sábado, 26 de febrero de 2011 | By: Abril

Tinta indeleble


Lamentablemente comprendo el por qué de tu odio a juro y tus esporádicos ataques contra mí. Necesitas respuestas.

Necesitas respuestas y necesitas exorcizarte de mi recuerdo. No puedo reclamarte nada.

El amor es una de las experiencias más gratas y plenas de la vida. En él se viven situaciones que no se podrían experimentar de otro modo; nuestro espacio de vida y nuestra propia soledad se convierten en espacios compartidos, donde se le adjudica a esa persona que amas una visa de paso libre por tu alma, tu mente y tu cuerpo. Cuando el amor es verdadero las huellas de ese tránsito se marcan con tinta indeleble y esas huellas no son sólo recuerdos, sino también aprendizajes. Estas lecciones tienen su precio, y en algunas ocasiones se pagan con dolor, sufrimiento y sacrificio. Por eso, el amor también es dolor y sufrimiento, es muchas veces sacrificio.

Absolutamente todas las cosas que vivimos, en mí se han marcado con tinta indeleble. No he pretendido ni un segundo suprimir alguna de esas huellas. Contigo aprendí lecciones que no pudiera haberme enseñado nadie más, y en ese caso también fuiste mi maestra. Dolorosamente nuestros caminos tomaron rumbos diferentes, y decir adiós fue una decisión compartida; porque se estaban deteriorando las cosas bellas, las risas, el respeto, la comunicación y el buen trato; la tristeza estaba invadiendo nuestras almas. Despedirnos antes de hacernos un daño irreparable es una de esas tantas cosas por la cual, el resto de mi vida puedo sentirme orgulloso de haber compartido contigo un trecho del camino.

Y así como conmigo te tocó por vez primera aprender del amor, también con esta despedida te tocó aprender del sufrimiento de una pérdida. Eso no es culpa de nadie, es parte de la vida misma que nos enseña a través de lo dulce y lo amargo. Pero hay lecciones más difíciles de aprender, y también quienes no pueden ver lo positivo de una crisis o la lección oculta detrás del dolor. Y mi intención ha sido guiar esta situación hasta donde nuestras almas puedan llevarse de ella lo mejor, aún reconociendo que me he equivocado en muchas cosas. Por mi parte me llevo la alegría, y me libero del dolor que es lastre, para que no pese en mi corazón. Pero el rencor que has decidido sentir sólo va a terminar por intoxicarte, perdiendo eso hermoso que viviste; va a terminar envenenando ese corazón puro que tanto estimo y admiro, ese del que me enamoré, al buscar un culpable de tu dolor a quien odiar.

No puedo decir que me haya negado a conocer gente nueva, ni que no halla salido con alguien, porque estando solo puedo permitirme hacerlo sin más explicaciones. Sin embargo noto que quieres colgarte de cualquier excusa para romper el hilo que nos mantiene unidos, y ese vinculo quizá comprendas con el tiempo que a veces nunca se rompe, sólo se estira; porque cuando se comparte tanto como nosotros compartimos, el vínculo se hace tan estrecho que parece que no existiera, parece que dos son uno. Y debo decirte que también yo me siento incompleto y triste, pero eso no significa que deba dejar de seguir adelante. Y si de algo te sirve saberlo, no busco amor, ni pretendo sustituirte con nadie, porque sinceramente pienso que eres irreemplazable. Cada quien da lugar a su luto como prefiera.

Sin embargo, cometí un error terrible al buscar y dejar que pasáramos esos días juntos, porque sabía cuál sería el resultado de eso. Sabía que terminaríamos por hacernos daño, y estoy consciente que lo peor para ti no fueron esas cosas que vivimos, sino mi silencio. Y la respuesta a mi silencio es muy sencilla, no tenía algo que decir. También como para ti fue una prueba para mí, para mí corazón; y ese corazón estaba como un observador, viviendo en silencio; en silencio, porque no tenía preguntas ni respuestas.

Quieres creer algunas malas cosas de mí porque eso te facilita el trabajo de olvidarte de todo, porque la decepción es un puente corto al desamor. Y no puedo decir que soy todo virtudes y bondades, porque reconozco que soy humano y defectuoso, y estando consciente de ello no he tratado de esconder esos defectos, los he asumido y me he hecho responsable de mis errores. Pero de ahí a tolerar que se invente y se exagere de manera inquisitiva, hay un trecho largo, y no voy a decirte lo que quieres escuchar siendo una mentira, ni voy a reconocer situaciones falsas. Pero si eso te hace sentir mejor, con mi silencio de doy la libertad de creer.

(Carlos Briceño)

P.D.


Quiero partir de la verdad de que me he enamorado de ti.

Me he enamorado de la cotidianidad en la que vivimos, de esa cercanía a la que me acostumbraste sin siquiera proponértelo. Me he enamorado de saber que ya estás cerca de la casa y que pronto te sentiré a mi lado en la cama.

Me he enamorado de la manera en la que me miras y me tocas. Sí, me he enamorado de ti. Me he enamorado del plural, del “nosotros”.

Y aunque suene raro también me he enamorado de sistema que ideamos para mantenernos en contacto. Me he enamorando de todos los detalles que me has escrito, los secretos que me has contado y las fantasías que me has confesado.

Y me he enamorado de la idea de dejarme llevar por ti.

Me he enamorado de sentir tus labios en mi cuello y de que me muerdas en el hombro izquierdo.

Me he enamorado de nuestros domingos de fachas y nuestros sábados de siestas.

Me he enamorado de la idea de que seas ”el gran hombre, detrás de la gran mujer”. Me he enamorado de nuestros planes a futuro y de superar juntos el miedo al compromiso.

Me he enamorado de la idea de compartir un almuerzo cursi a la 1 de la tarde y despertarnos a la 1 de la mañana con ganas de comernos el uno al otro.

En resumidas cuentas Manuel: me he enamorado de ti, con todo el deseo que me cabe dentro, con toda la cordura que me queda y con toda la fe que puedo tener acumulada entre el pecho y el corazón de que todo saldrá bien.

(Jimena Ruiz)

Finalmente, una carta más que leída, escuchada


Sebas:

Esta es mi última carta. No sé si te acuerdas de la primera que te di, aquella que hoy, por el tiempo que tenemos juntos, puedo decirte que descargué de esos sitios de Internet en los que cualquiera escribe y estaba llena de errores ortográficos y ni siquiera te diste cuenta, esa carta que decía hecha por: María Melo y en realidad era una transcripción de un poema de Neruda; tú, como no sabes de eso, no le paraste y seguiste leyendo hasta que llegaste al “te quiero mucho” típico de cualquier muchachita de 11 años pero que te enamoró; teníamos seis meses me acuerdo y todavía no te encontraba ningún defecto, te veía igualito como el primer día de hacernos novios.

Al segundo mes lo volví a hacer, después de agotar mis ideas con cosas sin sentido, aunque lo más irónico era que solo tenía que decirte lo que sentía y un “te quiero demasiado” esta vez, no implicaba mayor cosa para mí. Costaba decirlo pero lo hice; te di la carta y enseguida agachaste la mirada y empezaste a leer mientras yo cruzaba los dedos tras mi espalda para correr con un poco de suerte y así fue. No te diste cuenta. Los versos de Benedetti no fueron más que otro par de palabras transcritas por mí y un largo beso fue mi recompensa. Cómo me besabas Sebas y cómo te quería.

Mi tercera carta no fue hecha con poemas ni de Benedetti ni de Neruda ni de Víctor Ojeda como en nuestro quinto mes, ¿te acuerdas? ¿que te dije que el chamo había ganado un concurso con la carta?, te la entregué el 14 de febrero para reconciliarnos; es que tú eras jodido Sebastian, 14 de febrero y peleando, y encima por mensajitos de texto; espero que con ésto cambies. Pero como te decía, esa vez compré una tarjeta que traía un paisaje hermoso y otra más chiquita que tenía una vaca con unos corazones y unas letras fosforescentes con escarcha a los lados. Te gustó el gesto y no tuve que esforzarme tanto tratando de escribir otra carta que nunca te daría, lo único malo fue que la vaca terminó pareciéndose a mí en nuestro primer aniversario, por haber dejado la famosa dieta del doctor con apellido raro que ni tú ni yo sabemos pronunciar, ja ja ja; estás a pasos de mí y desde aquí oigo tu risa, qué malo que tú no puedas escuchar la mía, pero pronto lo harás.

La última vez que te escribí, fue porque entré al “closet de los recuerdos” como le dice mi abuela Feliza al lugar donde guardaba todas las cartas que le dio mi abuelo hasta sus bodas de oro, imagínate mi Sebas todo lo que tardé en encontrar la carta adecuada y todo lo que tardé en quitarme la alergia; fue mucho más que transcribir las palabras de mi abuelo Daniel y dártela. Como siempre, finalicé con un “Te Adoro” pero la verdad Sebastian, es que ya en ese momento estaba cansada, cansada de no saber qué escribir, cansada de los papeles, cansada de los mensajes de texto, cansada de no poder gritar lo que sentía porque no me escucharías, cansada de tu necedad por no poder confiar en los especialistas y en nosotros, cansada de que no me puedas oír.

Como ves, hoy tampoco supe qué decir, lo que hice fue recordar mis cartas pasadas porque no encontré ninguna otra hoja que tuviera escrito lo que tengo que decirte:

Todo va a salir bien Sebastian, tu familia, la prima Kaki, tus amigos y yo estaremos aquí afuera esperando que salgas, apoyándote y felices de que por fin tomaste la decisión de que te operaran. Sé que no fue fácil porque también sé lo mucho que le temes a las agujas y a los “señores de bata blanca”, pero verás que todo va a ser recompensado Sebas, cuando al salir de la operación puedas escuchar a tu mamá llorando y finalmente cuando puedas escuchar mi TE AMO.

Siempre tuya: Michelle.

(Michelle Bergoderi)

El mundo de orquídeas y margaritas que un día te regalé


B:
Hace mucho tiempo, incluso más del que me creí capaz de soportar, te escribí algo que se hizo tan parte de mí, que es como llevar mi amor en cada letra plasmada sobre ese papel. No sé si lo recuerdas, ni siquiera sé si aún lo conservas contigo. Ha pasado mucho tiempo desde ese momento, tanto que duele pensar que hoy sólo somos dos extraños que alguna vez se enamoraron. Han pasado muchas cosas pero te confieso que dentro de mí nada ha cambiado. Allá afuera la vida sigue dando vueltas, de vez en cuando me le uno y me dejo guiar por ella, pero al final del día regreso aquí, a mi lugar favorito, porque es el lugar donde sabes que puedes encontrarme si algún día descubres que tu destino está conmigo. Los días siguen siendo días, el café sigue teniendo ese peculiar sabor a café, es que la vida sin ti es tan igual y tan distinta que se respira diferente, tan casual pero al mismo tiempo tan hiriente. La vida sin ti sigue siendo eso… sólo vida.
Camino porque sé que debo caminar, sólo que tropezar ya no me preocupa. Me siento aquí a esperar que el tiempo haga lo suyo y que estar sin ti no parezca tan desgarrador. Sigo aquí porque mi amor no me permite olvidarte. Allá afuera siempre sale el sol y por más oscuras que parezcan las noches, el tiempo siempre termina por aparecer y otro día amanece. Es que el tiempo sin ti sigue siendo eso… sólo tiempo.
Si se trata de ti he hecho muchas cosas, algunas incluso, se antojan imposibles. Te he esperado entre tardes de silencio, entre minutos que se encargan del tiempo sin un poco de piedad. Te he pensado cada momento y mientras más te recuerdo, más nostalgia me das. He caminado por desiertos que se hacen eternos si la meta eres tú. He construido escaleras si eso es lo que hace falta para alcanzarte y aún cuando ni en sueños pueda hablarte, sé que esto nunca tendrá un jamás. Te he regalado palabras que se disfrazan con otras para que sólo tú puedas entenderlas, y allá donde tenemos un lugar secreto cada día me dedico a esperarte. Me he refugiado entre rincones que me abrazan para no extrañarte tanto y a veces cuando las noches nunca terminan, encuentro la paz que necesito sólo con recordarte. Te he querido tanto que ya no sé como quererte, es que sin ti el amor sigue siendo eso… sólo amor.
Podría decirte muchas cosas más… que te lloro, que te pienso, que te encuentro en todas partes, incluso en personas tan distintas a ti, que llega a ser desesperante. Podría decirte tantas cosas pero sé que no serviría de nada. Sólo que a veces siento que me sientes, que esa corriente también se apodera de ti y aunque sea por un instante sólo existimos tú y yo. Si de sueños se puede vivir entonces mi sueño eres tú. El único problema es que al final del día cuando veo que no estás, los sueños siguen siendo eso… sólo sueños.
Creo que ya debería irme a dormir, dejar de escribirte por lo menos por hoy. Mañana será otro día. Pero antes te dejo eso que escribí hace tanto tiempo porque no quiero que lo olvides. Por lo menos así siempre me tendrás presente, aunque ese siempre sólo sea por hoy…
Y esperaré a que el tiempo camine hacia atrás, construiré lunas y soles sobre ese cielo que cada día te deja reposar. Volaré con cada nota que le regales a mis oídos, y te entenderé cuando la vida no tenga más que sinsabores a las orillas de tu río. Reiré con cada palabra que me dediques y mientras te alcanzo pintaré mi mundo con ese color que tu cuerpo despide. Adornaré tu vida con un camino de flores y en secreto te regalaré un mundo de orquídeas y margaritas que sólo tú reconoces. Y esperaré a que el tiempo se haga sabio en tus labios, seré eternidad que se alimente del calor que sabe dar tu regazo. Seré luz que viaje con estrellas y cometas, la paciencia será el único camino que con gusto tomaré si eres tú la recompensa. Latiré como vive un corazón que en silencio espera y espera, será tu amor el que me haga despertar y el que le haga compañía a mis horas de demencia. Y esperaré aún cuando no pueda ganarle la batalla al tiempo, me esconderé cada mañana para que siempre me encuentres en todos tus recuerdos. Armaré caminos que te hagan acompañarme entre sueños y fantasías, donde siempre podamos ser libres para amarnos y no tengamos que despedirnos al final del día. Y esperaré paciente en este camino de flores, donde puedas recostarte sobre orquídeas que adornan este paraíso de colores.

(Cindy Marcano Belisario)
martes, 15 de febrero de 2011 | By: Abril

La distancia más corta


Acabo de terminar una nube con relámpagos. Queda preciosa colgada del techo de nuestro cuarto, Laura, justo encima de la cama. Como sólo me quedaba papel para escribir esta carta y quería que la nube fuera de gran formato, he tenido que utilizar la cortina de la ducha (ya sé que eso es hacer trampas, pero las gotitas de Loctite para que aguanten los pliegues no se notan). Lo mejor es que mientras la estaba fabricando una tregua suave se ha instalado en mi mente y he conseguido no pensar en nada… pero ahora que veo la nube sobre mi cabeza me vuelvo a sentir en jaque. Una pregunta afilada y caprichosa me carcome.

A lo mejor tú lo sabes, Laura: ¿cuál es la distancia más corta entre dos personas?

Si me hubieran preguntado hace poco hubiera dicho que la respuesta es un beso, pero a veces ocurre (como de hecho ha ocurrido) que nos besamos y hacerlo es como tocar la nota equivocada en un piano.

¿Quizás los recuerdos? No sé. Haz tú la prueba: piensa en aquella habitación de hotel donde los jueves por la tarde montábamos la tienda de campaña y nos hacíamos cosquillas hasta que nos dolían los oídos de tanto escándalo? ¿Notas algo? ¿Me sientes más cerca?

Ya sé que me obsesiono, Laura... Ayer, mientras doblaba una servilleta para hacer un cisne, pensé que la clave era un billete de avión desde esta soledad hasta tus ojos, pero Tokio queda lejos y sospecho que allí la luz es como tu voz en el teléfono: remota y pulverizada. Y ya sabes lo mal que se me da el teléfono, Laura, lo torpe y callado que me pongo cuando llamas.

Por eso no te he contado lo de las grullas. Bueno, la verdad es que ahora ya no son sólo grullas; mi experimento para acortar distancias se me ha ido un poco de las manos... digamos que se ha vuelto una tarea de dimensiones cósmicas. Con paciencia y mucho papel he conseguido hacer casi de todo: una muela con caries, un astronauta en la luna, una rana que saca la lengua, tres molinos holandeses que han conquistado el pasillo, una jauría de dragones estrábicos, un submarino que se deshace lentamente en la bañera...

El otro día bajaron la vecina del cuarto y sus rulos a pedirme un poco de sal. Cuando entré en la cocina (ahí es donde tengo las ochocientas cincuenta grullas blancas), se asomó con descaro y dijo no se qué de "Los Pájaros" de Hitchcock. Yo le regalé el salero, cerré la puerta en sus narices y volví a enfrascarme en mi último proyecto: un teatro isabelino precioso con actores a escala que representan "Hamlet". Creo que te gustaría.

Según he leído, el origami ayuda a fomentar la paz de espíritu y la claridad de mente. Para mí es una forma de no pensar en esa distancia japonesa y fría que te oculta. Por ejemplo ahora: en la habitación de tu hotel el sol se estará deshaciendo pero aquí el día aún no ha sido tocado por nadie. Tú te vas a dormir. Yo tendría que estar levantándome. Pensar que los dos vivimos en el mundo por turnos me vuelve muy pequeño, Laura, me hace sentir deshecho como el submarino de papel que tengo en la bañera.

Y lo malo es que ya se me ha terminado el material: las cartas que nos mandábamos hace años, las postales, mis cuadernos, tus partituras, todos los libros del salón se han convertido en criaturas extrañas de este arca de Noé donde gobierno (¿te enfadarás si te digo que el empapelado azul de las paredes es ahora el sexto batallón de un ejército de cosacos?).

El problema de quedarme sin papel es que no he sido capaz de hacer las cosas que de verdad me importaban. En el libro de origami que he comprado dice que ?los dedos hábiles de quienes pliegan pueden dar nacimiento a todas las figuras de la creación?. Mis dedos no son tan hábiles, Laura. He intentado crear tu rostro y el acantilado sin nombre de tu cuello y ha sido imposible. Tampoco he sido capaz de fabricar una madrugada enroscado a tu lado, ni el asiento trasero de un Ford en la linde de un bosque, ni tus gemidos suaves, profundos, de color turquesa?

Y lo peor es que en mi fracaso aletea la maldita pregunta como una grulla con las alas encendidas: ¿cuál es la distancia mínima entre dos seres?

Desde donde estoy veo la calle que ya empieza a hormiguear con prisa de colegio y oficina. Del portal de enfrente acaba de salir una pareja y han hecho algo muy simple y muy terrible. Ella quizás sea un poco más joven que tú; él probablemente tenga unos años más que yo; se les nota en la cara y en los gestos que llevan tiempo viviendo juntos. Cuando han salido a la acera se han dado un beso fugaz y un abrazo leve y cada uno ha echado a andar en direcciones opuestas. Hasta la tarde, piensan ellos; hasta pronto, pensaba yo cuando te fui a llevar al aeropuerto.

¿Te acuerdas de nuestro último abrazo, Laura? Yo podía escuchar tu respiración como un roce de glaciares sorprendidos por el primer rayo de sol, tan cerca tu piel de la mía.

¿Será esa la respuesta? Quizás la distancia más corta entre dos personas es una despedida. Sí, algo tan simple: dos cuerpos que se juntan para decirse adiós, la frontera de la piel que se vuelve borrosa y ese huracán de tigres que es la ausencia rodeándolo todo.

Mejor parar y despedirme aquí. Ahora haré lo que sin duda hacen todos los que escriben cartas como esta: no mandarla. Doblaré el folio hasta convertirlo en grulla, contemplaré esta mañana tan anónima y extraña que me mandas desde Tokio, y llevaré la carta junto a sus hermanas, las ochocientas cincuenta que anidan en nuestra cocina esperando silenciosas tu regreso.

(Héctor Pascual, Carta ganadora del X Concurso de Cartas de Amor "Antonio Villalba", de Escuela de Escritores)
domingo, 13 de febrero de 2011 | By: Abril

Cómo erigir un altar en una nevera vacía


Si te lo contase, sin duda lo encontrarías del todo absurdo; en los últimos tiempos, encontrabas absurdas la mayor parte de las cosas que yo hacía o decía, aunque no podría reprocharte que te burlases de esto, pues yo mismo lo encuentro disparatado; el caso es que, desde que te fuiste, no he vuelto a llenar la nevera.
Admito que detestaba esa manía tuya de mantener la nevera repleta, en especial por verme siempre obligado a comer aquello que, con tu carácter previsor, me indicabas –antes de que se estropease– en lugar de lo que me apetecía, de continuo sometido a la tiranía de las fechas de caducidad. No dejaba de tener gracia que, a pesar de poseer, en vez de nevera, una suerte de cuerno de la abundancia, no pudiese elegir, dado que, en toda ocasión, había algo a punto de echarse a perder. Odiaba con saña tener que comerme tus yogures desnatados y tus kiwis reblandecidos, y la mera vista de la nevera me provocaba nauseas.
Soy consciente de la mezquindad del acto, mas no puedo negar la satisfacción, casi mística, que me embargaba, después de que me abandonaras, cuando abría la nevera y descubría algún artículo que comenzaba a pudrirse o que había superado la fecha de caducidad y lo arrojaba a la basura; sentía como si, al deshacerme de manzanas podridas y limones mohosos, me estuviese librando de tu recuerdo, que me dolía como una muela recién arrancada. Lo único que no me atreví a tocar fue el paquete de salmón ahumado: nunca me había gustado en particular, si bien tú me hiciste aborrecerlo; te empeñabas en comprarlo alegando que venía bien tenerlo porque era muy socorrido, y al final siempre tenía que acabar comiéndomelo yo para que no caducase. El paquete yacía sobre una abultada pila de quesitos, salchichas de Frankfurt y embutidos loncheados envasados al vacío; de algún modo, se las apañó para arrojarse de las alturas y había acabado apoyado, casi en vertical, sobre el fondo de la nevera, y el frío hizo que terminase adhiriéndose a él. Al principio, su tacto me inspiraba aprehensión y procuraba evitarlo cada vez que tenía que coger algo en sus inmediaciones; no obstante y en último caso, no pude desprenderme de él, pues era como deshacerme de manera definitiva de ti, algo para lo que entonces no estaba preparado, y todavía sigo sin estarlo.
Aun así, el proceso de vaciado era dolorosamente lento, y tuve que acelerarlo consumiendo primero aquellos artículos que aguantarían más, por lo que de nuevo estuve sometido a la dictadura del calendario, esta vez de modo inverso. Creo que fue en ese momento cuando adquirí la determinación de no introducir nada nuevo en ella. Desde entonces, desayuno fuera de casa, ya que, en cuanto que abro un paquete, la leche se me agria de un día para otro, y me has contagiado tu estúpida prevención por lo que respecta a desperdiciar los alimentos; las veces que no como en algún bar, siempre consumo latas o productos que no precisen ser conservados en frío.
No deja de ser irónico que las cosas que más añoro de ti sean los detalles que entonces me enervaban de modo casi intolerable. Antes de que te instalases conmigo, mi vida transcurría en un desorden organizado; cierto es que abandonaba las cosas de cualquier modo: la chaqueta sobre la cama o las llaves sobre la cómoda, mas lo hacía siempre en el mismo sitio. Tu llegada trajo consigo una suerte de orden caótico: colocabas todo, aunque sin lógica alguna y cada vez de un modo distinto, y de continuo debía preguntarte dónde habías puesto tal cosa o la otra. Ahora, cada vez que voy a coger las llaves y las encuentro sobre la cómoda, me embarga una profunda decepción y, no lo negaré, una punzante desazón.
Te marchaste de improviso, llevándote apenas tu presencia y tu ropa, y, eso sí, todas tus fotos, como si pretendieras borrar por completo la menor evidencia de tu estancia conmigo. Reconozco que en el transcurso de la última semana apenas nos habíamos dirigido la palabra y, en las escasas ocasiones en las que lo hicimos, siempre fue para causar daño, pero la vista de los marcos vacíos fue un golpe demasiado duro. Ahora, la nevera se me antoja uno de esos pequeños altares de madera que, durante mi infancia, los vecinos se iban pasando de casa en casa y que contenían una imagen de la Purísima. Cuando nos tocaba el turno, mi madre lo colocaba sobre el recibidor, depositaba unas monedas en la caja que formaba su base y, delante de él, encendía dos pequeñas velas recubiertas por fundas de plástico rojo, que matizaban su luz. A falta de otra imagen que contemplar, ya que te las llevaste todas, a menudo me quedo extasiado observando el paquete de salmón, caducado desde hace más de once meses, a veces durante horas seguidas, pese a que la nevera se queja con su insistente pitido y no me deja concentrarme en la autocompasión tanto como quisiera.
A principios del mes pasado, el hecho de tener la puerta cerrada me causaba intranquilidad y remordimientos, por lo que acabé por desconectar la nevera y, desde entonces, la puerta siempre permanece abierta. Hace un par de semanas, el paquete de salmón comenzó a hincharse. Al principio engrosó con timidez, pero desde hace dos días semeja un globo y, aunque parezca irracional, no puedo pegar ojo en toda la noche pensando en la posibilidad de que llegue a reventar y, a cada momento, me levanto para comprobar si sigue intacto.
A tu marcha, no dejaba de maquinar todo el día; pensaba en qué podía hacer que te causase tanto daño como el que yo estaba padeciendo. Tuvo que transcurrir bastante tiempo, al menos cuatro meses, hasta que abandoné esa absurda obsesión. Te vi por la calle en compañía de otro; no sé a ciencia cierta si era el que ahora ocupa mi lugar, pues ni siquiera ibas cogida de su brazo, tal como te gustaba hacer conmigo, si bien charlabais animados y reías; cualquiera que te viese pensaría que eras feliz; no como yo. Entonces comencé a elucubrar sobre cómo podría lograr que te murieses de ganas de volver conmigo, aunque nunca di con nada que me convenciese de modo medianamente serio.
El jueves pasado me enteré de que te vas a casar; me encontré con tu amiga Laura en el supermercado y me lo espetó sin tan siquiera tratar de disimular un poco y darle a la noticia un aire casual; en sus ojos brillaba la malicia y, después, cuando comprobó cómo la había encajado, una ostentosa satisfacción. En un primer momento, el impacto me dejó vacío y sin capacidad de reacción, como cuando te propinan un puñetazo en el la boca del estómago y te quedas sin aire y, por más que intentes respirar, no logras llenar los pulmones y lo único que consigues es boquear como un pez.
No dudé en insistir, presionar y suplicar a todo el círculo de amistades comunes para procurar averiguar algo más; así me enteré de que él era un compañero de trabajo, además de simpático, divertido, sensible y comprensivo, todo lo que yo no era. Laura me llamó por teléfono: se había enterado de que andaba realizando indagaciones y quería ser ella la que me contase todos los pormenores de la futura boda, incluida la despedida de soltera que ibas a celebrar esa noche. No pude evitar presentarme allí; sabía que era absurdo e inútil, pero no fui capaz de abstenerme. Cuando me vi delante de ti, después de más de un año, podía haberte arrojado una de esas frases ingeniosas y zahirientes que había estado preparando durante todo este tiempo, o me podía haber arrodillado y haberte suplicado y mendigado que volvieses, pero me limité a disparar una foto y después me marché. Nada más llegar a casa, la imprimí y la pegué sobre el restallante paquete de salmón.
Ayer por la tarde, cuando pasaba junto a la nevera, me volví frente a ella e inicié una genuflexión. Estoy casi seguro de que no fue más que un acto reflejo, recuerdo de la infancia y de los dos años que fui monaguillo, pero el caso es que el hecho me produce una inquietud indescriptible y no he podido dejar de pensar en ello durante todo el día. Ahora mismo, estoy mirando tu imagen y siento unas ganas incontenibles de persignarme.
Y es posible que acabe haciéndolo.

(jcgarrido, Foros Mujer Chic Magazine)

No podemos quedar como amigos...


Hola Santi:

Me dices en tu sms que podemos hablar. Que podemos ser amigos, que cuando pase a recoger mis cosas por tu casa, cenemos y charlemos….
Tiempo tuvimos para hablar Santi...y los dos nos callamos. Unos mas que otros....
Ahora no es tiempo de ser amigos. Aun quedan deshilachados por ahi muchos sentimientos, frustraciones, rabia, dolor, recuerdos, cariño, pasión, ganas, deseo, ...
…demasiadas cosas que pueden empañar una amistad. Esos hilos sin duda se enredarian en líos y confusiones que no pueden llevar a buen puerto.
Tú lo sabes bien. Cuando se ha querido tanto, luego es difícil conformarse con menos.
El tiempo. El tiempo es nuestro gran enemigo, pero en estos casos, es un amigo. Pues solo él ayuda a olvidar. No es la fuerza de voluntad que pongamos. No es la fortaleza que queramos mostrar. No es el convencimiento ,de que, es lo mejor. No es la ilusión de que aun están cosas buenas por llegar. Otros amores. Aquello de que un clavo saca otro. Tan solo es el tiempo, el que va borrando todo, como una goma de esas de Milán de nata (mmm, yo me las comía y todo, que bien olian....) .Poco a poco, despacito , sin apenas darnos cuenta...
Un día te despiertas y resulta que la noche anterior ya no lloraste. Resulta que has pasado medio día sin pensar en él. Resulta que ayer ya no te dio un vuelco el corazón cuando en la mesa en la que comías, había un tetrabrik de la empresa en la que trabajaba. Ni te entro un ataque de rabia cuando viste un viaje a Paris tirado de precio. Resulta que ayer, la duda ya no te arranco un suspiro. Resulta que ese sentimiento tan grande de frustración que a veces no te deja respirar, va siendo desbancado por otro de resignación, de aceptación, de reconocer que te equivocaste en intentar querer algo que no era para ti. Resulta que tu corazón, que te duele literalmente, te esta enviando señales de vida y tienes que hacerle caso, porque sólo tienes ése.
Son demasiados logros, para tirarlos a la basura por una conversación que ya no tiene razón de ser.
Pudo ser cuando debió ser. Sólo entonces. Y te lo pedí, te lo grité. Te lo imploré, de mil formas, de mil maneras, incluso fingiendo ser lo que no era, ...todo por una palabra o por una reacción .....Y tú no estabas allí....o sí estabas, entonces es que eras un ciego-sordo-mudo-paralítico-asustado de la vida.
¿¿¿¿Ser amigos?????
Claro!!!! cuando el tiempo pase y se lleve tras de si todas esas cosas que aún quedan ........

Tu lo entenderás, estoy segura. Siempre fuiste el cuerdo de la pareja.


Un beso gigante.

Sara

(Monisa 100, Foros Mujer Chic Magazine)