lunes, 28 de febrero de 2011 | By: Abril

Instrucciones para el olvido


Madrid, siempre es incómodo, siempre es triste verte pasar frente al ventanal, cuando estoy dentro mordiendo papel y carbón, destruyendo cada poema que te escribí, reescribiendo tu incoherencia con las migajas del pan, haciendo un silencio con mi índice adentrado en el agua esparcida en la mesa. He intentando enterrar el cadáver que dejaron tus zapatos sobre mis manos después de cargarte, esos zapaticos de muñeca de porcelana, pequeñitos, tan tuyos, tanto color y algarabía concentrada en tus pies. Quizá ellos sean los únicos culpables de buscarte y empezar a seguirte, de creerme la teoría de “encuentro casual” en pasillo, esquina o escalera, cuando adentros me grito su falsedad que es también la mía. Hoy comprendo que los intentos son un simple engaño, una palabra que habla de medias tintas, verdades inconclusas que no terminan siendo legibles, porque a fin de cuentas nunca intenté alejarme, quizá ese siempre fue el estado natural.
Sé que soy un hombre que no ha logrado decirte todo respetando la cohesión y coherencia de la gramática, que me pierdo en el discurso y no sigo el gran ejemplo retórico de Bolívar, más que nada he olvidado el uso del punto y aparte. Mirándote e irrumpiendo con mis manos tu rostro, secando las goticas que siempre se quedan ahí en la comisura de frente y cabello cuando pasamos bajo el cedro, me he sentido tu pintor, el único capaz de rehacerte.
Madrid, sólo he sido puntos suspensivos, botones en el vestido, conocimiento de saberse loco y esconderse en la calle, tú mi reportera y yo la noticia cuando ya no había novedad y hasta nosotros dejamos de sintonizarnos. Abrazos de los que aún no me recupero, por quienes deliré, los llevé a Rayos X, fue el proceso más largo de desintoxicación; busco, créeme que busco la pócima, la salida, el boleto ida y vuelta para abandonar la estación.
He sabido memorizarte, rezar tu cédula, enfermedades, presentir los escalofríos ligeros, callar los enojos para terminar mordiéndote las lágrimas sentado junto a ti en cualquier rincón, mientras te deshojo del dolor poco a poco con esos lugares comunes de “todo va a estar bien”, discúlpame por las caminatas de cinco cuadras donde le daba la espalda al mundo sólo para mirarte, por quedarme callado tanto rato, a veces no podía hablar porque en mi todo era duda, niebla, un tiempo donde me faltaba independencia, cuando la hora la levantabas tú y el segundo lo trabajaba yo, haciéndome la vista gorda cuando todo me barría contigo. Ahora te revelo la respuesta que buscabas, sí, eras la de otros nombres, fuiste epígrafe, dedicatoria, inauguración, pero tenía que llegar este día para asimilar que contigo no se baja mi Santa María, que en definitiva el mayor apego le pertenece a mamá y ando solo por la calle.
Dejé de ser Esteban para llamarme Madrid, a ver si así te comprendía, si lograba dar con la ecuación de pertenencia, si contrarrestaba el juego que iniciabas donde siempre terminábamos correteando y riéndonos de la nada, de una burla al moralismo de Kant. Lo cierto es que me perdí, dejé de sentirme porque todo era bulla, gente y ese nombre tuyo caía por los lados, rebotaba en mi almohada y se encendía jugando a saludar tu nariz como lo hiciese Pepeto con Pinocho; entonces fundé una filosofía de ti y todo podía ser relativo a los sentidos, desde ahí comenzaría la dialéctica madrileña, el negarte o no.
Esos los recuerdo como días de ceguera, el único colirio efectivo es la voluntad. Me uní a la cofradía “Almas en pena” cuando realmente quería reír de alguna mariquera de los carajos de “Hueles a piña madura”, me hice víctima frente a un pelotón de soldados elegidos por mí, hoy sé que eran sólo miedo, hoy recupero la libertad.
Madrid, el amor es un descubrimiento, es tan difícil de desenredar como tus trenzas disparejas por las que casi caes. Me acostumbré a conjugar verbos contigo, olvidándome del sentir, del ideal, del olor que es verdad respirable, de elegir dónde y con quién quería estar, porque muchas veces no llega a la boca lo que la esencia reclama y soy muy necio.
Por ahí muchos dicen que hay personas que no se olvidan, desde hoy entras en ese grupo, pienso que en este tiempo fuimos cómplices de la continuidad, de alguna mala traducción de un poema, las instrucciones para mascar chicle o la locura irrefrenable de los dos.
Mi agradecimiento, una metáfora por abrazo y la palabra por despedida,
Esteban Duran

(Carmen Chazzin)

El último poema del mundo


Para: la ciencia
De: un simple humanista

Me he tomado la molestia de redactarte esta carta que quizás no leas. De seguro estás muy ocupada coleccionando dinosaurios, inventando nuevas armas letales porque las actuales no te gustan o visitando otros planetas mientras el nuestro se desmorona.

No soy estúpido, sé que no me tomarás en serio pero mientras sigas leyendo estas líneas, harás feliz al mundo con el simple hecho de no estar haciendo nada. Dejando las cosas así como están por unos minutos, muy pocos minutos… pero haciendo feliz.

No sé si te lo habían dicho pero soy bachiller en ciencias y estoy totalmente arrepentido porque siento que no me ha servido de nada la niñez ni adolescencia en mis andanzas por primaria y secundaria, la cual, hasta hoy, he dedicado a la lectura de tus escritores y tus fuentes porque así dicta la ley del estudiante. Y aunque a veces tiendo a rozar la exageración, te diré que, hasta hoy, de nada me ha servido la vida. Donde cada libro o enciclopedia, cada tesis, ni siquiera las teorías, han valido la pena porque mi verdadero problema, hoy por hoy, es el amor… y a mí nadie me enseñó de eso.

Por lo que tengo entendido, el amor es eso a lo que aun no has podido darle una certera definición en tu aburrido diccionario. Empezando con que “amor” no es una palabra; es eso que no sabemos y que no queremos saber porque se perdería la magia. Amor es una pregunta a la cual no queremos encontrarle respuesta, motivos o porqués pero por alguna razón se lo buscamos. El amor es eso que el cobarde grita al mundo y que el valiente calla. Porque hay que tenerlos bien puestos para poder silenciar una fuerza como ésa.

Ojalá en el mundo habitaran más respuestas que preguntas para que tuvieses un tiempo libre, al menos unas tres horas por semana y te fijaras en nosotros. Sí, no estoy solo, hay millones como yo. Sé que han muerto grandes hombres en el nombre de la ciencia, pero cada día mueren miles por amor y ésta es una muerte constante, más seguida. Una muerte que los noticiarios deberían tomar en serio. Por ejemplo: mi cartero muere semanalmente porque no se ha atrevido a hablarle a mi vecina e irónicamente ella se muere porque el cartero no le habla. Ahí está María, se murió el lunes y quizás mañana en la mañana también muera porque intencionalmente rompió una tubería tan sólo para ver a Jaime, el plomero. Mi jefe que se muere a diario por la secretaria. También estoy yo, que he muerto un par de veces por besarla y ni te imaginas cómo morí cuando tuve que alejarme de ella para perseguir un sueño y me quedé solo.

El amante no le tiene miedo a morir porque ése es su trabajo. No hay guantes, no hay lentes protectores ni un ratón que haga el trabajo difícil por ti. De este lado cada quien experimenta. No hay reglas ni normas de seguridad, no hay barreras protectoras. Aquí el golpe se recibe en seco y muchas veces no hay aviso.

Tú seguramente ni siquiera puedas explicarte cómo Beethoven, siendo sordo, pudo tocar el piano de esa manera. Es que la música no hay que oírla, sólo sentirla y dejarse llevar. Probablemente tu objetividad obligatoria no permite que puedas expresarte como quisieras y hasta una que otra vez no todo lo que descubres lo puedes decir. Fíjate. Ya tenemos algo en común: hay sentimientos prohibidos que sería de locos revelarlos.

Comparando: tú has viajado al espacio y yo me lo imagino. Tú estudias la historia, yo la olvido. Tú asimilas el presente, yo lo vivo. Tú buscas el futuro y yo lo espero. Esperar como quien espera su comida mientras se toma una copa de vino, platicándole al espejo que no está seguro si tiene hambre o simples ganas de comer.

En fin, si la tecnología sigue evolucionando a este ritmo, en muy poco tiempo se acabará la poesía. Por lo menos yo no le consigo belleza a esas piezas de metal sin alma que facilitan los trabajos del hombre. Ciencia, no pido que te detengas porque tú también tienes derecho a luchar por lo que quieres. Me sentiría similar a ti si te evitara el sueño y no soy nadie para hacerlo. Una última cosa, si llega el día en que desaparezca el último poeta de la tierra, no inventes una máquina que nos sustituya. Déjanos morir y ten en cuenta que sólo tú tendrías la culpa… por eso te pido que no vayas tan rápido.

Por favor. Hazme caso y piensa bien, asesino de poetas, porque si me hiciste perder el tiempo escribiéndote esta carta, pude haber utilizado el tiempo y estas mismas hojas para escribir el último poema del mundo.

(Angel José Rodríguez)
sábado, 26 de febrero de 2011 | By: Abril

La cafetera

Querida Milagros, te escribo esta carta para confesarte algo que soy incapaz de decirte mirándote a los ojos. He sido un cobarde y todo lo que he hecho, a tú lado, responde a una mentira. Una mentira que, en realidad, son muchas, puesto que donde hay una suele haber más, para justificar lo que no tiene perdón.

Milagros: estoy casado. Sí, ya sé que te dije que no tenía ningún compromiso; ya sé que te prometí amor, hijos y una vida en común; ya sé que he utilizado ese “nosotros” que suele a acompañar a un proyecto futuro con frecuencia. Lo sé todo. Pero no lo he podido evitar. Me gustaste y te quise para mi. Aunque sólo fuera por un rato. O para pasar el rato.

Hace menos de un año volviste a aparecer. Llevaba sin verte desde lo tiempos del colegio. No te parecías en nada a la niña que fuiste pero me volviste a apetecer como cuando, pupitre con pupitre, me soplabas los exámenes. Mantenías ese aroma que me hizo recordar una etapa feliz de mi vida. Te vi, te reconocí y, de pronto, tú sonrisa hizo que me sintiera mejor. Logró que me olvidara del tedio de mis días, de todos los compromisos: hijos, mujer, trabajo...Los problemas se esfumaban en tus brazos pecosos y cálidos. Me encantaba jugar a ser libre, a imaginar una nueva vida. Veía en tus ojos la ilusión que yo había perdido y la energía que nunca tuve.

No te amaba, Milagros, no. Nunca te he amado. Te mentí para acostarme contigo. Y te volví a mentir porque me gustaba que me quisieras, me gustaba que me admiraras. Luego, ya no pude dar marcha atrás.

Desde entonces ha pasado un año. Hoy has aparecido a la salida de mi trabajo con una sorpresa. Un regalo por nuestro primer aniversario. Era una cafetera. Una cafetera normal y corriente. Y has dicho: “Para cuando tengamos nuestra casa. Mi madre siempre decía que es lo primero que hay que comprar para que una casa sea casa”.

En ese momento me he dado cuenta de que no podía seguir alimentando esta situación. Milagros: no vamos a vivir juntos, tampoco tendremos una niña con pecas en los brazos, ni un gato rojo de maullido ronco. ¿Por qué? Porque nada de lo que he dicho es verdad. Porque todo eso -casa, mujer, hijos e, incluso, cafetera- ya lo tengo y deseo conservarlo.

Esto es todo. No puedo decir más. Ni siquiera puedo pedir perdón porque todo lo que he hecho es imperdonable.

A veces, la verdad, es mucho peor que la mentira.

Alejandro

(Ayanta Barilli)

Exilio sentimental


Querido Alberto:

No hago más que darle vueltas a lo nuestro, porque de un tiempo a esta parte he notado que no tienes tiempo para mí. Tu trabajo y tu otra vida te ocupan demasiado. No quiero pedirte lo que no tienes y lo que no me puedes dar, porque no puedo pedirte nada y siempre he vivido siendo consciente de ello. Pero si no puedes darme nada tampoco me veo capaz de seguir con esto. Nos queremos ambos, estoy casi segura de que sentimos lo mismo y de la misma forma, pero este amor empieza a hacernos ya daño. No puedo pensar que lo nuestro se limite a seguir enviándonos correos bonitos y a planificar citas que no llegan. Todo parece ser muy difícil para que nos veamos en las últimas semanas y no puedo seguir viviendo con esta angustia de sueños rotos.
Tienes una vida demasiado ocupada. Y yo me voy quedando en un rincón cada vez más pequeño de tu memoria. A veces noto cómo me cuesta respirar. Y siendo tal vez un poco egoísta…ya no me conformo con que de vez en cuando me cojas el teléfono o me mandes un e-mail rápido diciendo que me quieres con el alma de una forma que empieza a parecerme hueca, vacía…
Tal vez, ahora que me voy empieces a saber de verdad lo que me has querido y lo que puedes llegar a echarme de menos. Tal vez intentes buscarme, pero te anticipo que todo será ya inútil. Nunca ha habido dos oportunidades para el mismo amor en mi vida. Nunca vuelvo a mirar los renglones escritos en el pasado…el amor se agota y a veces no, pero en ocasiones, es necesario sacrificarlo para seguir viviendo y salir adelante. Y yo necesito liberarme ahora de ti y de tus pensamientos porque ya me he cansado de no tener espacio en tu vida. De no ser lo suficientemente importante para ti como para que me dediques más tiempo…Cuando te hagas demasiado mayor para intentar arreglar las cosas te darás cuenta de que todo es pasajero y casi nada es imprescindible, salvo disfrutar del tiempo que tenemos siendo felices junto a la persona que queremos…Si esa persona no soy yo, permíteme ya que me retire del juego y le deje paso a la que está por venir…

Sinceramente tuya:

Magdalena.

(La Dama)

Tinta indeleble


Lamentablemente comprendo el por qué de tu odio a juro y tus esporádicos ataques contra mí. Necesitas respuestas.

Necesitas respuestas y necesitas exorcizarte de mi recuerdo. No puedo reclamarte nada.

El amor es una de las experiencias más gratas y plenas de la vida. En él se viven situaciones que no se podrían experimentar de otro modo; nuestro espacio de vida y nuestra propia soledad se convierten en espacios compartidos, donde se le adjudica a esa persona que amas una visa de paso libre por tu alma, tu mente y tu cuerpo. Cuando el amor es verdadero las huellas de ese tránsito se marcan con tinta indeleble y esas huellas no son sólo recuerdos, sino también aprendizajes. Estas lecciones tienen su precio, y en algunas ocasiones se pagan con dolor, sufrimiento y sacrificio. Por eso, el amor también es dolor y sufrimiento, es muchas veces sacrificio.

Absolutamente todas las cosas que vivimos, en mí se han marcado con tinta indeleble. No he pretendido ni un segundo suprimir alguna de esas huellas. Contigo aprendí lecciones que no pudiera haberme enseñado nadie más, y en ese caso también fuiste mi maestra. Dolorosamente nuestros caminos tomaron rumbos diferentes, y decir adiós fue una decisión compartida; porque se estaban deteriorando las cosas bellas, las risas, el respeto, la comunicación y el buen trato; la tristeza estaba invadiendo nuestras almas. Despedirnos antes de hacernos un daño irreparable es una de esas tantas cosas por la cual, el resto de mi vida puedo sentirme orgulloso de haber compartido contigo un trecho del camino.

Y así como conmigo te tocó por vez primera aprender del amor, también con esta despedida te tocó aprender del sufrimiento de una pérdida. Eso no es culpa de nadie, es parte de la vida misma que nos enseña a través de lo dulce y lo amargo. Pero hay lecciones más difíciles de aprender, y también quienes no pueden ver lo positivo de una crisis o la lección oculta detrás del dolor. Y mi intención ha sido guiar esta situación hasta donde nuestras almas puedan llevarse de ella lo mejor, aún reconociendo que me he equivocado en muchas cosas. Por mi parte me llevo la alegría, y me libero del dolor que es lastre, para que no pese en mi corazón. Pero el rencor que has decidido sentir sólo va a terminar por intoxicarte, perdiendo eso hermoso que viviste; va a terminar envenenando ese corazón puro que tanto estimo y admiro, ese del que me enamoré, al buscar un culpable de tu dolor a quien odiar.

No puedo decir que me haya negado a conocer gente nueva, ni que no halla salido con alguien, porque estando solo puedo permitirme hacerlo sin más explicaciones. Sin embargo noto que quieres colgarte de cualquier excusa para romper el hilo que nos mantiene unidos, y ese vinculo quizá comprendas con el tiempo que a veces nunca se rompe, sólo se estira; porque cuando se comparte tanto como nosotros compartimos, el vínculo se hace tan estrecho que parece que no existiera, parece que dos son uno. Y debo decirte que también yo me siento incompleto y triste, pero eso no significa que deba dejar de seguir adelante. Y si de algo te sirve saberlo, no busco amor, ni pretendo sustituirte con nadie, porque sinceramente pienso que eres irreemplazable. Cada quien da lugar a su luto como prefiera.

Sin embargo, cometí un error terrible al buscar y dejar que pasáramos esos días juntos, porque sabía cuál sería el resultado de eso. Sabía que terminaríamos por hacernos daño, y estoy consciente que lo peor para ti no fueron esas cosas que vivimos, sino mi silencio. Y la respuesta a mi silencio es muy sencilla, no tenía algo que decir. También como para ti fue una prueba para mí, para mí corazón; y ese corazón estaba como un observador, viviendo en silencio; en silencio, porque no tenía preguntas ni respuestas.

Quieres creer algunas malas cosas de mí porque eso te facilita el trabajo de olvidarte de todo, porque la decepción es un puente corto al desamor. Y no puedo decir que soy todo virtudes y bondades, porque reconozco que soy humano y defectuoso, y estando consciente de ello no he tratado de esconder esos defectos, los he asumido y me he hecho responsable de mis errores. Pero de ahí a tolerar que se invente y se exagere de manera inquisitiva, hay un trecho largo, y no voy a decirte lo que quieres escuchar siendo una mentira, ni voy a reconocer situaciones falsas. Pero si eso te hace sentir mejor, con mi silencio de doy la libertad de creer.

(Carlos Briceño)

P.D.


Quiero partir de la verdad de que me he enamorado de ti.

Me he enamorado de la cotidianidad en la que vivimos, de esa cercanía a la que me acostumbraste sin siquiera proponértelo. Me he enamorado de saber que ya estás cerca de la casa y que pronto te sentiré a mi lado en la cama.

Me he enamorado de la manera en la que me miras y me tocas. Sí, me he enamorado de ti. Me he enamorado del plural, del “nosotros”.

Y aunque suene raro también me he enamorado de sistema que ideamos para mantenernos en contacto. Me he enamorando de todos los detalles que me has escrito, los secretos que me has contado y las fantasías que me has confesado.

Y me he enamorado de la idea de dejarme llevar por ti.

Me he enamorado de sentir tus labios en mi cuello y de que me muerdas en el hombro izquierdo.

Me he enamorado de nuestros domingos de fachas y nuestros sábados de siestas.

Me he enamorado de la idea de que seas ”el gran hombre, detrás de la gran mujer”. Me he enamorado de nuestros planes a futuro y de superar juntos el miedo al compromiso.

Me he enamorado de la idea de compartir un almuerzo cursi a la 1 de la tarde y despertarnos a la 1 de la mañana con ganas de comernos el uno al otro.

En resumidas cuentas Manuel: me he enamorado de ti, con todo el deseo que me cabe dentro, con toda la cordura que me queda y con toda la fe que puedo tener acumulada entre el pecho y el corazón de que todo saldrá bien.

(Jimena Ruiz)

Finalmente, una carta más que leída, escuchada


Sebas:

Esta es mi última carta. No sé si te acuerdas de la primera que te di, aquella que hoy, por el tiempo que tenemos juntos, puedo decirte que descargué de esos sitios de Internet en los que cualquiera escribe y estaba llena de errores ortográficos y ni siquiera te diste cuenta, esa carta que decía hecha por: María Melo y en realidad era una transcripción de un poema de Neruda; tú, como no sabes de eso, no le paraste y seguiste leyendo hasta que llegaste al “te quiero mucho” típico de cualquier muchachita de 11 años pero que te enamoró; teníamos seis meses me acuerdo y todavía no te encontraba ningún defecto, te veía igualito como el primer día de hacernos novios.

Al segundo mes lo volví a hacer, después de agotar mis ideas con cosas sin sentido, aunque lo más irónico era que solo tenía que decirte lo que sentía y un “te quiero demasiado” esta vez, no implicaba mayor cosa para mí. Costaba decirlo pero lo hice; te di la carta y enseguida agachaste la mirada y empezaste a leer mientras yo cruzaba los dedos tras mi espalda para correr con un poco de suerte y así fue. No te diste cuenta. Los versos de Benedetti no fueron más que otro par de palabras transcritas por mí y un largo beso fue mi recompensa. Cómo me besabas Sebas y cómo te quería.

Mi tercera carta no fue hecha con poemas ni de Benedetti ni de Neruda ni de Víctor Ojeda como en nuestro quinto mes, ¿te acuerdas? ¿que te dije que el chamo había ganado un concurso con la carta?, te la entregué el 14 de febrero para reconciliarnos; es que tú eras jodido Sebastian, 14 de febrero y peleando, y encima por mensajitos de texto; espero que con ésto cambies. Pero como te decía, esa vez compré una tarjeta que traía un paisaje hermoso y otra más chiquita que tenía una vaca con unos corazones y unas letras fosforescentes con escarcha a los lados. Te gustó el gesto y no tuve que esforzarme tanto tratando de escribir otra carta que nunca te daría, lo único malo fue que la vaca terminó pareciéndose a mí en nuestro primer aniversario, por haber dejado la famosa dieta del doctor con apellido raro que ni tú ni yo sabemos pronunciar, ja ja ja; estás a pasos de mí y desde aquí oigo tu risa, qué malo que tú no puedas escuchar la mía, pero pronto lo harás.

La última vez que te escribí, fue porque entré al “closet de los recuerdos” como le dice mi abuela Feliza al lugar donde guardaba todas las cartas que le dio mi abuelo hasta sus bodas de oro, imagínate mi Sebas todo lo que tardé en encontrar la carta adecuada y todo lo que tardé en quitarme la alergia; fue mucho más que transcribir las palabras de mi abuelo Daniel y dártela. Como siempre, finalicé con un “Te Adoro” pero la verdad Sebastian, es que ya en ese momento estaba cansada, cansada de no saber qué escribir, cansada de los papeles, cansada de los mensajes de texto, cansada de no poder gritar lo que sentía porque no me escucharías, cansada de tu necedad por no poder confiar en los especialistas y en nosotros, cansada de que no me puedas oír.

Como ves, hoy tampoco supe qué decir, lo que hice fue recordar mis cartas pasadas porque no encontré ninguna otra hoja que tuviera escrito lo que tengo que decirte:

Todo va a salir bien Sebastian, tu familia, la prima Kaki, tus amigos y yo estaremos aquí afuera esperando que salgas, apoyándote y felices de que por fin tomaste la decisión de que te operaran. Sé que no fue fácil porque también sé lo mucho que le temes a las agujas y a los “señores de bata blanca”, pero verás que todo va a ser recompensado Sebas, cuando al salir de la operación puedas escuchar a tu mamá llorando y finalmente cuando puedas escuchar mi TE AMO.

Siempre tuya: Michelle.

(Michelle Bergoderi)