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domingo, 8 de marzo de 2020 | By: Magdala

Amor por las rutinas


Hemos caído en la rutina, amor.
Llevamos días despertándonos sin los buenos días. Sin soles que se cuelen entre sonrisas y nos hagan brillar en la oscuridad.
Las buenas noches se han mudado a otra ciudad y nos dormimos pensando en si la noche estará mejor sin nosotros.
Ya no nos echamos de menos; ya no pronunciamos un y yo a tiMás.
Ocultamos respuestas por no herir a las preguntas, y no sabes el daño que nos hacemos así.
Hemos dejado de hacernos heridas para dejar la huella de las cicatrices. Que quedan bonitas, dices.
Ya no cruzamos límites peligrosos ni el corazón nos va a 200 km/h. Y qué aburrido esto de viajar sin estrellarnos. Juntos, digo.
Nos preocupamos de si el cielo llora hoy en vez de si ha llovido en nuestros ojos.
Ya no nos escuchamos, sólo oímos y a saber cuántos silencios nos hemos tragado ya.
Lo del orgullo creo que lo llevamos bastante bien, sólo nos hemos tragado nueve desde ayer.
Las fotos han pasado a ser sustituidas por recuerdos. Que se borran, que se escapan y vuelan. Lejos, creo.

Y que si probamos a querernos, digo, por esto de salir de la rutina.


(Del blog: Mírame cuando no te hablo)
jueves, 21 de noviembre de 2019 | By: Magdala

I know enough´s enough and you´re leaving


Primero se desató el rencor. 
Enseguida me aferré a las ganas de olvidarte. 
Después, no sé cómo, asomó la tentación de volver contigo, tan pronto descartada. 
Por fin empezó la fiesta interminable, y reí como la primera vez, y pude guiarme por todo lo que brotaba alrededor: todo eso me atraía, me asustaba, me curaba. 
Cuando el torbellino me devolvió a casa, yo volvía a ser yo pero de una forma nueva. 
Decidí disfrutarlo. 
Dejé que pasaran los años sin contarlos. 
Al reencontrarnos, confirmé con placer que nuestro final había sido un pequeño error y también mi mayor acierto.

(Alex Pler. fuente:  Hombres encontrados)
miércoles, 20 de noviembre de 2019 | By: Magdala

Café para llevar, por favor



Ya hace tiempo de lo del café aquel que nos íbamos a tomar un día de estos para recordar con nostalgia los viejos tiempos. Aquel café nunca llegó y yo estuve esperando tu señal como una tonta, sentada en la parada de las oportunidades, a la cola de tu memoria confiando en que un día cualquiera me echaras de menos y regresaras con una especie de huevera, de esas que lleva la gente en las pelis de invierno por las calles de Nueva York, antes de empezar a trabajar, con dos o tres cafés de Starbucks para repartir por media oficina, haciendo equilibrios entre otra gente que pasea perros ajenos o monta en bicicleta por la Quinta Avenida. Me encanta esa escena que se repite en esas pelis ñoñas que veo en Navidad: cuando el protagonista entra en acción, el director cambia de plano y pide una toma de los ojos de ella cuando lo ve llegar con la huevera de los cafés calientes y amontonados en una mañana de invierno.

Esa “ella” soy yo, pero no hay huevera, ni nieve, ni cafés de Starbucks, ni gente en bicicleta. Es otoño. Llueve y tú no estás. Hoy escribo un capítulo más en mi libro de decepciones contigo. No es que duela mucho, ya no, lo malo es que me estoy acostumbrando a estos dolores pequeños, que se clavan como diminutos alfileres en  mis ganas de compartir cosas contigo. 

Es tu forma de decirme que esto se ha acabado definitivamente, que ya no sientes nada. Empiezo a dudar de si fue o no un espejismo aquello que vivimos y que no tiene nombre, pero que parecía tan, tan real...  

Sé que un día, cuando te sientas solo entre tanta gente, volverás a mí. No habrá cafés, ni nieve, ni paseadores de perros, ni amantes de la bicicleta…solo estaremos tú y yo y será un soleado día del sur, probablemente de primavera. Tú acudirás al lugar de siempre para pedirme perdón a tu manera, pero ya será tarde. En mi lugar encontrarás una nota donde leerás… “No hagas planes para el resto de tu vida, ahora te toca a ti esperarme. Lo siento querido; ahí  te quedas” .

(N.R.H.)

viernes, 25 de octubre de 2019 | By: Abril

Cómplices en desamor





"No sé en qué momento me alejé de ti
Ni cuando nos giramos para ser
El caso es que ahora somos dos extraños
En el bar del desengaño y nos falta hasta la sed"
                                                 (Vanesa Martín)


¿Qué hacemos aún juntos? Nada nos une. Cuántas veces lo hemos comentado sin llegar a un acuerdo que nos deje a ambos conformes. Sin llegar a esa tregua que nos permita un momento de calma, a esa paz interior que, con el tiempo, nos hemos resignado a perder y a donar a cambio de evitar la soledad que nos lleve al olvido.

Estamos, más que solos, mal acompañados el uno del otro. Nos toleramos, pero nada queda de aquel motivo que nos unió, que quiero seguir pensando que no fue otro más que el cariño. Pero no, sé que me engaño, porque fue tan solo una forma más de espantar el miedo al abandono.

Sé que me quieres de una manera muy particular y probablemente egoísta. Yo no te quiero y te lo demuestro cada día con señales que prefieres ignorar. Pero sigo aquí porque tengo miedo a no tener nada, a desaparecer, a volverme aún más invisible de lo que ya soy para todos, incluso para mí misma. Tú controlas los tiempos y sabes qué hacer  y cómo comportarte ante los demás para seguir pareciendo lo que no somos: felices. Pero mírame. Mírame a los ojos y dime qué queda de la pareja perfecta que éramos al principio de este cuento de hadas.

No tuvimos hijos, ni perro que nos ladre. Y eso contribuyó a acumular ese miedo que hoy anega esta tensa calma. Mi única vía de escape es pensar en él, mi amante. Pensar en el único hombre que me ha robado el corazón. Desde que se fue de mi vida camino como un alma en pena, con la insólita idea de que un día de estos abandone a su mujer y a sus hijos y vuelva a buscarme.

Yo estaba muerta a tu sombra. Él me dio la vida, pero también me la quitó. Y desde entonces sobrevivo con un hueco en el estómago que no puedo llenar con nada. Sigue en mí, pero de otra manera y me llama amiga, que es lo peor que se le puede llamar a una amante que no ha dejado de sentir aquello que le hizo volver a la vida.

Tú no sabes nada de él. Me miras con la mirada vacía del cordero que va al matadero, como si no me vieras, aunque estás acostumbrado a que mi calor caliente esta casa. Solo somos dos extraños que comparten apartamento. A veces hacemos el amor, por no hacernos la guerra y luego nos damos la vuelta. Tú para no pensar en nada y dejar que otro día se convierta en cenizas, como si todo te diese igual, caminando inexorablemente hacia el momento en que dejes de respirar. Y yo, pensando en que acabo de entregarle mi pasión fingida al hombre equivocado.

(N.H.R)
miércoles, 22 de febrero de 2017 | By: Abril

Deberías haberte muerto




Deberías haberte muerto. La gente no debería tener otra forma de irse que morirse, porque cuando alguien se muere se lleva toda la esperanza, todos los sueños y los recuerdos se purifican, como si el acto mismo de abandonar este mundo fuese parte de una santificación.
En cambio, te has ido de la forma más cruel que existe: dejando de ser la persona que conocía. Irse así lo deja a uno desarmado porque no existen causales de divorcio que especifiquen que uno puede dejar de amar a alguien porque le cambió la mirada y ahora le importa más el sexo aventurero que los domingos por la mañana.
Es un descaro. Si lo piensas bien, morirte habría sido tan elegante, para ti y para mí. Yo podría guardarte luto por tiempo indefinido y nadie andaría apurándome para que siga adelante. Mis amigos comprenderían que no pueda dejar de pensarte y no te tendrían rabia. ¿Comprendes que distinto sería a verte con la sonrisita ridícula de conquistador de barrio y esas ropas que no te sientan bien? Sería muy diferente, querido.
Otra gran ventaja es que los muertos no hablan y las palabras que nunca dijeron se recuerdan en tono solemne, investidas de un tono de sabiduría y unicidad.Como si nunca jamás un mejor ser humano hubiese pisado la tierra. El duelo es generoso. Los que se quedan vivos dejando de ser quiénes eran, se convierten en una caricatura triste a la sombra de sí mismos. Es como si el castigo por marcharse fuese perder el don de lenguas y sólo pudiesen decir pendejadas sin sentido.
Además andar por ahí vivo es invasivo, porque le roban a uno sus lugares favoritos. Uno pierde el placer de irse a desayunar en el restaurante de siempre o de andar en el parque. Pasamos a ser eternos perseguidos que no sabemos caminar sin mirar sobre el hombro, ni sin ver en todo mundo al que se fue.
Realmente tu forma de irte es bastante inconveniente, para los dos. Si en este punto ya has comprendido lo perentorio que era morirte, no vayas a morirte ahora porque seguro lo harías de una forma ridícula, para morirse hay que tener sentido de la oportunidad y bien que te falta.
Si algo te queda de vergüenza, por lo menos dedícate a ser miserable y vete desapareciendo. No hagas como el recuerdo tuyo que no sabe sino mejorar cada día.
Muérete por lo menos en sentido figurado para que yo encuentre alguna forma de seguir viviendo.

(Mariana Gámez)
viernes, 1 de enero de 2016 | By: Abril

El cofre de la memoria


Me decidí a escribirte porque me parece que en los últimos años he olvidado darte las gracias y decirte que te amo. Al redactar esta carta estoy haciendo caso omiso a las recomendaciones de mis amigas, quienes consideran que presentarse en un concurso público con una carta de amor para el ex-marido, produce en el mejor de los casos, caspa. Pero yo siento que con toda esta historia del divorcio y el trajín que significó hacerlo realidad, se han ido pasando los meses y no quisiera perder esta oportunidad. Quería decirte que somos mucho más que un hombre y una mujer que ya no lograban vivir juntos.

Ya van a ser dos años desde que empecé a embalar nuestras vidas para poder cumplirle a la pareja que decidió montar su paraíso de amor sobre las cenizas del nuestro. De todo aquello, como de un naufragio voluntario, todavía siguen apareciendo objetos que daba por perdidos.
 

De poco valieron los rollos de tirro, papel y plástico; las interminables horas dedicada a envolver meticulosamente cada libro, cada juguete, cada recuerdo y meterlos en cajas identificadas; o las cifras tan exorbitantes como injustificadas que se le cancelaron a la compañía guardamuebles. Con la misma persistencia con la que el óxido y el moho se apoderaron de nuestras cosas, así mismo la tristeza inmensa y una sensación plomiza de fracaso, se filtraron como un líquido espeso a través del papel de burbujas, que pretendía ingenuamente, amortiguar la caída y hacernos protagonistas de una separación posmoderna: sin traumas y sin dolor.
 De esos meses perdidos en los que, en efecto, dejamos para siempre de ser “nosotros cuatro” y nos convertimos en otra gente, sólo me atrevo a recordar la última tarde antes de la mudanza en el apartamento de La Castellana, cuando todos bailamos dentro de nuestro cuarto, reducido a un rectángulo semi-vacío con piso de madera: un colchón inflable tamaño King, una laptop y dos cornetas en las que un dúo formado por Juan Luis Guerra y Maná nos recordaba que fue una bendición encontrarnos en el camino. Lo demás me resulta todavía demasiado filoso y permanece confinado bajo llave, en una gaveta bien escondida en lo más profundo del alma, esperando que el tiempo y el psicoanálisis de Margarita hagan su magia. Un día quizás, esos archivos puedan ser decodificados sin causar estragos.
 
Así como aparecieron la colección de juguetes de madera y los adornos de navidad; así han venido re-flotando muchos de los recuerdos maravillosos de esos casi 16 años que compartimos bajo un mismo techo (aunque tú bien sabes que fueron en realidad muchos techos sucesivos, y cuatro los años finales en los que, como suspendidos en el tiempo, compartimos petrificados techo, pero no alcoba).

Y si bien es cierto que no todos los años fueron buenos y que las razones para no estar juntos siguen estando clarísimas, también es verdad que fuiste mi amor. El de los besos dulces y suavecitos, mi compañero, mi cómplice y el co-autor, impulsor y defensor desde siempre de Camila y Daniela, que son hoy todo lo que me importa. La buena noticia ha sido descubrir que esas memorias cálidas siguen intactas y son la cantera de nuestra relación de ahora, que aunque al añadirle el “ex” por delante machaca siempre lo que ya no somos, tiene, paradójicamente, un presente mucho más plácido que el pasado.
 
Te confieso que en las malas noches, cuando la culpa y los miedos que me habitan salen de sus cavernas y me atrapan, el saber que cuento contigo me ayuda a liberarme. Porque tú sigues siendo mi aliado, mi único socio en la empresa de la paternidad y tu presencia le añade otra red de seguridad a la peripecia de vivir en esta Caracas contemporánea. Acto que resulta a veces inconscientemente suicida, a ratos tedioso o caótico; pero siempre protegido por una magia imperceptible: como nuestro destino. Qué suerte, Marmotón, la de encontrarte justo ahí, en frente de la cartelera de aquel curso de inglés. Y de verdad, bendita la coincidencia.

(Del blog: Mil cartas de amor)

miércoles, 13 de marzo de 2013 | By: Abril

Océanos de amor


A mi esposa María:

Hoy me he reído de corazón. Te habías subido con nuestra hija a una barca en el parque de atracciones. Yo no os seguí porque sabes que me mareo con facilidad. Aunque tú tampoco estás para mucho ajetreo, te montaste en la infernal nave y aguantaste el tipo hasta el final. Pero tu cara te delataba y mientras la niña reía y reía, tú palidecías por momentos, a pesar de ese intento de sonrisa que tus labios no conseguían fraguar.

Me reí de corazón contigo y al verme empezaste también a reír. Cuánto tiempo sin compartir algo, aunque fuese una sonrisa.

Nuestra vida, como balanza en continuo tintineo, hace años que perdió su equilibrio y nuestro amor, ese amor omnipresente, exuberante, apasionado, incondicional, cedió su lugar a una convivencia decadente, monótona y falta de ilusión.

Qué cerca de ti cada noche, pero qué lejos estás de mi. Rodeada de murallas, no encuentro la llave que abra la puerta. Intento escalar tu suave piel, abordar tu nave con dulzura y delicadeza como si manejase porcelana fina pero, una y otra vez, esas olas que llegan a tu orilla, regresan vacías. Mueren en el fondo del océano y con ellas mi vida se apaga, mi deseo se diluye y mis ojos se secan.

Estoy tan solo, tan perdido, que no sé qué hacer. No sé cuándo terminará este invierno que hiela mi sangre, que corta mis alas y mina mis fuerzas.

Y, sin embargo, sigo a tu lado. Aferrado a un pequeño rescoldo que dentro de mí no se apaga, que se alimenta de una risa tuya en el parque y que aviva el amor que aún siento por ti.

(Manuel)
miércoles, 20 de febrero de 2013 | By: Abril

Lo nuestro...

 
Odio los finales desde que desapareciste de mi vida sin decir adiós. Te fuiste como una de esas canciones que terminan bajando el volumen progresivamente, repitiendo que me querías, que me querías, que me querías, sólo que cada vez más bajito, hasta que finalmente dejé de oír que me querías.

Detesto haber sido feliz en tantas partes. No me quedan lugares vírgenes de ti. Y no me gusta que me pregunten dónde estás, que por qué no viniste o que te manden recuerdos. Porque eso es lo único que tengo, un montón de recuerdos que se acurrucan en la almohada cada noche, que se esconden del frío olvido en las zapatillas que me regalaste, que se ríen protegidos en los álbumes de fotos...

Aborrezco esta ciudad porque te llevaste contigo todo lo bueno. Las calles y las esquinas, que siempre creí nuestras, resultaron ser sólo tuyas. Las plazas, también. A mí me quedó sólo el gris de las baldosas, las sombras de lo que pudimos haber sido y los besos que no te di, errantes huérfanos entre tu boca y la mía, alientos suspendidos en el aire a merced del viento y los inviernos.

Pero por más que lo intento, no consigo odiarte. Porque tus ojos, aunque no estén a mi alcance, siguen siendo el único camino que conozco para alcanzar el fin del mundo. Porque cuando casi nació nuestro bebé, las lágrimas que recorrieron nuestras mejillas fueron ciertamente eternas. Y no. No tuvimos la culpa de perder a nuestra pequeña Raquel (si era niña) o a Miguelito (si era niño). Ni tú, ni yo. Quizás fue ella, o él, quien prefirió morir en tu vientre, intuyendo que no podría luchar contra nuestras diferencias. Eso sí fue culpa nuestra. Tuya por no sonreír, mía por no saber cómo hacerte sonreír. Tuya por huir sin mirar atrás. Mía por no salir tras tus pasos.

Se nos hizo tarde entre excusas y reproches. Olvidamos soñar por las noches y el día amaneció gris. Confundimos la lluvia con los paraguas. Nos protegimos de las lágrimas y nos hicimos impermeables. Equivocamos los labios con las piedras. Dejamos de besarnos y nos abandonamos en los márgenes del camino. Traicionamos a las palabras importantes y nos fuimos como una canción... repitiendo que me querías, que te quería, que me querías, que te quería, sólo que cada vez más bajito, hasta que finalmente dejamos de querernos.
 
(Jaume Pons)

Carta de un tonto a su amada...


Segundo domingo del mes de noviembre de mil novecientos prefiero no acordarme...

Querida Analepsia:

Las noches sin ti son frías. Obvio, ya no hay quien caliente mis pies. Obvio, ya no hay quien cubra mi espalda. En fin, ya no hay nada… Sí, sé lo que estarás pensando: ¡Nunca ha habido nadie desde que nos conocemos! Al menos eso es lo que yo creía, y me hubiera gustado seguir cobijado con esa ignorancia; porque, a veces, decir la verdad duele más que si te halaran, juntos, todos los pelos de la nariz. Si extraer una sola hebra, con el cuidado de quien lleva una taza de café hirviendo sobre la cabeza, te duele hasta el culo, imaginá el resto...

Y lo que más pesa, son tus sonrisas por doquier, ahuyentando mis noches de sueño, inventando tormentas para mis ojos (suspiro). ¡¿Valdrá la pena tanto amor?!

Debo decir (decirte) que no me gusta sentir golpes en el pecho y menos cuando la estaca con la que me empalan, es tu nombre. Eso me hace sentir deshabitado, quisquilloso, molesto, ausente…

Ayer que estuve contigo, me di cuenta de que resiento cada parte de tu cuerpo (ese que está conmigo, pero sin ti), más cuando la sed de tu ausencia me inunda el sexo vil. Ahora que, llamarle vil no es gratuito: son noches y noches tratando de desprenderme de tu aliento tras mi piel, pero por más que froto, solo consigo aferrarme aún más a tu tiempo.

¿Sabés -yo sé que no sabes, pero supondré que sí-?… ¿Sabés?: me hacés falta. Me haces falta vos y tu espalda iluminada, vos y tu cama a media luz, vos y la parte de mí que se perdió en vos. Y ahí no hay vuelta de hoja. Yo no puedo ser más libro abierto, ni más hoja suelta de lo que he sido contigo. No puedo ser creador de ilusiones donde la tierra es seca y árida…

Y da rabia, rabia de sentirte ajena, de sentirme inservible. Me mirás y siento que estoy completo, como en el principio de los tiempos. Vos sos la esencia que justifica el aire que respiro, y sin embargo, de tu parte, no hay rastros de mí. Yo, al contrario, te miro y me tiemblan las ganas de besarte, de hacerte en sopa y tragarte en migajas, para que nadie se te acerque, y que sepan que me alimentas sólo a mí.

Pero volviendo al punto, mujer (aquel donde te hablo de la frialdad), la obviedad, a veces, responde a subjetividades disímiles. Y, en tu caso, mi amor (si se me permite la salvedad), la interpretación que yo obtengo de tu corazón es distinta del canto que mana de tu razón.

No es lo mismo, por ejemplo, que vaya a vos con los brazos abiertos, y que vos me recibas dispuesta a dejarte hacer, pero sin reciprocidad, a que vayas vos con las ganas traviesas y que yo te reciba con mi aliento. No es lo mismo.

Pero decíme vos si, ¿Al fin el hombre (este en particular) puede saber qué carajo quieren de él? Y conste que la interrogante tiene nombre, el tuyo: piel luna, bordes blancos, cristales ajenos y voces perdidas en el oído de otro, son las acusaciones.

Quizá acá deba detenerme y explotar, digo explicar que no hay derecho:

¡No hay derecho a que yo me consuma con el veneno de los celos, cuando le endulzas la boca a otro, a ese que acaba de regalar el mundo, con hipoteca incluida!

¡No hay derecho a entregar la pluma al olvido, por culpa de lo obvio (y que quede constancia que no es reclamo, es protesta), porque, si de amores hablamos, al que yo te profeso sólo le falta correr para tirarse bajo tus pies y evitar que estos toquen la tierra, que ya mucho ha sufrido con desamores!

¡No hay derecho a pasar noches en vela, escribiendo epístolas para un santo imaginario y absurdo, además, anotando el diario vivir de las desventuras de un acongojado corazón, sólo para que tu no te enteres del dolor que me causa tu sonrisa de “amiga y nada más”, cuando te abrazo con la nostalgia de mi cuerpo!

Porque he de recalcar que, que mis manos, cuando te tocan, no son simples sanguijuelas, prendidas de tu carne. No. Son murallas que te quieren proteger (quieras o no) de los espíritus chocarreros, como el que hoy te lame el cutis. Pero, ya sabes como termina el cuento (escrito en alguna parte está. Yo recuerdo), que siempre las almas bondadosas, como la mía, se quedan añorando bocas, como la tuya.

Ana, me gustaría seguir describiendo la parábola de tus huellas sobre mi almohada, pero, en algún momento debo dormir. Lo creas o no, el cuerpo reclama por los embates del abandono, más que de costumbre, cuando el amor se viste de sueños inalcanzables. ¡Cobardía!, dirás. Es posible, pero, ¿de quién? ¿Tuya? ¿Mía?

Sé que el dolor que me está llenado de mierda el alma, tiene un solo dueño, el que viste y calza estás mismas letras que hoy ensucian tu vista. Pero, te recuerdo, que para parirlo se necesitaron dos. Ahora, que yo nos amo, y puedo cargar con tu parte, no quiero lágrimas de culpa y menos de compasión.

En fin, hay que darle tiempo al tiempo, para que las aguas se aclaren, aún cuando la mejor forma de combatir la soledad, no sea en soledad. Sin embargo, en este momento, es lo que menos hastío me causa. Quizá si le doy tiempo al tiempo, al tuyo y al mío, algún día me reiré de la gracia que hoy te cuelga de la angelical muerte que cuelga de tus labios.

Arden. Las despedidas son así de peligrosas, de malignas y furtivas, pero eso no quita que no sean justas y necesarias. Por eso ya debo decir adiós, para irme a la cama, que, a esta hora, es tan fría como la foto que me regalaste hace tres años y que guardo bajo la almohada. Aunque, en noches como esta, suele ser buena amante.

Bueno. Salúdame al que se dice dueño del olor de tu piel.


Con la sospecha de siempre, afectuosísimamente tuyo, “el que sólo puede ser tu amigo”, o sea, yo.



Posdata:

Lo que hoy me dispongo (inventarte con mis manos), sólo es alivio momentáneo, mañana ya vendrán los olores de la culpa, nada que una ducha bien fría no pueda resolver.

Únicamente quería sentar postura y decirte que así estamos: o te pido perdón por los malos pensamientos y desando los odios (que me han salido al costo, por el individuo ese); o te pido perdón y me veo en tus ojos, sin más; o seguís muriendo, azotando, estallando, sepultándonos…

Un beso.
(Diego Murcia "Sarnahuixtli")

El hombre perfecto para ti

Solía escuchar con atención cada palabra que decías; aunque fueran vacías y sin importancia. Solía quitar el cabello de tu rostro; pero siempre dejaba uno en tus labios, a propósito; sólo porque me gustaba como te veías así. Solía decirte todo el tiempo lo bien que hueles. Solía apoyar mi cabeza suavemente sobre tu terso brazo cuando estabas ocupada escribiendo algo, porque me gusta lo suave que es tu piel. Solía besarte jugetonamente en la mejilla cuando te sentías mal; porque nadie más lo hace.

¿Y querías alguien dulce?

Cuando estaba cerca de ti, mis amigas solían mirarme con rabia. Cuando te alejabas; con lástima. Cuando me ponía de pie, alguien susurraba a mi oído las cosas más horribles de ti. Cuando daba un paso, sentía como tus pretendientes soñaban conmigo muerto. Cuando llegaba a mi asiento, mi propia conciencia empezaba a decirme que debía alejarme de ti. Cuando tomaba mi esfero, encontraba centenares de anotaciones que no recordaba haber hecho; todas decían que no debía caer en tu trampa. Cuando me cubría el rostro para pensar; algo imposible bajo el ataque de todos los que me rodeaban, decidía una vez más, igual que cada día, que debía darte... darnos.. una última oportunidad... una última más..., sin importar con cuantos tuviera que pelear; a cuantos tuviera que ignorar; cuantos amigos tendría que traicionar, sólo con la esperanza de estar contigo.

¿Y querías alguien fuerte?

Un día viniste a mí emocionada, porque alguien acababa de decirte que te amaba en francés. ¡Ja!
No sé si te lo mencioné; pero aprendí a decirte lo que siento en más de seis idiomas, mi favorito, en latín. Te lo dije una vez; respondiste que no entendías ni una palabra. Lo escribí para ti. Seguías sin entender. Te dije lo que era, palabra por palabra, y arruinaste la magia. Probablemente ya no lo recuerdas, pero yo sí. “Ab imo pectore amo te...” Tú nombre iba al final; pero no lo voy a poner. Intento olvidarte después de todo.

¿Y querías alguien inteligente?

Tú, Calíope, la musa de bella voz. Yo, Tántalo, el titán condenado para toda la eternidad a una tentación que no puede tener.
Tampoco me sorprendería si no lo recuerdas.
Es una historia que pensé para nosotros. No, claro que no. Nunca la escribí; hubiera sido un pecado hacerlo, pero la susurré a tú oído, escribí pasajes en tu mano, la vivimos cada uno por nuestro lado. El escenario principal fue la oscuridad de nuestro curso; la frialdad de tu banca y el café de tus ojos.
Cuando creía estar cerca de ti, pasaba algo y salías de mi alcance. Lo que me hacías sentir, siempre me inspiraba a escribir las cosas más sombrías... Curioso; pues la mayoría del tiempo sentía exactamente lo opuesto por ti; siempre te quise. Aquellas dos situaciones se repetían sin cesar una y otra vez. Todos podían ver claramente la monotonía, menos los personajes, menos nosotros.
Tú y yo fuimos una más de mis historias, mi favorita si me preguntas.

¿Y querías alguien visionario?

Siempre estaba ahí cuando necesitabas alguien con quien llorar; con quien desahogarte, a quien decirle que el nosecuantino es un idiota. Por ti hubiera frenado el infierno de ser necesario.

Cuando no sabías qué hacer, cuando debías tomar una decisión, o simplemente cuando estabas aburrida, era yo quien susurraba a tu oído que faltaras a clase, que copiaras en la prueba, que fueras novia de ambos, que falsificaras la firma, o que lo haría por ti.

¿Querías un caballero en armadura brillante o querías un ladrón envuelto en sombras?

Decidí que sería todo para ti. Y sin embargo, todo lo que tú veías en mí, era un juguete, ¿no?

Terminé sin ser nada, pero fue una historia divertida, que tal vez algún día escriba y que ahora quiero olvidar.

Espero que encuentres... lo que sea que quieres.

 (Joshua Aguayo)
martes, 19 de febrero de 2013 | By: Abril

Pintor de mentiras



Tu  vida  un  museo  de  ventanas  que asoman  a  mundos  creados   a  capricho,  reinos  perfectos que creíste  que  existían  olvidando  la  realidad,  olvidando  mi nombre.  Cortaste  consciente  un  extremo  del  puente  de cuerda. Demasiadas  lágrimas  por  ti. Seguías tu  camino...  Alguien  me  contaba  tus  andanzas.  Vivías  al límite, alma  salvaje,  valiente  e  indomable.

Me  fui  acostumbrando a  ver  vacío  tu  lado  de  la  cama  sin  proponerme buscar a otro que  ocupara  ese  espacio porque era imposible  encontrar un sustituto  de  ti.  Pasó el tiempo  y  yo  seguía  coleccionando recuerdos,  trocitos tuyos.  Habría  podido  hacer  algo  así como  un  puzle. 
Me  he hecho  impermeable  al  amor,  ya  tuve bastante,  sólo  pido  no  pasar  ni  una  noche  más  pensando en  ti. De  aquello  sólo  me  quedan  marcas  de  batalla,  ...  siempre  esperando a  que aparecieras.

Acabó, pero no hubo adiós. Seguiré el camino cuando recomponga mis  trocitos.  Mi  tarea  ahora:  borrarte,  aunque  duela.  
Siempre,  o  muchas  veces,  lo  impredecible se  hace  posible  y un día  llamaste  a  la  puerta  con  toques  firmes y  seguros. Confiabas  y  sabías  todo  lo  que  te  quería.  Abrí  la  puerta. ¡No  podía  ser verdad!  Deseaba  lanzarme  a  tus  brazos  y  todo  cambió en cuanto te vi. En  un  segundo  pensaba  de  otra  manera  y me abrazaste y nos tomamos un café y me contaste que no te quedarías mucho tiempo pero, con esa crueldad tan tuya, me  ofreciste  tu  amor  mientras  estuvieras  aquí. 
No  habías  cambiado...  ¡Vete,  quiero  que  te  vayas  ahora! grité  enloquecida. Estas  palabras  las  estuve  repitiendo en  mi  cabeza largo tiempo  después  de tu  marcha...otra vez  me  encontraba  en  el  punto  de partida,  otra  vez,  pero  peor que  antes,  con un  dolor  multiplicado.  
Ya no  queda  más  por decir... sólo borrarte aunque duela...

lunes, 18 de febrero de 2013 | By: Abril

Si tu odio es tan fuerte...



Ya sé que me odias, pero no te preocupes que no me voy a morir. Hace pocos meses habría sido una blasfemia escribirte esta carta, sin embargo ahora necesito redimirme y soportar tu rencor con la entereza de un capitán que se hunde con su barco. Desde que te abandoné me siento un Judas eligiendo el olivo adecuado para colgarme. Es curioso que sea yo quien te dedique estas palabras tatuadas en papel, pues la literatura y la amistad siempre fueron tus armas contra el mundo; las mías, por desgracia y a temprana edad, siempre fueron la guitarra y la jeringuilla.

No, no te preocupes, que por mucho que me odies no me vas a matar. Es cierto que fui yo quien empezó, aunque para alguien anclado en la amargura de la adolescencia todo lo bueno es malo y todo lo negro es negro. Te empeñaste en verme como un niño a pesar de que golpeaba como un hom-bre. Y sí, admito que me costó arrancarte ese síndrome del Príncipe Azul que sufrías por mí, yo nunca seré tan inocente, tan honesto ni tan listo por mucho que me observes con tus dioptrías de amor. Pero al final lo comprendiste. Los toreros y los valientes llevan en el pecho las cornadas de la vida, solías decir. Pues bien, yo ni era valiente ni torero ni tenía cornadas en ninguna parte. En todo caso sería un banderillero sin arrojo, primero pinchaba y después corría, yo tiraba la primera piedra y escondía la mano para agarrarme el paquete y hacer gestos obscenos. No había manera. Yo estaba orgulloso de mi lado oscuro mientras tú te empeñabas en alumbrarme con las luciérnagas de tus pupilas.

Aún recuerdo aquel pueblecito a donde fuimos a vivir juntos. ¿Cómo se llamaba? Lo tengo en la punta de la memoria... ¡Frigiliana! Se llamaba Frigiliana. Qué lugar tan reposado, tan rústico, tan blanco. Sí, demasiado reposado, rústico y blanco para mi desfachatez, mi urbanidad y mi mirada sombría. Era el sitio perfecto para una escritora que necesitaba tranquilidad e inspiración, el purgante cáustico para domar mis ímpetus de rebelde-sin-causa. Tú siempre tuviste el amor y el dinero; yo la avaricia y la mala hostia. El destino, tú y yo formábamos un triángulo equilátero con las puntas cimbradas, un precario equilibrio de voluntades donde tenías que hacer malabarismos para evitar la caída mientras yo te movía el alambre deseando que cayeras. A veces te espiaba a escondidas cuando tecleabas sin descanso en tu vieja Underwood, tac tac tac, el carrete de la máquina de escribir se deslizaba veloz y en el folio virginal las palabras adquirían sentido al estampar el último carácter, tac tac tac, transcribías los manuscritos de tus novelas casi a vuelapluma y un extraño cariño entremezclado de aversión se enroscaba en mis tripas, tac tac tac. Me encantaba esconderte objetos para que desesperaras en su búsqueda, Pero si lo había puesto aquí, repetías con un tino de asombro al tiempo que yo recriminaba tu estupidez. Un bello crepúsculo, en aquella azotea de baldosas rojas desde donde se oteaba el mar poniendo la mano de visera, me leíste unos versos de Pesoa: ... A veces, y el sueño es triste, / en mis sueños existe / lejanamente un país / donde ser feliz consiste / solamente en ser feliz. Mi sonrisa de burla fue un insulto demasiado cruel para tus poetas muertos... Y jamás volviste a recitarme algo hermoso. Pero no, no te asustes que no me voy a morir sin que me vuelvas a odiar.

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Cinco? ¿Diez años? Hace tiempo que el tiempo ha dejado de ser importante a mis pies fugitivos, a mis ojos vagabundos. Te abandoné aquella noche de San Juan porque tenía la certeza de que te dolería más de lo imaginable. Me llevé la chupa de cuero, la guitarra y un fajo de billetes hurtado de tu bolso, y allí se quedaron, sobre la encimera de la cocina, un folio en blanco y una estilográfica que me regalaste, para que supieras que no me olvidé de despedirme sino que no me despedí porque no quise hacerlo. Y todo sucedió muy rápido. Tal vez demasiado. Las puertas del paraíso que me negabas se abrieron ante mí como la boca del infierno: el triunfo con la banda fue fulgurante, el primer disco se vendió igual que migajas de pan a la puerta de un hormiguero. Rock&Roll, chicos guapos y cuerpos musculosos. Lo teníamos todo y lo sabíamos. En los estadios a reventar la gente gritaba nuestros nombres y las adolescentes –un manojo de histéricas locas por arrancar una mirada de sus ídolos- nos arrojaban sus números de teléfono serigrafiados en los sujetadores, una deliciosa lluvia de seda perfumada que atesorábamos como una colección de mariposas. Fue nuestra época de gurúes irreverentes. Veinticuatro horas para emborracharte con champán y cerveza; veinticuatro horas para saltar sobre la cama de un hotel hasta que te dolían las piernas; veinticuatro horas para esconder a todas las muchachas de la ciudad bajo los edredones; veinticuatro horas para enloquecer con la música a todo volumen; veinticuatro horas para vivir la vida en un día... Pero a veces me acordaba de ti. En los momentos menos sospechosos y más delictivos. Escuchaba el eco de tu voz en las cuerdas de mi instrumento y yo me negaba a tocar justo antes de comenzar la actuación. Mis compañeros se ponían furiosos conmigo y el público se enardecía por la tardanza. Entonces nos peleábamos a puñetazo sucio en mitad del escenario y por fin comenzaba la función. Aquellas noches que me rondaba el lobo de tu recuerdo el concierto salía redondo... Y la borrachera duraba más. Al despertarme al día siguiente tenía un nuevo tatuaje que había florecido en mi piel: una garra del diablo que atenazaba mi corazón, una gárgola cuyas alas de murciélago se extendían por mi espalda, un dragón a un lado del cuello, un puñado de demonios enroscados en los brazos...

Al cabo de dos años la banda se desmoronó. Las drogas y la soledad cogieron brutalmente las riendas de mi vida y domaron mis ímpetus salvajes. Es gracioso, soy el rey Midas del rencor y todo lo que toco se convierte en orines fermentados. Por eso me fui de todas partes, desde entonces he dado tantas vueltas al mundo que estoy mareado de dormir al amanecer y hacer el amor a mediodía. He aprendido tantas cosas que ahora conozco el valor de la ignorancia. Tú tenías razón en todo y yo me equivocaba en el resto. No, ya no me quedan fuerzas para hacerme el tipo duro, ya sólo me queda tu odio. Tengo treinta años y sigo siendo el mismo adolescente sin autoestima, peor aún, un adolescente avejentado que perdió el único sueño por el que merecía la pena luchar. Siempre me he despreciado a mí mismo, y ahora me aferro a tu inquina como un epitafio de boj: Los viejos roqueros nunca mueren... Pero en ocasiones la inmortalidad es demasiado corta.

Tengo cáncer de estómago. Sabía que estaba podrido por dentro, pero no tanto ni tan pronto. Deberías verme y echarte a reír, la agresiva quimioterapia me despiojó cada pelo de la cabeza hasta dejarla igual que una canica de vidrio, mi cuerpo es un tallo de junco incapaz de caminar sin ayuda y mi incontinencia urinaria es comparable al Manneken Pis. Sí, deberías venir y señalarme con el dedo como a un monstruo de feria. Pero no te preocupes, que por mucho que me odies no me vas a matar.

Nunca he pedido perdón. Para que me perdonaran todos a los que hice daño -¿existe algún pecado del que no podamos arrepentirnos?- tendría que besar muchos culos y derramar muchas lágrimas de cocodrilo. Pero contigo es diferente. No me cuesta llagarme la boca y pedirte perdón mil veces mil. Porque quiero volver a besarte. Quiero volver a pasear juntos por los cerros de Frigiliana. Quiero leer tus novelas y sentirme orgulloso de ti. Quiero abrazarte y derramar en tu cuello las lágrimas que me tragué por ser hombre. Quiero sentir tus manos. Quiero volver a oler tu cabello. Quiero que me regales un ramo de rosas. Quiero, quiero, quiero... Quiero que tu odio sea tan fuerte.

Los enfermeros ya terminaron de prepararme. Me han dedicado las mismas palabras de aliento que se repiten como un bocadillo de ajo, paciente tras paciente. Mañana será la operación. No sabes con qué anhelo desearía verte al abrir los párpados. Pero, en fin, si tu odio no es tan fuerte no te preocupes, seguro que nos volvemos a encontrar en los sueños de Pesoa, en ese país donde ser feliz consiste solamente en ser feliz. Si del amor al odio sólo hay un paso, por favor, da un saltito hacia atrás y búscame otra vez en las páginas de tu corazón. Te quiere, tu hijo Néstor.
(F.J. Lobillo)

Nota: Carta ganadora del premio del público del V Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.
domingo, 5 de febrero de 2012 | By: Abril

Paréntesis

Camino despacio haciendo memoria, porque ahora mismo para mí tú eres sólo melancolía. Amarga melancolía que trago como quien traga la medicina para el dolor de pensamientos. Me duele pensarte todavía. Si quisiera olvidarte sin duda podría hacerlo, al menos eso cree mi autoestima, pero prefiero que seas un paréntesis en el relato de mi vida, una nota aclaratoria a mi estupidez reiterada. Así podré castigarme acordándome de ti siempre que vuelva a sentirme culpable. La ciudad huele a castañas asadas porque ya es otoño y si por mí fuera no volvería a tener primaveras, pero pensándolo mejor, me gusta imaginarte muerta en mi corazón, llevándote flores que calmen mi conciencia y sin primavera, no tendría flores que llevarte. A pesar de todo sé que sólo es un mecanismo de defensa porque nunca podré matarte de mis pensamientos, echaste raíces. Siempre dijiste que era un sarcástico con mala sombra y escaso sentido del humor. Ya sabes que yo pensaba de ti que eras un ser carente de sentido del amor. Además, tal vez tenga mala sombra pero recuerda que para tener sombra, mala o buena, primero tienes que lucir. No estoy resentido, aunque te lo pueda parecer, sólo es que mi dolor tiene memoria y a veces le ruego al cielo que enferme de amnesia permanente pero, ya ves, no siempre se tiene todo lo que se quiere. Te desearía lo mejor, pero he de confesar que no soy tan buena gente, por eso sólo te deseo que te ocurra en cada momento lo que me haga sentir mejor en cada instante. Estoy en la fase en la que todavía disfruto con tus miserias. Al fin y al cabo si yo me tragué tus mentiras no debería molestarte que yo te vomite mis verdades. Desde que te fuiste sufro ataques repentinos de sinceridad, me lo estoy mirando. Pues eso, querido paréntesis, que estaba pensando en ti mientras camino despacio por la ciudad. Hace frío y me duele pensarte, pero albergo la esperanza de que bajen las temperaturas y se me congele tu recuerdo al menos por unos instantes.
(José Enrique)
domingo, 13 de febrero de 2011 | By: Abril

Cómo erigir un altar en una nevera vacía


Si te lo contase, sin duda lo encontrarías del todo absurdo; en los últimos tiempos, encontrabas absurdas la mayor parte de las cosas que yo hacía o decía, aunque no podría reprocharte que te burlases de esto, pues yo mismo lo encuentro disparatado; el caso es que, desde que te fuiste, no he vuelto a llenar la nevera.
Admito que detestaba esa manía tuya de mantener la nevera repleta, en especial por verme siempre obligado a comer aquello que, con tu carácter previsor, me indicabas –antes de que se estropease– en lugar de lo que me apetecía, de continuo sometido a la tiranía de las fechas de caducidad. No dejaba de tener gracia que, a pesar de poseer, en vez de nevera, una suerte de cuerno de la abundancia, no pudiese elegir, dado que, en toda ocasión, había algo a punto de echarse a perder. Odiaba con saña tener que comerme tus yogures desnatados y tus kiwis reblandecidos, y la mera vista de la nevera me provocaba nauseas.
Soy consciente de la mezquindad del acto, mas no puedo negar la satisfacción, casi mística, que me embargaba, después de que me abandonaras, cuando abría la nevera y descubría algún artículo que comenzaba a pudrirse o que había superado la fecha de caducidad y lo arrojaba a la basura; sentía como si, al deshacerme de manzanas podridas y limones mohosos, me estuviese librando de tu recuerdo, que me dolía como una muela recién arrancada. Lo único que no me atreví a tocar fue el paquete de salmón ahumado: nunca me había gustado en particular, si bien tú me hiciste aborrecerlo; te empeñabas en comprarlo alegando que venía bien tenerlo porque era muy socorrido, y al final siempre tenía que acabar comiéndomelo yo para que no caducase. El paquete yacía sobre una abultada pila de quesitos, salchichas de Frankfurt y embutidos loncheados envasados al vacío; de algún modo, se las apañó para arrojarse de las alturas y había acabado apoyado, casi en vertical, sobre el fondo de la nevera, y el frío hizo que terminase adhiriéndose a él. Al principio, su tacto me inspiraba aprehensión y procuraba evitarlo cada vez que tenía que coger algo en sus inmediaciones; no obstante y en último caso, no pude desprenderme de él, pues era como deshacerme de manera definitiva de ti, algo para lo que entonces no estaba preparado, y todavía sigo sin estarlo.
Aun así, el proceso de vaciado era dolorosamente lento, y tuve que acelerarlo consumiendo primero aquellos artículos que aguantarían más, por lo que de nuevo estuve sometido a la dictadura del calendario, esta vez de modo inverso. Creo que fue en ese momento cuando adquirí la determinación de no introducir nada nuevo en ella. Desde entonces, desayuno fuera de casa, ya que, en cuanto que abro un paquete, la leche se me agria de un día para otro, y me has contagiado tu estúpida prevención por lo que respecta a desperdiciar los alimentos; las veces que no como en algún bar, siempre consumo latas o productos que no precisen ser conservados en frío.
No deja de ser irónico que las cosas que más añoro de ti sean los detalles que entonces me enervaban de modo casi intolerable. Antes de que te instalases conmigo, mi vida transcurría en un desorden organizado; cierto es que abandonaba las cosas de cualquier modo: la chaqueta sobre la cama o las llaves sobre la cómoda, mas lo hacía siempre en el mismo sitio. Tu llegada trajo consigo una suerte de orden caótico: colocabas todo, aunque sin lógica alguna y cada vez de un modo distinto, y de continuo debía preguntarte dónde habías puesto tal cosa o la otra. Ahora, cada vez que voy a coger las llaves y las encuentro sobre la cómoda, me embarga una profunda decepción y, no lo negaré, una punzante desazón.
Te marchaste de improviso, llevándote apenas tu presencia y tu ropa, y, eso sí, todas tus fotos, como si pretendieras borrar por completo la menor evidencia de tu estancia conmigo. Reconozco que en el transcurso de la última semana apenas nos habíamos dirigido la palabra y, en las escasas ocasiones en las que lo hicimos, siempre fue para causar daño, pero la vista de los marcos vacíos fue un golpe demasiado duro. Ahora, la nevera se me antoja uno de esos pequeños altares de madera que, durante mi infancia, los vecinos se iban pasando de casa en casa y que contenían una imagen de la Purísima. Cuando nos tocaba el turno, mi madre lo colocaba sobre el recibidor, depositaba unas monedas en la caja que formaba su base y, delante de él, encendía dos pequeñas velas recubiertas por fundas de plástico rojo, que matizaban su luz. A falta de otra imagen que contemplar, ya que te las llevaste todas, a menudo me quedo extasiado observando el paquete de salmón, caducado desde hace más de once meses, a veces durante horas seguidas, pese a que la nevera se queja con su insistente pitido y no me deja concentrarme en la autocompasión tanto como quisiera.
A principios del mes pasado, el hecho de tener la puerta cerrada me causaba intranquilidad y remordimientos, por lo que acabé por desconectar la nevera y, desde entonces, la puerta siempre permanece abierta. Hace un par de semanas, el paquete de salmón comenzó a hincharse. Al principio engrosó con timidez, pero desde hace dos días semeja un globo y, aunque parezca irracional, no puedo pegar ojo en toda la noche pensando en la posibilidad de que llegue a reventar y, a cada momento, me levanto para comprobar si sigue intacto.
A tu marcha, no dejaba de maquinar todo el día; pensaba en qué podía hacer que te causase tanto daño como el que yo estaba padeciendo. Tuvo que transcurrir bastante tiempo, al menos cuatro meses, hasta que abandoné esa absurda obsesión. Te vi por la calle en compañía de otro; no sé a ciencia cierta si era el que ahora ocupa mi lugar, pues ni siquiera ibas cogida de su brazo, tal como te gustaba hacer conmigo, si bien charlabais animados y reías; cualquiera que te viese pensaría que eras feliz; no como yo. Entonces comencé a elucubrar sobre cómo podría lograr que te murieses de ganas de volver conmigo, aunque nunca di con nada que me convenciese de modo medianamente serio.
El jueves pasado me enteré de que te vas a casar; me encontré con tu amiga Laura en el supermercado y me lo espetó sin tan siquiera tratar de disimular un poco y darle a la noticia un aire casual; en sus ojos brillaba la malicia y, después, cuando comprobó cómo la había encajado, una ostentosa satisfacción. En un primer momento, el impacto me dejó vacío y sin capacidad de reacción, como cuando te propinan un puñetazo en el la boca del estómago y te quedas sin aire y, por más que intentes respirar, no logras llenar los pulmones y lo único que consigues es boquear como un pez.
No dudé en insistir, presionar y suplicar a todo el círculo de amistades comunes para procurar averiguar algo más; así me enteré de que él era un compañero de trabajo, además de simpático, divertido, sensible y comprensivo, todo lo que yo no era. Laura me llamó por teléfono: se había enterado de que andaba realizando indagaciones y quería ser ella la que me contase todos los pormenores de la futura boda, incluida la despedida de soltera que ibas a celebrar esa noche. No pude evitar presentarme allí; sabía que era absurdo e inútil, pero no fui capaz de abstenerme. Cuando me vi delante de ti, después de más de un año, podía haberte arrojado una de esas frases ingeniosas y zahirientes que había estado preparando durante todo este tiempo, o me podía haber arrodillado y haberte suplicado y mendigado que volvieses, pero me limité a disparar una foto y después me marché. Nada más llegar a casa, la imprimí y la pegué sobre el restallante paquete de salmón.
Ayer por la tarde, cuando pasaba junto a la nevera, me volví frente a ella e inicié una genuflexión. Estoy casi seguro de que no fue más que un acto reflejo, recuerdo de la infancia y de los dos años que fui monaguillo, pero el caso es que el hecho me produce una inquietud indescriptible y no he podido dejar de pensar en ello durante todo el día. Ahora mismo, estoy mirando tu imagen y siento unas ganas incontenibles de persignarme.
Y es posible que acabe haciéndolo.

(jcgarrido, Foros Mujer Chic Magazine)
lunes, 1 de febrero de 2010 | By: Abril

El día en que perdí la voz


Querido Miguel:

Le he dado mil vueltas a este inicio de carta y todas mis vueltas acaban en el mismo sitio: la papelera. Nunca he sabido contarte cómo me he sentido en estos años a tu lado. Lo cierto es que cuando tienes la voz apagada y el ánimo disperso, y además vives a la sombra de alguien como tú, con tu físico de galán latino, tu saber estar y tu vasta cultura, hablar contigo no resulta fácil. Y mira que lo intenté y volvía intentarlo una y otra vez durante todos estos años que he vivido contigo…
Y así fue pasando el tiempo; tú siempre tan dispuesto a comerte el mundo, tan confiado de tus logros y de tu valía, tan orgulloso de tus proyectos y tan seguro de ti mismo en cada gesto, en cada palabra…Yo, en cambio, fui poco a poco perdiendo la poca voz que heredé de mis padres, y un día, sin saber cómo acabé perdiéndola definitivamente. Dejé de hablar una tarde y tú ni siquiera te diste cuenta hasta el tercer día…Yo no dije nada, no podía, pero tampoco tenía nada que decir. Al parecer, según los especialistas que me vieron, eso es algo muy habitual entre las personas que crecen a la sombra de otras. Y eso es exactamente lo que me pasó a mí. Me convertí en una "mujer-hongo" el mismo instante en que te conocí. Te admiraba tanto que no quería interrumpirte cuando dabas aquellas charlas tan brillantes en medio de auditorios cada vez más abarrotados de seguidores. Yo te envidiaba y me sentía extrañamente partícipe de aquel éxito tuyo. Más tarde comprendería que tu éxito no tenía dos dueños. Y yo, ingenua de mí, pensaba que sí…
Al principio intenté seguirte en esta carrera, porque creía que me necesitabas a tu lado; pero pronto me di cuenta de que nunca has necesitado a nadie. Por eso un día dejé de correr, porque no podía seguir tu ritmo y porque, cuando me miraba en los espejos dejaba de reconocerme…
Coincidió con que noté que tú habías dejado de escucharme. Por eso, cuando llegó el día en que perdí la voz, tú no te diste cuenta hasta pasado algún tiempo. Empezó entonces mi recorrido por todas las consultas de logopedas, otorrinos y psicólogos de la ciudad y después del país. Ninguno encontraba una explicación lógica a lo que le había pasado a mi voz. Hasta que un día, cansada de que fueras mi interlocutor delante de la gente, pronuncié las últimas palabras que escuchaste de mis labios: “Querido Miguel: No hablaba porque no tenía nada que decirte. Pero en este momento esas palabras han llegado a mi boca como una inspiración. Te dejo. Me he cansado de vivir a tu sombra. Quiero volver a reconocerme en los espejos y si te tengo delante no podré verme en ellos. Tú nunca me has necesitado a tu lado. Si acaso sólo para apoyarte en mi baja autoestima. Por eso hoy he decido hablar para decirte: adiós y hasta siempre…”
Por primera vez, permaneciste callado escuchándome. Lástima que tu silencio llegara demasiado tarde.

(La Dama)
miércoles, 28 de enero de 2009 | By: Abril

El Poeta Asesinado


La verdad es que desde el principio me caíste mal. Dijiste que eras poeta y pensé, esto ya se jodió. No me malentiendas, me encanta leer poesía y aprenderme poemas; a veces hasta me levanto recitando, depende de mi humor, y de los temas que me rondan por la cabeza: esta mañana te sorprendo con el rostro tan desnudo que temblamos, sin más que un aire de haber sido y sólo estar, un aire que te cuelga de los ojos y los dientes.

O si me siento más ligera de espíritu: Rilke, ella dijo, ¿no adoras a Rilke? No, dije, me aburre, los poetas me aburren, son mierdas, caracoles, pedacitos de polvo en un viento barato. Yo pienso casi lo mismo, pero con una diferencia, me aburren los poetas de carne y hueso porque son muy sensibles y ver la sensibilidad a todo color es desagradable. No es que me moleste mirar dentro del corazón abierto de alguien; es algo que hasta cierto punto admiro. Me gusta, por ejemplo, la sensibilidad de Van Gogh al pintar su noche estrellada. La sensibilidad que mostró Mozart al componer su vigorosa marcha Turca. ¿Se entiende mi punto? Pero, por Dios, no me jodas mostrándome la tuya a cada instante. No me dejas caminar tranquila por la calle porque te la pasas extendiendo tu dedo índice frente a mí para que vea un árbol, una fuente o niños jugando en la banqueta. Sí, muy lindo, sí, ¿pero qué esperas de mí? No me parece nada extraordinario. En cambio tú te sueltas hablando de la naturaleza, del viento que mece al mundo, de la enorme suerte que tenemos de escuchar el canto de los pajaritos, y te juro que no puedo soportarlo y quisiera que en la próxima calle que crucemos te atropelle un carro. Claro que no te deseo nada grave; me conformo con que no puedas hablar por unas cuántas semanas o que pierdas la memoria y se te olvide que eres poeta.

Lo que nunca me voy a perdonar es haber compartido contigo una de mis composiciones favoritas, porque ahora, cuando me atrevo a volver a ponerla, siento que una enorme mancha atraviesa las notas. Te conocía poco, es verdad, y nunca me imaginé que fueras a reaccionar de esa manera. Encendí el aparato y empezó a escucharse la melodía. Vi tu rostro y pensé asustada: ¿por qué tiene esa cara de idiota? Habías cerrado los ojos y un gesto de éxtasis de retrasado mental ocupaba tu rostro. Ése fue sólo el inicio del horror. Cuando terminó la música abriste los ojos y dijiste que los violines se te metieron en la carne, que el piano todavía vibraba en tu alma y que sentías que la música te quemaba sin hacerte daño. Basta, pensé, basta. Todo lo demás lo escuché bebiéndome un vaso repleto de ron.

Desde ese momento creíste que nuestras almas se parecían. No había día en que no me invitaras a caminar para observar la vida, o en que sin que viniera al caso te soltaras recitando un poema, o me hicieras saber que el mundo entero te conmovía a cada segundo, desde una hormiga hasta la sombra que proyectan los edificios. No había manera de que la poesía dejara de navegar por el torrente de tu sangre. Eso lo dijiste una vez pensando que ibas a impresionarme.

Unas semanas después me mandaste una carta. A mí nunca nadie me enviaba cartas, por eso me tomó por sorpresa encontrarme con una en el buzón. Al ver quien era el remitente me desilusioné un poco, pero luego me sobrepuse y pensé: bueno, una carta es una carta. Me senté en el patio a leerla y fue como si estuviera contigo caminando por la calle, escuchando todas las estupideces poéticas que te provocaban la contemplación del mundo y sus criaturas. Al final te despedías diciendo que: el gozo de mirarte hace que mi corazón se cubra de primavera. Me quedé un rato con la vista fija en la frase, luego no pude más, me doblé en dos y me carcajeé hasta que me dolió el estómago, el pecho y la mandíbula.

No mencioné la carta cuando volví a verte y yo notaba que querías que comentara algo. Entramos en una librería y anduvimos recorriendo los pasillos donde se encontraban los libros de poesía. Mira, dijiste, cartas a un joven poeta, es un libro magnífico. Y después; mira, la correspondencia entre tal y tal poeta. Sí, contesté yo, eso sí que debe ser interesante, porque luego hay cada cosa que quieren hacer pasar por una carta y resulta que es una mierda y además salpicada de poesía barata. Me miraste fijamente, ¿cómo cuál? Me adelanté y fingí ver los títulos de unos libros. Te acercaste a mí y volviste a repetir la pregunta: ¿poesía barata como la de quién? Qué se yo, respondí, hay muchos malos poetas en el mundo, ¿no? Sí, dijiste, pero quiero que me digas cuáles son esos poetas que consideras malos. Me hice tonta y seguí caminando por el pasillo hasta que di con el título de un libro que me llamó la atención: el poeta asesinado. Te paraste a mi lado y de nuevo repetiste la pregunta y me imaginé que dentro de unos segundos el canto de los pájaros, el viento, los cálidos rayos del sol, el olor del césped recién cortado, todo ello se incineraría en tu mundo en cuanto yo pronunciara tu nombre.

(Claudia Reina)

Carta finalista del VII Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor

Desamor y Paella para dos


Hoy hace justo seis meses que me dejaste. Viniste a verme una tarde a casa y lo soltaste así:

-“No es culpa tuya. No es que hayas perdido tu encanto, es sólo que ya no sé verlo más. Lo siento. Para mi también es difícil”.

Y te fuiste de casa mientras yo me quedé preguntándole al atardecer:

-“¿Y para quien cocino yo las paellas ahora?”

Así se terminó un mes de amor. Un mes para amarte y seis para tratar de olvidarte. Aunque fue el mes más hermoso de mi vida...Al principio no me apatecía quedar contigo; eras rubio y pálido, y los “guiris” no son mi tipo. Pero no tenía nada mejor que hacer aquel sábado, así que fui al cine contigo. Total, que al final contaba las pecas de tu cara como si fueran pepitas de oro. Y me enternecía con tus dulces frases de amor en alemán, de las que no entendía ni una sola palabra.

Un mes de amor y seis de dolor...Al día siguiente de tu abandono empecé a deshacerme en lágrimas. Acudían a mis ojos como un torrente. Sentía un deseo incontenible y doloroso de llorar. Lloraba en los momentos más inoportunos: en el trabajo, en el autobús, en el fútbol. Mezclaba mis lágrimas con la sopa, con el agua de la ducha, con la lluvia, con el infinito mar...Lloraba con el canto del gallo, al mediodía, y todas las tardes al las 20:17 h.(la hora exacta en que me abandonaste).Y siempre repetía entre lágrimas, como dice la canción: “Dime cariño ¿Qué fue lo que hice mal?

De haber almacenado mis lágrimas, hubiera podido hacer cafés, regar las plantas y poner lavadoras con ellas...

Me ha visto llorar la Luna, el repartidor del butano, el ratón del ordenador y hasta el hombre del tiempo.

Eso fue hasta hace dos días, como aquel que dice. Hasta que mi corazón quedó sepultado bajo el agua, como un arrozal donde los pájaros se detienen a beber.

Hoy te he vuelto a ver, al cabo de seis meses justos; ibas cogido de la mano de tu nueva ilusión. Igual que me llevaste cogida a mí durante un mes.

Pues no. No. NO. Esta vez no he llorado al verte. Ni lo volveré a hacer más. Quizá alguna noche de invierno, cuando me sienta sola en la oscuridad. Pero serán lágrimas dulces y serenas. Como el rocío. Como el amor que te tuve. Ese amor que no supiste apreciar.

¡¡¡Hay que ver las paellas tan ricas que te has perdido!!!. Por eso... sí merece la pena llorar.

(Carmen Bañuls Torres)
martes, 25 de noviembre de 2008 | By: Abril

El Diario de Lucía Maraver


Querido diario:

Hace tres años que no escribo. Hace tres años me fui de viaje en busca de la felicidad y haciendo autostop hacia el país de los sueños conocí al hombre perfecto, Amor nº 14. Para castigarlo por haber tardado tanto tiempo, me casé con él. Es maravilloso, más de lo que nunca pude imaginar. Tan perfecto como los castillos de arena que fabrica para mí. Acabo de hacer dorada a la veneciana, en estos años he aprendido a cocinar. Ya no veo la tele nunca. Aborrecí los programas que veía, porque cuando los ponía era una pelea continua con Amor nº 14. No quiero que se enfade conmigo. No he aprendido nada. Actúo igual que lo hacía con los anteriores. Siempre he tenido miedo al abandono. Ese es un trauma que jamás superaré. Se lo debo a mamá, pero ella ya no lo recuerda…
Enciendo el ordenador todos los días. Varias veces. Estoy enganchada y esa es mi única adicción. Escribo mientras pienso y no sé muy bien qué pongo.
En la habitación de la hija que nunca tendré hemos instalado la biblioteca. El saber ocupa mucho espacio en esta casa. No es un hogar, es sólo una casa bonita en una urbanización de lujo. Amor nº 14 no echa en falta a la hija que nunca tendremos, sólo yo pienso en cómo sería su vida, de haber existido. No veo su cara, pero sí una cuna preciosa en forma de nuez gigante. Creo que voy a separarme. Acabo de redactar una decisión antes de haberla tomado. Voy a sacar a mi hija invisible de su preciosa nuez gigante y me voy a marchar por la puerta. Amor nº 14 no se merece esto. Es una buena persona. No tiene aristas, es lineal y previsible. Sé que lo pasará mal. Pero voy a dejarle. Hay más. El-imaginario-hombre-casi-perfecto ha estado estos días rondando por mi vida. Y me han entrado las dudas. No lo niego.
El caso es que vuelvo a casa. Ya no me reconozco en los espejos y eso me afecta. Tengo que volver a encontrarme.

Lucía

(La Dama)
viernes, 14 de noviembre de 2008 | By: Abril

Carta a Luis


Madrid, 1 de noviembre de 2006

Querido Luis:

Hace una semana me decidí a abrir la caja de recuerdos de nuestra relación y los papeles que sólo estaban impresos por una cara, empecé a usarlos como papel reciclado.

Hice dos montones. Uno lo dejé en la cesta de mimbre del salón donde antes dormían apiladas las revistas viejas. El otro me lo llevé a la oficina y lo coloqué en una bandeja encima de la cajonera.

Sobre el programa del Réquiem de Verdi que vimos en Praga, tomé algunas notas en la reunión de tráfico de los lunes.

En la servilleta del bar de Malasaña donde nos enrollamos, hice unos dibujos tontos mientras hablaba por teléfono con un proveedor.

Sobre la factura de la casita de Cabo de Gata a la que fuimos en Semana Santa, apunté la lista de la compra.

Detrás de la foto de Carnavales, en la que íbamos disfrazados de Adán y Eva, escribí "Miércoles 15, dentista a las 16:30".

Sobre el e-mail que me mandaste para darme ánimos cuando murió mi perra, apunté una receta de merluza con salsa de pimientos que descubrí en un programa de la tele.

En el reverso de la entrada del concierto de Madonna, le dejé escrito a la asistenta que, por favor, comprara ella los productos de limpieza.

Detrás del post-it que me dejaste en la puerta del frigorífico con un corazón atravesado por una flecha, tomé nota de los números ganadores de Euromillones. Sobre la carta en la que me decías que no podías vivir sin mí, apunté el teléfono de un chico que conocí en la fiesta de cumpleaños de María.

La montaña de papeles de la oficina se acabó rápido. La de casa va por el mismo camino. No sabes lo bien que me siento después de haber contribuido a la preservación del medio ambiente.

Un beso. Cristina.

(María Jesús Baratas del Pozo. Carta finalista del VI Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor)
lunes, 10 de noviembre de 2008 | By: Abril

Carta de un Minuto


Hola Javier:

Te escribo desde el aeropuerto, camino de Senegal (al final conseguí la Beca del Ministerio) y dejo muchas cosas atrás. Algunas las he dejado cerradas, otras están esperando mi regreso, como el equipo del hospital, y otras, se quedaron en el aire. Ya sé que fuiste tú el que me dejó hace tres meses, y quizás me esté costando olvidarte.

Pero es este alejamiento el que me da la fuerza para decirte las cosas que no te dije en su momento, y es que no le temo ya a nada. Por eso te puedo decir con auténtica franqueza que te desprecio.

Si, te desprecio por negarme los cafés de por la mañana en nuestra cama, por quitarme el roce de tus manos al apartar un mechón de mi cara, por cerrarme tus ojos y no poder ver ya nada sin ellos, por robarme besos en el pasillo del hospital, por alejarme de tu cara, por dejarme vacía si no estás dentro de mi. Te desprecio por hacerme llorar, por el frío durante estos tres meses, por la mudez de mis labios secos, por la cojera de mi corazón, por la soledad en las sábanas, por la angustia en los pasillos, por la pena de cuatro años y este final. Te desprecio porque Madrid ya no es igual, por mis amigos que eran todos tuyos, porque la pasta al pesto me sabe rancia, porque las butacas del cine son incómodas sin tu hombro al lado. Te desprecio por los hijos que no hubo, por las vacaciones que nos faltan, por no tener una hipoteca conjunta, porque me vas a faltar el resto de mi vida.

Me voy, están avisando mi vuelo, no sé si me dejo algo más, pero creo que es suficiente para decirte como me siento. No espero saber nada de tí, como tú ya no sabrás nada más de mi. Sólo quería decirte que todo lo que te desprecio es por todo lo que te amé.

Simplemente,

Ana

(Mónica Cuesta. Carta finalista del II Concurso Antonio Villalba)