Y los ángeles arrancaron sus vestiduras
para entregarse al frenesí de lo oscuro,
del pecado y así liberaron su alma del
hastío...
Giancarlo Rossetti.
Me encuentro sentado, frente a esta hoja en blanco. Quisiera
escribir sobre los manantiales que se encuentra más allá de la desdicha, donde
la nada ha anegado todos los recuerdos y donde los sentimientos se hallan
agonizantes, desangrados bajo la perpetua mirada de ese dios que nos ama con
total delirio, enfermo siempre de odio.
Lo cierto es que la fría penumbra que me rodea es testigo de
la desdicha de mi mano, de la soledad de la hoja. No puedo escribir lo que
quiero, mis palabras siempre se enredan con tu fantasma que habita en mi
lacónico pensamiento. Mezclo sin remedio todas mis letras con la poesía que
nace de tu mirada, con las plegarias que se desprenden de tu piel.
La noche se apaga lentamente, mientras descubro tu figura en
semisueños; la noche se ausenta como brisa de estío y mi corazón suplica por
descubrirte una vez más.
¿Cuál es la sinrazón que desboca al amor en efluvios que no
se pueden detener?
Mi mirada se pierde en el horizonte, lejos, allá donde te
encuentras, allá donde mi vista te alcanza, pero no basta porque este maldito
corazón de necio proceder clama a gritos tu presencia, tu cuerpo, tu piel, tu
olor a campo en primavera, tu luz de estrella fecundada en la eternidad; te necesita toda, completa, sin exclusión de
ningún tipo, inclusive los momentos que funestamente el tiempo se lleva.
¿Pero qué puede ofrecerte un condenado como yo, querida
Faustina? ¿Qué puedo aportar en tu divino pecho si soy un expulsado del cielo?
Beber de tus lágrimas hasta quedarme ciego, llenarte de este
amor de eterno proscrito del cielo, saborear tu tristeza con cada beso que
mancille tu piel y sufrir la muerte provocada por tu alma peregrina.
No puedo brindarte paz ni felicidad, puesto que son dos
terrenos que nunca he conocido; no puedo brindarte paz cuando mi corazón
declara que el amor y el dolor son hermanos nacidos de la misma enajenación,
cuando sabe que uno, al mirarse al espejo, ve al otro indudablemente. La paz
nunca florece en el amor, porque el corazón enamorado tiene que librar mil
batallas, contra las circunstancias, contra el tiempo, contra su misma pasión.
No puedo brindarte felicidad, porque he navegado por los ríos del amor y
conozco que su desembocadura es en el mar de la tristeza. Es el amor una locura
que se basta sola para despertar a los enormes nubarrones del dolor y la
tristeza, de levantar volcanes de llanto y amargura, de provocar el caminar del
lado de la amada, conociendo que su destino es el profundo abismo de la
desesperación.
¿Pretendes así amarme? ¿Aún después de leer estos párrafos
ennegrecidos por mi alma? ¿Qué es lo que buscas en mí, amada mariposa blanca?
¿Eliminar el hastío del correcto proceder? ¿Descubrir el lado oscuro del alma y
hundirte en sus fangosos y atrayentes secretos? ¿Desviarte del sendero llano y
aburrido de las leyes de Dios? ¿O amarme, simplemente amarme, sin importar
desafiar a todo y a todos?
Conozco a tu corazón inflamado de amor, conozco a tus manos,
que vuelan libres cuando sus caricias marcan pertenencia en la piel amada,
conozco a tus labios que se visten de beso y de aliento al sentir cerca la boca
que te embruja. Así que sé que tu respuesta a mis interrogantes es la
afirmación del amor, pero al mismo tiempo, la negación de la santidad.
Perder el camino al cielo, hallar las lúgubres puertas del
abismo por mil besos míos, por deleitarte con el excitante roce de nuestros
cuerpos, por entregar tu humedad a mis embates de amor, por extraviar tu mirada
en mis ojos, por entregar tu corazón y tu alma a quien amas.
Sea pues tu deseo y el mío, construyamos nuestro propio
paraíso, finquemos el cielo en el deseo, en la pasión y en nuestro amor. Que el
porvenir sea una sombra que no nos alcance en nuestro momento, refugiémonos el
uno en el otro y que las llamas eternas no provoquen el arrepentimiento.
Que esta carta sirva para sellar el pacto, aquel pacto que
pediste cuando, inocentemente, me seguías, o mejor dicho, cuando pensabas que
me seguías, porque siempre fui yo el que te rondaba, el que dibujaba círculos
cada vez más estrechos alrededor de ti. Has caído y yo he caído en ti.
Muramos en nuestro paraíso, en nuestro amor, en el
torbellino de deseos contenidos hasta ahora, permitamos que la pasión cauterice
las heridas que han de llegar y olvidémonos de ese cielo eterno, que no es
hogar para nuestros delirios.
Tu siempre amante, M.
(Parzival)