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miércoles, 22 de febrero de 2017 | By: Abril

Deberías haberte muerto




Deberías haberte muerto. La gente no debería tener otra forma de irse que morirse, porque cuando alguien se muere se lleva toda la esperanza, todos los sueños y los recuerdos se purifican, como si el acto mismo de abandonar este mundo fuese parte de una santificación.
En cambio, te has ido de la forma más cruel que existe: dejando de ser la persona que conocía. Irse así lo deja a uno desarmado porque no existen causales de divorcio que especifiquen que uno puede dejar de amar a alguien porque le cambió la mirada y ahora le importa más el sexo aventurero que los domingos por la mañana.
Es un descaro. Si lo piensas bien, morirte habría sido tan elegante, para ti y para mí. Yo podría guardarte luto por tiempo indefinido y nadie andaría apurándome para que siga adelante. Mis amigos comprenderían que no pueda dejar de pensarte y no te tendrían rabia. ¿Comprendes que distinto sería a verte con la sonrisita ridícula de conquistador de barrio y esas ropas que no te sientan bien? Sería muy diferente, querido.
Otra gran ventaja es que los muertos no hablan y las palabras que nunca dijeron se recuerdan en tono solemne, investidas de un tono de sabiduría y unicidad.Como si nunca jamás un mejor ser humano hubiese pisado la tierra. El duelo es generoso. Los que se quedan vivos dejando de ser quiénes eran, se convierten en una caricatura triste a la sombra de sí mismos. Es como si el castigo por marcharse fuese perder el don de lenguas y sólo pudiesen decir pendejadas sin sentido.
Además andar por ahí vivo es invasivo, porque le roban a uno sus lugares favoritos. Uno pierde el placer de irse a desayunar en el restaurante de siempre o de andar en el parque. Pasamos a ser eternos perseguidos que no sabemos caminar sin mirar sobre el hombro, ni sin ver en todo mundo al que se fue.
Realmente tu forma de irte es bastante inconveniente, para los dos. Si en este punto ya has comprendido lo perentorio que era morirte, no vayas a morirte ahora porque seguro lo harías de una forma ridícula, para morirse hay que tener sentido de la oportunidad y bien que te falta.
Si algo te queda de vergüenza, por lo menos dedícate a ser miserable y vete desapareciendo. No hagas como el recuerdo tuyo que no sabe sino mejorar cada día.
Muérete por lo menos en sentido figurado para que yo encuentre alguna forma de seguir viviendo.

(Mariana Gámez)
miércoles, 20 de febrero de 2013 | By: Abril

Carta de un tonto a su amada...


Segundo domingo del mes de noviembre de mil novecientos prefiero no acordarme...

Querida Analepsia:

Las noches sin ti son frías. Obvio, ya no hay quien caliente mis pies. Obvio, ya no hay quien cubra mi espalda. En fin, ya no hay nada… Sí, sé lo que estarás pensando: ¡Nunca ha habido nadie desde que nos conocemos! Al menos eso es lo que yo creía, y me hubiera gustado seguir cobijado con esa ignorancia; porque, a veces, decir la verdad duele más que si te halaran, juntos, todos los pelos de la nariz. Si extraer una sola hebra, con el cuidado de quien lleva una taza de café hirviendo sobre la cabeza, te duele hasta el culo, imaginá el resto...

Y lo que más pesa, son tus sonrisas por doquier, ahuyentando mis noches de sueño, inventando tormentas para mis ojos (suspiro). ¡¿Valdrá la pena tanto amor?!

Debo decir (decirte) que no me gusta sentir golpes en el pecho y menos cuando la estaca con la que me empalan, es tu nombre. Eso me hace sentir deshabitado, quisquilloso, molesto, ausente…

Ayer que estuve contigo, me di cuenta de que resiento cada parte de tu cuerpo (ese que está conmigo, pero sin ti), más cuando la sed de tu ausencia me inunda el sexo vil. Ahora que, llamarle vil no es gratuito: son noches y noches tratando de desprenderme de tu aliento tras mi piel, pero por más que froto, solo consigo aferrarme aún más a tu tiempo.

¿Sabés -yo sé que no sabes, pero supondré que sí-?… ¿Sabés?: me hacés falta. Me haces falta vos y tu espalda iluminada, vos y tu cama a media luz, vos y la parte de mí que se perdió en vos. Y ahí no hay vuelta de hoja. Yo no puedo ser más libro abierto, ni más hoja suelta de lo que he sido contigo. No puedo ser creador de ilusiones donde la tierra es seca y árida…

Y da rabia, rabia de sentirte ajena, de sentirme inservible. Me mirás y siento que estoy completo, como en el principio de los tiempos. Vos sos la esencia que justifica el aire que respiro, y sin embargo, de tu parte, no hay rastros de mí. Yo, al contrario, te miro y me tiemblan las ganas de besarte, de hacerte en sopa y tragarte en migajas, para que nadie se te acerque, y que sepan que me alimentas sólo a mí.

Pero volviendo al punto, mujer (aquel donde te hablo de la frialdad), la obviedad, a veces, responde a subjetividades disímiles. Y, en tu caso, mi amor (si se me permite la salvedad), la interpretación que yo obtengo de tu corazón es distinta del canto que mana de tu razón.

No es lo mismo, por ejemplo, que vaya a vos con los brazos abiertos, y que vos me recibas dispuesta a dejarte hacer, pero sin reciprocidad, a que vayas vos con las ganas traviesas y que yo te reciba con mi aliento. No es lo mismo.

Pero decíme vos si, ¿Al fin el hombre (este en particular) puede saber qué carajo quieren de él? Y conste que la interrogante tiene nombre, el tuyo: piel luna, bordes blancos, cristales ajenos y voces perdidas en el oído de otro, son las acusaciones.

Quizá acá deba detenerme y explotar, digo explicar que no hay derecho:

¡No hay derecho a que yo me consuma con el veneno de los celos, cuando le endulzas la boca a otro, a ese que acaba de regalar el mundo, con hipoteca incluida!

¡No hay derecho a entregar la pluma al olvido, por culpa de lo obvio (y que quede constancia que no es reclamo, es protesta), porque, si de amores hablamos, al que yo te profeso sólo le falta correr para tirarse bajo tus pies y evitar que estos toquen la tierra, que ya mucho ha sufrido con desamores!

¡No hay derecho a pasar noches en vela, escribiendo epístolas para un santo imaginario y absurdo, además, anotando el diario vivir de las desventuras de un acongojado corazón, sólo para que tu no te enteres del dolor que me causa tu sonrisa de “amiga y nada más”, cuando te abrazo con la nostalgia de mi cuerpo!

Porque he de recalcar que, que mis manos, cuando te tocan, no son simples sanguijuelas, prendidas de tu carne. No. Son murallas que te quieren proteger (quieras o no) de los espíritus chocarreros, como el que hoy te lame el cutis. Pero, ya sabes como termina el cuento (escrito en alguna parte está. Yo recuerdo), que siempre las almas bondadosas, como la mía, se quedan añorando bocas, como la tuya.

Ana, me gustaría seguir describiendo la parábola de tus huellas sobre mi almohada, pero, en algún momento debo dormir. Lo creas o no, el cuerpo reclama por los embates del abandono, más que de costumbre, cuando el amor se viste de sueños inalcanzables. ¡Cobardía!, dirás. Es posible, pero, ¿de quién? ¿Tuya? ¿Mía?

Sé que el dolor que me está llenado de mierda el alma, tiene un solo dueño, el que viste y calza estás mismas letras que hoy ensucian tu vista. Pero, te recuerdo, que para parirlo se necesitaron dos. Ahora, que yo nos amo, y puedo cargar con tu parte, no quiero lágrimas de culpa y menos de compasión.

En fin, hay que darle tiempo al tiempo, para que las aguas se aclaren, aún cuando la mejor forma de combatir la soledad, no sea en soledad. Sin embargo, en este momento, es lo que menos hastío me causa. Quizá si le doy tiempo al tiempo, al tuyo y al mío, algún día me reiré de la gracia que hoy te cuelga de la angelical muerte que cuelga de tus labios.

Arden. Las despedidas son así de peligrosas, de malignas y furtivas, pero eso no quita que no sean justas y necesarias. Por eso ya debo decir adiós, para irme a la cama, que, a esta hora, es tan fría como la foto que me regalaste hace tres años y que guardo bajo la almohada. Aunque, en noches como esta, suele ser buena amante.

Bueno. Salúdame al que se dice dueño del olor de tu piel.


Con la sospecha de siempre, afectuosísimamente tuyo, “el que sólo puede ser tu amigo”, o sea, yo.



Posdata:

Lo que hoy me dispongo (inventarte con mis manos), sólo es alivio momentáneo, mañana ya vendrán los olores de la culpa, nada que una ducha bien fría no pueda resolver.

Únicamente quería sentar postura y decirte que así estamos: o te pido perdón por los malos pensamientos y desando los odios (que me han salido al costo, por el individuo ese); o te pido perdón y me veo en tus ojos, sin más; o seguís muriendo, azotando, estallando, sepultándonos…

Un beso.
(Diego Murcia "Sarnahuixtli")

El hombre perfecto para ti

Solía escuchar con atención cada palabra que decías; aunque fueran vacías y sin importancia. Solía quitar el cabello de tu rostro; pero siempre dejaba uno en tus labios, a propósito; sólo porque me gustaba como te veías así. Solía decirte todo el tiempo lo bien que hueles. Solía apoyar mi cabeza suavemente sobre tu terso brazo cuando estabas ocupada escribiendo algo, porque me gusta lo suave que es tu piel. Solía besarte jugetonamente en la mejilla cuando te sentías mal; porque nadie más lo hace.

¿Y querías alguien dulce?

Cuando estaba cerca de ti, mis amigas solían mirarme con rabia. Cuando te alejabas; con lástima. Cuando me ponía de pie, alguien susurraba a mi oído las cosas más horribles de ti. Cuando daba un paso, sentía como tus pretendientes soñaban conmigo muerto. Cuando llegaba a mi asiento, mi propia conciencia empezaba a decirme que debía alejarme de ti. Cuando tomaba mi esfero, encontraba centenares de anotaciones que no recordaba haber hecho; todas decían que no debía caer en tu trampa. Cuando me cubría el rostro para pensar; algo imposible bajo el ataque de todos los que me rodeaban, decidía una vez más, igual que cada día, que debía darte... darnos.. una última oportunidad... una última más..., sin importar con cuantos tuviera que pelear; a cuantos tuviera que ignorar; cuantos amigos tendría que traicionar, sólo con la esperanza de estar contigo.

¿Y querías alguien fuerte?

Un día viniste a mí emocionada, porque alguien acababa de decirte que te amaba en francés. ¡Ja!
No sé si te lo mencioné; pero aprendí a decirte lo que siento en más de seis idiomas, mi favorito, en latín. Te lo dije una vez; respondiste que no entendías ni una palabra. Lo escribí para ti. Seguías sin entender. Te dije lo que era, palabra por palabra, y arruinaste la magia. Probablemente ya no lo recuerdas, pero yo sí. “Ab imo pectore amo te...” Tú nombre iba al final; pero no lo voy a poner. Intento olvidarte después de todo.

¿Y querías alguien inteligente?

Tú, Calíope, la musa de bella voz. Yo, Tántalo, el titán condenado para toda la eternidad a una tentación que no puede tener.
Tampoco me sorprendería si no lo recuerdas.
Es una historia que pensé para nosotros. No, claro que no. Nunca la escribí; hubiera sido un pecado hacerlo, pero la susurré a tú oído, escribí pasajes en tu mano, la vivimos cada uno por nuestro lado. El escenario principal fue la oscuridad de nuestro curso; la frialdad de tu banca y el café de tus ojos.
Cuando creía estar cerca de ti, pasaba algo y salías de mi alcance. Lo que me hacías sentir, siempre me inspiraba a escribir las cosas más sombrías... Curioso; pues la mayoría del tiempo sentía exactamente lo opuesto por ti; siempre te quise. Aquellas dos situaciones se repetían sin cesar una y otra vez. Todos podían ver claramente la monotonía, menos los personajes, menos nosotros.
Tú y yo fuimos una más de mis historias, mi favorita si me preguntas.

¿Y querías alguien visionario?

Siempre estaba ahí cuando necesitabas alguien con quien llorar; con quien desahogarte, a quien decirle que el nosecuantino es un idiota. Por ti hubiera frenado el infierno de ser necesario.

Cuando no sabías qué hacer, cuando debías tomar una decisión, o simplemente cuando estabas aburrida, era yo quien susurraba a tu oído que faltaras a clase, que copiaras en la prueba, que fueras novia de ambos, que falsificaras la firma, o que lo haría por ti.

¿Querías un caballero en armadura brillante o querías un ladrón envuelto en sombras?

Decidí que sería todo para ti. Y sin embargo, todo lo que tú veías en mí, era un juguete, ¿no?

Terminé sin ser nada, pero fue una historia divertida, que tal vez algún día escriba y que ahora quiero olvidar.

Espero que encuentres... lo que sea que quieres.

 (Joshua Aguayo)
lunes, 15 de febrero de 2010 | By: Abril

Otoño de 2009, atardecer con llovizna


Hola, mi querido, tanto tiempo... ¿cómo estás?

Quisiera poder llamarte así, simplemente, y que charláramos como dos viejos amigos que se reencuentran después de un largo viaje en soledad.

Hace tanto de mi vida que no sé nada de tu vida, que creí que te tenía olvidado. Pero hoy, sin pensarte, sin nombrarte, sin darme cuenta de nada, desperté de una larga siesta con el recuerdo de tu rostro cubriéndome el paisaje de mi tarde y sintiendo en todo mi cuerpo el inolvidable roce de tus manos exaltando mis sentidos hasta dejarme sin sentido.

Sé que talvez no te acuerdes ni tan siquiera del timbre de mi voz calentando tu teléfono con mis ansias. Que si te llamo, dudarás antes de darme un nombre, para no herir al fantasma que se levanta y te clama un espacio en tu memoria. Sé que reirás burlón, jugueteando con la incertidumbre de no poder reconocer a quien paseó colgada de tu brazo por los prohibidos jardines del placer hasta caer agotada en el sueño y seguir en el sueño paseando colgada de tu brazo por los prohibidos jardines del placer, hasta sentirse morir de amor, y volver a vivir sólo para verte. Para verte y poder amarte nuevamente.

Sé que crecerá tu vanidad en ese buscarme dentro de tu agenda personal, y que acudirán a tu frente nombres, rostros, recuerdos, atropellándose con perfumes, risas, vinos, lágrimas, alegrías, dolores... en una inútil murga que lleva vestida su desnudez con toscos oropeles creados con latones y papel crepé; con imágenes pintarrajeadas con borroneado rouge y hechas de miga de pan, levantándose desde las devastadoras cenizas, deformándose bajo la lluvia. Colmándose de sal bajo las lágrimas. Bajo la soledad de mis lágrimas solas.

Desgastadas efigies mohosas, arrastrando luminosos harapos salpicados con destellos de cristales de plástico, de lentejuelas circenses, ofreciendo extraños brindis en vasos vedados, avanzando atronadoras por las exclusivas avenidas de tu ser interior, pisoteándote, destrozándote, muy a tu pesar. Por que los recuerdos siempre destrozan al pasar por el alma que los evoca.

Aunque lo niegues. Aunque lo niegues y te desangres.

Porque reconozco que siempre tendemos a repetirnos en las cuestiones amorosas. Porque recreamos una y otra vez los mismos juegos, las mismas idioteces geniales con las que perdimos antes. Cada cosa que yo, en mi intento de ayudarte a que me recuerdes, te traiga del pasado --de nuestro pasado, porque nosotros fuimos dueños del tiempo del otro — estoy segura que las habrás vivido una y mil veces más con diferentes pieles, con diferentes olores, ¡con tan diferentes murmullos!

Talvez, hasta te sucedió como a mí, que muchas veces sufrí la humillación de nombrarte en pleno amor, sin querer hacerlo. De despertar -- como hoy, a pesar de tanto tiempo recorrido desde tu cuerpo hasta mi soledad — con el sabor de tu boca en mi boca, con el latir de tu cuerpo dentro de mi cuerpo.

Y saber que esta tarde otoñal es más fría, más gris de lo que parece cuando se te mete entre las sábanas y te trae el calor perdido de otras tardes de otoño, con olor a humo brotando desde el encendido hogar, con los centenarios leños dándoles reflejos irreales a nuestras pasiones. Colándose por cada uno de nuestros poros, exaltados en su calor. Enfebrecidos. Enardecidos.

Mientras, cual dos bestias hambrientas, continuábamos devorándonos el uno al otro, para poder volver mil veces a renacer.

Y volver mil veces a renacer cuajados de eternidad en el eterno ritual de la vida que incendia a los amantes. Porque en aquel momento creíamos que el ser amantes era una eternidad atrapada entre dos almas que no podían separarse por más lejos que estuvieran una de la otra.

Para luego descubrir que era cruzar del cielo al infierno sin transición, desnudos y con tan sólo un pasaje de ida para dos.

Por eso hoy me asombra sentirte tan cerca, como si toda la arena del viejo reloj hubiera sido empujada por algún viento cautivo del arcano, dejando escapar su caja de dolor, despojado y solo.

Bebo una a una cada caricia tuya que se quedó en mi piel mientras sigues buscando en otras pieles el placer que nunca llegó a colmarte ninguna.

Recuerdo con exactitud enfermiza cada espacio de tu ser. Tus gustos. Tu forma de amar. Tus gemidos agónicos en cada pequeña muerte de a dos.

Si supieras las veces que lloré de rabia y de impotencia por no poder retenerte.

Si supieras las veces que te llamé sin llamarte.

Hasta que creí --infantilmente—que te había olvidado. Que estabas borrado por el vértigo de otras pasiones que desbordaron mis sentidos.

Y juro que amé. Que amé con tantas o más ansias que con las que te amé a ti.

Que tuve celos, odios, deseos, esperanzas, desesperanzas; pasiones tanto o más intensas de las que sentí por ti, de las que me inspiraran tu piel, tu voz… tu voz que sigue vibrando guardada para siempre entre los pliegues más recónditos de mis sentidos.

Y hoy, sin siquiera imaginarlo, mi parte más profunda te rescata del olvido, del ostracismo al que yo te tenía confinado y comienza una campaña proselitista con tus retazos, y me cubre de panfletos en los que tu imagen sonríe y me llama.

Y me trae a la superficie de mi nada interior el roce de tus manos, el cálido olor de tu piel, la fuego de tus ojos adormecidos en los míos, la complicidad de algún tonto secreto compartido en la mágica estación de nuestras almas.

Quisiera poder tener la serenidad, la valentía de tomar este inerte aparato telefónico y llamarte y que me contestes; y que te alegres al reconocerme de inmediato y me digas, como antes, con tu inolvidable voz temblorosa de amor en la espera:

--- Hola, querida... esperaba tanto tu llamada... justamente estaba por hacerlo yo, dado tu largo silencio. Pero temía que no me respondieras, ven pronto, por favor… ¡te sigo amando tanto!

Pero este miedo cerval que incinera mi ser, me obliga a alejarme, a no tener más para decirte, por eso me despido de ti tratando de enterrar profundamente estas piedras de tu recuerdo en medio del desierto de mis días. Y sé que, ahora sí, jamás volveré a buscarte; mi orgullo me encadena, matándome en los domingos huérfanos de sol, de este otoño tan lejano de aquél otoño nuestro, pero con todos sus segundos invadidos de tu recuerdo.

…y a pesar de todo lo que dije o haga, ¡te sigo amando tanto!

Brindando por la eternidad, último lugar donde nos encontraremos, me despido pidiéndote perdón por seguir aferrada al recuerdo cuando todo ya está muerto, jurando que arrojaré las cenizas de esta carta al viento, para que nunca puedas leerla.

Para que nunca puedas volver a burlarte de mis sentimientos.

(Mª Teresa del Valle Drube Laumann, Accésit en el IV Concurso Internacional de Cartas de Amor San Valentín)
lunes, 28 de diciembre de 2009 | By: Abril

La última despedida


Hoy, arañando en las entrañas de mi pasado más presente, te encuentro masticando despedidas.

Te miro y, casi alcanzando un sueño, desapareces, fugaz y rotundo, como el humo del cigarro que ni siquiera me fumo.

Te fuiste, te eché…da lo mismo, pero no estás desde hace tiempo.

Intento tocar tu nombre pero me vuelve el veneno del recuerdo y se me clava tu olor en la memoria.

Intento huir de ese por qué, pero me alcanza y viene ahí, arrasador, un silencio que me grita todo lo que no quiero saber: sí, siguen en mí tus ojos, mirándome mieles, dejándome en la pupila el único sabor dulce que recuerdo de ti.

El fin y por fin…un sin fin de incongruencias y solo una verdad… ya no eres pero existes ahí, en algún rincón de mi vida que no logro recuperar.

Déjame soñar con nada, márchate a aquel lugar oscuro que yo visité primero y permíteme abrazar tu ausencia tan sólo una vez cada mil noches…

Llévate tras de ti tu sabor a anhelo; quiero mirar de frente a la vida y gritarle que ya no te echo de menos…¿mentira?...no sé, pero es lo único que le diré cada vez que me pregunte.

No quiero comparar lo que te quise cada vez que me enamore, porque así jamás dejaría de amarte…

…Exhibías tu triunfo y mi derrota, viril y orgulloso, con las manos manchadas de mis ilusiones rotas, por tanto, ¿a qué esperas? Deja de intentar clavarme el puñal de tu recuerdo…tus ojos mieles solo son algo que ya fue.

Entonces…márchate, o quédate, da lo mismo. Formas parte de una vida alquilada en mi memoria a la que la humedad de tu abandono, pronto desahuciará de mi alma por derribo.

Solo me queda decirte que ya no te amo, es cierto, pero que, tal vez te sigo queriendo…”es tan corto el amor y tan largo el olvido”, que cuando tenga frío, tan sólo tendré que acercar un recuerdo para que prenda, de nuevo, la llama.

(Marta Romo Cáceres)

Esta nunca será una carta de amor


Acaso se quedará en el borde de un quejido, tentando una caricia o atrapada en un recuerdo de tonos plomizos. Poco a poco, irá perdiendo su color e instalándose en un tiempo indefinido, pendiente de ser rescatada de un baúl, donde las instantáneas adquieren ese color sepia que nos moja los ojos. Pretendo decirte que el polvo terminará cubriéndolo todo. Y aún así, ahora mismo, te escribo desde las brasas, sobre las cenizas, frente a la estación calcinada del recuerdo, un paisaje yermo que todavía no anula tu nombre.

Yo sé que el tiempo correrá, que aplastará todo lamento. Sé que terminaré instalándome en otras caricias y otros ojos, que otras miradas harán todo el resto. Lo que ahora me mueva no será el rencor, tu olor terminará siendo un recuerdo inasociable, una constancia leve de lo que un día fue. Estas palabras frágiles serán zarandeadas por el viento, arrancadas de ese tálamo cálido, donde pudimos querernos tantas noches, cuando burlábamos la tiranía de todos los relojes, con esa vocación perpetua que depositamos en las caricias y los besos cuando nos enamoramos. No quisiera asociar el tiempo, con esa falacia triste que termina devorándolo todo. Quisiera ser feliz y que tú seas feliz, si es que los días que restan pueden llegar con esa ilusión eterna que nos llena los ojos. Ahora agarro la esperanza y brindo mi ofrenda y mi futuro a la creencia de que toda experiencia dolorosa nos hace crecer. No habrá intención de quedarme instalado en ese rencor que se nos agarra a las orillas del pantalón y trepa hasta secarnos los ojos. Quisiera que permaneciéramos inmunes a las espinas del tiempo, que no se enquistara la llaga que me quemó las manos, éstas mismas que descendían sobre tu vientre, casi imaginando la vida en sus adentros. Este niño no nacerá. Se quedará esperando, en un lugar y un tiempo indefinidos. Mi simiente deambulará callada, perdida y torpe, temerosa de volver a errar, cobarde y desconfiada de toda experiencia venidera. Es el precio que nos dejan los pequeños fracasos. Quisiera no tener nada más que decir, pero cómo acallar las palabras que nacen de adentro y se precipitan hacia los labios, esos mismos que todavía hoy, te buscan desesperadamente en medio de la noche, con la pátina húmeda que nos deja la costumbre y el jergón tibio que nunca ha de volver. Es precisamente esa constancia la que golpea a veces; cómo esquivar el proyectil que rompe en medio de la frente. Ninguno de los dos hemos de volver ahora a ese instante en el que andamos ya naciendo en forma de recuerdo. Es precisamente el recuerdo lo que nos hace ascender al punto álgido donde la tristeza encuentra fórmulas que invitan al insomnio: entonces se callan las palabras. Me sumerjo en el centro de la oscuridad, me pierdo y hago tabula rasa al dolor, vuelvo a morir y a despertar y de nuevo muero y saco la cabeza en medio del dolor, porque el dolor renace cada vez que el recuerdo se empeña en negar toda razón. Es necesario, al fin y al cabo que sepas que el dolor penetra en mi cuerpo, me debes ese reconocimiento, mi sufrimiento es la tímida venganza que ahora te confieso, por encima de todo raciocinio.


No habrá continuación, ni siquiera un leve gesto que me devuelva tu nombre en medio de este invierno. Descenderé al centro del dolor y volveré a resurgir. De alguna forma pretendo verbalizar el dolor, expurgar mediante la palabra. Una vez fui poeta, ese mismo estúpido poeta, fabricante de sueños, ese al que ahora, el sueño se le seca y se hace sarmiento estéril, el sueño, el sueño, el sueño. Poesía inútil que me quema los ojos, orgullo estéril, consciencia tormentosa de que la lágrima ha de llegar, ese torrente inmenso que podría inundar todos los océanos del mundo. No habrá palabra suficiente que pueda contener la venida del llanto. Te ofrezco mi impotencia como último testimonio, mi vulnerabilidad humana y el reconocimiento del dolor, por encima de todo el dolor, mi dolor presente por encima de la razón. Entre la impotencia y el recuerdo siempre llega el dolor; el dolor y este continuo empeño que busca nombrarlo todo para aniquilarlo todo. Mis palabras piden a gritos un descanso en medio de esta noche, y a la vez se alzan y se me enredan al pecho, y es un dolor antiguo y un desvelo y una caricia que no ha de volver. Ni tú, ni yo, volver a ese lugar donde fuimos felices.

(ANTONIO DE PACO DOMINGO; 2º Premio de "Cartas de Amor y Desamor" de Huétor Vega)
lunes, 5 de octubre de 2009 | By: Abril

Palabras corregidas


Sueños que revelan pausadas madrugadas. Silencios que se esconden entre susurros. ¿Por qué te fuiste? Tú regreso es el mío. Una espera que alarga la sombra de tu olvido, en esta lúgubre estancia que se encarga de darle cobijo. Porque los dos fuimos conscientes de que no fue suficiente. Las rendijas de los cristales rotos fueron su perdición.

Nadie se ha atrevido a quitarlos del medio. Fuimos demasiado cobardes para enfrentarnos a su recuerdo. En él, nos reflejábamos. En él, éramos lo que nunca desearíamos haber sido. Prisioneros de nuestros estúpidos actos célibes.

Aquellos excesos verbales sin vuelta atrás. El sin perdón del perdón. El vivir sin vivir. El trasnochar por ti. ¿Acaso no lo ves? ¿Acaso no lo aprecias? El vestigio de lo escrito te tiene que alcanzar allá en donde estés. No me sigas maltratando con tú sucio desaliento. Conoces a la perfección mi sufrimiento. Siempre fuiste la luz del espejo en plena soledad. La que sabía que la última gota en colmar un vaso lo puede llegar a romper.

Como así fue. Ahí sigues, mirándome con los ojos gélidos del rencor. Vuelve, regresa de una maldita vez para que mi pesada conciencia pueda al fin descansar.

El sueño me vence. Otro día que amanece sin ti. Al otro lado del pasado se van mis escasas esperanzas. Ninguno de los dos puede pensar en otra noche más de pensamientos baldíos.

¿Por qué no llamar? ¿Por qué el eco del silencio habla por ti? ¿Por qué el engaño nos pertenece?

Porque nos odiamos. Sencillamente por eso. Nos odiamos, y solamente tú lo supiste ver a tiempo. Por eso te quiero, Sara.

(De la red)
miércoles, 30 de septiembre de 2009 | By: Abril

¿Y ahora qué?...


… ¿Y ahora qué?... ahora que hemos rozado el límite con los labios, las manos, el cuerpo…ahora que nos avergonzamos de lo ya hecho porque con hechos hemos recorrido el camino que no nos atrevíamos a hablar…
…¿Ahora qué? a jugar a ser idiotas, a que todo sigue igual y que el ayer simplemente no fue; se desvaneció cuando nos dimos cuenta, porque quizá ambos lo soñamos o lo inventamos despiertos…
…¿Por qué ahora? ¿Cómo atrevernos a tocarnos, a mirarnos, a sentirnos? Si somos cómplices fortuitos de un descuido de verdad…
…¿Y la solución?... ¿Más tiempo al tiempo? A esperar que no se nos acelere el reloj antes de hora y vivamos nuevamente la extraña situación de unos segundos por adelantado, para quizá vivir otra vez lo vivido y no paralizarnos ni por lo sentimientos ni por lo que acabamos de descubrir…

No puedo, lo siento, pero no puedo…el tiempo se me escapó entre los dedos, me voy. Me voy sin más, y conmigo se va todo lo que he ido guardando en silencio…me inventaría un nuevo idioma para intentar explicarte de alguna forma más adecuada lo que produces en mí, para decirte sin tanto preámbulo y con más dedición todo lo que escondo, para gritártelo con rabia, sin remordimientos ni vergüenza, pero si ese idioma lo hablo solo yo, nunca podrás entenderme; y me temo que tampoco harías el intento de aprenderlo, porque temes a lo desconocido y lo incierto que puede ser amar…

Me voy y conmigo se va esa parte de mi que solo te corresponde a ti, esa parte de mí que es completamente tuya, esa parte de mí que se hizo tan grande que necesito lazarla al mar a ver si se ahoga…es triste pesar que el amor es triste, pero es más aún sentirlo así, sentirlo desgastado antes de empezar, sentir cómo se encoge apesadumbrado ante la inseguridad, observar como se intenta apagar porque tiene demasiado miedo a producir una fogata, miedo a dar la cara y a ser escuchado; porque tu y yo nos escondemos tras máscaras forjadas por nosotros mismo y por nuestros propio, duro y conciente trabajo…¡Qué triste!

Ya no puedo más, estoy gobernada por la impotencia de vernos a ambos dejar pasar sueños secretos… es esta impotencia la que me lleva a escribirte, a actuar sin pensar de una vez por todas… ¿por qué dejas que sea yo quien de el primer paso? Si el miedo que tengo y el vértigo que siento al rozarte no son menos que el tuyo propio cuando te toco suavemente…

Sabes que has dejado tus pasos marcados en mí, solo espero que se conviertan en huellas en la arena y que algún día no muy lejano suba tanto la marea que no quede rastro ni sospecha de hoy, de anoche y de los últimos momentos contigo.

Adiós, me despido yo (quién sino)

PD: lo siento, aún no he acabado con toda la verdad que me inundaba y con la última gota de ella quiero que sepas que aunque pretendo olvidarte y cerrar la puerta que alguna vez me llevó hasta ti, albergo la secreta esperanza que después de esto me busques, me encuentres y me hagas olvidar lo mal que se siente amarte en silencio…
Espero aprendamos a amarnos sin más…ahora que por fin te amo al descubierto…

(Magdalena Oporto; Carta premiada en el VI Certamen de Cartas de Amor y Desamor “Pedro Salinas y Margarita Bonmatí”)
martes, 14 de abril de 2009 | By: Abril

Carta a Lou


Lou:

Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma. Nunca he conocido a una persona más pobre que tú: ignorante pero con mucho ingenio, capaz de aprovechar al máximo lo que conoce, sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia, sincera y justa en minucias, por tozudez en general.
En una escala mayor, en la actitud total hacia la vida: mentirosa, sin la menor sensibilidad para dar o recibir, carente de espíritu e incapaz de amar. En afectos: siempre enferma y al borde de la locura, sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores…
En particular: Nada fiable, de mal comportamiento, grosera en cuestiones de honor…Un cerebro con incipientes indicios de alma. El carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico, nobleza como reminiscencia del trato con personas más nobles, fuerte voluntad pero no un gran objeto, sin diligencia ni pureza. Sensualidad cruelmente desplazada. Egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual. Sin amor por las personas pero enamorada de Dios. Con necesidad de expansión. Astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina.

Tuyo:

F.N (Friedrich Nietzsche)