
Un paseo con vistas a los escombros.
Si veis al amor por ahí, solo decidle que lo siento.
Que el frío se ha hecho ciudad
y yo, solo, he aprendido a quemarme.
Que la poesía pague los destrozos
y su recuerdo sea mi única migaja de calor.
Esta es la historia de un derrumbamiento.
El infierno hecho paisaje.
Mi baile nupcial sobre el lodo.
Un invierno sin sol.

(Escandar Algeet)
domingo, 23 de junio de 2013 | By: Abril

Por si regresas...


Saliste tan deprisa esa mañana, dejaste tantas cosas importantes olvidadas...
Las fui recogiendo una a una por si un día decides regresar.
Algunas las atesore en el relicario de mi corazón.
Tome con cuidado las dos lágrimas, esas que se escaparon de tus
ojos, el día que nos fundimos en cuerpo y alma. Colgué tu
sonrisa a la entrada de la casa, con ella quiero iluminar mis días de nostalgia.
Olvidaste también tu mirada de niño sorprendido, mirando la luna, las estrellas y el rosal amarillo cuando era acariciado por mariposas multicolores.
También encontré varias piedras, esas no quise conservarlas, las lleve hasta el río y deje que se durmieran mansas.
Aún no te he contado donde encontré tus pertenencias, fue en el camino de piedra, el que custodian los álamos. Fue justo esta mañana…

Cielo nublado
un rebaño de ovejas
malvones rojos.

Amigo,es un regalo para ti.

(Shosha)
jueves, 13 de junio de 2013 | By: Abril

Y sin querer...


Y sin querer, y poco a poco, has sembrado la semilla de tu recuerdo.
Ahora te empiezo a echar de menos aunque aún estés aquí.
Ahora me quema el saber que te vas y que nada sucederá para que deje de suceder.
Ahora me enfado conmigo mismo echándome en cara que no tiene nada de especial, que es otra flor del jardín.
Ahora me enfado contigo cuando me dices que esta noche no quieres quedar, porque me aflora la necesidad de tu piel y de tus besos, y no los tengo.
Ahora me odio un poco por no querer jugar al juego del cínico irreverente, porque no me sale, porque quiero dedicarte tiempo; y pienso que eso te va a cansar, ya no te confundiré.
¿Amor, relaciones? ¡Qué es eso!
No, que muera porque no puedo matarlo. Que empieza a arder entre mis manos lo que veo que me va a estallar en la cara dejándome en la calle de rodillas echando de menos sus sábanas.

(Del Blog: Días sin horas)
miércoles, 12 de junio de 2013 | By: Abril

Final


Al final se ha acabado ese estado extraño en el que se juntaban los últimos minutos de tus besos y los primeros de tu ausencia. Ya sólo quedan de los segundos, que no son segundos, sino horas comprimidas en un minuto. Y yo, que nunca he sabido llorar bien, he venido en el autobús y en el metro con los ojos humedecidos a ratos, cuando he olido sin querer mi camiseta que olía al sudor de tu último abrazo, cuando he pasado por tu parada de Metro, vacía ya para siempre de ti.

He ido recordando momentos indefinidos en tu habitación, en la que ayer dormíamos como si nada pudiera pasar, ajenos al fin de nuestros días juntos, aun pensando que nuestra piel seguiría pegada, porque es nuestra, ni tuya ni mía; y en eso, se me cayeron un par de “te quiero”s.

Esos momentos de cuentos a oscuras compartiendo una almohada para uno, momentos de sudor entrelazado entre nuestros pechos y a viajes al sur de nuestras almas, momentos de noche congelada tras los cristales que nos hacían los reyes de la noche santiaguina.

Y ya no estás, no estás para siempre. Aunque no es así del todo, estás aún en mi almohada, en mis sábanas, en mis dedos que aún te tocan, en mi nariz que aún te huele, mi piel que aún te saborea, mis oídos que aun te oyen reír y mis ojos que te ven llorar por mí.

(Del blog: "Días sin horas")
domingo, 19 de mayo de 2013 | By: Abril

Hasta pronto papá



Estoy más distraída que nunca y lo pierdo todo. Tengo una nube de sombrero y esta ola de tristeza, en su vaivén, me oprime el corazón.

Cuando pienso en ti, vienen a mi mente dos cosa: el océano y unos versos de Neruda que rezan: …así cada mañana de mi vidatraigo del sueño otro sueño… El océano por tu condición de emigrante y la rima porque resume todo tu batallero e indomable espíritu.

No sé como pudo entrar tu colosal humanidad, en ese pequeño ataúd orlado de guirnaldas doradas. Tu rostro parecía el mismo de siempre, pero a mis ojos no escapaban las marcas de tu paso por esta Patria de corazón grande que te recibió.

Tu piel curtida, aparecía cubierta de minúsculas escamas como fragmentos de herrumbre; las hendiduras de tu carne, delataban todas tus edades: la de los sacrificios, la de bonanza, la de tu decadencia física y emocional. Ahí estaba tu cuerpo inerme y tu corazón sin recuerdos. Hace varios meses ya, la depresión se había apoderado de ti. Apenas abrías los ojos, una vez ambarinos, para mirar el vacío y después, el letargo te engullía nuevamente. Miro la flor que me traje de la capilla; ya pasaron tres semanas y aún esta viva. Me remonto a los recuerdos y a las anécdotas que solías contarme cuando te estabas recuperando de la caída. Mamá todavía no tenía la mente nimbada por el Alzheimer y se unía a nosotros.

Se casaron un 30 de diciembre y después de la ceremonia cada quien regresó a su respectiva casa, de hecho no consumaron el matrimonio ya que, la semana siguiente zarparías para Venezuela y a la familia le preocupaba un embarazo en tu ausencia. El esperado día llegó y en la estación de trenes te sentaste en un banco a esperar la locomotora que te llevaría a Nápoles, al lado de una campesina con una gran bolsa de la que asomaba la cresta de un gallo. La espera adormeció a la mujer y el asustado animal voló sobre tu raído abrigo dejando una estela de excrementos. Lo tomaste como una señal de buena suerte, le devolviste la bestia a su dueña y lavaste la mancha con nieve fresca. ¡Siempre fuiste supersticioso!

Tu maleta era de cartón y estaba asegurada con un cordel. En el puerto tenías los nudillos blancos de tanto estrechar el asa, por temor a los pillos de Nápoles. Pero, la anécdota que me arrancó una carcajada, fue la de la sirena del trasatlántico; al zarpar, el tronador silbido te tomó desprevenido haciéndote perder el equilibrio. Un pasajero cercano te sostuvo; más tarde descubrirías que era un compañero de camarote.

El viaje no te desagradó. Las mañanas las pasabas en cubierta; el viento, el olor a salitre y a rémora adherida al casco, borraban el hedor de los camarotes atestados. Las tardes transcurrían entre naipes y volutas de tabaco y si corrías con suerte, un trago de vino. De vez en cuando alguien sacaba una botella que atesoraba en su maleta: la esencia misma de sus terruños amados. Para esa gente sólo resplandecían las estrellas de la Patria recién abandonada y florecían las flores de la esperanza. ¡Y tu viejo, eras uno de ellos! Por las noches, un acordeón dejaba escapar su lamento y muchos lloraban quedamente, con el corazón henchido de nostalgia.

¡Pasaste aquí, en América, casi 64 años! El trópico lo embruja a uno; no es fácil encontrar en otros países estos verdes intensísimos, esta luz que se multiplica en miríadas de espejos con el viento y con el sol. Esta fue tu Tierra de Gracia; aquí construiste el rincón de tu alma con el que amaste, sentiste, viviste.

Te gustaba pescar. Solíamos ir al Rey del Pescado Frito; en el risco más alto, acomodabas tu caña y echabas la carnada. Al rato, mi piel se encendía y bajaba a refugiarme en la taguara que fungía de restaurante. Cuando aparecías exclamabas: ¡Mala pesca, no hay cena! Luego con una sonrisa cómplice preguntabas: ¿Quieres comer pescado frito con tostones? Ya entrado el crepúsculo, regresábamos a Caracas con la piel ardida y la cava vacía.

Nos gustaba el cine. Frecuentábamos un autocine cercano porque no te gustaban los espacios cerrados. Vimos películas que hoy son un mito: Bella de noche y Los girasoles de Rusia entre otras. Sin embargo, la que me impresionó, fue la de un colosal simio que llenó la pantalla de ferocidad. Esa noche te tocó trasladar mi cama al cuarto que compartías con mamá porque yo no podía conciliar el sueño sino aferrada a tu mano.

La mente me pide una tregua, pero no quiero cerrar esta carta con un simple adiós, prefiero despedirme de ti, a la luz violácea de la aurora, con tan sólo un Hasta pronto papa

Anna

(Anna María Pecorelli)
lunes, 29 de abril de 2013 | By: Abril

Carta para mi amor ausente




Otro amanecer frío y nublado. Hace varios días que ha amanecido así. A diferencia de ti, a mi me agradan los días grises. La brisa helada en la cara, el rocío. Sería la excusa perfecta para quedarme en casa, contigo. Pero hoy no será posible pues hace meses que ya no estás aquí. Infinidad de días nublados han pasado y tú, ausente. Pero igual sigo mirando por la ventana hacia ninguna parte. Cada vez que siento este dolor en el pecho miro hacia afuera, esperándote. Ese es mi estado permanente. La espera.
¿La distancia hace más grande el amor? Podría decirse que sí. Yo siento que te amo mucho más desde que estás ausente. Las circunstancias de la vida son extrañas, misteriosas. Cuando te conocí no tenía idea de que te convertirías en el amor de mi vida. Me caías un poco pesado, ¿sabías? No te soportaba tan chistoso, tan espontáneo. Me molestaba toparme con tus gracias. Con esa gran sonrisa. Recuerdo aquel día en que llegaste por detrás de mí, poniendo tu cabeza sobre mi hombro te acercaste a mi oído y me dijiste: “El cabello más bonito que he visto en mi vida.” Me paralicé. Al volverme y mirarte ya no pude hacer nada. Tus ojos enormes se me clavaron en el alma. Y comencé en ese mismo instante a quererte. Hace tantos años de eso y aún recuerdo la sensación que me recorrió todo el cuerpo cuando entendí que me estaba enamorando de ti.
Recuerdos. Pequeños instantes cuando todo el pasado revive, cuando volvemos a sentir lo sentido. Mi vida sin ti está llena de recuerdos, mi cielo. Sé que la mayoría son buenos, tú te encargaste de colmarme la vida de buenos momentos, de despertarme con un beso, a veces dos. Sentir tu nariz rozando mis mejillas, la calidez de tu piel en la mía. Saber que estabas ahí sin haber abierto los ojos, era una señal de que ese sería un buen día. Hace tanto que me despierto sola, sin besos, sin ti. Nunca pensé que me acostumbraría. Creo que no lo he hecho. Sólo estoy resignada a que ya son distintas mis mañanas. Mis tardes. Mis días. Mi vida.
¿Sabes cuánto tiempo va desde que te alejaste, amor mío? Siempre te reías de esa costumbre obsesiva que tengo de llevar cuenta de todas las fechas: El primer día que salimos, el primer beso, la primera noche juntos, el aniversario de cuando nos hicimos novios. Pero cuando nos casamos me dijiste: “Esta fecha déjamela a mí. Porque te juro por todo lo que tengo, por todo lo que soy que nunca podré olvidar el día más feliz de toda mi vida. Gracias por tanto, amor, princesa.” Y ahí tuve la certeza de que no sólo me casaba contigo, sino de que te entregaba la vida. Nunca creí que podía llegar a sentir un amor tan grande. Lo vivíamos todos los días, éramos tan felices, mi cielo, ¡tan pero tan felices! ¿Cuántos días van desde que te alejaste mi vida? Son casi 100, 97 para ser más exacta.
Seguro que no te gustaría que llevase esta cuenta, porque nunca te gustaron las cosas tristes. Pero ¿qué puedo hacer, mi vida, si hace 97 noches que estoy desierta? Además, tratando de ser optimista, como lo querrías tú, pienso que hoy estoy más cerca de volverte a ver entrando de nuevo por la puerta, con una flor en la mano o sin ella. Con un torontico en el bolsillo para mí. Con tu inmensa sonrisa, con el abrazo furtivo y apretado con el que siempre me sorprendías en la cocina besándome el cuello, diciéndome que me amabas. Ojalá que la vida sea generosa conmigo y eso de nuevo suceda.
Sabes que no fue tu culpa, mi amor. Tú no hubieses permitido nunca que esto sucediera. Tú nunca hubieses querido dejarme sola. Por días y días me sentí llena de ira, de dolor. Me negaba a todo. Porque no podía entenderlo, aceptarlo. ¿Qué hicimos de malo? Sólo fuimos al cine y luego nos tomamos una cerveza donde siempre. Cuando nos íbamos, sin saber de dónde, apareció este hombre horrible que nos dijo que no nos moviéramos. Quería el dinero, el celular, el carro. Desde ese momento tengo este susto clavado en el pecho. Yo sé que trataste de protegerme mi cielo, por eso te moviste, para cubrirme. Cerré los ojos. Un solo disparo. Sentí como te desplomabas sobre mí, no quería mirar pero lo hice, ahí estabas. No sabía si vivo o muerto, no sé cómo tuve valor, pero al fin pude gritar para pedir ayuda, para tratar de salvarte. Dios fue bueno conmigo y aunque esa bala no me arrebató la vida, me destrozó el alma.
Tú todavía estás aquí, o allá, no sé dónde estás, porque hace 97 días que no despiertas
¿De quién es la culpa, mi cielo? El hombre que disparó está entre rejas, pero eso no me alivia, eso no repara la pérdida. Lo peor es que esto sigue pasando todos los días, lo veo en los diarios. Y aunque tu vida, la mía, la de tantas personas más se va destruyendo cada día, no pasa nada. No hay nada ni nadie que los detenga.
Estoy en la ventana, esperándote. Esperando un milagro. Esperando que abras los ojos, que te levantes de esa cama y vuelvas a tu casa, a tu sofá, a tus libros, a tu música, a mí. El perrito también se echa en la puerta y cuando siente ruidos se levanta y mueve la cola como cuando tú llegabas. Pero se queda como yo, mirando hacia ninguna parte y de nuevo se echa. Somos cómplices en la espera.
Empezó a salir el sol. Hoy no vas a regresar, me parece. Tomaré un poco de café y me obligaré a comer algo; está bien, lo haré por ti, porque me necesitas. Recogeré las cosas que el perro siempre desordena. Llevaré el mismo libro que empiezo a leer y nunca termino porque paso los ojos por encima de las letras para verte, para desear con toda mi alma que muevas un dedo, que hagas una mueca. Que abras los ojos y me digas “hola, princesa”. Voy saliendo para el hospital, amor mío. Otro día menos para esperar a que vuelvas.

(Rosa Fabiola Páez González)
jueves, 21 de febrero de 2013 | By: Abril

Hoy dormiré pensando en ti...

 
Hoy dormiré pensando en ti, no por un amor profuso ni por una pasión desbordante. Dormiré pensando en la batalla vencida de un corazón consumido, en la victoria del adusto raciocinio que me obligó a caer en tus brazos.
 
Hoy dormiré pensando en ti, no por una conspiración profética para amarte, no por la ancestral trama de amor arrebatado y romance embelesador, ni siquiera por el afable agrado o el deleite que me causa tu compañía, duermo pensando en ti porque no tengo opciones para evitar la pesadumbre de un amor inacabado y falto de sobriedad.
 
Pensaré en ti porque lo mereces, porque cada vez que duermo pensando en quien amo quebrantó lo poco que queda de mi. Pensaré en la resignación, en la entereza y en el vacío que me embarga por no poder estar a su lado. Cubriré cada ápice de tristeza con cada una de tus irrupciones en mi pensamiento, con cada beso apócrifo que suministre integridad a mi existir.

Hoy dormiré pensando en ti porque quiero mentirme dulcemente, porque lo amo más que siempre y su recuerdo me quebranta con una lentitud interminable y torturadora.
 
Te ofrezco mis pensamientos está noche, te los entrego eternamente si es necesario ¿podrás fingir conmigo? ¿Querrás disfrazar mi amor entumecido con los sucios ropajes de un engaño?
 
No te detengas entonces, mintamos y actuemos en este escenario de hipocresía estimulante, de farsa provocadora…
 
(Pamela Loubet )
miércoles, 20 de febrero de 2013 | By: Abril

Lo nuestro...

 
Odio los finales desde que desapareciste de mi vida sin decir adiós. Te fuiste como una de esas canciones que terminan bajando el volumen progresivamente, repitiendo que me querías, que me querías, que me querías, sólo que cada vez más bajito, hasta que finalmente dejé de oír que me querías.

Detesto haber sido feliz en tantas partes. No me quedan lugares vírgenes de ti. Y no me gusta que me pregunten dónde estás, que por qué no viniste o que te manden recuerdos. Porque eso es lo único que tengo, un montón de recuerdos que se acurrucan en la almohada cada noche, que se esconden del frío olvido en las zapatillas que me regalaste, que se ríen protegidos en los álbumes de fotos...

Aborrezco esta ciudad porque te llevaste contigo todo lo bueno. Las calles y las esquinas, que siempre creí nuestras, resultaron ser sólo tuyas. Las plazas, también. A mí me quedó sólo el gris de las baldosas, las sombras de lo que pudimos haber sido y los besos que no te di, errantes huérfanos entre tu boca y la mía, alientos suspendidos en el aire a merced del viento y los inviernos.

Pero por más que lo intento, no consigo odiarte. Porque tus ojos, aunque no estén a mi alcance, siguen siendo el único camino que conozco para alcanzar el fin del mundo. Porque cuando casi nació nuestro bebé, las lágrimas que recorrieron nuestras mejillas fueron ciertamente eternas. Y no. No tuvimos la culpa de perder a nuestra pequeña Raquel (si era niña) o a Miguelito (si era niño). Ni tú, ni yo. Quizás fue ella, o él, quien prefirió morir en tu vientre, intuyendo que no podría luchar contra nuestras diferencias. Eso sí fue culpa nuestra. Tuya por no sonreír, mía por no saber cómo hacerte sonreír. Tuya por huir sin mirar atrás. Mía por no salir tras tus pasos.

Se nos hizo tarde entre excusas y reproches. Olvidamos soñar por las noches y el día amaneció gris. Confundimos la lluvia con los paraguas. Nos protegimos de las lágrimas y nos hicimos impermeables. Equivocamos los labios con las piedras. Dejamos de besarnos y nos abandonamos en los márgenes del camino. Traicionamos a las palabras importantes y nos fuimos como una canción... repitiendo que me querías, que te quería, que me querías, que te quería, sólo que cada vez más bajito, hasta que finalmente dejamos de querernos.
 
(Jaume Pons)

Te has ido


“Vivir es un ejercicio de gozo y dolor”.

Te has ido, has cerrado la puerta de lo que “éramos” y te has llevado de mi casa tu presencia, que no tu recuerdo.

Hoy el mundo se vuelve a desmoronar a la espera de una nueva reconstrucción que no se vislumbra. Hoy odio las parejas que se besan por la calle.

Tal vez esto sea un llanto con formato de Times New Roman 12 puntos que va mojando el papel.

Siempre he pensado que cuando la lágrima asoma no se debe poner barrera, el cuerpo deshoga la impotencia como cuando está cansado y duerme. La tristeza, como una fórmula de física o química, nos vence de la misma forma y el desconsuelo es un campo eterno sin horizontes ni sendas.
Hoy dejo que mi mente se hunda en la melancolía y la nostalgia y me ahogaría en ellas, pero no puedo, sé que flota y que volverá tosiendo recuerdos que ya no significan nada.

La pelea ante el dolor es esfuerzo constante de seguir respirando, es el instinto de supervivencia que nos salva, la sucesión de fichas de dominó que nos llevan hasta otra canción, esta...ya se ha terminado.

(Marcos Hernando Jiménez )