Mostrando entradas con la etiqueta Admiradores y Pretendientes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Admiradores y Pretendientes. Mostrar todas las entradas
lunes, 9 de diciembre de 2013 | By: Abril

Recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23...



Estimado Alberto: recibí tu declaración de amor con fecha del viernes 23, misma que paso a responder.
Primero que me pareció medio larga. Ni sabías en qué andaba, entonces te mandaste más por entusiasmo tuyo que por otra razón.
En la parte que ponés “que me amás desde el primer día que me viste”, ¿a vos te parece?, para empezar no indicás qué día fue, no puedo saber si yo también te vi o me llevás ventaja. Sí recuerdo cuando nos presentaron, y ahora entiendo la sonrisa que traías, porque ya venías emocionado, por así decirlo.
Cuando afirmás que “he nacido para hacerte feliz”. No puede ser cierto, ahora no sé cuántos años tenés, pero desde que naciste hasta ahora, ni un poco mejoraste mi vida. O llevás un atraso que ni te cuento o es una de esas frases que se dicen por decir.
¿Que pasás noches sin dormir? No sé si estás tomando algo, ¿qué querés que haga? Podría cantarte una canción tranquila, pero no soy de cantar en público, no sé, me da vergüenza. Probá ir al médico.
Después decís que las estrellas te dicen mi nombre. ¡Estaría todo el mundo llamándome por teléfono si fuera cierto! Móviles de televisión a la puerta de mi casa, la NASA. “¡Ani, las estrellas le dicen tu nombre a un flaco!”. Nada que ver.
Que pasás las horas lánguidamente. ¿Vos buscaste qué quiere decir esa palabra? Para mí que quisiste decir otra cosa.
Por último me pedís que te dé una respuesta y que la vas a esperar con ansiedad. Calmadito, por favor, porque lo que menos quiero es andar con gente nerviosita.
Te voy a ser sincera, me llegaron tres o cuatro cartas de amor más, ¡a cuál más disparatada y boba! Así que la tuya, dentro de todo, fue la mejorcita.
De modo que acepto tu propuesta, vení con flores mañana a partir de las cinco y seremos felices para siempre, mi amor.
Tuya de todo corazón
Anita

(Luis Pescetti)
miércoles, 20 de febrero de 2013 | By: Abril

El hombre perfecto para ti

Solía escuchar con atención cada palabra que decías; aunque fueran vacías y sin importancia. Solía quitar el cabello de tu rostro; pero siempre dejaba uno en tus labios, a propósito; sólo porque me gustaba como te veías así. Solía decirte todo el tiempo lo bien que hueles. Solía apoyar mi cabeza suavemente sobre tu terso brazo cuando estabas ocupada escribiendo algo, porque me gusta lo suave que es tu piel. Solía besarte jugetonamente en la mejilla cuando te sentías mal; porque nadie más lo hace.

¿Y querías alguien dulce?

Cuando estaba cerca de ti, mis amigas solían mirarme con rabia. Cuando te alejabas; con lástima. Cuando me ponía de pie, alguien susurraba a mi oído las cosas más horribles de ti. Cuando daba un paso, sentía como tus pretendientes soñaban conmigo muerto. Cuando llegaba a mi asiento, mi propia conciencia empezaba a decirme que debía alejarme de ti. Cuando tomaba mi esfero, encontraba centenares de anotaciones que no recordaba haber hecho; todas decían que no debía caer en tu trampa. Cuando me cubría el rostro para pensar; algo imposible bajo el ataque de todos los que me rodeaban, decidía una vez más, igual que cada día, que debía darte... darnos.. una última oportunidad... una última más..., sin importar con cuantos tuviera que pelear; a cuantos tuviera que ignorar; cuantos amigos tendría que traicionar, sólo con la esperanza de estar contigo.

¿Y querías alguien fuerte?

Un día viniste a mí emocionada, porque alguien acababa de decirte que te amaba en francés. ¡Ja!
No sé si te lo mencioné; pero aprendí a decirte lo que siento en más de seis idiomas, mi favorito, en latín. Te lo dije una vez; respondiste que no entendías ni una palabra. Lo escribí para ti. Seguías sin entender. Te dije lo que era, palabra por palabra, y arruinaste la magia. Probablemente ya no lo recuerdas, pero yo sí. “Ab imo pectore amo te...” Tú nombre iba al final; pero no lo voy a poner. Intento olvidarte después de todo.

¿Y querías alguien inteligente?

Tú, Calíope, la musa de bella voz. Yo, Tántalo, el titán condenado para toda la eternidad a una tentación que no puede tener.
Tampoco me sorprendería si no lo recuerdas.
Es una historia que pensé para nosotros. No, claro que no. Nunca la escribí; hubiera sido un pecado hacerlo, pero la susurré a tú oído, escribí pasajes en tu mano, la vivimos cada uno por nuestro lado. El escenario principal fue la oscuridad de nuestro curso; la frialdad de tu banca y el café de tus ojos.
Cuando creía estar cerca de ti, pasaba algo y salías de mi alcance. Lo que me hacías sentir, siempre me inspiraba a escribir las cosas más sombrías... Curioso; pues la mayoría del tiempo sentía exactamente lo opuesto por ti; siempre te quise. Aquellas dos situaciones se repetían sin cesar una y otra vez. Todos podían ver claramente la monotonía, menos los personajes, menos nosotros.
Tú y yo fuimos una más de mis historias, mi favorita si me preguntas.

¿Y querías alguien visionario?

Siempre estaba ahí cuando necesitabas alguien con quien llorar; con quien desahogarte, a quien decirle que el nosecuantino es un idiota. Por ti hubiera frenado el infierno de ser necesario.

Cuando no sabías qué hacer, cuando debías tomar una decisión, o simplemente cuando estabas aburrida, era yo quien susurraba a tu oído que faltaras a clase, que copiaras en la prueba, que fueras novia de ambos, que falsificaras la firma, o que lo haría por ti.

¿Querías un caballero en armadura brillante o querías un ladrón envuelto en sombras?

Decidí que sería todo para ti. Y sin embargo, todo lo que tú veías en mí, era un juguete, ¿no?

Terminé sin ser nada, pero fue una historia divertida, que tal vez algún día escriba y que ahora quiero olvidar.

Espero que encuentres... lo que sea que quieres.

 (Joshua Aguayo)
martes, 19 de febrero de 2013 | By: Abril

Tratado de egolatría escatológica


Desde el primer momento que te vi supe, que si no mi vida entera, al menos quería que fueras una gran parte de ella. Lo conseguiste, y todavía trato de olvidarme de que hubo un tiempo en el que fui el ser más feliz de la tierra porque tú caminabas a mi lado. El primer bofetón fue en las ilusiones, tenías novio, aunque de largo se supiera que por poco tiempo duraría.

Y un día, por fin, sólo te quedaba yo para que me contaras cómo te sentías, aunque sé que nunca llegué a conocerte. Eras tú sola para mí. A cada paso que dábamos se desaceleraba el mundo, y dejaba que lo viéramos mejor. Cada paseo salía ese Javier que hasta yo desconocía, divertido, irónico, atrevido, medio loco y pleno de felicidad. Y lo quieras ocultar o no, veía en tus labios una sonrisa, esa sonrisa que me daba la vida y el sentido de la existencia, esas carcajadas medio ahogadas entre tabaco y helado. Para cada trago de cerveza o amargo, estaba yo allí para ti, y tú allí para mí. Cargar con tu mochila, correr contigo para alcanzar un tren. Conseguiste que oyera mis risas y mis carcajadas sinceras, no esas con las que normalmente soy amable con el resto de los vivientes; conseguiste hacerme reír de la cabeza al alma.

¿Cómo es posible que cuando íbamos al mercado, además de traer queso, vino, verduras, velas; yo volviera cargado con kilos de felicidad, satisfecho por un trabajo que ni había hecho? Justo cuando cogías el autobús, ya quería volver a verte, y tras comer necesitaba llamarte para ir a hacer lo ejercicios al parque de Wiesbaden, previo capuchino con mucho azúcar y tres tipos de sirope en la estación de tren. Y a la vuelta una cena en el Kebab, que era la mejor comida del día, pues durante esos meses tuve que comer patatas de todas las formas posibles para poder salir siempre contigo. Cuando llegó la primavera y las barbacoas, cada nota que salía de mi guitarra aullaba 'te quiero'.

Creo que el día más feliz de mi vida fue cuando estuvimos en el lado enfrentado a Bingen, justo donde está el monumento Germania, y a mí el monumento me daba exactamente igual, fue cuando a Juan se le ocurrió bajar la empinada ladera de viñedos hasta un castillo a la orilla del río. En ese momento, en que los dos perdíamos el equilibrio nos cogimos de la mano, no por cariño, sino para no rodar ladera abajo. Si lo hubiera premeditado me habría salido mal. La sonrisa de idiota me duró más de una semana.

Y justo el día antes del examen del segundo semestre de alemán, nos fuimos a la universidad a estudiar. A mí se me escapaba el alma por el pecho. Enamorado como un becerro no podía estarme quieto y nos fuimos al cementerio que estaba al lado. Aún no he llegado a entender cómo es que teníamos esa tanatofilia, que nos hacía estar más a gusto entre los muertos que entre los vivos; he llegado a pensar que era porque sabíamos que nuestra relación irradiaba vida.

Allí, sentados en un banco, te lo dije: 'Te amo'. Me suplicaste que no pronunciara esas palabras que cambiarían nuestras vidas y nuestra relación, pero tuve que hacerlo, resoplaban impacientes las palabras tanto tiempo guardadas. Lo solté, y con toda la misericordia y el amor que pudiste me dijiste que no sentías lo mismo. A pesar de lo que me dijiste esa tarde descansó mi ansiedad de amarte. Había tenido la valentía de decirte lo que sentía, y a pesar de tu 'no', y a pesar de que sabía que pasaría después, no me sentí infeliz. ¿Sabes, lo único que le faltan a estas fotos?: tú y yo siendo felices.

(Javier Guzmán Simón)
martes, 5 de febrero de 2013 | By: Abril

Carta para la niña de los ojos bonitos

 
Si estás leyendo esto quiere decir que ya lo sabes todo. Bueno todo lo que puedes saber. No tengo explicaciones ni motivos, ni causa alguna para que las cosas estén así. Tal vez lo único que podría explicarlo es lo que tú eres!

Al principio, solamente creí encontrar a una niña bonita, pero con el pasar de los días fui descubriendo a una gran mujer… con unos ojos que sin necesidad de que pronuncies una palabra son capaces de mostrar la grandeza de tu alma.

No tengo nada que pueda ofrecerte y ni siquiera podría pedirte algo. Solo quiero que sepas que de alguna manera lograste hacer lo que la vida no había podido en unos cuantos años. Te metiste en mis pensamientos al punto que necesité que lo supieras! No busco nada, y aun así hay muchas cosas que me gustaría conocer… pero no estoy en condición para hablar sobre ese tema.

Todo lo que puedo decir es que sin importar lo malo, o fuera de lugar que puedan parecer las cosas, sería un tonto si quisiera ocultarlo. Me gustas mucho y aunque quería que el mundo no lo supiera, lo notó. Sé que me entiendes cuando trato de mantenerlo en secreto porque así no lo reconozcas pienso que lo ideal para ti seria que nada de esto estuviera pasando.

A veces siento que en tu mundo no cabría una persona como yo, así las circunstancias fueran otras. Pero si así fuera, valdría la pena intentarlo… pero las cosas son como deben ser!

Puede que de verdad este loco, pero me gusta tenerte rondando en mis pensamientos. Sin intenciones oscuras ni claras, sin ninguna pretensión pero con muchos pensamientos, con la plena seguridad de saber que no fue algo que estuviese buscando hoy te digo que…

…Más veces de las que te has dado cuenta, mi cabeza se me va volando a buscarte. Sin saber que me espera, pero sin esperarlo estoy a tu lado. No estoy pidiendo ni ofreciendo nada, solo quiero permanecer allí mientras sea posible.

Estoy seguro, que en algún momento vas a encontrar a un alguien que vea lo que yo veo en ti… ojala que ese alguien pueda hacértelo saber, no como yo, solo con palabras sino haciéndote feliz con sus actos.

Niña de ojos lindos, mantente a salvo. Lejos de las apariencias que llegan con los años. Mantente alegre, sonriente, con esa dedicación que te caracteriza y lo más importante no dejes de ser tú. No es necesario correr para llegar más lejos, lo mejor del camino es caminar con la certeza de que los pasos dados van en la dirección correcta. Seguramente tendrás a alguien que te acompañe… me gustaría ser ese alguien pero mi camino diverge del tuyo.

Sin embargo, y con el respeto que mi mundo me merece te puedo decir que voy a estar ahí.

Te mando un abrazo, un beso, un pensamiento y un anhelo que jamás dejaran de ser clandestinos… Pero no por eso dejan de ser verdaderos y de llevar en cada uno de ellos el recuerdo de lo que tú, la niña de los ojos lindos, me hiciste sentir de nuevo.
 
 
(Frodojc)
viernes, 26 de octubre de 2012 | By: Abril

Sin preaviso

Licenciado:

Por medio de la presente me dirijo a usted con el fin de participarle mi renuncia irrevocable, bien irrevocable, a mi cargo de ayudante de la secretaria de su asistente personal.

No es por lo que dice mi papá: “¡Y que haber estudiado una carrera en la universidad para terminar de recepcionista y correveidile!”. No, no es por eso, sino por lo que usted dijo el día en que yo llegué: “Patricia, Elena, díganle a la muchacha del vestido marrón que me traiga café.” ¿Ya me ubicó? Ése era mi mejor vestido de trabajo y no me lo volví a poner más. Pero aquí todo siguió siendo: “Patricia, Elena y la muchacha del vestido marrón.”

Tengo más de tres meses llevándole su café todas las mañanas, un cappuccino que me enseñaron a hacer siguiendo sus instrucciones exactas, y se lo pongo en su escritorio y me quedo para ver cómo se le llenan de espuma los bigotes. Usted no levanta la vista sino que murmura algo. No sé si me da las gracias, pero yo no me muevo esperando a que usted me mire… al menos un segundito. No sé si se da cuenta de cuándo salgo llevándome su taza vacía. Pero qué importa, ¿verdad? Para usted es costumbre ser observado. No, “observado” no, “admirado”. Y es que yo nunca había estado frente a un hombre tan distinguido, tan culto, tan agua de colonia todo usted. Licenciado, usted está siempre como recién bañado y no se arruga; nada lo despeina ni lo altera. Usted es como una estatua griega, pero con ropa carísima. Y yo lo oigo cuando usted habla por teléfono con sus amigas, con sus novias y hasta con su ex esposa. Usted tan fino, tan gentil, tan caballeroso. Si al menos alguna vez me hubiese visto a mí. No me tenía que hablar, sólo verme a los ojos. Una miradita y hubiera sabido.
Yo estoy enamorada de usted.

Sí, ya está, ya lo escribí. Se lo he querido decir desde que empecé a soñar con usted. Conmigo y con usted. ¡Y si le contara mis sueños, Licenciado! Mis fantasías. No tiene idea de lo que soy capaz de imaginar. Pero sólo con usted y conmigo, con nadie más.

Hoy cumplo quince días quedándome para trabajar horas extra. Es mentira lo de las horas extra. Me siento en su sillón de cuero, prendo su lamparita verde, pongo un montón de hojas en blanco sobre su escritorio, tomo su pluma fuente –tan pesada, tan varonil- y no puedo evitar cerrar los ojos y olerla. Es usted. Usted allí en la palma de mi mano, en mi respiración. Mío. Eso es lo más cerca que yo lo he tenido.

El motivo de esta despedida -irreversible y oficial-, es que usted no sabe que yo existo. Ya le he escrito catorce cartas de renuncia; cartas que después me dan pánico y rasgo en mil pedacitos que voy botando en distintas papeleras una vez que huyo de aquí. Pero hoy sí me armé de valor para dejarle ésta. Hoy sí. ¿Por qué? Porque hoy es mi cumpleaños. Estoy cumpliendo veintidós. Me gustan las violetas, los caramelos de miel y los libros de pintores famosos. Y usted no sabe cómo me llamo y tampoco le importa.

Ya es de noche y sigo en su oficina redactando mi renuncia definitiva. Última vez que escribo con su pluma fuente. Mis palabras van en azul-usted, azul mar profundo, azul de cielo sin estrellas; y llevan una tinta que me diluye.

Lo adoro y eso me hace demasiado daño, así que renuncio a usted, porque usted es un imposible… Y aquí estaré mañana sin falta, haciéndole su café y escribiendo otra carta de renuncia que también voy a romper.

Sin otro particular al que hacer referencia,
Atentamente,

La muchacha del vestido marrón.

(Carolina Espada, 3er. premio en el concurso de Cartas de amor de Mont Blanc, 2012)
lunes, 2 de febrero de 2009 | By: Abril

Una Carta de Amor


Señorita:

Usted y yo nunca fuimos presentados, pero tengo la esperanza de que me conozca de vista. Voy a darle un dato: yo soy ese tipo despeinado, de corbata moñita y saco a cuadros, que sube todos los días frente a Villa Dolores en el 141 que usted ya ha tomado en Rivera y Propios. ¿Me reconoce ahora? Como quizá se haya dado cuenta, hace cuatro años que la vengo mirando. Primero con envidia porque usted venía sentada y yo en cambio casi a upa de ese señor panzudo que sube en mi misma parada y que me va tosiendo en el pescuezo hasta Dieciocho y Yaguardón. Después con curiosidad, porque, claro, usted no es como las otras: es bastante más gorda. Y por último con creciente interés porque creo modestamente que usted puede ser mi solución y yo la suya. Paso a explicarme.

Antes que nada, voy a pedirle encarecidamente que no se ofenda, porque así no vale. Voy a expresarme con franqueza y chau. Usted no necesita que le aclare que no soy lo que se dice un churro, así como yo no necesito que Ud. Me diga que no es Miss Universo. Los dos sabemos lo que somos ¿verdad? ¡Fenómeno! Así quería empezar. Bueno, no se preocupe por eso. Si bien yo llevo la ventaja de que existe un refrán que dice: «El hombre es como el oso, cuanto más feo más hermoso» y usted en cambio la desventaja de otro, aún no oficializado, que inventó mi sobrino: «La mujer gorda en la boda, generalmente incomoda», fíjese sin embargo que mi cara de pollo mojado hubiera sido un fracaso en cualquier época y en cambio su rolliza manera de existir hubiera podido tener en otros tiempos un considerable prestigio. Pero hoy en día el mundo está regido por factores económicos, y la belleza también. Cualquier flaca perchenta se viste con menos plata que usted, y en ésta, créame, la razón de que los hombres las prefieran.

Claro que también el cine tiene su influencia, ya que Hollywood ha gustado siempre de las flacas, pero ahora, con la pantalla ancha, quizá llegue una oportunidad para sus colegas. Si le voy a ser recontrafranco, le confesaré que a mí también me gustan más las delgaditas; tienen no sé qué cosa viboresca y fatigosa que a uno le pone de buen humor y en primavera lo hace relinchar. Pero, ya que estamos en tren de confidencias, le diré que las flacas me largan al medio, no les caigo bien ¿sabe? ¿Recuerda ésa peinada a lo Audrey Hepburn que sube en Bulevar, que los muchachos del ómnibus le dicen “Nacional” porque adelante no tiene nada? Bueno, a ésa le quise hablar a la altura de Sarandi y Zabala y allí mismo me encajó un codazo en el hígado que no lo arreglo con ningún colagogo. Yo sé que usted tiene un problema por el estilo: es evidente que le gustan los morochos de ojos verdes. Digo que es evidente, porque he observado con cierto detenimiento las babosas miradas de ternero mamón que usted le consagra a cierto individuo con esas características que sufre frente al David. Ahora bien, él no le habrá dado ningún codazo pero yo tengo registrado que la única vez que se dio cuenta de que usted le consagraba su respetable interés, el tipo se encogió de hombros e hizo con las manos el clásico gesto de ula Marula. De modo que su situación y la mía son casi gemelas.

Dicen que el que la sigue la consigue, pero usted y yo la hemos seguido y no la hemos conseguido. Así que he llegado a la conclusión de que quizá usted me convenga y viceversa. ¿No le tiene miedo a una vejez solitaria? ¿No siente pánico cuando se imagina con treinta años más de gobiernos batllistas, mirándose al espejo y reconociendo sus mismas voluminosas formas de ahora, pero mucho más fofas y esponjosas, con arruguitas aquí y allá, y acaso algún lobanillo estratégico? ¿No sería mejor que para esa época estuviéramos uno junto al otro, leyéndonos los avisos económicos o jugando a la escoba del quince? Yo creo sinceramente que a usted le conviene aprovechar su juventud, de la cual está jugando ahora el último alargue. No le ofrezco pasión, pero le prometo llevarla una vez por semana al cine de barrio para que usted no descuide esa zona de su psiquis. No le ofrezco una holgada posición económica, pero mis medios no son tan reducidos como para no permitirnos interesantes domingos en la playa o en el Parque Rodó.
No le ofrezco una vasta cultura pero sí una atenta lectura de Selecciones, que hoy en día sustituye a aquélla con apreciable ventaja. Poseo además especiales conocimientos en filatelia (que es mi hobby) y en el caso de que a usted le interese este rubro, le prometo que tendremos al respecto amenísimas conversaciones. ¿Y usted qué me ofrece, además de sus kilos, que estimo en lo que valen? Me gustaría tanto saber algo de su vida interior, de sus aspiraciones. He observado que le gusta leer los suplementos femeninos, de modo que en el aspecto de su inquietud espiritual, estoy tranquilo. Pero, ¿qué más? ¿Juega a la quiniela, le agrada la fainá, le gusta Olinda Bozán? No sé por qué, pero tengo la impresión de que vamos a congeniar admirablemente. Esta carta se la dejo al guarda para que se la entregue. Si su respuesta es afirmativa, traiga puestos mañana esos clips con frutillas que le quedan tan monos. Mientras tanto, besa sus guantes su respetuoso admirador.

(Mario Benedetti)