sábado, 20 de junio de 2009 | By: Abril

Te regalo un cuento


Te regalo un cuento. Podía haber sido un paseo por el parque o una canción a medio hacer. Una carta de amor, un capuccino en tu plaza favorita o un truco de magia sin ensayar apenitas. Pero no. Quería que fuera un cuento. No para después de hacer el amor ni para que nos echemos de menos. No para que suene el Adaggieto de la quinta de Mahler, ni nada por el estilo.
Te regalo un cuento para que puedas hacerlo tuyo dibujándole una narizota, para que lo compartas con tu vecina de escalera o con tu gato. Para que elijas la banda sonora que te apetece que suene de fondo mientras lo lees.
Yo tengo mis canciones para escribirte. Tu las tuyas para leerme.
Te regalo un cuento para que puedas llevarlo contigo, dobladito en el bolso, o entre las páginas de un libro de Benedetti. Para que cuando te enfades conmigo puedas estrujarlo y hacer con él una pelota de papel, arrojarlo por la ventana y mirar complacida cómo lo atropella un autobús. Para que lo fotocopies mil veces y le entregues una copia a quien más te apetezca. Para que envuelvas con él una manzana o para colgarlo en tu pared. Para que le claves alfileres los días en los que me matarías. O para apuntar encima del título el teléfono de tu banco.
Te regalo un cuento improvisado. De esos que empiezas a escribir sin pensar y que no sabes cuándo acaban. Te regalo esta noche y todas las demás. Te ofrezco mi sonrisa non stop, sin conservantes ni colorantes. Aún a riesgo de poder ser acusado de alevosía y nocturnidad, y aunque puedan encontrarse muchos más agravantes.
Te dejo abierta la ventana para que te cueles, para que me espíes ésta noche. Para que me veas sin que te vea. Para que me cuides un poco sin que yo lo sepa.
Te regalo una idea. El concepto más hermoso de complicidad, un escenario vacío en el que buscar la manera de encontrarse. Te regalo un cuento que habla de amigos y de sueños, de noches de verano pegajosas, de mí mismo mientras me imagino tu cuarto desde lo alto del cielo, antes de lanzarme en picado sobre tu almohada. De kamikazes que se estrellan en tus brazos y que no vuelven a despegar, ni falta que les hace.
Te regalo el kit completo de cariño, el maletín mágico con el que jugabas de niña a maquillar muñecas y cocinar guisos de plastilina mientras yo fabricaba dinamita con el Quimicefa.
Te regalo un cuento indeterminado sin pies ni cabeza, sin trama ni desenlace final, sin argumentos y sin actores de reparto. Sin moraleja. Y si la tiene, que sólo tú la conozcas.
Lo único que necesitas es apagar la luz, cerrar los ojos y la puerta de tu habitación, no necesariamente en ese orden. Dejar que te lea al oído, olvidarte de las facturas y del telediario. Quererme un poco más que hace cinco minutos y hacérmelo saber, de alguna manera.
Te regalo un deseo. Llenarte de unas ganas locas de reír y de que salgas corriendo en busca de una diadema bonita para el pelo. Que necesites llamarme y te encuentres pidiéndome que apague la luz, que cierre mi puerta y entonces, empieces a leer el mismo cuento que estás leyendo ahora. Y ojalá no podamos dejar de llamarnos cada noche, para contarnos el mismo cuento. Toda una vida.
Un cuento para llevarte de viaje, y para leerle a tus hijos y a los míos, a tus nietos y a mi abuela. A las calles y a los parques.
Te regalo un cuento sin papel de colores ni un "espero que te guste". Sin aplicar el IVA y sin descuento por pronto pago. Un cuento que habla de ti y de mí, que pueda leerse cualquier día del año, a cualquier hora, sea cual sea tu estado de ánimo o tu sabor favorito de helado.
Te regalo este cuento.

(Jorge Gonzalvo Díaz. Carta finalista del IV Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor de Escuela de Escritores).
martes, 12 de mayo de 2009 | By: Abril

Carta de una "Chica de Ayer"


Querido Antonio:

Llegué a tu vida, como suelo llegar a todas partes: a destiempo, sin saber que tú habías puesto banda sonora a todas mis tardes de lluvia y que escribiste aquella canción para mí. No llegué cuando las niñas de mi generación tenían tu foto forrando sus carpetas de instituto, no. Llegué en tu peor momento, cuando convertido en un espectro tratabas de levantarte apoyado en tu guitarra, para no desfallecer sobre el escenario, pedestal donde no te acostumbrabas a vivir del todo.Y me enamoré de tu sensibilidad. Fue conocerte y colocarme detrás de ti y comenzar a ser el remiendo perfecto de tu sombra rota.

No fue casualidad que existiera aquella tienda de discos de las que estaba sembrada cualquier calle del centro hace diez años, en la prehistoria de la piratería discográfica, donde un desconocido, en lugar de regalarme flores, me invitó a conocerte en un concierto. Nunca he vuelto a verlo, en cambio de ti nunca me volví a separar, desde aquella noche.

Siempre habías estado ahí y me di cuenta demasiado tarde de que tú eras Antonio, la voz que me tocaba el alma en cada acorde con esas manos trémulas y yo era tu Chica de Ayer…

Ahora te has ido, porque todo el mundo tiene que irse algún día y los que viven deprisa, suelen hacerlo antes. Te has ido como te gustaba, sin despedidas, sin dramas, dejándome a este lado de la calle, con mi paraguas rojo, bajo la lluvia exterior que se confunde con la interior…y forma charcos a mis pies.

¿Sabes lo que más me duele? Saber que la voz de “El sitio de mi recreo” hoy se ha quedado sin dueño…

(La Dama)
martes, 14 de abril de 2009 | By: Abril

Carta a Lou


Lou:

Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma. Nunca he conocido a una persona más pobre que tú: ignorante pero con mucho ingenio, capaz de aprovechar al máximo lo que conoce, sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia, sincera y justa en minucias, por tozudez en general.
En una escala mayor, en la actitud total hacia la vida: mentirosa, sin la menor sensibilidad para dar o recibir, carente de espíritu e incapaz de amar. En afectos: siempre enferma y al borde de la locura, sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores…
En particular: Nada fiable, de mal comportamiento, grosera en cuestiones de honor…Un cerebro con incipientes indicios de alma. El carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico, nobleza como reminiscencia del trato con personas más nobles, fuerte voluntad pero no un gran objeto, sin diligencia ni pureza. Sensualidad cruelmente desplazada. Egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual. Sin amor por las personas pero enamorada de Dios. Con necesidad de expansión. Astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina.

Tuyo:

F.N (Friedrich Nietzsche)

martes, 7 de abril de 2009 | By: Abril

Carta a mi madre


Querida mamá, te escribo esta carta ficticia en torpe compensación por tantas cartas verdaderas no escritas –ahora que lo pienso, no recuerdo haberte dirigido nunca una carta personal verdaderamente a ti, algo que fuera más allá de postales o misivas familiares, donde quedabas englobada como destinataria en un «queridos todos» o cosa parecida– y por tantas palabras nunca dichas o, aún peor quizá, mal dichas... malditas. Te la escribo ahora que aún estás, pero ya no estás, es decir, cuando todavía formas parte de mis preocupaciones pero yo ya no estoy en las tuyas, de las que tantas veces –¡ay!– fui protagonista. ¿Sigues teniendo hoy preocupaciones de algún tipo, pese al mal de Alzheimer, la arteriosclerosis o como quieran llamar la dolencia que te ha robado la mente los doctos que no pueden curarla? Supongo que sí, sean provocadas por el frío, el calor, el hambre o cualquier otra incomodidad, es decir, siempre relativas a la privación de los pocos goces meramente negativos que aún te quedan.
Nada tendrán que ver ya con el amor ni el cuidado por lo tuyos, que fueron ocupación central de tu vida, pero aún así serán «cuidados» personales de uno u otro tipo, porque mientras dura la vida podemos perderlo todo menos el apremio tibio y, sin embargo, inexorable de cuidarnos. Sólo la muerte nos descuida por completo al cogernos por descuido.
Cuando voy a verte a la residencia con alguno de mis hermanos, de vez en cuando, me sonríes al saludarte con un beso. Y creo que te brilla en los ojos una chispita de la antigua ironía, algo que podría ser un atisbo de reconocimiento.
¿No decían siempre que yo era tu preferido, el que más se parecía a ti en lo físico y también espiritualmente, en la mala leche polémica? Quizá al verme piensas hacerme alguna broma sobre lo viejo que estoy, sobre lo blanca que tengo la barba, sobre lo asustado que llego a esa antesala de la muerte que es el hogar de ancianos (Mors. O quam amara est memoria tua), sobre lo poquísimo que me parezco ya al niño cabezón y nervioso de enormes orejas despegadas al que tú mimabas. Piensas alguna pulla o algún consuelo para mí, pero luego se te olvida y sigues sin hablar. Habría tanto que decir que las palabras se han vuelto imposibles. Sólo de vez en cuando farfullas algo poco inteligible, cuando te enoja nuestra obsequiosidad o estás fastidiada por cualquier motivo que sólo tú conoces. Por lo menos aún te quedan ganas de protestar.
También le pasa a otras, como esa compañera de achaques sentada al fondo de la visitas que al oírnos hablar contigo repite una y otra vez en voz muy alta: «¿Y lo mío, lo mío, lo mío qué? ¿Y lo mío, lo mío?». Nadie le responde porque no hay respuesta.
Es un terrible lugar la residencia, aunque sea de lujo y estés muy bien atendida. No objetivamente terrible para quienes allí están, sino subjetivamente para el que viene de afuera y quizá también para ti misma, a ratos. Es el espanto de lo irremediable.
De allí jamás podremos salir, ni tú ni tampoco yo desde que fui a verte por primera vez. Sé de lo que hablo, porque estuve hace más de treinta años en la cárcel unos cuantos días y ya nunca me he librado de ella por completo. Ahora estoy seguro de que tampoco de esta residencia –ajardinada, cómoda, inexpugnable– volveré a irme del todo, hasta que quizá un día me instalen en un lugar semejante a esperar el final.
Mientras la otra señora insiste en su queja inútil, que es imposible no compartir –«¿y lo mío, lo mío, lo mío?»– porque ninguno sabemos a dónde se fue todo ni cómo se va yendo lo que nos queda, yo por hacer algo te doy una revista. Y entonces lees los titulares con voz clara y entonada, con la voz de siempre. ¡Qué fiero y cruel prodigio: se te ha olvidado hablar, pero aún sabes leer!
Ya sólo puedo oírte como antes cuando me lees en voz alta, como me leías hace medio siglo aquellos cuentos que yo me aprendía de memoria para después fingir leerlos a mi vez en el libro infantil antes de haber aprendido siquiera las primeras letras, asombrando a algunas visitas crédulas.
Tu voz precisa y entonada de lectora, la que yo más he amado, es la última que se resiste aún a abandonarte. Ninguna madre tiene derecho a quejarse de que sus hijos nunca lean o lean a regañadientes si ella no ha sido capaz de leerles de vez en cuando como tú me leías a mí... incluso mucho después de que supiese ya leer perfectamente, sólo por darme gusto. No hay cosa que más deteste ahora que verme obligado a soportar una lectura de poemas o un capítulo de novela balbuceado con narcisismo incompetente por su autor o una conferencia leída (que frente a una
espontáneamente recitada es algo así como alimentarse con guisos enlatados en lugar de tomar alimentos frescos): pero si tú aún pudieras leer para mí cuentos de hadas o historias de animales que hablan, me acostaría a escucharte como cuando tenía fiebre. Para siempre.
No fuiste una intelectual –te recuerdo defectos, pero no pedanterías, y así quisiera que me recordasen a mí–, aunque en cambio te gustó siempre muchísimo leer. Te gustaba leer y, por tanto, leías por gusto. No te imagino leyendo algo ilustre pero aburrido y a mí me sedujiste a la lectura sin proponerme jamás un programa cultural. Para convencerme de que leer es algo maravilloso e imprescindible me bastó ver el entusiasmo con que comprabas la reciente novela de Agatha Christie aparecida en editorial Molino. Si te hubiera oído citar a Dante o a Proust seguramente me hubiese dedicado al fútbol. Según un ritual pueril que no sé si aún se practica, cada diente que se me caía debía ponerlo debajo de la almohada para que un misterioso ratón me trajese un regalo. Siempre fueron libros y así obtuve por primera vez El candor del padre Brown de Chesterton y La montaña de luz de Salgari, entre tantos otros como dientes de leche cambié por colmillos más adultos. ¿Cómo podrían agradecerse suficientemente tales regalos? Determinaron mi vida entera, mis aficiones: me hiciste el alma. También me condenaste, desde luego, a seguir buscando sin cesar volumen tras volumen– la reconquista de aquella felicidad primera. Nunca te equivocabas en lo que iba a gustarme ni nunca dudé de tu criterio. Cuando mostraba interés por algunas de las novelas de Plaza que tú leías con fruición, como Vicki Baum, Pearl S. Buck o Cecil Roberts, te limitabas a decirme: «Éste no es para ti». ¡Cuánta razón tenías! Aún hoy siguen sin serlo. En cambio me pasabas después de haberlas leído otras como El ataúd griego, de John Dickson Carr (quizá fuese de Ellery Queen, lo único que recuerdo bien es que el intrigante féretro había dos cadáveres en lugar de uno) o alguna de S.S. van Dine, el alimento imaginario que yo precisamente necesitaba. Con el tiempo he ido ampliando al ámbito de mis lecturas y creo haber hecho algunos descubrimientos esenciales en ese campo por mí mismo, pero los primeros libros que tú elegiste para mí componen el disco duro de mí alma literaria y no han dejado de gustarme «nunca».
Sólo una vez me diste un terrible disgusto literario, pero fruto no de un error sino de tu mayor acierto. Muchos de aquellos obsequios preciosos, como los libros de Chesterton, Los cuentos de las colinas de Kipling o las Novelas de pavor y misterio de Stevenson (que incluían a Jekyll y Hyde junto ala espeluznante historia de Juana la Cuellituerta), me llegaban a las primorosas ediciones de la colección de Crisol de Aguilar, mi preferida entre todas, encuadernadas en piel de diferentes colores según los géneros y con hojas de papel biblia impresa en la letra diminuta. Por entonces comencé a tener problemas de visión y se descubrió que tenía un ojo con mucha mayor miopía que el otro, casi atrofiado a fuerza de no utilizarlo. Hube de ponerme gafas y comenzaste a vigilar para que no leyera con poca luz o un tipo de letra que me obligaba a forzar demasiado la vista. Y fue precisamente entonces cuando me hablaste de Sherlock Holmes y encontré en nuestra pequeña librería Paternina de la calle Fuenterrabía, frente a casa, el primer volumen de las obras completas de sir Arthur Conan Doyle, en la colección Joya de Aguilar, hermana mayor de Crisol, pero con el mismo papel finísimo y la misma letra microscópica. Empecé Estudio en escarlata y supe desde el primer momento que me adentraba en un paraíso donde serían comestibles no sólo las manzanas prohibidas, sino hasta serpientes tentadoras.
Pero entonces, al verme aferrado al volumen congestionado de más de mil páginas y renglones minúsculos, te entró un escrúpulo oftalmológico y me dijiste que debía devolver el libro: ya me buscarías una edición más legible de las andanzas del gran detective. ¡Renunciar a Sherlock Holmes ahora que lo tenía todo junto en la mano! ¡Ser declarado inútil total para Baker Street –donde ya había decidido vivir hasta el fin de los tiempos– por culpa de mi mala vista, que luego me sirvió ni siquiera para evitar la mili! Monté tan dramática zapatiesta que volví a recuperar el amado volumen –sólo estuvo fuera de mi tutela unas cuantas horas– y hasta conseguí que me compraras sucesivas y espaciadamente los otros cuatro que formaban las obras completas de sir Arthur. El afán que no admite demoras no cortapisas por un libro, eso es algo que tú podías entender. Y yo soy tu hijo ante todo porque fuiste capaz de comprender eso y sólo por haber salido de tu vientre.
También eras capaz de discutir, artera e incansablemente. Nunca he tenido mejor adversario polémico que tú, es decir, nunca lo he tenido «peor». Después de haber cruzado armas verbales contigo durante años, todas las batallas dialécticas me parecen sosas. Tenías la honradez básica de aceptar de inmediato el núcleo de lo que se debatía en cada caso, para luego desplegar todas las artimañas imaginables capaces de debilitar la posición contraria. Percibías infaliblemente la más pequeña grieta en la armadura del adversario y arremetías sin contemplaciones. En especial fuiste siempre magistral en el manejo de la ironía demoledora y en el subrayado de ese aspecto ridículo o enclenque poner a la luz.
Me temo que también en esta peligrosa habilidad he sido un discípulo tuyo incluso demasiado aventajado...
Nuestros torneos tenían lugar por las mañanas, en el cuarto de baño, mientras tú completabas tu aseo personal. Yo me sentaba en la tapa del retrete mientras ibas y venías ritualmente entre esponjas, polvos y lociones. La cuestión en litigio era lo de menos, aunque solía pertenecer al campo de la teología y –un poco más tarde– al de la política. Como toda polemista de raza, preferías los temas infinitos, imposibles de resolver. Aceptabas y hasta propiciabas de un grado las digresiones, pero no tolerabas las inconsecuencias. Todavía hoy, cuando discuto con algún incauto y le cuelo de rondón cualquier argumento con mera apariencia de solidez, suelo pensar: «Éste mi madre no me lo hubiera dejado pasar». Me adiestraste insuperablemente para refutar, aunque quizá tanto a ti como a mí nos ha faltado siempre humilde disponibilidad para aceptar ser refutados.
Otras dos cosas más aprendí de ti o merced a ti. Con todo lo que tenías de crítica y discutidora en cuestiones de opinión, siempre fuiste fácil de conformar en los asuntos prácticos. Ante el plato dudoso de comida, ante la habitación mediocre del hotel o la butaca con mala visibilidad en el teatro, procurabas siempre conformarte (¡y conformarnos!) celebrando con entusiasmo contagioso las excelencias imaginarias de lo que nos la tenía reales. Nunca te interesó lo suntuoso ni lo refinado, ese énfasis ridículo en lo accesorio que desde entonces para mí siempre ha despertado las sospechas de estrechez de alma. Soporto el buen gusto, pero no las ínfulas de quienes creen tenerlo. Preferiste lo confortable a lo exquisito, lo cordial a lo sublime, lo habitual a lo insólito y sobre todo a lo que hay (y de momento basta) al nuevo instrumento básico que recomiendan los creadores de falsas necesidades. Pese a pertenecer a una familia acomodada y a vivir estupendamente, nunca tuve sensación en mi infancia o adolescencia de que el derroche superfluo fue cosa recomendable, ni siquiera decente.
Resultaba lógico comprarse un libro interesante aunque fuese caro, porque los libros importan,pero era absurdo gastarse más de lo debido en una camisa, si las hay buenas y baratas, o beber Veuve Clicot en Navidad cuando el cava rosado del Ampurdán está también riquísimo y lo que más importa es la buena compañía. A fin de cuentas, casi nada es «insoportablemente» malo para quien contempla las cosas con ojos de coraje y alegría. Un personaje de Shakespeare (en King Lear, si la memoria no me falla otra vez) dice: «Aún no esta ocurriendo lo peor cuando uno puede decir: esto es lo peor». Así pensabas y así pienso yo también y de aquí debería partir todo verdadero inconformismo no melindroso. Quiero pensar que incluso si hubieras podido verte hoy plácidamente demente en la residencia de la muerte no hubieras cambiado de criterio. En cuanto a lo que me concierne o, mejor concernirá, también lo afirmo. Mientras dure la vida y el dolor resulte soportable, no hay que dar por perdida la aventura.
Durante años te vi sacrificarte y también rebelarte contra la necesidad de sacrificio: otra importante lección para mí. Te casaste aún joven con un hombre mucho más viejo que tú, hermano mayor del novio casi adolescente que te asesinaron en la guerra civil. Se trataba de además de un enfermo crónico –aunque lleno de buen humor y capacidad de trabajo– al que debías cuidar mucho para que llegara a ver crecer a sus hijos. Y los hijos fueron nada más ni nada menos que cuatro.
Añadamos a esta nómina de responsabilidades tu extremadamente anciana suegra y tus propios padres, pues todos acabaron viviendo y muriendo contigo, bajo tu tutela. No hay juventud que resista tantas obligaciones, tantas renuncias de viajes y diversiones que pudieran apartarte demasiado tiempo de la trinchera donde debías combatir contra todas esas alarmas diferentes. Y, sin embargo, nunca llegué entonces a verte marchita, siempre me pareció que conservabas una animosa y hasta agresiva lozanía. Se notaba, sin embargo, que eras consciente de cada una de tus renuncias y por supuesto que no te gustaba renunciar.
Creo que viviste la mayor parte de tu vida atrapada en tu deber y, sobre todo, prisionera de una concepción de la mujer que convierte demasiadas necesidades hospitalarias en tristes virtudes femeninas.
Cumpliste escrupulosamente hasta el final, pero se te escapaban con frecuencia no tanto gritos de protesta como miradas y suspiros de rebelión. Yo te explotaba como los demás –¡más quizá que lo demás!–, pero a la vez vigilada y comprendía tu ocasionalmente descontento. Incluso, tu inconsciente rencor contra lo inevitable, que barnizabas con la desmejorada purpurina de la resignación cristiana.
Mis ojos paganos leyeron tu ejemplo al revés, seguramente porque soy mucho peor que tú: decidí enseguida no sacrificarme jamás o por lo menos no confundir la excelencia con la renuncia, demasiadas veces inevitable para no incurrir en mera inhumanidad. En efecto, lo inhumano debe ser evitado aunque a veces nos cueste mucho, pero la gloria de lo humano reside en un lugar muy diferente, bajo el sol de lo jubilosamente apetecible que sólo condesciende a regañadientes y en dosis mínimas a lo irremediable. Así, pobre querida mía, con egoísmo triunfal, y reivindicativo, fui terriblemente feliz a costa tuya.
En su hoy injustamente preterido librito El arte de amar, Erich Fromm comenta –al hablar del amor materno– la metáfora bíblica de la tierra que mana «leche y miel». Y dice: «La leche es el símbolo del primer aspecto del amor, el de cuidado y afirmación. La miel simboliza la dulzura de la vida, el amor por ella y la felicidad de estar vivo». La buena madre, como la mejor tierra prometida, es la que no sólo da leche a sus hijos, sino también miel. La que les contagia su amor a la vida y no sólo les protege o asegura su subsistencia. Concluye Fromm: «Es posible distinguir, entre los niños– y losadultos– los que sólo recibieron leche y los que recibieron leche y miel». Yo recibí leche y miel antes, ay, de abandonar la tierra prometida. Cuando me relamo, madre, aún siento bañados en indeleble dulzura los labios que alimentaste.
Creías en mí, en la fuerza que había en mí. Mejor dicho, en mí llegó a haber cierta fuerza porque tú me convenciste de que creías en ella. Te enfrentabas con mis rebeliones, incluso rabiosamente a veces, pero nunca me desalentabas. Recibí aliento hasta de tus menos razonables intransigencias. De modo que te debo radicalmente mi alegría, ese secreto trágico que suelen envidiarme. Porque nadie, ni la muerte futura y ya presente, puede debilitar la alegría de quien se ha sabido de veras amado –no mimado, no adulado– por su madre, de quien ha notado crecer su propia inteligencia en inteligencia con ella. Cuando las cosas han comenzado tan estupendamente nada sabrá nunca ya ir mal del todo. Aún sigo rodando, gozando y combatiendo gracias al empellón fabuloso con que me proyectaste a un mundo trasgresor en cuyos vicios mayores sólo pudiste participar a través de las novelas. A veces quiero creer que te he vengado, de algún modo. Pero ya da igual, porque la fricción inmisericorde del tiempo y la realidad van frenando poco a poco la inercia confiada, generosa, arrolladora, que supiste darme. Ahora llego estremecido a esta residencia y te veo muda, liberada de todos los cuidados que te abrumaron, pero esclavizada del todo, indescifrable. Y siento un último instinto de predador, un afán de rapiña desesperada: sentarme a tu lado, cogerte las manos frías y reclamarte injustamente al oído «mamá, ¿y lo mío, lo mío, lo mío?».

(Fernando Savater)

Carta a mi padre


Querido Papá:

No me gusta pensar que te quiero a veces, sólo a veces. Sí, a veces. En esas ocasiones en que tu sonrisa no es distorsionada por una carcajada estúpida. En esas veces en que el sudor de tu frente aparece como resultado del trabajo y no como consecuencia del encierro en ese fétido y desagradable lugar en el que juras cariño a perfectos desconocidos, entre los que olvidas a tu propia familia.
No logro creer cómo una persona puede ser al mismo tiempo tan fuerte ante la vida pero tan débil frente a una botella. Me gusta pensar que ese otro que también vive en tu cuerpo no eres tú. Me resultas tan lejano, tan desconocido.
En las mañanas de remordimiento cuando sólo te ocupas de arrepentirte de aquello que no recuerdas, pero que por nuestros rostros adivinas que estuvo mal, no puedo sino sentir compasión. Sin embargo, esa compasión no es suficiente para arrancar el rencor que me hace arder el alma después de que has sido violento con la mujer que no hace más que amarte y morir de angustia cada que adivina tu paradero, después de que las manecillas del reloj se alejaron del margen de tu hora de llegada.
Ni siquiera me doy cuenta de cómo ha pasado el tiempo. De cómo dejé de ser tan inocente para creer ciegamente cada que dices que esto no volverá a pasar. No, nunca he dudado de que nos quieras. Lo que no me queda claro es qué tanto te quieres a ti mismo.
Lo único que temo ahora es a la reacción que provocará la próxima vez que te vea y te sienta agresivo. Ahora no puedo ser indiferente.
Nunca te he culpado por nuestras carencias ni por todo aquello que hubiera deseado ser o hacer y no pude. Pero tampoco puedo hacer como que nada pasa.
Me llena de impotencia querer y no poder ayudarte porque el único que puede hacerlo es ese que te devuelve la mirada en el espejo. Sólo espero que cuando por fin lo comprendas no sea demasiado tarde. Porque, ¿sabes?, la verdad papá es que te amo.•

Tu hija.

(G.D.V.)
miércoles, 11 de marzo de 2009 | By: Abril

Angélica


Perdona que no te haya escrito durante todos estos años. Estaba ocupado viviendo y teniendo hijos y nietos. Ahora, sin embargo, es ese momento de la vida en el que, repentinamente, estoy más cerca de ti que de ellos. Esa mágica antesala de la muerte que tenemos los viejos, un pequeño puñado de horas en el que se difuminan los recuerdos más presentes (no me preguntes cuántos nietos tengo, porque lo he olvidado) y aparecen, nítidas, las imágenes de hace tantos años.

Ayer por la tarde, o lo que yo creo que fue ayer por la tarde, llovía y se hizo de noche muy pronto. A las seis no quedaba luz en la calle apenas para un par de pasos. Empezó a llover, con esa lluvia con que la primera primavera trata de mellar el invierno. Estaba solo en un salón oscuro que brincaba con los parpadeos caprichosos del televisor, escuchaba la lluvia tabletear contra el cristal; y te vi. Te vi a mi lado, de pie en un lateral del cine Pardiñas, una tarde como ésa, exactamente igual, con nuestras pellizas sobre los hombros y el rostro ardiendo por el ambiente caldeado y la bruma de cigarros de la sala. Te vi de nuevo dedicándome la única mirada de amor que jamás me brindaste, mientras Don Francisco Largo Caballero, en la tribuna del cine, nos hablaba de la revolución. Hasta entonces yo había dudado si me amabas a mí o a nuestra cita histórica; si amabas al hombre o a la idea que el hombre compartía contigo. Pero tus ojos, en ese momento, cuando la sala empezó a rugir y a aullar y a aplaudir y a levantar los puños y después a cantar, a cantar, a cantar, tus ojos, Angélica, fueron los dulces ojos de la penetración. Se hizo en mí esa mirada y supe: no existe diferencia. Amar es procurar y en cada momento procuramos lo que las horas nos dejan. Hay una hora para construir un nido, una hora para las lágrimas y otra para las risas y otra para la lucha. Y saborearlas todas como si sólo fuesen una, ésa, la de cada momento, eso, Angélica, es el amor. Amor no es reír de por vida sino reír cuando en la vida toca y hacerlo como si no fuese a haber otra oportunidad.

Así nos vino el presente, Angélica. Sólo hubo un tiempo para reír y la aprovechamos diligentemente, al salir del mitin, juntos, tomados de la mano y paseando por la calle Alcalá, casi sin palabras. Quiero pensar que cuando la araña negra de la muerte anidaba en tu aliento pudiste ver, en una décima de segundo, aquellas calles que abrazaban el frío, las gentes vociferantes que se mofaban de las palabras de Gil-Robles y de las derechas (si el Parlamento no nos sirve, lo apartaremos) y recordándole a los transeúntes y al siglo que había llegado nuestro momento. Ese momento que nos llegó para luchar en octubre de ese mismo año, 1934. El mismo en el que perdimos.

Yo entonces era aprendiz y tú ya eras bordadora, creo. Lo siento, Angélica, esta confesión me arranca lágrimas pero lo cierto es que esta lucidez postrera no me alcanza para poder recordar cómo nos conocimos. Apenas recuerdo mis dudas previas, mis certezas posteriores y aquel paseo en la noche madrileña, rodeados de camaradas que cantaban por las aceras, y nosotros reservando nuestro ardor de lucha, apartándolo momentáneamente porque ése era nuestro tenso tiempo; porque entonces, Angélica, en esos momentos, nos mirábamos y sonreíamos y hacíamos planes. Lo daríamos todo, qué sencillo se nos hacía. Aplazaríamos el placer de nuestros cuerpos y nuestras almas algún tiempo, porque llegaba la hora de la lucha. Apuntalando la lógica de nuestros planes, tú te hiciste correo de mensajes sustanciosos, de planes meticulosamente trazados por el partido, como tantas otras lo fueron. Y yo te admiré por un motivo más y queriéndote a ti aprendí a querer a tu figura.

Y recuerdo también el otoño siguiente cuando eras para mí apenas alguna esquela breve que los amigos comunes me hacían llegar. Me hiciste llamar para que nos viésemos. Otra tarde fría de domingo en un banco de la plaza de Oriente en la que te esperé largo rato hasta que llegaste; y me saludaste con otros ojos. No era la hora de las miradas tiernas y supe entenderlo. Te marchaste a Asturias esa noche sin que nos tocásemos, sin recordar el amor porque el amor es también no mostrarlo ni nombrarlo cuando otras cosas que lo hacen coherente reclaman la atención. Me hablaste de la lucha y del momento y de tu ilusión y de tu marcha. Me dijiste que te habían ordenado ir al norte, donde ya se esperaba aquella fuerte resistencia de los cenetistas a ser uno en la pelea. Me dijiste que me envidiabas porque yo, menos implicado o valorado, me quedaría en Madrid, en mi casa y mi trabajo, y podría vivir en primera persona el epicentro de nuestra revolución. Entonces, Angélica, ni tú ni yo sabíamos que eras tú la que viajabas al epicentro. Me habría cambiado por ti sin dudarlo, aún sabiendo (o tal vez precisamente por eso) que perderíamos, que acabarían por masacrarnos en los valles mineros. Cuando te ibas, ya de pie mientras yo permanecía sentado y sonriéndote, regresó, leve, fugaz, ese mirar de enamorado. Un parpadeo privado entre los dos que me juró tu cuerpo, me juró tus manos y tus tiempos futuros a cambio de mi fidelidad de ahora que, de todas formas, te habría entregado sin un reproche. Tanto te amaba y amaba lo que tú amabas.

Te busqué. Imploré, supliqué, exigí al partido que hiciera esfuerzos por saber de ti. Los camaradas rebosaban caridad conmigo. Supongo que sabían bien que te habían purgado, que te habías ido por el sumidero de la derrota en un remolino de cadáveres olvidados. Pero nunca nadie me dio cuenta de ti. Te encontré yo solo, en el verano del 36, exprimiendo al máximo dos o tres confesiones borrosas que había logrado conseguir de amigos de amigos. Encontré tu fosa sin lápida en una colina sobre un valle que me dijeron que defendiste. Un manto verde que te cubría. Y ya no me mirabas. Ya no quedaba nada, Angélica.

Ojalá puedas comprenderme.

Yo había esperado por otra cosa, para otra cosa. La promesa era diferente. No esperé para abrazarme a un recuerdo, para reposar junto a un túmulo de hierba que la lluvía terminaría por confundir con la colina misma. Yo esperé por unos ojos ciertos y una mirada que recordaba bien, y un cuerpo que adivinaba sedoso y miles, miles de miles de segundos de existencia en común y palabras y calor. Te esperé a ti, Angélica, a ti y a tu labor. Pero no a tu imagen.

El resto es fruto del azar. Aquel verano, antes de regresar a Madrid, quise visitar a unos parientes en Galicia y allí estaba el 18 de julio. Volví a pisar Madrid seis años después y vestido de caqui.

Ya ves, Angélica. La vida tomó otro derrotero. Se desvió o, quizá, simplemente buscó otro canal por donde fluir pues el que estaba previsto, el que abrió en la roca tu mirada, se cegó de repente. Me gustaría decirte que no te he olvidado todos estos años, pero no es cierto. Tú me enseñaste que el amor es aprovechar cada ocasión y no mirar atrás. Amarte a ti era colgarse del muro de la pasión sin preocuparse de la altura y, si después de ti no hubo pasión, tampoco hubo alturas a las que temer. Te he llevado dentro de mí, dormida. Quería pensar que con no recordarte bastaba. Pero ahora me doy cuenta de que amarte fue, y es, sentirme pobre y culpable por haber gastado más de sesenta años que tú podrías haber vivido. El amor es triste, Angélica, porque al amor siempre le falta algo.

Quisiera poderte pagar por todo lo que ya no fuiste. Pero no puedo. No puedo hacer nada, Angélica. Ni por ti, ni por mí. Sólo puedo decirte lo que la urgencia de aquellos tiempos dejó para más adelante porque, finalmente, llega la última hora y ahora me encuentro, seis décadas después, donde ya estuviste tú cuando, subida a los contrafuertes de un valle, recibiste el atropello de los morteros; así pues veo, como viste tú, que no hay más adelante, que lo que hubo detrás se disuelve y que nada, nada, ni la lluvia sobre el empedrado de Madrid, ni los cánticos febriles, ni tan siquiera un beso cálido casi adolescente, recibe la merced de permanecer. Por eso, aunque sea al papel y a unos restos pulverizados bajo la hierba de una colina quiero decir, porque ya es tarde: te amo, Angélica. Te amaré siempre.

"Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto s'acabó en solo un día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!

¡Oh cuán ocioso está mi pensamiento
cuando se ocupa en bien de cosa mía!
A mi esperanza, así como a baldía,
mil veces la castiga mi tormento.

Las más veces me entrego, otras resisto
con tal furor, con una fuerza nueva,
que un monte puesto encima rompería.
Aquéste es el deseo que me lleva
a que desee tornar a ver un día
a quien fuera mejor nunca haber visto".

Garcilaso de la Vega, Soneto XXVI

(Héctor Otero)

Nota: Carta finalista del I Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor.
domingo, 22 de febrero de 2009 | By: Abril

Recuerdos en un cartel


Esta mañana me he dado cuenta de que no recordabas mi nombre. Lo he visto en tus ojos azules, mi princesa, cuando he entrado en la cocina, aún en pijama, adormilado, y te he has girado hacia mí con el paquete abierto de café en una mano y una cuchara en la otra, dándome los buenos días.

Durante apenas un segundo se te ha congelado la sonrisa, pero enseguida has fingido reconocerme y has seguido con lo tuyo, como si tal cosa. Yo me he vuelto al dormitorio y he abierto el tercer cajón de la cómoda. He tomado el cartel de cartulina roja, el que lleva mi nombre dibujado en mayúsculas de trazo grueso, y me lo colgado al cuello. Después, sentados a la mesa, cuando me has pasado el azúcar, has mirado mi cartel y he notado que te relajabas. “¿Te apetece una tostada, Miguel?”, has preguntado, haciendo hincapié en la pronunciación de mi nombre, para que yo viera que sí, que lo sabes, aunque algunos días no puedas recordarlo sola.

Los médicos dijeron que el desarrollo sería progresivo, muy lento y de hecho, hay días que aún son buenos, incluso parecen normales. Y en esos días soy yo el que se olvida de esta pesadilla en la que estamos inmersos los dos, desde hace casi tres años, envueltos en esta penumbra, en esta bruma que no te deja mirar atrás, mi princesa, que te esconde adrede nuestro pasado y nuestro presente, nuestros buenos y malos momentos, nuestros sentimientos y hasta nuestros sueños. Pero en medio de esta niebla, he de mostrarme tranquilo, sosegado, sereno. Ser metódico y mantener tu entorno claro y ordenado, exento de imprevistos y alteraciones que puedan perturbarte. Por eso, todo lo que hacemos cada día sigue una rutina y por eso, también, he marcado cada rincón de la casa con pequeñas etiquetas de colores que muestran mensajes diversos: “Azúcar”. “Armario para vasos”. “Sopa = cuchara”. “Calcetines”. “Te amo, Celia”, por todas partes, “Te amo”.

Acabas tu desayuno y te levantas sin decir nada. Cruzas el pasillo decidida y te veo desaparecer tras la puerta cerrada del baño. No debo atosigarte, así que pongo los vasos en el fregadero, recojo a toda prisa las migas de la mesa y te espero impaciente, sentado en el sofá de la sala. Hago como que leo el periódico, dejo que las gafas de cerca se escurran hasta la punta de mi nariz y permanezco atento a cualquier ruido extraño, a cualquier golpe o a cualquier llamada, para correr en tu busca, a rescatarte, mi princesa. Cuando sales, han transcurrido veinte minutos que a mí me han parecido eternos. Te has cardado el pelo como uno de esos punkis que tanta gracia te hacían. Has pintado de carmín rojo tus labios, y también las comisuras, y te has perfilado los ojos con lápiz negro, embadurnándote los bordes como un payaso que estuvo llorando antes de su gran espectáculo. Has confundido la laca de uñas con el frasco de perfume, y por tu cuello se deslizan dos hilillos plateados. “¿Estoy guapa?”, preguntas. Y yo sonrío, o trato de hacerlo, y te contesto que claro, que tú siempre estás guapa, y me vuelvo contigo al baño para convencerte de que es la hora de la ducha. “Ay no papá, papaíto, que aún no es domingo”, replicas lloriqueando y pataleas flojito en el suelo. “No quiero ducharme, no quiero”. Pero te dejas hacer y voy quitándote la ropa mientras canturreas una canción de cuna, aquélla que le cantabas cada noche a nuestra Ana para que por fin cogiera el sueño. Contemplas fascinada la espuma que resbala por tu cuerpo desnudo, tan frágil, y chapoteas y me salpicas y todo termina convertido en una gran piscina. Y yo termino empapado también. Empapado y agotado a las diez de esta mañana en la que no recuerdas mi nombre. Te envuelvo en una toalla y al momento la arrojas al suelo y sales corriendo hacia el cuarto. Abres el armario y lo revuelves todo hasta encontrar un vestido floreado, liviano, de vuelo y sin mangas. Recuerdo habértelo visto en alguna noche de verbena. “Es diciembre, mi cielo, hace frío”, te digo. Pero no hay forma. Te enfadas y me gritas. Me empujas con una fuerza que no sabía que tenías. “¡Suéltame! ¡Qué me sueltes!”, y tiras con fuerza del vestido, y la delicada tela se rasga, pero da lo mismo, te lo pones, con zapatos de tacón, muy altos, como siempre te gustaron. ”Ya estoy lista”. Me sonríes, coqueta, y te sonrojas, como la primera vez que te lancé un piropo a verte pasear con tus amigas por el Parque Grande. “Guapa”, te digo, y te guiño un ojo, como entones.

En el grupo de apoyo nos explican siempre la importancia de ir en busca de recuerdos, así que hoy, como cada día, dedicamos horas a mirar fotos, los dos juntos, sentados sobre el sofá, rodeados de álbumes viejos y cajas de lata. Asientes y sonríes mientras traigo hacia ti, poco a poco, los momentos bellos que encierran esas imágenes inmóviles. Y de pronto empiezas a hablar, a relatar las historias que quedaron plasmadas en el papel fotográfico y hasta me cuentas detalles que yo ya había olvidado. Te miro y vuelves a ser mi Celia, mi amor, mi niña... mi princesa. Me abrazas y te abrazo. Y permanecemos así, arropados con tu manta favorita, apoyada tu cabeza en mi hombro, hasta que de pronto te incorporas y me contemplas muy seria. “No debe abrazarme así, caballero. Estoy casada”. Te separas de mí y me invitas a marcharme. Yo obedezco, sumiso, por no contrariarte, y te dejo viendo la tele, ensimismada, murmurando palabras que solamente tú comprendes, mientras voy a la cocina a preparar el almuerzo. Hoy, tu plato favorito. Lasaña de atún casera. “Vamos a comer, mi vida”, te digo al cabo del rato. Paso un brazo por encima de tus hombros, te ayudo a levantarte y dirijo tus pasos hacia la mesa, vestida con tu mantel preferido y las servilletas de hilo que bordabas por las tardes. “Te he preparado lasaña, ¿ves?”. Cruzas los brazos delante del pecho y pones morritos. “No me gusta la lasaña”. Y yo: “Claro que sí, mi amor. Si la adoras”. Pero te niegas a probarla, te tapas la boca con las dos manos y sacudes la cabeza. Intento convencerte y le das un manotazo al plato. La lasaña se desbarata y la mezcla de bechamel, atún y tomate cae sobre tu regazo y se esparce por el suelo. Me miras, horrorizada. “Lo siento, Miguel. Lo siento”. Tiemblas y se te llenan los ojos de lágrimas, y los míos se inundan también, porque esta vez no ha ocurrido, no has mirado mi cartel. Esta vez, mi princesa, has recordado mi nombre.

(Susana Corroto)

Nota: Carta finalista del VIII Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor