Mostrando entradas con la etiqueta Mentiras y desengaños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mentiras y desengaños. Mostrar todas las entradas
domingo, 20 de octubre de 2013 | By: Abril

Cuántas veces...



 
Cuántas veces escribí y borré... con tal de no decir nada que te dañe...
cuántas veces pienso en lo que digo antes de decirlo...
cuántas veces he llorado por ti...
 
Cuántas veces siento que muero...
cuántas veces siento que me matas...
cuántas veces se me ha partido el corazón...
cuántas veces trato de volver a pegar los pedazos ...
cuántas veces he caído y me he levantado...
cuántas veces he creído lo que dices y cuántas veces más he visto que todo se viene abajo...
 
Cuántas veces me convenzo de que nada cambiarás...
cuántas veces quiero volver a confiar en ti...
cuántas veces me he esforzado por que tú estés bien...
cuántas veces he sentido tu desprecio a mis esfuerzos...
cuántas veces me he sentido presionada...
cuántas veces siento que ya no me quieres...
cuántas veces siento que ya no te importo...
 
Cuántas veces he odiado tu orgullo y cuántas veces más he querido sentir que todo va a estar bien...
cuántas veces he querido sentir tu amor y cuántas veces lo único que siento es dolor...
cuántas veces me he odiado por amarte así...
cuántas veces me he mentido a mí misma, creyendo que no me has lastimado...
cuántas veces he olvidado todo por querer empezar de nuevo y cuántas veces me detienes...
 
Y sin embargo sigo aquí, como la tonta más grande del mundo... todo porque te amo más que a mí misma, más que a nada y más que a nadie...
 
Supongo que habrá más veces por delante, sólo espero no morir en el camino. Sigo aquí con todo esto, en silencio para evitar que tú sientas dolor. Y así seguirá, hasta que entiendas y veas todo lo que me está causando tus errores. Hasta que veas cuántas heridas tengo. Entonces, probablemente entiendas que es algo injusto. Sólo espero que no sea demasiado tarde. Y si lo es, ten por seguro que aqui seguire amándote, como lo hice desde el principio..

M.V
lunes, 20 de mayo de 2013 | By: Abril

Ya tebia lublu


Por fin vamos a volver a vernos después de tres años, pensaba mientras iba en el avión. Tenía más de 20 horas para recordar que la primera vez que te vi mis ojos no dejaban de perseguirte, que la primera vez que te oí no podía escuchar otra cosa y que la primera vez que te besé ni yo mismo sabía que podía besar tan bien. Me enamoré hasta de tu nombre: Anastasia.

Londres fue cómplice de nuestra aventura. Podíamos pasar todo un día caminando por la ciudad machucando el inglés para entendernos. Nuestras citas eran en la misma estación de tren, Wall Street, que quedaba cerca de la escuela. Yo aprovechaba para pedirte disculpas por llegar siempre una hora tarde. Nunca entendiste que la impuntualidad es algo muy venezolano.

Allí iba yo, emocionado, pensando en la vez que fuimos a Escocia y no conocimos nada porque decidimos quedarnos encerrados conociéndonos a nosotros mismos. Ese invierno fue muy caliente, lo único que no te quité fue la bufanda, por si te daba gripe, tú sabes… Se nos pasaron los meses más que perfeccionando el inglés. Tú aprendías español y yo trataba de aprender ruso. Te expliqué lo que significaba: “No es pelúo ese idioma, es peluísimo”. Lo único que aprendí en ruso es que “te amo” se dice “ya tebia liubliu”. No me importaba nada más.

El día que tuve que regresar a mi país te prometí que volveríamos a vernos. Fue una tortura pasar tanto tiempo escribiéndote mails, hablándote por Messenger, viéndote por Skype y escondiéndole las facturas de CANTV a mi papá. El día que me llamaste y me dijiste “¡Vente a Rusia ya!”, no lo dudé, no me dio tiempo. Compré mi pasaje inmediatamente y arreglé mis maletas, ni siquiera me acordé del cupo CADIVI (eso tampoco lo has entendido, lo sé).

La cosa es que estaba en el aire esperando llegar a Moscú para luego subirme a otro avión que me llevaría a Krasnodar, que es como decir Tucupita aquí en Venezuela. Durante el vuelo imaginaba nuestro reencuentro, hasta estaba preparando un discurso, eran muchas mis interrogantes: ¿Qué tan fuerte iba a abrazarte? ¿Qué tan largo iba a besarte? ¿Qué era lo primero que debía decirte? Por cierto, tampoco sabía en qué momento darte el boleto adicional que llevaba para que regresaras conmigo a Venezuela.

S7 se llamaba la aerolínea que me llevaría a Krasnodar, yo era el único pasajero de pelo negro, y el más oscuro; nadie hablaba español y una sola azafata medio hablaba inglés. Fue en ese momento que decidí llamarte, antes de despegar: “Anastasia, en dos horas estoy allá contigo”. Tu respuesta fue: “No te puedo buscar, me caso el sábado”. Era miércoles, y colgaste. Me quedé tan frío como cualquier otro ruso. Pensé: “Esto tiene que ser una broma” y volví a llamarte. Me dijiste que ibas a buscarme, respiré.  Salí del aeropuerto y ahí estabas, hermosa, toda una princesa, causabas el mismo efecto en mí que la primera vez. Me acerqué y no hubo abrazo, no hubo “hola” o “privet”, como se dice en ruso. Lo que salió de tu boca fue: “Te voy a dejar en un hotel y mañana te regresas a Venezuela, que aquí no tienes nada que hacer”. Me acompañaste hasta la habitación y antes de que abriera la puerta te fuiste. Esa fue la última vez que te vi.

Ahí me quedé yo, viendo el techo y pensando que mi mamá tenía razón cuando me dijo: “Kenny, ¿qué vas a ir a buscar tú tan lejos por allá?”

Aún te recuerdo, no con odio; no me alegré cuando me escribiste, un año después, que te habías divorciado; disculpa por no responderte ese mail. Confieso que hasta ahora no te he llorado, es más, si quieres puedes venir a Venezuela para que veas que no hay rencores. Yo te estaré esperando. Dile al taxista que te deje en el centro de Caracas. Procura llegar de noche, que es más interesante.

Ya tebia liubliu.

(Kenny Cerna)
miércoles, 20 de febrero de 2013 | By: Abril

Lo nuestro...

 
Odio los finales desde que desapareciste de mi vida sin decir adiós. Te fuiste como una de esas canciones que terminan bajando el volumen progresivamente, repitiendo que me querías, que me querías, que me querías, sólo que cada vez más bajito, hasta que finalmente dejé de oír que me querías.

Detesto haber sido feliz en tantas partes. No me quedan lugares vírgenes de ti. Y no me gusta que me pregunten dónde estás, que por qué no viniste o que te manden recuerdos. Porque eso es lo único que tengo, un montón de recuerdos que se acurrucan en la almohada cada noche, que se esconden del frío olvido en las zapatillas que me regalaste, que se ríen protegidos en los álbumes de fotos...

Aborrezco esta ciudad porque te llevaste contigo todo lo bueno. Las calles y las esquinas, que siempre creí nuestras, resultaron ser sólo tuyas. Las plazas, también. A mí me quedó sólo el gris de las baldosas, las sombras de lo que pudimos haber sido y los besos que no te di, errantes huérfanos entre tu boca y la mía, alientos suspendidos en el aire a merced del viento y los inviernos.

Pero por más que lo intento, no consigo odiarte. Porque tus ojos, aunque no estén a mi alcance, siguen siendo el único camino que conozco para alcanzar el fin del mundo. Porque cuando casi nació nuestro bebé, las lágrimas que recorrieron nuestras mejillas fueron ciertamente eternas. Y no. No tuvimos la culpa de perder a nuestra pequeña Raquel (si era niña) o a Miguelito (si era niño). Ni tú, ni yo. Quizás fue ella, o él, quien prefirió morir en tu vientre, intuyendo que no podría luchar contra nuestras diferencias. Eso sí fue culpa nuestra. Tuya por no sonreír, mía por no saber cómo hacerte sonreír. Tuya por huir sin mirar atrás. Mía por no salir tras tus pasos.

Se nos hizo tarde entre excusas y reproches. Olvidamos soñar por las noches y el día amaneció gris. Confundimos la lluvia con los paraguas. Nos protegimos de las lágrimas y nos hicimos impermeables. Equivocamos los labios con las piedras. Dejamos de besarnos y nos abandonamos en los márgenes del camino. Traicionamos a las palabras importantes y nos fuimos como una canción... repitiendo que me querías, que te quería, que me querías, que te quería, sólo que cada vez más bajito, hasta que finalmente dejamos de querernos.
 
(Jaume Pons)
martes, 19 de febrero de 2013 | By: Abril

Coleccionando derrotas


Fuera lo que fuese, todo surgió así sin más. Nunca hubiera creído que me fuese a pasar esto a mí. Supuestamente yo era una experta conjugando las mil formas de sufrir el verbo amar, pero una vez más volví a caer. Empezamos a hablar y enseguida vi que eras diferente. ¡Qué tópico! o ¡típico! Siempre se suele caer en lo mismo, pero aún así, sabiendo y siendo consciente de esto, me convencí de que sí, que esta vez sí había encontrado a alguien especial, diferente o especialmente diferente.
Me emborraché de tu carisma y me enganché a ti casi de manera enfermiza. Te veía tan perfecto... que si me hubieras pedido lo imposible lo habrías tenido al instante. Nunca nadie me pareció tan interesante. Me contabas tantas historias... Tanto aprendí, que no me importaba pasarme noches casi enteras escuchando tus experiencias,. Me enamoré de tu mente brillante y perdí mi consciencia por tus ojos de mar; soñaba con tu boca rozándome e imaginaba tu piel imantada a mi piel.

Mientras... tú, aparecías y desaparecías, te tomabas tu tiempo. Yo nunca te preguntaba ni te pedía explicaciones. Siempre cuando regresabas yo te esperaba con una gran sonrisa y lágrimas haciendo carreras. Se convirtió en un juego triste, pero siempre te comprendí y me valieron tus excusas, incluso me pareciste una víctima. Realmente sí que lo fuiste: eras una víctima de ti mismo, de tu lucha con tu yo y sobretodo de saber y ser consciente que la única manera de no hacer daño a nadie era estar tú sólo, pero a mí no me hacías daño; lo que me duele ahora más que nada es estar sin ti.
Por eso no sé si nuestro adiós fue provocado en forma de prueba de amor hacia mí o todo fue fruto de mi imaginación. No obstante, me quedo con aquello que me decías: "No olvides nunca, que te quiero a mi manera" A mí me daba igual la manera, sólo quería que fuera verdad y decirte "yo también te quiero, te amo, te adoro..."
 
Ya nunca va a ser nada como antes de conocerte. Ahora me encuentro en un punto en el que no quisiera pensar ni recordar nada, pero es imposible, fueron tantos planes..., tantos "¿te imaginas...?", tantas miradas al futuro juntos... tantas palabras bonitas... que ahora sin todo eso, ya no creo que pueda salir el sol mañana, y sin embargo saldrá y todo volverá a rodar de nuevo. Sólo tengo que volver a subir a esta loca noria de la vida, y tratar de dejar este vicio tonto de coleccionar derrotas.

 
(Marisa. Del programa radiofónico "Es Amor")
sábado, 26 de febrero de 2011 | By: Abril

La cafetera

Querida Milagros, te escribo esta carta para confesarte algo que soy incapaz de decirte mirándote a los ojos. He sido un cobarde y todo lo que he hecho, a tú lado, responde a una mentira. Una mentira que, en realidad, son muchas, puesto que donde hay una suele haber más, para justificar lo que no tiene perdón.

Milagros: estoy casado. Sí, ya sé que te dije que no tenía ningún compromiso; ya sé que te prometí amor, hijos y una vida en común; ya sé que he utilizado ese “nosotros” que suele a acompañar a un proyecto futuro con frecuencia. Lo sé todo. Pero no lo he podido evitar. Me gustaste y te quise para mi. Aunque sólo fuera por un rato. O para pasar el rato.

Hace menos de un año volviste a aparecer. Llevaba sin verte desde lo tiempos del colegio. No te parecías en nada a la niña que fuiste pero me volviste a apetecer como cuando, pupitre con pupitre, me soplabas los exámenes. Mantenías ese aroma que me hizo recordar una etapa feliz de mi vida. Te vi, te reconocí y, de pronto, tú sonrisa hizo que me sintiera mejor. Logró que me olvidara del tedio de mis días, de todos los compromisos: hijos, mujer, trabajo...Los problemas se esfumaban en tus brazos pecosos y cálidos. Me encantaba jugar a ser libre, a imaginar una nueva vida. Veía en tus ojos la ilusión que yo había perdido y la energía que nunca tuve.

No te amaba, Milagros, no. Nunca te he amado. Te mentí para acostarme contigo. Y te volví a mentir porque me gustaba que me quisieras, me gustaba que me admiraras. Luego, ya no pude dar marcha atrás.

Desde entonces ha pasado un año. Hoy has aparecido a la salida de mi trabajo con una sorpresa. Un regalo por nuestro primer aniversario. Era una cafetera. Una cafetera normal y corriente. Y has dicho: “Para cuando tengamos nuestra casa. Mi madre siempre decía que es lo primero que hay que comprar para que una casa sea casa”.

En ese momento me he dado cuenta de que no podía seguir alimentando esta situación. Milagros: no vamos a vivir juntos, tampoco tendremos una niña con pecas en los brazos, ni un gato rojo de maullido ronco. ¿Por qué? Porque nada de lo que he dicho es verdad. Porque todo eso -casa, mujer, hijos e, incluso, cafetera- ya lo tengo y deseo conservarlo.

Esto es todo. No puedo decir más. Ni siquiera puedo pedir perdón porque todo lo que he hecho es imperdonable.

A veces, la verdad, es mucho peor que la mentira.

Alejandro

(Ayanta Barilli)