sábado, 1 de agosto de 2009 | By: Abril

Carta a Vicente Ferrer


Querido Vicente:

Llevo meses, tres hasta el día que decidiste marchar a investigar que hay más allá, que mi alma y mi mente andan un poco revueltas.

Un buen amigo, ¿sabes?, el que me acompañó a Etiopía, me mandó un sms para avisarme que estabas grave. De pronto mi corazón se encogió, de pronto cada una de tus palabras en nuestra despedida en Anantapur, resonaron en mi cabeza como si acabaras de decírmelas.

Durante tres meses estuve al tanto de tu evolución. Ana, tú querida Ana, contestaba nuestros mensajes, y la Fundación nos mantenía informados. No me parecía justo que tuvieras que sufrir después de todo tu trabajo, después de todos tus desvelos. Por otro lado, pensaba que segúias siendo tú; luchador, rebelde, cabezota, como cuando Lancy y Mónica tenían que arrastrarte a la cama después de un día más, agotador, recibiendo padrinos, atendiendo a todo aquel que quería hablar contigo y te acercabas a nuestro bungalow y te sorprendías porque unos padrinos estuvieran sentados charlando y compartiendo las experiencias en Anantapur.

Durante estos tres meses, he visto montones de iniciativas, para que te dieran el premio Nóbel, para el reconocimiento de la Fundación… Qué injusto me parecía, que hasta hace diez años apenas unos pocos sabían de tu lucha, de tu trabajo y ahora que se preveía el fin, todos quisieran participar de ese final. Pero una vez más recordé tus palabras, no estabas de acuerdo con muchas cosas, lo poco que te gustaban las apariciones públicas, pero si todo conducía a tu fin, que cada pobre tuviera un plato de comida “solo eso” como tú decías, con tu maravillosa ironía, bienvenido sea. Así que, me he unido a esas miles de personas para que al menos la Fundación tenga ese reconocimiento, aunque para todos será tu reconocimiento.

También recordé que a veces el azar, nos lleva a descubrir a las personas, de la manera más inesperada, como te descubrí yo. Confiar en aquello que tu corazón te dice que puede ser bueno, y que luego tienes la suerte de comprobar.

Y llego el día en que decidiste partir. Me sentí sola. Empecé a ojear de nuevo mis fotos contigo, recordé tu mirada y tú abrazo. La sensación inexplicable cuando sin conocernos, sólo mirándonos a los ojos fuiste capaz de describir a mis compañeros de viaje: a mi marido, a mi hermana, a mi cuñado y a mi misma. La de vueltas que di yo y sigo dando a todo lo que me dijiste, ¡Que escribiera un libro!, ¿Un libro? ¿Sobre qué? ¿De qué?. “Tú tienes mucho que contar y más tendrás”, dijiste fijando tus pequeños ojos en los míos. Esa mirada profunda y llena de querer saber.

Me sentí triste por no haber aceptado tu invitación a estar contigo acompañando a los miles de padrinos que llegan a la Fundación cada verano. Pero recordé una vez más tus palabras, “sigue escuchando tu corazón y él te guiará hasta lo que andas buscando”, y me sentí feliz. Sin querer ¿o sí?, mi corazón me ha llevado hasta Etiopía, donde me siento feliz, donde me siento útil en mi inutilidad. Y donde puedo sentir “que un pequeño gesto, puede alcanzar lo imposible”.

Ayer asistí al homenaje que la Fundación quiso brindarte. Fue una tarde especial.

Una vez más a mi lado estaba mi hermana, mi querida hermana, a la que dedicaste las palabras más bonitas, porque adivinaste su extremada dulzura, palabras que me hicieron sentir orgullosa del amor que mis padres han sabido infundir entre todos mis hermanos, tres. Y en esa tarde tan especial, en el altar mi más querida amiga, Ana (como tú Ana) te brindaba su dulce voz, entre notas musicales. Mi Ana, a la que hubiera querido llevar a Anantapur, para que la conocieras y te conociera. Pero las tres estábamos juntas, pensando en ti.

Escuché con desgana a toda la cohorte de representates de la Iglesia, que un día decidieron expulsarte de sus filas, porque no seguías sus mandatos, pero que no pudieron lograr que perdieras tu fe en Dios, sin imponérsela a nadie.

Observé a las ilustres señorías representantes del pueblo, que se olvidaron de asistir a tu entierro en India, esos que tú decías no entender “¿Como yo que no soy nadie y nada tengo, puedo intentar paliar el sufrimiento y ellos, que tienen el poder y pueden hacer y deshacer, no pueden?”.

Miré a los cientos de personas que bajo un calor terrible, se habían acerado hasta Santa María del Mar. No me preocupé en pensar que razones les habían llevado hasta allí, sólo recordé: “No puedes pedir amor, recibes amor por el amor que das”.

Escuché a Jordi, tu sobrino, “¡Como se parece a ti!”. Lo imaginé sentado contigo en la cantina de Anantapur, en tu despacho, en tu casa, en los caminos de la Fundación, que orgulloso tiene que sentirse por tener un tío como tú.

Y Ana, tú Ana, pidió decir unas palabras. Escuchándola, oyéndola, guardando su palabras, sentí que no te has ido, en cada una de sus palabras, en sus gestos pausados, tranquilos y llenos de Paz, te ví a ti.

Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, creo que estuvísteis juntos todo este tiempo, nunca uno delante del otro, sino juntos y que ella en la sombra, en silencio, en esa revolución silenciosa, se estaba preparando para tomar tu relevo.

Sentí que sin darnos cuenta, con esos pequeños gestos tuyos, nos ibas preparando para cuando te fueras, “para cuando cambiaras de forma”, para que pudieramos seguir.

Marché para casa, con la sensación de que todo está bien, que no pasa nada. Que tú sigues aquí, en cada uno de los que compartimos una mínima parte de tu tiempo en este espacio y en este lugar llamado Tierra.

Hoy, he vuelto a escuchar a Ana y de nuevo, tus palabras me dan la tranquilidad que perdí hace unos meses:

“LO QUE DICE ANA, PODEÍS PENSAR QUE SON MIS PALABRAS”

Ahora, sólo darte las gracias por todo. Por cruzarte en mi vida, por ponerte en mi camino, por compartir tú entusiasmo ante tanto sin sentido. Y decirte que sólo espero, que cuando abandone esta forma, me pueda marchar como tú, orgullosa y llena de amor no pedido.

Gracias por Ganghadevi, por Prameela, por Shiva, y por todas las mujeres de Gunthapalli.

¡Ah! Y da caña ahí arriba para que aquí abajo abramos los ojos…”

(Yolanda...)

Carta abierta a Álex Villoch


Amado Álex:

Nos ha costado mucho decidir si escribíamos esta carta a los mismos medios que hace apenas una semana se hicieron eco de tu muerte. Tras mucho debatir hemos acordado rendirte este homenaje póstumo porque nos parece injusto que la opinión pública, que ha sabido de ti únicamente por tu aparatoso adiós, te identifique como el niño con síndrome de Down que murió en el maletero de un coche en Formentera. Porque has sido infinitamente más que eso.

Lo tuviste todo en contra desde que naciste. Tu primer obstáculo fue una cardiopatía que se resolvió favorablemente a las pocas semanas. Pensamos que ya estabas a salvo. Empezamos a dedicarte toda nuestra atención: estimulación temprana, fisioterapia, natación. Con dieciocho meses conseguiste dar tus primeros pasos y estuviste preparado para empezar a ir al cole. Más tarde llegó la logopedia. Ya desde el principio descubrimos tu sonrisa. En cuanto supiste cómo articularla, que fue muy pronto, te abonaste a ella para siempre.

Jamás fue capaz de borrarla de tus labios la leucemia que te diagnosticaron a los tres años, llena de complicaciones, y que tardaste cuatro en superar, ni el aparato que te viste forzado a llevar por tus problemas de cadera. Ganaste esas batallas con brillantez. No se podía esperar menos de alguien tan fuerte como tú. Estamos seguros de que fue tu sonrisa -otra vez tu sonrisa-, que llegó a resplandecer incluso entre tubos y aparatos, la que impidió que el árbitro pudiera contar hasta diez. Un ejemplo de tu capacidad de lucha contra la adversidad.

Todos los que te conocimos estábamos enamorados de ti. Nos fascinaba -y sigue haciéndolo- tu capacidad para devolver multiplicado todo el amor que te profesamos a pesar de las situaciones extremas a las tuviste que hacer frente. Ya no sólo con tu recurrente sonrisa. También con tus continuas caricias, tus espontáneos abrazos y los incontables piropos que dedicabas a quienes estábamos cerca. Nos diste infinitas lecciones de entereza y fuiste único en poner al mal tiempo buena cara. Has sido el campeón del cariño.

Demostraste, como dejó dicho Machado, que el camino se hace al andar. Eras un experimentado nadador, asistías a clases de música, salías de acampada, jugabas al fútbol, practicabas kárate, danza e incluso yoga. Siempre pendiente de robar un ratito para jugar con el ordenador. Cómo olvidar tu sonrisa cuando descubriste con sorpresa la vida submarina este verano en Formentera a través del cristal de unas gafas de bucear. Protestabas contrariado cuando el mal tiempo te impedía ir a montar a lomos de Kent. Tu curiosidad y tus ganas de aprender siempre fueron insaciables. Fuiste el ojito derecho de todas tus educadoras, el orgullo de tu escuela.

No creas que olvidamos lo gamberrete que siempre fuiste. Aficionado al escapismo, a pegar portazos, a esconderte para darnos sustos, a pasar olímpicamente de bajar de los castillos hinchables, a encerrarte tras cualquier puerta que tuviera un pestillo, a correr por los pasillos del colegio mirando hacia atrás muerto de risa mientras profesores y alumnos te perseguían. Disfrutaste y bebiste la vida a grandes tragos, como un auténtico cosaco.

Últimamente estabas radiante con tus nueve añazos. Más guapo que nunca, totalmente recuperado. Si tiempo atrás hacerte comer y sobre todo masticar exigía agotadoras sesiones, ahora era un placer verte disfrutar con la comida. Pasaste de estar flaco y deslavazado a convertirte en un niño fuerte y sano. Tu sonrisa, ya legendaria, se había impuesto por encima de todo para permitirte alcanzar la plenitud. Quizá por eso la muerte, que tanto te había acechado, decidió que era el mejor momento para llevarte con ella.

«Muere joven el amado de los dioses», escribió el dramaturgo griego Menandro hace 2.300 años. No imaginamos cuánto llegarán a amarte los que se te acaban de llevar. Quizás no tanto como los que aquí quedamos, desolados por tu marcha: familiares, amigos, compañeros, educadores, personal sanitario y todos los que te conocimos, Álex. A cada uno nosotros nos trataste y nos hiciste sentir como alguien especial. Tu sonrisa ha sido un regalo impagable del que sólo hemos podido disfrutar nueve cortísimos años. Gracias por todo lo que nos has dado.

(Familia Villoch Carrión)
sábado, 20 de junio de 2009 | By: Abril

Te regalo un cuento


Te regalo un cuento. Podía haber sido un paseo por el parque o una canción a medio hacer. Una carta de amor, un capuccino en tu plaza favorita o un truco de magia sin ensayar apenitas. Pero no. Quería que fuera un cuento. No para después de hacer el amor ni para que nos echemos de menos. No para que suene el Adaggieto de la quinta de Mahler, ni nada por el estilo.
Te regalo un cuento para que puedas hacerlo tuyo dibujándole una narizota, para que lo compartas con tu vecina de escalera o con tu gato. Para que elijas la banda sonora que te apetece que suene de fondo mientras lo lees.
Yo tengo mis canciones para escribirte. Tu las tuyas para leerme.
Te regalo un cuento para que puedas llevarlo contigo, dobladito en el bolso, o entre las páginas de un libro de Benedetti. Para que cuando te enfades conmigo puedas estrujarlo y hacer con él una pelota de papel, arrojarlo por la ventana y mirar complacida cómo lo atropella un autobús. Para que lo fotocopies mil veces y le entregues una copia a quien más te apetezca. Para que envuelvas con él una manzana o para colgarlo en tu pared. Para que le claves alfileres los días en los que me matarías. O para apuntar encima del título el teléfono de tu banco.
Te regalo un cuento improvisado. De esos que empiezas a escribir sin pensar y que no sabes cuándo acaban. Te regalo esta noche y todas las demás. Te ofrezco mi sonrisa non stop, sin conservantes ni colorantes. Aún a riesgo de poder ser acusado de alevosía y nocturnidad, y aunque puedan encontrarse muchos más agravantes.
Te dejo abierta la ventana para que te cueles, para que me espíes ésta noche. Para que me veas sin que te vea. Para que me cuides un poco sin que yo lo sepa.
Te regalo una idea. El concepto más hermoso de complicidad, un escenario vacío en el que buscar la manera de encontrarse. Te regalo un cuento que habla de amigos y de sueños, de noches de verano pegajosas, de mí mismo mientras me imagino tu cuarto desde lo alto del cielo, antes de lanzarme en picado sobre tu almohada. De kamikazes que se estrellan en tus brazos y que no vuelven a despegar, ni falta que les hace.
Te regalo el kit completo de cariño, el maletín mágico con el que jugabas de niña a maquillar muñecas y cocinar guisos de plastilina mientras yo fabricaba dinamita con el Quimicefa.
Te regalo un cuento indeterminado sin pies ni cabeza, sin trama ni desenlace final, sin argumentos y sin actores de reparto. Sin moraleja. Y si la tiene, que sólo tú la conozcas.
Lo único que necesitas es apagar la luz, cerrar los ojos y la puerta de tu habitación, no necesariamente en ese orden. Dejar que te lea al oído, olvidarte de las facturas y del telediario. Quererme un poco más que hace cinco minutos y hacérmelo saber, de alguna manera.
Te regalo un deseo. Llenarte de unas ganas locas de reír y de que salgas corriendo en busca de una diadema bonita para el pelo. Que necesites llamarme y te encuentres pidiéndome que apague la luz, que cierre mi puerta y entonces, empieces a leer el mismo cuento que estás leyendo ahora. Y ojalá no podamos dejar de llamarnos cada noche, para contarnos el mismo cuento. Toda una vida.
Un cuento para llevarte de viaje, y para leerle a tus hijos y a los míos, a tus nietos y a mi abuela. A las calles y a los parques.
Te regalo un cuento sin papel de colores ni un "espero que te guste". Sin aplicar el IVA y sin descuento por pronto pago. Un cuento que habla de ti y de mí, que pueda leerse cualquier día del año, a cualquier hora, sea cual sea tu estado de ánimo o tu sabor favorito de helado.
Te regalo este cuento.

(Jorge Gonzalvo Díaz. Carta finalista del IV Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor de Escuela de Escritores).
martes, 12 de mayo de 2009 | By: Abril

Carta de una "Chica de Ayer"


Querido Antonio:

Llegué a tu vida, como suelo llegar a todas partes: a destiempo, sin saber que tú habías puesto banda sonora a todas mis tardes de lluvia y que escribiste aquella canción para mí. No llegué cuando las niñas de mi generación tenían tu foto forrando sus carpetas de instituto, no. Llegué en tu peor momento, cuando convertido en un espectro tratabas de levantarte apoyado en tu guitarra, para no desfallecer sobre el escenario, pedestal donde no te acostumbrabas a vivir del todo.Y me enamoré de tu sensibilidad. Fue conocerte y colocarme detrás de ti y comenzar a ser el remiendo perfecto de tu sombra rota.

No fue casualidad que existiera aquella tienda de discos de las que estaba sembrada cualquier calle del centro hace diez años, en la prehistoria de la piratería discográfica, donde un desconocido, en lugar de regalarme flores, me invitó a conocerte en un concierto. Nunca he vuelto a verlo, en cambio de ti nunca me volví a separar, desde aquella noche.

Siempre habías estado ahí y me di cuenta demasiado tarde de que tú eras Antonio, la voz que me tocaba el alma en cada acorde con esas manos trémulas y yo era tu Chica de Ayer…

Ahora te has ido, porque todo el mundo tiene que irse algún día y los que viven deprisa, suelen hacerlo antes. Te has ido como te gustaba, sin despedidas, sin dramas, dejándome a este lado de la calle, con mi paraguas rojo, bajo la lluvia exterior que se confunde con la interior…y forma charcos a mis pies.

¿Sabes lo que más me duele? Saber que la voz de “El sitio de mi recreo” hoy se ha quedado sin dueño…

(La Dama)
martes, 14 de abril de 2009 | By: Abril

Carta a Lou


Lou:

Que yo sufra mucho carece de importancia comparado con el problema de que no seas capaz, mi querida Lou, de reencontrarte a ti misma. Nunca he conocido a una persona más pobre que tú: ignorante pero con mucho ingenio, capaz de aprovechar al máximo lo que conoce, sin gusto pero ingenua respecto de esta carencia, sincera y justa en minucias, por tozudez en general.
En una escala mayor, en la actitud total hacia la vida: mentirosa, sin la menor sensibilidad para dar o recibir, carente de espíritu e incapaz de amar. En afectos: siempre enferma y al borde de la locura, sin agradecimiento, sin vergüenza hacia sus benefactores…
En particular: Nada fiable, de mal comportamiento, grosera en cuestiones de honor…Un cerebro con incipientes indicios de alma. El carácter de un gato: el depredador disfrazado de animal doméstico, nobleza como reminiscencia del trato con personas más nobles, fuerte voluntad pero no un gran objeto, sin diligencia ni pureza. Sensualidad cruelmente desplazada. Egoísmo infantil como resultado de atrofia y retraso sexual. Sin amor por las personas pero enamorada de Dios. Con necesidad de expansión. Astuta, llena de autodominio ante la sexualidad masculina.

Tuyo:

F.N (Friedrich Nietzsche)

martes, 7 de abril de 2009 | By: Abril

Carta a mi madre


Querida mamá, te escribo esta carta ficticia en torpe compensación por tantas cartas verdaderas no escritas –ahora que lo pienso, no recuerdo haberte dirigido nunca una carta personal verdaderamente a ti, algo que fuera más allá de postales o misivas familiares, donde quedabas englobada como destinataria en un «queridos todos» o cosa parecida– y por tantas palabras nunca dichas o, aún peor quizá, mal dichas... malditas. Te la escribo ahora que aún estás, pero ya no estás, es decir, cuando todavía formas parte de mis preocupaciones pero yo ya no estoy en las tuyas, de las que tantas veces –¡ay!– fui protagonista. ¿Sigues teniendo hoy preocupaciones de algún tipo, pese al mal de Alzheimer, la arteriosclerosis o como quieran llamar la dolencia que te ha robado la mente los doctos que no pueden curarla? Supongo que sí, sean provocadas por el frío, el calor, el hambre o cualquier otra incomodidad, es decir, siempre relativas a la privación de los pocos goces meramente negativos que aún te quedan.
Nada tendrán que ver ya con el amor ni el cuidado por lo tuyos, que fueron ocupación central de tu vida, pero aún así serán «cuidados» personales de uno u otro tipo, porque mientras dura la vida podemos perderlo todo menos el apremio tibio y, sin embargo, inexorable de cuidarnos. Sólo la muerte nos descuida por completo al cogernos por descuido.
Cuando voy a verte a la residencia con alguno de mis hermanos, de vez en cuando, me sonríes al saludarte con un beso. Y creo que te brilla en los ojos una chispita de la antigua ironía, algo que podría ser un atisbo de reconocimiento.
¿No decían siempre que yo era tu preferido, el que más se parecía a ti en lo físico y también espiritualmente, en la mala leche polémica? Quizá al verme piensas hacerme alguna broma sobre lo viejo que estoy, sobre lo blanca que tengo la barba, sobre lo asustado que llego a esa antesala de la muerte que es el hogar de ancianos (Mors. O quam amara est memoria tua), sobre lo poquísimo que me parezco ya al niño cabezón y nervioso de enormes orejas despegadas al que tú mimabas. Piensas alguna pulla o algún consuelo para mí, pero luego se te olvida y sigues sin hablar. Habría tanto que decir que las palabras se han vuelto imposibles. Sólo de vez en cuando farfullas algo poco inteligible, cuando te enoja nuestra obsequiosidad o estás fastidiada por cualquier motivo que sólo tú conoces. Por lo menos aún te quedan ganas de protestar.
También le pasa a otras, como esa compañera de achaques sentada al fondo de la visitas que al oírnos hablar contigo repite una y otra vez en voz muy alta: «¿Y lo mío, lo mío, lo mío qué? ¿Y lo mío, lo mío?». Nadie le responde porque no hay respuesta.
Es un terrible lugar la residencia, aunque sea de lujo y estés muy bien atendida. No objetivamente terrible para quienes allí están, sino subjetivamente para el que viene de afuera y quizá también para ti misma, a ratos. Es el espanto de lo irremediable.
De allí jamás podremos salir, ni tú ni tampoco yo desde que fui a verte por primera vez. Sé de lo que hablo, porque estuve hace más de treinta años en la cárcel unos cuantos días y ya nunca me he librado de ella por completo. Ahora estoy seguro de que tampoco de esta residencia –ajardinada, cómoda, inexpugnable– volveré a irme del todo, hasta que quizá un día me instalen en un lugar semejante a esperar el final.
Mientras la otra señora insiste en su queja inútil, que es imposible no compartir –«¿y lo mío, lo mío, lo mío?»– porque ninguno sabemos a dónde se fue todo ni cómo se va yendo lo que nos queda, yo por hacer algo te doy una revista. Y entonces lees los titulares con voz clara y entonada, con la voz de siempre. ¡Qué fiero y cruel prodigio: se te ha olvidado hablar, pero aún sabes leer!
Ya sólo puedo oírte como antes cuando me lees en voz alta, como me leías hace medio siglo aquellos cuentos que yo me aprendía de memoria para después fingir leerlos a mi vez en el libro infantil antes de haber aprendido siquiera las primeras letras, asombrando a algunas visitas crédulas.
Tu voz precisa y entonada de lectora, la que yo más he amado, es la última que se resiste aún a abandonarte. Ninguna madre tiene derecho a quejarse de que sus hijos nunca lean o lean a regañadientes si ella no ha sido capaz de leerles de vez en cuando como tú me leías a mí... incluso mucho después de que supiese ya leer perfectamente, sólo por darme gusto. No hay cosa que más deteste ahora que verme obligado a soportar una lectura de poemas o un capítulo de novela balbuceado con narcisismo incompetente por su autor o una conferencia leída (que frente a una
espontáneamente recitada es algo así como alimentarse con guisos enlatados en lugar de tomar alimentos frescos): pero si tú aún pudieras leer para mí cuentos de hadas o historias de animales que hablan, me acostaría a escucharte como cuando tenía fiebre. Para siempre.
No fuiste una intelectual –te recuerdo defectos, pero no pedanterías, y así quisiera que me recordasen a mí–, aunque en cambio te gustó siempre muchísimo leer. Te gustaba leer y, por tanto, leías por gusto. No te imagino leyendo algo ilustre pero aburrido y a mí me sedujiste a la lectura sin proponerme jamás un programa cultural. Para convencerme de que leer es algo maravilloso e imprescindible me bastó ver el entusiasmo con que comprabas la reciente novela de Agatha Christie aparecida en editorial Molino. Si te hubiera oído citar a Dante o a Proust seguramente me hubiese dedicado al fútbol. Según un ritual pueril que no sé si aún se practica, cada diente que se me caía debía ponerlo debajo de la almohada para que un misterioso ratón me trajese un regalo. Siempre fueron libros y así obtuve por primera vez El candor del padre Brown de Chesterton y La montaña de luz de Salgari, entre tantos otros como dientes de leche cambié por colmillos más adultos. ¿Cómo podrían agradecerse suficientemente tales regalos? Determinaron mi vida entera, mis aficiones: me hiciste el alma. También me condenaste, desde luego, a seguir buscando sin cesar volumen tras volumen– la reconquista de aquella felicidad primera. Nunca te equivocabas en lo que iba a gustarme ni nunca dudé de tu criterio. Cuando mostraba interés por algunas de las novelas de Plaza que tú leías con fruición, como Vicki Baum, Pearl S. Buck o Cecil Roberts, te limitabas a decirme: «Éste no es para ti». ¡Cuánta razón tenías! Aún hoy siguen sin serlo. En cambio me pasabas después de haberlas leído otras como El ataúd griego, de John Dickson Carr (quizá fuese de Ellery Queen, lo único que recuerdo bien es que el intrigante féretro había dos cadáveres en lugar de uno) o alguna de S.S. van Dine, el alimento imaginario que yo precisamente necesitaba. Con el tiempo he ido ampliando al ámbito de mis lecturas y creo haber hecho algunos descubrimientos esenciales en ese campo por mí mismo, pero los primeros libros que tú elegiste para mí componen el disco duro de mí alma literaria y no han dejado de gustarme «nunca».
Sólo una vez me diste un terrible disgusto literario, pero fruto no de un error sino de tu mayor acierto. Muchos de aquellos obsequios preciosos, como los libros de Chesterton, Los cuentos de las colinas de Kipling o las Novelas de pavor y misterio de Stevenson (que incluían a Jekyll y Hyde junto ala espeluznante historia de Juana la Cuellituerta), me llegaban a las primorosas ediciones de la colección de Crisol de Aguilar, mi preferida entre todas, encuadernadas en piel de diferentes colores según los géneros y con hojas de papel biblia impresa en la letra diminuta. Por entonces comencé a tener problemas de visión y se descubrió que tenía un ojo con mucha mayor miopía que el otro, casi atrofiado a fuerza de no utilizarlo. Hube de ponerme gafas y comenzaste a vigilar para que no leyera con poca luz o un tipo de letra que me obligaba a forzar demasiado la vista. Y fue precisamente entonces cuando me hablaste de Sherlock Holmes y encontré en nuestra pequeña librería Paternina de la calle Fuenterrabía, frente a casa, el primer volumen de las obras completas de sir Arthur Conan Doyle, en la colección Joya de Aguilar, hermana mayor de Crisol, pero con el mismo papel finísimo y la misma letra microscópica. Empecé Estudio en escarlata y supe desde el primer momento que me adentraba en un paraíso donde serían comestibles no sólo las manzanas prohibidas, sino hasta serpientes tentadoras.
Pero entonces, al verme aferrado al volumen congestionado de más de mil páginas y renglones minúsculos, te entró un escrúpulo oftalmológico y me dijiste que debía devolver el libro: ya me buscarías una edición más legible de las andanzas del gran detective. ¡Renunciar a Sherlock Holmes ahora que lo tenía todo junto en la mano! ¡Ser declarado inútil total para Baker Street –donde ya había decidido vivir hasta el fin de los tiempos– por culpa de mi mala vista, que luego me sirvió ni siquiera para evitar la mili! Monté tan dramática zapatiesta que volví a recuperar el amado volumen –sólo estuvo fuera de mi tutela unas cuantas horas– y hasta conseguí que me compraras sucesivas y espaciadamente los otros cuatro que formaban las obras completas de sir Arthur. El afán que no admite demoras no cortapisas por un libro, eso es algo que tú podías entender. Y yo soy tu hijo ante todo porque fuiste capaz de comprender eso y sólo por haber salido de tu vientre.
También eras capaz de discutir, artera e incansablemente. Nunca he tenido mejor adversario polémico que tú, es decir, nunca lo he tenido «peor». Después de haber cruzado armas verbales contigo durante años, todas las batallas dialécticas me parecen sosas. Tenías la honradez básica de aceptar de inmediato el núcleo de lo que se debatía en cada caso, para luego desplegar todas las artimañas imaginables capaces de debilitar la posición contraria. Percibías infaliblemente la más pequeña grieta en la armadura del adversario y arremetías sin contemplaciones. En especial fuiste siempre magistral en el manejo de la ironía demoledora y en el subrayado de ese aspecto ridículo o enclenque poner a la luz.
Me temo que también en esta peligrosa habilidad he sido un discípulo tuyo incluso demasiado aventajado...
Nuestros torneos tenían lugar por las mañanas, en el cuarto de baño, mientras tú completabas tu aseo personal. Yo me sentaba en la tapa del retrete mientras ibas y venías ritualmente entre esponjas, polvos y lociones. La cuestión en litigio era lo de menos, aunque solía pertenecer al campo de la teología y –un poco más tarde– al de la política. Como toda polemista de raza, preferías los temas infinitos, imposibles de resolver. Aceptabas y hasta propiciabas de un grado las digresiones, pero no tolerabas las inconsecuencias. Todavía hoy, cuando discuto con algún incauto y le cuelo de rondón cualquier argumento con mera apariencia de solidez, suelo pensar: «Éste mi madre no me lo hubiera dejado pasar». Me adiestraste insuperablemente para refutar, aunque quizá tanto a ti como a mí nos ha faltado siempre humilde disponibilidad para aceptar ser refutados.
Otras dos cosas más aprendí de ti o merced a ti. Con todo lo que tenías de crítica y discutidora en cuestiones de opinión, siempre fuiste fácil de conformar en los asuntos prácticos. Ante el plato dudoso de comida, ante la habitación mediocre del hotel o la butaca con mala visibilidad en el teatro, procurabas siempre conformarte (¡y conformarnos!) celebrando con entusiasmo contagioso las excelencias imaginarias de lo que nos la tenía reales. Nunca te interesó lo suntuoso ni lo refinado, ese énfasis ridículo en lo accesorio que desde entonces para mí siempre ha despertado las sospechas de estrechez de alma. Soporto el buen gusto, pero no las ínfulas de quienes creen tenerlo. Preferiste lo confortable a lo exquisito, lo cordial a lo sublime, lo habitual a lo insólito y sobre todo a lo que hay (y de momento basta) al nuevo instrumento básico que recomiendan los creadores de falsas necesidades. Pese a pertenecer a una familia acomodada y a vivir estupendamente, nunca tuve sensación en mi infancia o adolescencia de que el derroche superfluo fue cosa recomendable, ni siquiera decente.
Resultaba lógico comprarse un libro interesante aunque fuese caro, porque los libros importan,pero era absurdo gastarse más de lo debido en una camisa, si las hay buenas y baratas, o beber Veuve Clicot en Navidad cuando el cava rosado del Ampurdán está también riquísimo y lo que más importa es la buena compañía. A fin de cuentas, casi nada es «insoportablemente» malo para quien contempla las cosas con ojos de coraje y alegría. Un personaje de Shakespeare (en King Lear, si la memoria no me falla otra vez) dice: «Aún no esta ocurriendo lo peor cuando uno puede decir: esto es lo peor». Así pensabas y así pienso yo también y de aquí debería partir todo verdadero inconformismo no melindroso. Quiero pensar que incluso si hubieras podido verte hoy plácidamente demente en la residencia de la muerte no hubieras cambiado de criterio. En cuanto a lo que me concierne o, mejor concernirá, también lo afirmo. Mientras dure la vida y el dolor resulte soportable, no hay que dar por perdida la aventura.
Durante años te vi sacrificarte y también rebelarte contra la necesidad de sacrificio: otra importante lección para mí. Te casaste aún joven con un hombre mucho más viejo que tú, hermano mayor del novio casi adolescente que te asesinaron en la guerra civil. Se trataba de además de un enfermo crónico –aunque lleno de buen humor y capacidad de trabajo– al que debías cuidar mucho para que llegara a ver crecer a sus hijos. Y los hijos fueron nada más ni nada menos que cuatro.
Añadamos a esta nómina de responsabilidades tu extremadamente anciana suegra y tus propios padres, pues todos acabaron viviendo y muriendo contigo, bajo tu tutela. No hay juventud que resista tantas obligaciones, tantas renuncias de viajes y diversiones que pudieran apartarte demasiado tiempo de la trinchera donde debías combatir contra todas esas alarmas diferentes. Y, sin embargo, nunca llegué entonces a verte marchita, siempre me pareció que conservabas una animosa y hasta agresiva lozanía. Se notaba, sin embargo, que eras consciente de cada una de tus renuncias y por supuesto que no te gustaba renunciar.
Creo que viviste la mayor parte de tu vida atrapada en tu deber y, sobre todo, prisionera de una concepción de la mujer que convierte demasiadas necesidades hospitalarias en tristes virtudes femeninas.
Cumpliste escrupulosamente hasta el final, pero se te escapaban con frecuencia no tanto gritos de protesta como miradas y suspiros de rebelión. Yo te explotaba como los demás –¡más quizá que lo demás!–, pero a la vez vigilada y comprendía tu ocasionalmente descontento. Incluso, tu inconsciente rencor contra lo inevitable, que barnizabas con la desmejorada purpurina de la resignación cristiana.
Mis ojos paganos leyeron tu ejemplo al revés, seguramente porque soy mucho peor que tú: decidí enseguida no sacrificarme jamás o por lo menos no confundir la excelencia con la renuncia, demasiadas veces inevitable para no incurrir en mera inhumanidad. En efecto, lo inhumano debe ser evitado aunque a veces nos cueste mucho, pero la gloria de lo humano reside en un lugar muy diferente, bajo el sol de lo jubilosamente apetecible que sólo condesciende a regañadientes y en dosis mínimas a lo irremediable. Así, pobre querida mía, con egoísmo triunfal, y reivindicativo, fui terriblemente feliz a costa tuya.
En su hoy injustamente preterido librito El arte de amar, Erich Fromm comenta –al hablar del amor materno– la metáfora bíblica de la tierra que mana «leche y miel». Y dice: «La leche es el símbolo del primer aspecto del amor, el de cuidado y afirmación. La miel simboliza la dulzura de la vida, el amor por ella y la felicidad de estar vivo». La buena madre, como la mejor tierra prometida, es la que no sólo da leche a sus hijos, sino también miel. La que les contagia su amor a la vida y no sólo les protege o asegura su subsistencia. Concluye Fromm: «Es posible distinguir, entre los niños– y losadultos– los que sólo recibieron leche y los que recibieron leche y miel». Yo recibí leche y miel antes, ay, de abandonar la tierra prometida. Cuando me relamo, madre, aún siento bañados en indeleble dulzura los labios que alimentaste.
Creías en mí, en la fuerza que había en mí. Mejor dicho, en mí llegó a haber cierta fuerza porque tú me convenciste de que creías en ella. Te enfrentabas con mis rebeliones, incluso rabiosamente a veces, pero nunca me desalentabas. Recibí aliento hasta de tus menos razonables intransigencias. De modo que te debo radicalmente mi alegría, ese secreto trágico que suelen envidiarme. Porque nadie, ni la muerte futura y ya presente, puede debilitar la alegría de quien se ha sabido de veras amado –no mimado, no adulado– por su madre, de quien ha notado crecer su propia inteligencia en inteligencia con ella. Cuando las cosas han comenzado tan estupendamente nada sabrá nunca ya ir mal del todo. Aún sigo rodando, gozando y combatiendo gracias al empellón fabuloso con que me proyectaste a un mundo trasgresor en cuyos vicios mayores sólo pudiste participar a través de las novelas. A veces quiero creer que te he vengado, de algún modo. Pero ya da igual, porque la fricción inmisericorde del tiempo y la realidad van frenando poco a poco la inercia confiada, generosa, arrolladora, que supiste darme. Ahora llego estremecido a esta residencia y te veo muda, liberada de todos los cuidados que te abrumaron, pero esclavizada del todo, indescifrable. Y siento un último instinto de predador, un afán de rapiña desesperada: sentarme a tu lado, cogerte las manos frías y reclamarte injustamente al oído «mamá, ¿y lo mío, lo mío, lo mío?».

(Fernando Savater)

Carta a mi padre


Querido Papá:

No me gusta pensar que te quiero a veces, sólo a veces. Sí, a veces. En esas ocasiones en que tu sonrisa no es distorsionada por una carcajada estúpida. En esas veces en que el sudor de tu frente aparece como resultado del trabajo y no como consecuencia del encierro en ese fétido y desagradable lugar en el que juras cariño a perfectos desconocidos, entre los que olvidas a tu propia familia.
No logro creer cómo una persona puede ser al mismo tiempo tan fuerte ante la vida pero tan débil frente a una botella. Me gusta pensar que ese otro que también vive en tu cuerpo no eres tú. Me resultas tan lejano, tan desconocido.
En las mañanas de remordimiento cuando sólo te ocupas de arrepentirte de aquello que no recuerdas, pero que por nuestros rostros adivinas que estuvo mal, no puedo sino sentir compasión. Sin embargo, esa compasión no es suficiente para arrancar el rencor que me hace arder el alma después de que has sido violento con la mujer que no hace más que amarte y morir de angustia cada que adivina tu paradero, después de que las manecillas del reloj se alejaron del margen de tu hora de llegada.
Ni siquiera me doy cuenta de cómo ha pasado el tiempo. De cómo dejé de ser tan inocente para creer ciegamente cada que dices que esto no volverá a pasar. No, nunca he dudado de que nos quieras. Lo que no me queda claro es qué tanto te quieres a ti mismo.
Lo único que temo ahora es a la reacción que provocará la próxima vez que te vea y te sienta agresivo. Ahora no puedo ser indiferente.
Nunca te he culpado por nuestras carencias ni por todo aquello que hubiera deseado ser o hacer y no pude. Pero tampoco puedo hacer como que nada pasa.
Me llena de impotencia querer y no poder ayudarte porque el único que puede hacerlo es ese que te devuelve la mirada en el espejo. Sólo espero que cuando por fin lo comprendas no sea demasiado tarde. Porque, ¿sabes?, la verdad papá es que te amo.•

Tu hija.

(G.D.V.)