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jueves, 21 de noviembre de 2019 | By: Magdala

Make me like you



Podíamos llamarnos novios porque sabíamos que no era más que un juego. Las etiquetas solo asustan cuando son verdad. De haber sentido algo sólido, hubiéramos recurrido a eufemismos que prolongasen el misterio. Tú y yo, en cambio, nos sentíamos cómodos en esa distancia que nunca desaparecería y por eso jugábamos a preguntarnos cómo había ido el día aunque en el fondo no nos importase. No te hubiera gustado presentarme como novio oficial a tus amigos, ya lo sé. Lo más extraño llegó después, cuando encontraste a alguien y me sentí vacío por haber perdido algo que nunca fue nada.

(Alex Pler, Fuente: Hombres encontrados)



jueves, 15 de febrero de 2018 | By: Abril

Sincericidio en el café de los viernes


Te quiero y me empeño en pensar que no. Y duele. Duele y mucho. No hay día que no me levante con la sensación de que vamos a volver a compartir un café de sobremesa. Y ahí está tu recuerdo. Y el café. Pero no hay dos compartiendo nada como en la foto de mi estudio, con París al fondo y la lluvia al otro lado del cristal. No. Hay un café, pero yo estoy sola clavando los ojos en la cucharilla que dibuja círculos concéntricos, los mismos círculos que dan vueltas en mi memoria intentando devolver al presente recuerdos que tengo cada vez más difusos, de otro tiempo, de otra vida que  viví a tu lado…

Hace más de un año que nos encontramos por última vez. En el mismo sitio: un pub trasnochado de luces tenues que se aliaban con nuestras debilidades para avivar el fuego que se encendía cualquier día menos los viernes y los domingos. Los domingos nunca existí. Los viernes me los negaste, por capricho y porque en cierta forma pretendías domesticarme. Los domingos me daban lo mismo. Renuncié a ti y a ellos desde el primer beso. Pero los viernes… nunca te perdoné los viernes donde yo era tu plan B. Qué crueldad negarle a alguien los viernes. El resto de la semana competía con tus prioridades. No me acostumbré nunca a ello, pero sacar el tema desencadenaba una nueva tormenta perfecta entre nosotros, por eso intentaba esquivar mi indignación. Pero aquello hacía que me doliera más y me devoraba hasta que vomitaba todo lo que sentía cada vez que me borrabas los viernes de tu agenda.

Soy demasiado clara. No me van los comentarios a medias, así que cuando ya veía todo perdido me tiraba de cabeza al ruedo a pecho descubierto. Este sincericidio va a matarme cualquier día… el caso es que te lanzaba las verdades a la cara, aun sabiendo que cada lanzamiento te alejaba diez centímetros de mí. Aquello nos fue distanciando tanto que surgió aquel monólogo que empezaba por… “no sé qué hago aqui”,  continuaba con “no tiene sentido que nos sigamos viendo” y finalizaba con “ya no sé qué creer… has cambiado tanto” y volvía en bucle al principio “no sé qué hago aquí”.

Si supiera que cambiando algo iba a borrar el final de esta historia, te volvería a regalar los domingos enteros y los viernes a medias, y lo pensaría dos veces antes de comenzar mi monólogo en bucle y te odiaría en silencio y pensaría que no eras tan nocivo para mi salud mental como lo eres… pero la vida no usa borradores, las cosas se escriben una sola vez y la tinta es indeleble. Por eso me quedo aquí a solas con mi café compartido contigo, removiendo con la cucharilla en círculos concéntricos la nostalgia de un viernes imaginario.

(N.R.H.)
miércoles, 22 de febrero de 2017 | By: Abril

Rafa



Rafa:

Después de tanta meditadera, que sirva esta carta desgraciada para ponerle punto final a este amor sin esperanzas, porque hoy ya sé que no las habrá jamás. Maldito cibermundo que me volvió trizas la existencia. Porque gracias a la computadora de Albertico, mi hijo de quince, fue que me desgracié la vida. En mala hora anda una haciéndole caso a los muchachos, dizque para parecer moderna. Moderna es la lloradera que cargo ahora. Y todo por culpa del dichoso feisbuc. Me iba todos los días más temprano al trabajo para tener tiempito extra en mi oficina antes de que empezara el ajetreo. Entonces prendía la diabólica máquina y me entregaba sin freno: estaba obsesionada con aquella cosa. Y no porque pudiera mandarle tres birras a Tulio, mi marido, y conseguir que al fin me escribiera algo amable. Nada de eso. La fiebre empezó cuando te encontré, Rafa. Mi amor perdido. Mi pasión juvenil! Mi deseo aún latente. El renacer de mi interés por ese juguetito informático fue como un cataclismo, cuando la enviadera de ositos a mi hija de doce, los croissants a la suegra y los hugs a la tía Dorita ya me tenían podrida. Un mensajito de mi comadre Luisa me había vuelto a la vida.. “Tengo a Rafa Vergara en mi feisbuc” me había escrito. Boom. Sólo ella, el sucio de esta uña desde  tiempos inmemoriales, sabía que esa frase me iba a sacar de órbita. Entonces fui a su perfil a entrepitearle los amigos y allí estabas tú. Mi amor de siempre.

Busqué una lupa y me regodeé en aquella fotito minúscula que me revolvió los adentros. No me importaron ni tus canas ni tus kilos. No me importó tampoco el por qué me habías dejado. Me importó – y mucho- el recuerdo de tantos recuerdos inolvidables. Tu viejo Chevy, mis rizos rebeldes, la Panamericana. Todo estaba ahí plasmado en aquella imagen. Desde entonces, se apoderó de mí una energía sin precedentes. De purito agradecimiento le mandé a la comadrita unas cholas Manolo Blatnik y dos arepas dominó. Luego cambié la foto horrible de mi perfil por aquella de mi luna de miel en Margarita., donde aún lucía delgada y bonita. Claro que tuve que cortar a Tulio y al vendedor de ostras, ni más faltaba. Oculté mi status de casada, bloqueé las fotos de mis hijos y eliminé de mi muro aquellos ridículos mensajitos de mi marido, siempre de lambucio preguntando que había para la cena. Quería sentirme libre para ti. Ya luego me ocuparía de las excusas para tanto cambio. Seguidamente procedía  crear un grupo “Excompañeros ucevistas” para meterte ahí junto con los panas del pasado y no exponerme al “quién es ese” de los muchachos. Sólo quedaba una última cosa y gracias al guai-fai me metí en el garaje a agregarte como amigo. Temblaba como una hojita. “Espero que te acuerdes de mi”, te escribí. Carajo, como si fuera posible olvidar tanto fuego en aquella relación de otrora. Los días pasaban y no me aceptabas y cuando ya estaba a punto de volverme esclava del Prozac apareciste en mi muro. Un simple “cómo te va” que puso mi mundo patas arriba. Desde entonces mi locura no me dio tregua: usando la mensajería privada te inundé de chocolates savoy, playas de Morrocoy y una que otra cachapa. Tú me lo agradeciste todo con palabras hermosas y un par de Martinis. Aún se me aguan los ojos cuando pienso en aquel arbolito navideño tan hermoso donde me tagueaste junto a mil personas más. ¿Qué importaba? Sabía que me lo dedicabas enteramente a mí. Entonces tagueé de vuelta: aquella foto viejísima en el Estadio Olímpico junto al equipo de fútbol donde apenas te distinguías entre tanta tomusa y tanto bigote. Y yo detrás abrazándote muy fuerte, pero tan borrosa que nadie me nota. No la recordabas, ¿verdad? Pues la he guardado con mucho celo todos estos años. “¿Y para qué?, me digo. Craso error fue publicar la dichosa foto. Porque te asustó mi amor, Rafa Vergara. Y arrugaste. Vil y cobardemente no volviste a escribirme, después de todo lo que hice por ti. De nada sirvieron los mil boleros que te envié, los tequeños, los cafés, los muñequitos de “Amor es…” Tu silencio me hirió de muerte. Hasta que la cuaima de tu mujer me escribió en aquél muro público el más despreciable de los epítetos “robamaridos”. Y todos lo vieron. Mis amigos, mi marido, mis muchachos. Sin embargo el escarnio público no fue tan devastador como darme cuenta que un hombre que le entrega la contraseña a su mujer es un patético pendejo. Y a este Rafa no lo quiero ni en pintura. No, señor. Me quedo con el otro tú el del viejo Chevy y las canciones de Yordano, aún sabiendo que más nunca volverás. Así que aquí me despido, te borro de un click de mis contactos, no sin antes advertirte que mi marido creó un evento para divorciarnos y seguro te envía una invitación sólo para fregarme la vida. No vayas a aceptar, por favor, y mucho menos hacerte fan. Guárdate un poco de decencia  y no me amargues el bello recuerdo que he tenido de ti todos estos años.

Hasta nunca

YO

(Rosa Acevedo)
lunes, 23 de marzo de 2015 | By: Abril

¡Vuelve!…si quieres, claro.




Te prometo que esta es la primera y última carta de amor que recibirás de mis manos. No la tires antes de leerla, porque no voy a insistir.

He cambiado, Jairo.
 
Ya no soy esa chica celosa y posesiva que pretendía a toda costa que estuvieras a mi lado. Ahora entiendo que el espacio para nosotros no era tan simple como vaciar cajones y la confianza existe si no te metes donde no te aman. ¿Tú lo haces todavía?
 
Te pido que vuelvas, sin presiones. No me verás otra vez en tu portal, no temas otro berrinche. Ya sabes que siempre fui la oveja dramática de mi familia, pero esta vez asumiré la espera el tiempo que necesites. Entiendo que dejar a esa chica con la que sales ahora no será un asunto que se pueda gestionar en pocas horas. Tómate el fin de semana, con tranquilidad.
 
Por cierto, ¿recuerdas aquel curso de pintura?, lo terminé ayer. Ha sido una terapia increíble para templar estos nervios que ya conoces, aunque he pintado tantos cuadros que podría llenar el prado. Sí, el que se escribe en minúscula.
 
He decidido hacerte caso respecto a Bruno, el pez. Tenías razón cuando me decías que, después de todo, había más peces en el mar y mares, y yo aquí, erre que erre con esa pecera diminuta; y él, tan solo, tan pez y cristal. Pero el mar me parece excesivo, Jairo, he visto en una tienda peceras enormes, tampoco vamos a exagerar.
 
Ahora me ha dado también por escribir, pero escribir de verdad, como esta carta. Papel y tinta, nada de luces, baterías y botones. ¿Viste lo del doble check azul del whatsapp?, me hubieran hecho polvo contigo. Seguro que en la próxima actualización a algún psicópata se le ocurre, además, ir graduando el color del maldito check a rojo intenso si pasa un rato y no contestan, como para darle más dramatismo al negocio este de hacernos mierda la vida. De todas formas no lo he podido volver a instalar desde el día que estrellé el teléfono contra tu coche; seguro que lo recuerdas. Solo espero que no me guardes rencor, Jairo. He cambiado.
 
Quién me iba a decir a mí que la vida era otra cosa.
 
Aquí todo está preparado para cuando vengas, sobre todo yo. No más agobios, no más celos, no más inseguridades, se acabó esa obsesión enfermiza de querer atarte a mis pies.
 
Jairo, vuelve.
 
He cambiado, he madurado por ti.  Los ciento treinta y siete mensajes que no recibiste el mes pasado, eran míos.
 
Te quiero.
Juana.
 
jueves, 11 de diciembre de 2014 | By: Abril

Un océano y una promesa







Pero es que desde hace rato
Que ya no llevo la cuenta de las horas
Para no creer en los días, ni en los años
Que me hacen falta para observarte fijamente a los ojos
Y preguntarte si aun me amas.
 
Lo mejor sería no crecer o madurar
Para encontrarnos con la misma naturaleza
Con la misma inocencia que te conocí
 De los días que marchaste por esta ciudad
 De todos los sitios donde habité
y también te hice conocer
 
Se me fue la fuente del perfume de tu blusa
Que dejaste conmigo, como parte de tu cuerpo
Y sólo me queda la esencia como muestra
De que residiste en estas cuatro paredes
y desapareces al otro lado de un océano enorme
 
Un océano que no solo nos aleja
Sino que nos llena de todo un poco
y de nada mucho
 De ilusión, preguntas, promesas, tristeza
Juramentos y un por siempre
 
Al menos los tiempos son distintos
Y puedo siquiera verte cuando pueda
Porque no soportaría no saber de ti
No podría, no podría.
 
¿Y si al fin y al cabo es peor?
Eso de que pueda verte pero no tocarte
Eso de que pueda oírte pero no escucharte
No está completo, es incompleto
Y a veces creo que sería mejor
Un nada a un poco

Esos deslices que tenemos
Esos encuentros a medio hacer
Pueden llevarlo a uno a la locura
Porque estas pero al mismo tiempo no

¿Cuándo saber si estarás ahí de nuevo?
Tal vez te lo preguntaría
Pero quizás no
Porque la inteligencia tiene limites
Pero la estupidez es infinita y la mía lo es.
 
viernes, 5 de diciembre de 2014 | By: Abril

¿La salida de Roma, por favor?

 
Una vez escuché a alguien decir que no existen preguntas estúpidas, sino respuestas estúpidas...
 
Hoy te pregunté ¿cómo se sale de Roma? La respuesta correcta era un simple "Te quiero". Hubiera servido también un sucedáneo del tipo: "eres especial" o "siempre estoy pensando en ti".  Tal vez un... "podría vivir sin ti, pero no sería lo mismo". Pero sólo me contestaste: "Volviendo sobre tus pasos al punto de partida".
 
Porque yo no hablaba de Roma, ni del Coliseo, ni de la fontana de Trevi, sino de ti y tú lo sabías. Sí, hablaba de ti y de cómo huir de pensarte, de cómo evitar que aparezcas en cada cosa que hago... de cómo borrarte un rato de mi cabeza, porque me repito, como una letanía que "tú y yo somos pasado, somos pasado, somos pasado...", que nada de lo que vivimos fue cierto (porque duele menos si lo creo así, aunque sea una estúpida forma de engañarme); que eres un extraño producto de mi imaginación que suena a carta de ajuste cuando me quedo por las noches insomne mirando el techo, tratando de contar corderos para que desparezcas...
 
Pero son sólo formas de mentirme, porque haga lo que haga, todo me conduce a ti. Tú eres mi ciudad eterna, el principio y el fin de todas mis jaquecas. Por eso siempre vuelvo a ti; por eso camino en círculos concéntricos, aunque me enfurezca conmigo misma y con mi actitud regresiva. Tú eres quien me da la vida y quien me la quita, cada día. Por eso te odio, por eso te quiero y no puedo hacer otra cosa que pensar en ti.
 
Ojalá supiera salir sola de este laberinto. Ojalá pudiera sacarte de mi cabeza, ojalá pudiera dejar de quererte... pero no soy yo quien decide todas esas cosas, por eso sigo aquí a la espera de una señal. Una sola palabra tuya bastará para sanarme. Por eso sigo aquí deshojando margaritas y esperando encontrar la senda que me saque de Roma...
 
(NRM) 
martes, 11 de febrero de 2014 | By: Abril

Amor



AMOR:

No sé si querrás leer esta carta. Supongo que sigues ofendido y que recuperar lo nuestro será más difícil que echar para atrás el cambio climático, alcanzar el Everest, sacar la cita del pasaporte … ¡o todas las anteriores! Aún así, Amor, asumo el riesgo de quemar mi último cartucho contigo, o sea, disparar esta carta en el mero centro de tu rencoroso corazón.

¿No te alegra, en el fondo, saber de mí después de tantos años?, ¡Nuestra relación es tan larga como mi memoria!. Comenzó exactamente en el tercer grado de la escuelita municipal aquella, ¿Recuerdas?. ¡Los irrepetibles años sesenta!, El movimiento Hippie, Los Beatles, la Era de Acuario y ¡por supuesto!, El Apolo 11. Te llamabas Fernandito, Amor, y estabas sentado en el pupitre de al lado. Me mirabas  con cara de “¿qué le pasa ésta loca?” cuando decía, “¡Toma Fernandito, te regalo mi merienda!, ¡Y mis legos!, ¿Quieres mis creyones?”. En un arrebato de pasión precoz casi te regalo mi Barbie Visage 1963, ¡Mi única Barbie!, ¡Eso ya era como mucho con demasiado!

Fue así, Amor, como entramos en contacto. Tu primer chiste malo conmigo fue el 20 de julio de 1969, ¡Ni que lo hubieses calculado!, El día exacto que el capitán Armstrong posó un pie en la superficie lunar… ¡Fernandito se cambió de Escuela!. Aquel fue el día que se produjo un gran paso para el hombre, un salto gigantesco para la humanidad y… ¡un soberano  barranco para mí infantil existencia!. Como era una niñita no comprendí que estaba deprimida y la verdad, eso de aprender a multiplicar “llevando” era tan complicado que la tristeza se diluyó, en progresión geométrica, con el avance de mi educación  primaria.

La segunda vez que supe de ti, Amor, había entrado de cabeza y sin fórceps a ese sudoku emocional que llaman adolescencia. -Me llamo Claudio Arquímedes-, dijo él… ¿Claudio Arquímedes?, ¡DIOS QUE NOMBRE!, ¡Homérico, epicúreo, galvánico, fisicoquímico!”, aullé.  Además, era idéntico, ¡igualito! al solista de los Bee Gees. Me enamoré ipso facto, sin cura, sin resistencia. Las rodillas me traqueteaban como un trapiche viejo en su presencia y sólo podía respirar completo, o sea, suspirar, cuando se le ocurría voltear a mirarme ¿Lo recuerdas, Amor? Enloquecí. Quería ser su novia. La cosa no estaba fácil porque después de aprender a multiplicar “llevando” se me desató la vena aritmética y sólo sacaba veinte. Es harto conocido que no hay nada peor que ser la cerebrito del salón si lo que se quiere es enamorar al bello de la película. Pero ¡qué carajo!, decidí enrollarme el pelo en papel de aluminio para parecerme a Donna Summer, La Pantera de Boston. Eso tendría que gustarle ¿no?.¡ Yo sabía, yo tenía la certeza de que Claudio se fijaría en mí y me invitaría a comer un helado! (signo inequívoco de que terminaríamos casándonos).

¿Recuerdas lo que pasó, Amor?. Descubrí que Claudio ya era novio de la Reina del Liceo quien ¡por supuesto! ni era gordita, ni sacaba veinte en matemáticas como yo. ¡Hubiese preferido otra muerte!. Durante un mes mi único alimento fueron las barajitas del álbum “Amor Es” que me comí, una a una, con pega y todo. ¡No me convertí en anoréxica porque en los años setenta esa vaina no existía!
Cuando volví en mí tenía dieciocho años y estaba haciendo la cola para inscribirme en la universidad. No esperaba que rondaras por ahí, Amor, pero…

Robertico era rural ma non tropo, ingresos superiores al promedio y con un verbo de moto sierra capaz de desquiciar a cualquiera. ¿Su hobby?, ¡Sacarme la piedra!

“Mira caraqueña… de verdad ¿Tú no sabes lo que es el ponsigué?” me decía inclemente con su sarcasmo endógeno. “¡No, no sé! ¡Y qué!” ¡Le odiaba!  De tanto odiarle, obvio, comencé a adorarle. Justo cuando me disponía a darle el beso que le convertiría de batracio en mi cónyuge… ¡zas! ¡Agarró sus maletas y se fue de mi vida por siempre jamás!

¡Ese out con las bases llenas sí me dolió, Amor! Llena de bolero, vestida de tango y como recién arrastrada por un tsunami, comencé a analizarte. Llegué a la conclusión que tú, Amor, eres cruel, agotador, malversador y mala gente. Decidí comenzar una nueva vida sin ti. ¡No más AMOR! ¡No más taquicardia, no más conjuntivitis, no más desvelos!. Te sentencié al exilio… ¡Mi vida sin ti no conocería el dolor!

Cerca de los treinta decidí que debía casarme. No me impactó, Amor, que no estuvieras involucrado, ¡Al contrario!, Escogí el novio, la casa y hasta el recetario únicamente con el cerebro, con la razón. Para hacerte el cuento corto, Amor, te diré que me divorcié y que lo único que funcionó de aquel episodio inviable fueron las recetas del libro “Mi cocina a la manera de Caracas” de Armando Scannone.

Cuando me independicé y comenzaba mi segunda República, me dediqué a buscar lo que toda cuarentona libre, solvente, sin hijos e inmune al Amor aspira: ¡encontrar un novio diez años más joven para subir la autoestima y bajar la angustia!. Diez años después, es decir hoy, lo único que me quedó de la loquetera fue un “ex” que todavía quiere que lo mantenga, una tendinitis crónica (de cuando aprendí a bailar reggaeton), una soledad del tamaño de una catedral y … ¡esta cosa rara por dentro!… ¡Este vacío!… ¡Esta urgencia de no sé qué, Amor!

¿Será que extraño la sensación de querer regalar mis juguetes a alguien sin esperar nada a cambio?. ¿Será que ya no me miro en el espejo para agradar a alguien que no sea yo misma?. ¿Será que no es tan malo ser bolero, tango y noche porque, en el fondo, hasta el peor despecho es mejor que esta insoportable, tediosa y ridícula paz?.

Yo creo que esta vez sí, Amor, las respuestas son todas las anteriores.

Por eso te ruego… ¡Vuelve a mi vida Amor!, pasa un día por la casa. Llega con el nombre que quieras… Quédate el tiempo que puedas. No vas a interrumpir nada.

Ni siquiera he tenido la valentía de asumir plenamente tu ausencia comprándome el perrito que me recomendó el terapeuta… ¡para olvidar que la vida sin ti es una soberana mierda!

¡Perdóname chico! Porque, ¿sabes? Aunque no lo creas, Amor…

¡Hace rato que yo a ti te perdoné!

La Loba



LOBO(A) Canis lupus signatus: Nombre común de diversos mamíferos carnívoros cánidos de pelaje gris oscuro cabeza aguda orejas tiesas mandíbula fuerte y cola larga con mucho pelo.
La Loba (famosa por las Chicas del Can), la sinvergüenza, la de cascos ligeros, la depredadora, indomable, malquerida por esposas, temida por novias y bien recibida entre hombres que como tú, que buscan un escape a la monotonía del trillado misionero.

Te cuento que si la gente se sentara a hablar con las señoritas licántropas entenderían que en muchas ocasiones no somos nosotras las malas de la partida. Nosotras también sentimos; bajo nuestro “pelaje oscuro y pardo” hay mucho más que ninfomanía e indiferencia. Las lobas también somos capaces de amar. Y me incluyo en la categoría porque sin pena y con mucha gloria he desempeñado el rol de aquella carnívora insaciable que espera la noche para desplegar mis garras sobre tu espalda.
Contigo hice muchas cosas, conocí lo hermoso de nuestra carrera. Me llenaste de infinita paciencia, me fortalecí, deje de fumar, le agarre un gustico al eugenol que ni te imaginas y sobre todo tuve que aprender a vivir cada momento contigo como si fuera el único que tuviera.

Perfeccioné infinitas artes amatorias y aprendí cosas que no le enseñan a ninguna niña de casa, memoricé tu cuerpo, tus lunares y me hice veterana en tus indecencias favoritas solo para conservar tu devoción esporádica… Solo para poder tenerte un ratito más a mi lado y disminuirme un poco la inminencia de tu partida.

Aun con la inocencia en el corazón construí demasiadas ilusiones, viajes juntos a la playa y  cenas románticas con desayunos incluidos, tardes de lluvia juntos y besos interminables; me inventé encuentros y una que otra fantasía de tu agrado, cada minuto era incomparable al anterior: Me propuse ser la Novia perfecta, aquella que pudieras pavonear delante de tus amigos y de la cual sentirte orgulloso, la mejor amiga de tu secretaria (POR SI ACASO), la ama de casa (aunque no supiera cocinar), la nuera perfecta, la cuñada predilecta, la dama y la puta, todo en el mismo paquete. Pensé que era cuestión de tiempo.

Pero el tiempo pasaba y empecé a intuir con mi instinto de loba que algo estaba cambiando, ya no me mirabas a los ojos, no nos veíamos con frecuencia, el vacío que existía fue ocupado por un muro de Berlín imposible de escalar el cual desaparecía cuando nos revolcamos juntos en la cama: siempre te sobró la pasión pero nunca la palabras. Las palabras las espantas como moscas inútiles pegajosas indeseadas, y la realidad como siempre llega a mi vereda, sin tu intervención, sin derecho a mis excusas sin derecho a tus explicaciones, sin derecho a nada!

Tras años de auto castigo e hipocresía ya no me quedan dudas; siempre al margen de tu vida sin poder obtener pasaporte de entrada descubrí que soy una loba de mandíbula fuerte. La transición fue dolorosa y sin lugar para delicadezas, fue como arrancar a milímetros una curita bien adherida a la piel, como el sabor avinagrado de un jugo rancio en la boca, como abrazar una bola de alambre de púas, como la Naranja Mecánica de Stanley Kubrick: caer de un piso 4 y sobrevivir para contar la historia.

Todos los días te amé, no solo los de luna llena y sexo.
Te amé con mis dientes afilados, con mi hocico y mi nariz húmeda, con mi pelaje gris y hasta con el disfraz de colegiala que sé que te vuelve loco.
Te amé para quedarme contigo después del sexo interminable.
Te amé en futuro y en pasado pretérito, sin esperar momentos precisos ni oportunidades.
Te amé justo como eres, con todos tus triunfos y tus imperfecciones.
Te amé como solo las lobas sabemos amar: sin ataduras, con descaro, apasionadamente y de manera insaciable.

 Te amé con ronquidos incluidos (aunque no me dejaran dormir), te amé con tus fantasías perversas y aunque amarte significara mi desdicha y mi muerte interior.

¿Qué hacen las Lobas cuando se descubren enamoradas?, sangrar por la herida recien abierta, despedazar y volver añicos ese sentimiento, eventualmente deja de doler aunque se muera una en el frenesí de violencia auto infligida.

¿Dime dónde escondemos la vergüenza que se siente cuando el engaño se tropieza de frente con la ilusión moribunda? ¿Dime cómo acompañamos hasta el cementerio de lo intangible el cadáver del sueño mientras calzamos stiletos y la boca pintada de rojo?. Finalmente el amor muere famélico y olvidado. No existe dolor más grande que ir matando una a una las ilusiones, desmembrarlas y esconder los huesos en el lado más oscuro e infértil de la mente… Sueño y amo como una Loba.

(Rommie Merino)

Adiós cachazudo e insolente amor de mi vida…

”Los Romeos se demoran y las Julietas se desenamoran”. ( Joaquín Sabina)

Amor de mi vida:

Te escribo estas líneas desde el más profundo guayabo, decepción y desengaño que jamás creí que me harías sentir… Sí, créeme que jamás pensé que me harías sentir así, tú, tan perfecto, educado, comprensivo, cariñoso, detallista, buen amante; me quedaría corta en adjetivos para describir lo maravilloso que eres. Sin embargo, luego de 28 años, unos cuantos fracasos amorosos, consultas con videntes, leer cuanto libro de autoayuda se me atravesó en las librerías; interminables y bien caras -por cierto- sesiones con psicólogos, entre muchos otros artificios de mujer desesperada, he decidido renunciar a ti.

El último año fue particularmente descorazonador para mí en eso de ir a tu encuentro. ¡Si supieras la cantidad de joyitas con las que salí! Te buscaba desesperadamente en cada uno de ellos, algunos se parecían tanto a ti, no puedo negarlo; hubo uno en particular que me cautivó, es que tenía hasta nombre de realeza: Randolph… Cuando lo conocí me dije: “Este mismo es.” Te confieso que de entrada me pareció un tanto pequeño, de verdad nunca te imaginé con lentes, pero a falta de pan buenas son tortas, pensé. Todo iba muy bien hasta que le insinué que buscaba una relación seria, estable y con miras al matrimonio, decirlo y que huyera despavorido fue casi simultáneo; por supuesto que no faltaron los malos calificativos para mí. Le dijo a un amigo en común que yo era una caza maridos y una loca. Después de eso evidentemente no volví a verlo, pasó vertiginosamente de ser el que creí el amor de vida, a convertirse en el tipejo ese.

No obstante, mi búsqueda no se detuvo por haber tropezado con un batracio. Le sucedió a este intento fallido una lista de galanes de arepera: Uno con novia, otro que estaba jugándose un doble play -sin ser pelotero precisamente-, un romance cibernético que terminó con un clic y un último quien no sabía lo que quería y no se quería enamorar. Pero ¿qué estaba pasando? ¿Era esto una vaina echa’, como dicen? ¿Acaso la fábrica que se encarga de producir la mercancía “hombre de la vida de una”, la habían expropiado?, ¿acaso en su lugar habían mandado una manada de farsantes que te hacían creer que lo eran, para después, sin anestesia y de la manera más cruenta, dejarlo a uno con los tequeños fríos para la boda que ya me había armado?

Tras mi mala racha de amores frustrados hice lo que hacen todas las mujeres decepcionadas: Me reuní cada viernes a tomar con mis amigas y a hablar mal de los hombres. Me quejarba hasta el cansancio de que ninguno sirve ¡Es que no hay hombres!, decía, al tiempo que me exorcizaba con los libros de Walter Riso -no sé cuántas veces leí Manual para NO Morir de Amor. Volví a mis sesiones con el psicólogo para encontrar la raíz del problema -mi soledad e imposibilidad de encontrar al amor de mi vida. Como medida extrema y desesperada, tuve que alejarme del Facebook que sólo me recordaba que el tren se me estaba pasando, pues buena parte de mis amigas ya están casadísimas, y yo, más sola que la una y sin pista de dónde hallarte.

Como te dije al principio de esta epístola, me estoy despidiendo de ti, amor de vida; de la idea de conocerte, del sueño que siempre tuve de tener dos muchachitos, una casa grande y un matrimonio de portada de revista “Look Caras”. Renuncio a ti porque no sé dónde estás metido y perdí toda esperanza de encontrarte. Ya mis amigos no tienen más conocidos solteros que presentarme, en mi trabajo los pocos hombres que hay están casados y la verdad ya agoté todos los recursos de los que disponía. No sé si algún día lleguemos a coincidir, tal vez cuando aparezcas esté vieja y enclenque, y prefieras irte con una más joven y que esté “tunning”. Pero no creas tú que por ello me voy a quedar en mi casa rezando, leyendo y tejiendo mientras apareces. Saldré a divertirme para olvidar la pena de no tenerte a mi lado. Quién quita que me consiga mi peor es nada; sobre todo porque eso de vestir santos siempre me ha parecido aburridísimo. A estas alturas no estoy muy exigente, ¡agarrando aunque sea fallo!

En fin, si algún día te da la gana de aparecer y todavía estoy interesada en ti, veremos qué pasa. Por los momentos, me voy a dejar de puritanismos y de estar creyendo en mitos y leyendas urbanas de príncipes azules. Justamente voy saliendo a una rumba de solteros, así que no se te ocurra aparecer ahorita que me voy a soltar el moño. Necesito tiempo y espacio para reconsiderar la posibilidad de volverte a buscar, estás fuera de mi vida por insolente y cachazudo, ¡tú te lo pierdes!

Con profundo y sincero desamor,

La ex-mujer de tu vida.

(Patricia Espinel)
jueves, 2 de enero de 2014 | By: Abril

Querido amigo


Hoy te escribo para decirte que te admiro mucho. Eres la persona más transparente que conozco. Jamás escondes lo que piensas y sobre todo amas a tu esposa e hijos por encima de todo. En diversas ocasiones has ofrecido tu vida y corrido graves peligros para que ellos no sufrieran. Sí, es cierto, hay tensiones con tu hijo mayor y sueles estrangularlo a menudo, pero todos sabemos que es algo cariñoso y que no llegarás nunca hasta el final.

Un día tu hija me dijo que la acompañabas a lugares que tú odias para que ella disfrute de sus necesidades culturales. Te veo acompañándola a un teatro mientras unas bailarinas danzan o unos músicos interpretan música que no entiendes ni te apetece entenderla.

Lo haces por amor y eso te dignifica. Tu hija pequeña, que todavía no habla y apenas camina, es capaz de empuñar un rifle para salvarte de unos mafiosos que un día intentaron liquidarte y lo hizo por amor a ti. Amor que sólo unos pocos elegidos como tú pueden conseguir.

No lo sabes amigo, pero aunque nunca has escuchado a tu hija pequeña hablar, un día dijo algo después de que le dieras un beso de buenas noches y salieses de su cuarto. Su palabra fue: "papi". No la escuchaste, ni tu familia, ni tus vecinos, pero los que te seguimos, sí.

Es imposible no quererte tal y como eres. Has estado varias veces en la cárcel, has sido mafioso, contrabandista, estafador, ladrón, borracho, jugador, saboteador, polígamo, usurpador de identidad, entrenador de bailes de mal gusto para deportistas, traidor, chivato, pero por encima de todo amas a tu familia.

Espero todas las tardes con verdadera ansiedad esas reuniones que tenemos en el bar. Allí escucho con devoción todos tus consejos hasta que el dueño nos echa amenazándonos con una escopeta.

Siempre llevaré en mi corazón aquel día que te pedí que fueras mi consejero espiritual y aceptaste después de unas cuantas cervezas y de gritar: ¡MOSKIS!

Consejero, amigo y hermano Homer. Un abrazo.

Santi 
lunes, 9 de diciembre de 2013 | By: Abril

Recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23...



Estimado Alberto: recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23, misma que paso a responder.
Primero que me pareció medio larga. Ni sabías en qué andaba, entonces te mandaste más por entusiasmo tuyo que por otra razón.
En la parte que ponés “que me amás desde el primer día que me viste”, ¿a vos te parece?, para empezar no indicás qué día fue, no puedo saber si yo también te vi o me llevás ventaja. Sí recuerdo cuando nos presentaron, y ahora entiendo la sonrisa que traías, porque ya venías emocionado, por así decirlo.
Cuando afirmás que “he nacido para hacerte feliz”. No puede ser cierto, ahora no sé cuántos años tenés, pero desde que naciste hasta ahora, ni un poco mejoraste mi vida. O llevás un atraso que ni te cuento o es una de esas frases que se dicen por decir.
¿Que pasás noches sin dormir? No sé si estás tomando algo, ¿qué querés que haga? Podría cantarte una canción tranquila, pero no soy de cantar en público, no sé, me da vergüenza. Probá ir al médico.
Después decís que las estrellas te dicen mi nombre. ¡Estaría todo el mundo llamándome por teléfono si fuera cierto! Móviles de televisión a la puerta de mi casa, la NASA. “¡Ani, las estrellas le dicen tu nombre a un flaco!”. Nada que ver.
Que pasás las horas lánguidamente. ¿Vos buscaste qué quiere decir esa palabra? Para mí que quisiste decir otra cosa.
Por último me pedís que te dé una respuesta y que la vas a esperar con ansiedad. Calmadito, por favor, porque lo que menos quiero es andar con gente nerviosita.
Te voy a ser sincera, me llegaron tres o cuatro cartas de amor más, ¡a cuál más disparatada y boba! Así que la tuya, dentro de todo, fue la mejorcita.
De modo que acepto tu propuesta, vení con flores mañana a partir de las cinco y seremos felices para siempre, mi amor.
Tuya de todo corazón
Anita

(Luis Pescetti)
lunes, 28 de octubre de 2013 | By: Abril

Desahogo

 
Vaya... han pasado meses desde tu partida y es tan poco lo que sé de ti... Me dices que tienes muchas cosas que hacer, que tu vida no es fácil y, bueno, no puedo hacer más que entenderte, aceptarlo, a fin de cuentas ¿que puedo reprocharte, si sólo fui tu amiga...? Nuestra historia fue de un día ¡¡UNOO!! O sea, la loca soy yo por pensar que pudo ser algo más… Y es que, con las cosas que me escribías: tus ganas de secuestrarme para estar juntos y un montón de ideas que se te ocurrían para acortar la distancia que existía; y bueno, yo…siempre riéndome de tus ocurrencias. No sé si alguna vez te sentiste lastimado por mis burlas… pero bueno, no puedo dar marcha atrás. A eso sólo puedo decirte que lamento haberme burlado, pero es que la lógica me ganaba ¿ y qué ganaba soñando con que un día vendrías y tocarías mi puerta, suponiendo que te hubieras animado a hacerlo?, ¿¿¿que iba a pasar con nosotros???
 
Vaya esa pregunta puede tener mil respuestas….y créeme me las he imaginado ¡¡TODAS!!...es increíble como la mente te lleva a sitios y lugares inimaginables; es que encontrarte fue la casualidad más linda que me pasó en aquel viaje. Nunca me hubiera imaginado hablar con alguien como tú porque -sinceramente- esa noche mire a tu amigo, ja,ja,ja...(y creo que ahora ya no es tu amigo). Espero no estar metida en ese embrollo…En fin, sííí´,  lo miré a él primero, pero luego nos presentaron y quedé contigo. Sé que te dije que no recuerdo nada de esa noche, pero es mentira…lo recuerdo todo. Me río bastante cuando recuerdo que me recitabas el poema de Borges ¨Instantes¨, ¡Que VIVA EL INSTANTE! Pero aún había algo en mí que no llegaba a creerte, hasta el día antes de mi partida que, para mí, es el día que cuenta porque fue donde llegué a conocerte y las dudas fueron desapareciendo. Te mostraste como todo un caballero: protector, cariñoso, cortés, intelectual, ¡y vaya que lo eres! No por nada los kilómetros que nos separan aumentaron! En fin, llegué del viaje a mi casa y me dije que no podía enamorarme y estaba tan convencida que lo lograría... porque muchas veces he logrado contenerme. Pero siempre hay una primera vez...
 
Esperaba entusiasmada que te conectaras para escribirte, aunque casi siempre esperaba que el que escribiese primero fueras tú, ja,ja,ja... Es ese orgullo mío, que no me deja hasta ahora…y así continuó la historia donde me decías que no habías tenido amigas de mi genero nunca pero que yo empezaba a serlo y que era muy especial para ti; que te impulse a hacer cosas que jamás hubieras hecho y que te gustaría estar a mi lado. Y yo ¡¡NUNCA TE DIJE NADA!!... Nunca te dije lo que sentía. Nunca te dije que comenzaste a rondar en mis pensamientos, que llegué a extrañarte, que también me gustaría que estuvieras a mi lado!...En fin, ¡maldito orgullo!... por creerme poderosa y sentirte en mis manos. Te perdí y lo más doloroso es que creo que nunca te tuve, a fin de cuentas.
 
Luego llegó la noticia…te mudabas más lejos de mí y de eso ya hace tiempo…la ciudad era más grande, te encantaba el paisaje y bueno no sé nada más de ti, sólo eso…Heriste mi orgullo porque pensé que me extrañarías más, pero todo indica lo contrario: ya no me escribes... ya ¡nada!...y yo me quedé con tantas palabras en mi boca, que a veces me atraganto. Ahora entiendo por qué dicen que el odio duele menos que el olvido y es verdad, quisiera que me odiases por mi cobardía, en vez de sentir tu olvido.
 
He tratado de escribirte tantas veces, pero me detengo y ahí está de nuevo mi gran compañero: mi orgullo, que no me deja mandarte ninguna letra, ni un emoticón, ni nada...Tal vez piensas que yo te olvidé primero, nunca lo sabré... Pero si algún día lees esto, entenderás qué pasó conmigo y bueno, lo que pasó contigo quizás no lo sepa nunca, por eso el motivo de la carta, que es prácticamente un vomito verbal que me estaba matando internamente.
 
Ahora me despido, te deseo lo mejor, sé feliz, ríe, llora, ama y ¡¡vive!! Quizás algún día nuestros caminos vuelvan a cruzarse y me gustaría verte así.
 
Un beso y un abrazo…
 
Adiós.
 
(Anónimo)
viernes, 9 de agosto de 2013 | By: Abril

Contrólate muchacho

 
 
Te escribo esta carta como lo haría un hombre a punto de perderlo todo.

Ya que el invierno se ha quedo sin luna y el verano ha dejado al mar perderse dentro de ese cielo gris, que abunda en nuestra ciudad. Ojalá nuestros pasos fueran invisibles, para que así la vida se olvidase de nosotros y el aire no estuviera lleno de palabras en carne viva. No sé si en mi otra vida, finalmente, encontraré un punto de partida para descubrir que los sentimientos no sólo se comen, sino que también pueden florecer hacia atrás sin dominar al mundo.

Hoy todo es igual en esta ciudad: los carros van despacio y las personas corren, como si hubiera una venta de almas a medio precio. La tv ya no es la misma caja boba de siempre; ahora se ha democratizado y sólo habla con el pulgar en alto, y que ya no puede decir nada más de la radio, porque la música ya es mayor de edad. No es que todo esté perdido. Sólo que dentro estas cuatros paredes, el mundo se divide en pequeñas esquirlas que van saltando hacia mis venas bañadas en silencio.

Ahora mi sangre está llena de sonrisas inigualables y mis ojos son autónomos; pueden ir y vivir donde sea. Sin embargo, mi cuerpo aún depende de todo. Se comporta como un niño, preguntando dónde está su familia o por qué no le dieron aquel dulce que le prometieron después del almuerzo. Todo es fuego que algún día disfrute. Finalmente me fui alejando de cada cosa importante de mi vida, y sobretodo, me alejo de manera infinita de mi propia mente.

Dicen que los recuerdos pueden ser buenos o malos, sin embargo, yo los tengo neutros. No tengo ni izquierda ni derecha, ni norte ni sur. Estoy en medio de todo, caminando hacia la capital "de la nada", en el país del "nunca sabré".

Esta será tal vez mi última canción. Diré, esta será tal vez mi última carta, porque el día lunes se llevarán mis manos, me amarrarán a una nube y la ajustarán sin preguntarme. Pasará el tiempo y me quedaré navegando dentro de ese mar acolchonado, sin ese cielo gris.

Yo te escribí esta carta sabiendo que iba a perderlo todo en algún momento, pero lo que nunca he perdido es esa sonrisa tuya, que pedalea en mi corazón calato.

Todos los domingos son días de Visita. Si puedes tráeme unas manzanas y mandarinas a crispadas.

(Mostro Joao Kolera, del Blog: Cartas de una mostra)

jueves, 13 de junio de 2013 | By: Abril

Y sin querer...


Y sin querer, y poco a poco, has sembrado la semilla de tu recuerdo.
Ahora te empiezo a echar de menos aunque aún estés aquí.
Ahora me quema el saber que te vas y que nada sucederá para que deje de suceder.
Ahora me enfado conmigo mismo echándome en cara que no tiene nada de especial, que es otra flor del jardín.
Ahora me enfado contigo cuando me dices que esta noche no quieres quedar, porque me aflora la necesidad de tu piel y de tus besos, y no los tengo.
Ahora me odio un poco por no querer jugar al juego del cínico irreverente, porque no me sale, porque quiero dedicarte tiempo; y pienso que eso te va a cansar, ya no te confundiré.
¿Amor, relaciones? ¡Qué es eso!
No, que muera porque no puedo matarlo. Que empieza a arder entre mis manos lo que veo que me va a estallar en la cara dejándome en la calle de rodillas echando de menos sus sábanas.

(Del Blog: Días sin horas)
martes, 12 de marzo de 2013 | By: Abril

Querido Tú...


Querido mío. Querido, querido. Querido ¿qué? Querido Juan. Querido Fran. Querido, algo. No sé cómo empezar esta carta. Querido amor. Amor mío. Cariño. Qué horror. Detesto a la gente que dice cariño. Y tesoro ya no digamos. Querido tú. ¿Tú, quién? ¿Hola? Nada. Nadie.

No sé cómo empezar esta carta porque no sé a quién podría escribírsela. No tengo un amor. Ni siquiera del superficial. Del que no es amor y sólo sexo. Ése del que se habla a veces y que dicen que no sirve para nada. No. No lo tengo. Aunque digo yo que para algo sí sirve. Estoy segura. Para enredar y marear, sí sirve. Por lo menos. Y para empezar, también sirve.

A mí, si soy sincera, me serviría hasta el amor más inservible. Así por probar. Y para escribirle cartas de amor. Digo yo. No se puede morir una sin haber escrito nunca una carta de amor. O sea que empiezo, por si aparece de repente. Así no me pilla desprevenida.

Querido (así a secas y elimino el problema del principio, puesto que vale para quién tenga a bien aparecer), anoche me volviste loca con tus besos. Tu luna y mis gatos nos sonreían. Parecían saberlo todo.

No.

Otra.

Querido…¡Miguel! Eso, Miguel. Esta mañana te he visto en el pasillo de la facultad de Letras. Y no me he atrevido a saludarte. Quizá no te acuerdes de mí. Éramos compañeros de clase hace veinte años. He vuelto a empezar la carrera y creo que me tocas como profesor, así que he pensado que podríamos retomar ese beso que se quedó a medias. ¿Te acuerdas? Yo estoy soltera y vivo con unos cuantos gatos…

Uff.

Querido Nicasio: te quiero. Estoy aquí. No voy a decir una palabra más.

¿Y si lo dijera en verso?

Querido Nicasio, me gustas más que el potasio.

Perdón, perdón, perdón. Me callo.

La última: amor mío, amor de mi vida. No sé ni cómo te llamas pero no importa. Soy yo. Soy ella. Y estoy aquí, con mis gatos y mi música y mi ventana. Mientras te espero, me he vuelto a apuntar a la universidad. Por si tardas. Más tarde me dormiré, bajo tu luna. Te dejaré las llaves en la azalea de la derecha. Por si no llegas. Y en la cama alargaré el brazo para buscarte.

Como anoche no apareciste, esta mañana he salido abrazada a un libro. Por si no me encuentras. Por si no llegas. Por si te pierdes. Por si te olvidas. Estoy aquí. Por si acaso. En la parada del autobús. Un sitio muy romántico, creo.

Y de repente, te veo.-Hola. ¿Qué autobús? El dos, que va directo. Sí, claro, quito el libro. Te abrazo a ti. Mucho mejor. ¿Cómo? ¿Gatos? ¿Cuántos? Me gustan los gatos. ¿Lunas? Muchas también. Todas las noches. ¿Mario? Bonito nombre.

¿Yo?

Elena. Encantada.

(Ayanta Barilli)