lunes, 29 de abril de 2013 | By: Abril

Carta para mi amor ausente




Otro amanecer frío y nublado. Hace varios días que ha amanecido así. A diferencia de ti, a mi me agradan los días grises. La brisa helada en la cara, el rocío. Sería la excusa perfecta para quedarme en casa, contigo. Pero hoy no será posible pues hace meses que ya no estás aquí. Infinidad de días nublados han pasado y tú, ausente. Pero igual sigo mirando por la ventana hacia ninguna parte. Cada vez que siento este dolor en el pecho miro hacia afuera, esperándote. Ese es mi estado permanente. La espera.
¿La distancia hace más grande el amor? Podría decirse que sí. Yo siento que te amo mucho más desde que estás ausente. Las circunstancias de la vida son extrañas, misteriosas. Cuando te conocí no tenía idea de que te convertirías en el amor de mi vida. Me caías un poco pesado, ¿sabías? No te soportaba tan chistoso, tan espontáneo. Me molestaba toparme con tus gracias. Con esa gran sonrisa. Recuerdo aquel día en que llegaste por detrás de mí, poniendo tu cabeza sobre mi hombro te acercaste a mi oído y me dijiste: “El cabello más bonito que he visto en mi vida.” Me paralicé. Al volverme y mirarte ya no pude hacer nada. Tus ojos enormes se me clavaron en el alma. Y comencé en ese mismo instante a quererte. Hace tantos años de eso y aún recuerdo la sensación que me recorrió todo el cuerpo cuando entendí que me estaba enamorando de ti.
Recuerdos. Pequeños instantes cuando todo el pasado revive, cuando volvemos a sentir lo sentido. Mi vida sin ti está llena de recuerdos, mi cielo. Sé que la mayoría son buenos, tú te encargaste de colmarme la vida de buenos momentos, de despertarme con un beso, a veces dos. Sentir tu nariz rozando mis mejillas, la calidez de tu piel en la mía. Saber que estabas ahí sin haber abierto los ojos, era una señal de que ese sería un buen día. Hace tanto que me despierto sola, sin besos, sin ti. Nunca pensé que me acostumbraría. Creo que no lo he hecho. Sólo estoy resignada a que ya son distintas mis mañanas. Mis tardes. Mis días. Mi vida.
¿Sabes cuánto tiempo va desde que te alejaste, amor mío? Siempre te reías de esa costumbre obsesiva que tengo de llevar cuenta de todas las fechas: El primer día que salimos, el primer beso, la primera noche juntos, el aniversario de cuando nos hicimos novios. Pero cuando nos casamos me dijiste: “Esta fecha déjamela a mí. Porque te juro por todo lo que tengo, por todo lo que soy que nunca podré olvidar el día más feliz de toda mi vida. Gracias por tanto, amor, princesa.” Y ahí tuve la certeza de que no sólo me casaba contigo, sino de que te entregaba la vida. Nunca creí que podía llegar a sentir un amor tan grande. Lo vivíamos todos los días, éramos tan felices, mi cielo, ¡tan pero tan felices! ¿Cuántos días van desde que te alejaste mi vida? Son casi 100, 97 para ser más exacta.
Seguro que no te gustaría que llevase esta cuenta, porque nunca te gustaron las cosas tristes. Pero ¿qué puedo hacer, mi vida, si hace 97 noches que estoy desierta? Además, tratando de ser optimista, como lo querrías tú, pienso que hoy estoy más cerca de volverte a ver entrando de nuevo por la puerta, con una flor en la mano o sin ella. Con un torontico en el bolsillo para mí. Con tu inmensa sonrisa, con el abrazo furtivo y apretado con el que siempre me sorprendías en la cocina besándome el cuello, diciéndome que me amabas. Ojalá que la vida sea generosa conmigo y eso de nuevo suceda.
Sabes que no fue tu culpa, mi amor. Tú no hubieses permitido nunca que esto sucediera. Tú nunca hubieses querido dejarme sola. Por días y días me sentí llena de ira, de dolor. Me negaba a todo. Porque no podía entenderlo, aceptarlo. ¿Qué hicimos de malo? Sólo fuimos al cine y luego nos tomamos una cerveza donde siempre. Cuando nos íbamos, sin saber de dónde, apareció este hombre horrible que nos dijo que no nos moviéramos. Quería el dinero, el celular, el carro. Desde ese momento tengo este susto clavado en el pecho. Yo sé que trataste de protegerme mi cielo, por eso te moviste, para cubrirme. Cerré los ojos. Un solo disparo. Sentí como te desplomabas sobre mí, no quería mirar pero lo hice, ahí estabas. No sabía si vivo o muerto, no sé cómo tuve valor, pero al fin pude gritar para pedir ayuda, para tratar de salvarte. Dios fue bueno conmigo y aunque esa bala no me arrebató la vida, me destrozó el alma.
Tú todavía estás aquí, o allá, no sé dónde estás, porque hace 97 días que no despiertas
¿De quién es la culpa, mi cielo? El hombre que disparó está entre rejas, pero eso no me alivia, eso no repara la pérdida. Lo peor es que esto sigue pasando todos los días, lo veo en los diarios. Y aunque tu vida, la mía, la de tantas personas más se va destruyendo cada día, no pasa nada. No hay nada ni nadie que los detenga.
Estoy en la ventana, esperándote. Esperando un milagro. Esperando que abras los ojos, que te levantes de esa cama y vuelvas a tu casa, a tu sofá, a tus libros, a tu música, a mí. El perrito también se echa en la puerta y cuando siente ruidos se levanta y mueve la cola como cuando tú llegabas. Pero se queda como yo, mirando hacia ninguna parte y de nuevo se echa. Somos cómplices en la espera.
Empezó a salir el sol. Hoy no vas a regresar, me parece. Tomaré un poco de café y me obligaré a comer algo; está bien, lo haré por ti, porque me necesitas. Recogeré las cosas que el perro siempre desordena. Llevaré el mismo libro que empiezo a leer y nunca termino porque paso los ojos por encima de las letras para verte, para desear con toda mi alma que muevas un dedo, que hagas una mueca. Que abras los ojos y me digas “hola, princesa”. Voy saliendo para el hospital, amor mío. Otro día menos para esperar a que vuelvas.

(Rosa Fabiola Páez González)
martes, 19 de marzo de 2013 | By: Abril

Carta a mi padre


¿Sabes? No había tenido tiempo de escribirte antes, pero la ocasión lo amerita. Mientras buscaba algo entre mis libros, dí con algo que pensé que se había perdido o que se había quedado olvidado entre las cosas del entretecho de nuestra primera casa.

Era un papel amarillento y algo ajado, pero estaba perfectamente doblado, con las orillas algo roídas y con ese inconfundible olor a antiguo. Ese aroma me evocaba recuerdos que la mente se encargó de dejar forjados en mí y me invitó a desdoblar aquel trozo de papel y pude reconocer en él una caligrafía grande y redonda, algo temblorosa y llena de pequeños borrones y manchas.

No pude evitar sonreír al darme cuenta de que era mi propia letra de niño estampada ahí. Una letra que maduró con el tiempo gracias a las aburridas horas de caligrafía que nos forzaban a hacer en el colegio. La leía una y otra vez y no paraba de recordarme la edad que tenía cuando la escribí, los juegos, el colegio, la casa y la energía y el cariño que había puesto en cada sube y baja del lápiz grafito y los lápices de colores -ya desteñidos hoy por el avance del tiempo-.

Recordé el momento en que te la dí. Era un domingo soleado y frío. Tratábamos con mi mamá de no levantar sospechas de lo que hacíamos en la cocina, aún cuando ya sabías. En mi inocencia, creí que sería una sorpresa. Pero, hoy pienso que si a mí me pasara exactamente lo mismo, tendría la misma expresión que tuviste cuando entramos en la habitación con el desayuno, mamá y yo, y ambos te decíamos "¡Feliz día, papá!".

Y mientras todos esos recuerdos fluían por mi cabeza, no pude evitar que las lágrimas me corrieran por el rostro y me sintiera con el corazón oprimido, clavado al pecho con un fierro candente.
Mi hijo me descubrió de pie frente a mi biblioteca llorando y se acercó preguntando qué me pasaba y por qué estaba llorando. Despacio, intentó rodearme con sus brazos y sólo logró abrazar una de mis piernas. Me decía que dejara de llorar porque él se ponía triste cuando a mí me veía llorar.

Al escucharlo, sentí como se me partía el alma y me hizo pensar en que yo jamás te vi a ti emocionado y al borde de las lágrimas por algo. Siempre fuiste un bloque de piedra frío por dentro y nunca aceptaste la ayuda que pudimos entregarte mi mamá, mis hermanos y yo. Quisiste ser duro y tu dureza te resquebrajó.

Y te odié. Te sentí tan lejano en mi vida y en cada paso que dí hasta llegar aquí. Te sentí tan impasible y tan falso como tu sorpresa de aquella mañana de domingo cuando leías el papel que te entregaba: "Te amo, papá. Feliz día. Te quiere, tu hijo".

Abracé a mi hijo y le dije que desde ahora, sería mejor padre de lo que tú fuiste para mí y que entre él y yo no existiría más brecha que nuestras edades.

Felicidades, papá: me has enseñado, después de tantos años, a ser mejor padre de lo que jamás tú pudiste ser. Qué pena que tenga que ser ahora que tú ya no estás aquí para verlo.
(Santiago Paz)

La carta de mi padre...



Querido hijo:

Nadie elige voluntariamente venir al mundo. Tuve la dicha de nacer antes de 1930, en un mundo harto mejor que el tuyo. Soy anterior a la penicilina, a la televisión y a la guerra fría. Jamás imaginé un mundo con comidas congeladas, fotocopiadoras, los lentes de contacto, los vídeos, los DVD, las grabadoras sin cassette, las guitarras eléctricas o las pizzas a domicilio.
No existían las tarjetas de crédito (por lo que me salvé de La Polar). Tampoco existían la bomba atómica ni los rayos láser. En mis tiempos no había fútbol profesional y que un jugador se vendiera por dinero no estaba ni en la imaginación del más recalcitrante.

Soy de la generación que se declaraba ante su amada por carta y que a todo ser mayor trataba de usted. Conocí las polainas, el trato amable, pero no soy de la generación de las máquinas tragamonedas, de la pantalla líquida, los secadores eléctricos o el aire acondicionado. ¿Recuerdas cuando tu hermano Alejandro me regaló una máquina de afeitar eléctrica? Jamás me acostumbré y seguí haciéndolo con mi vieja y añorada Gillete.

Si me hubiesen hablado de joven acerca de los hornos microondas no habría hallado qué decir. En mi juventud el viaje a la Luna sólo estaba en la febril imaginación de Julio Verne y el fax era una interjección extraña. Ni hablar del Internet. El correo electrónico hubiese sido para mí como ver al jefe de Correos de mi ciudad con un enchufe en la cabeza. ¡Algo descabellado!
En mi época no había ingenieros comerciales, pero igual otros se encargaban de arruinarnos. Robar en la administración pública era una aberración y los ministerios duraban más tiempo. Los jóvenes se cortaban y lavaban el pelo más a menudo, no usaban aros, hablaban delante de sus pololas sin garabatos y el honor era cosa respetada.

Pero no fui un santo y participé en huelgas y marchas callejeras. Eso sí, jamás insultamos a un carabinero y cuando un “compañero” ofendió a un policía nosotros mismos aplicamos la ley del hielo a este mozalbete mal educado.

Haberle lanzado una bomba Molotov a un representante de la ley habría sido un desatino. Y que un magistrado lo hubiese dejado en libertad por “insuficiencia de antecedentes” hubiese sido una aberración imposible de imaginar.

Las mujeres (las "lolas" de hoy) consideraban el pudor como una virtud, usaban aros en vez de piercings, y si tomaban pastillas generalmente éstas eran de menta.

Acabo de leer en el diario que pronto van a empezar a maquillar a los muertos. Por favor, si parto antes de lo acostumbrado, entiérrenme así no más. Como si fuera poco, me entero de que en Río de Janeiro ya debutaron los edificios cementerios. ¡Digno de Ripley! Esto significa, querido hijo, que a un tipo lo pueden enterrar en el piso 12, 14 ó 18. Por favor si esta idea llega a Chile no permitas que mi último paradero sea en uno de esos edificios. Recuerda que tengo claustrofobia y –como si fuera poco- la altura me hace mal.

Tu sabes, he perdido muchas cosas en la vida, menos el humor.
Tu padre, que te quiere...

(JULIO ABASOLO ALDEA)
lunes, 18 de marzo de 2013 | By: Abril

A tu llanto



Hay un sabor a sal conformado con gélidos gemidos que pasean su tristeza por las arenas de las playas mudas de muchedumbre.

Imbuido de esa tristeza tu mar llora sobre la tierra aludes de crestas nevadas, de espuma volátil que ablandan mi ser. Tu angustia geométrica envuelta en mí. Bucólica perpetuidad que hoy te habla otra vez: ansío una brizna de poder que ponga letra a este canto, a tu llanto, que me ayude en mi lucha al desaliento.

Mi soledad, el mar y ojala tú. Mi voz y mi sometimiento están presentes en la manifestación de tu silencio porque una lágrima tuya encierra la esencia de todo el océano, siendo como es, la mas firme expresión de tu sentimiento. Llora si así lo deseas, invoca la húmeda transparencia e intentaré navegar, como ahora, por tu mejilla hasta tu boca, buscando palabras de amor.

En digna lucha contra las mareas driblaré erosionadas rocas heridas y si encallo en tu llanto naufragaré por los huracanes del desencanto hasta ahogarme de recuerdos con el sabor de tu juventud en mis labios.

Fluida alquimia en la naturaleza del ser es la sal del amor, del llanto y del mar. La sal que se deja al partir, la sal que recoges al volver y bebiendo luz va apareciendo el día.

Seca pues esa lágrima personal e intransferible en su interno origen y por favor, sonríeme porque sobre todas las nubes te amo.

(José Luis Fernández)

Nuestro primer encuentro


El destino se mostró bellísimo en tu sonrisa, y me invitó a un paseo inesperado en los andenes milagrosos de tu mirada.

Me quedé suspendida en los cientos de ¿por qué? que invadieron mis razones confusas, me quedé acariciando tus palabras con pensamientos ocultos mientras jugabas con tus manos deshojando caricias que deseaba para mí...

El tiempo se me fue volviendo cómplice, tu imagen se volvió la sombra blanca de los deseos que fueron anidando tu nombre en mis silencios, te fuiste convirtiendo en un instante de alegrías, fuiste tejiendo la magia entre suspiros, consumiendo las palabras que nacían como fuego sin arder en los oídos...

Te convertiste en un cofre de pequeñas sorpresas que hicieron renacer mi vida pintando la ilusión con alas de esperanza, borraste con tus ocurrencias la tristeza de mi rostro, implantaste en mi memoria el chip del olvido, dejando sepultada la causa de mí desaliento, en aquel instante simple y especial la quietud del alma se volvió torbellino incansable que hizo florecer la ternura que ya dormía sin tregua en mi cuerpo...

Nuestras risas se encontraron en un perfecto camino de historias compartidas, la luz de las miradas se unificaron eternas, aunque aquella magia duró solo unas horas. El universo dejó de girar, en aquel instante te volviste el eje de mi mundo, nada importaba, te volviste mi héroe de cuentos de hadas, me rescataste de la rutina para situarme como la princesa de la historia en una maravillosa burbuja de cristal... Fuiste mi héroe sin saberlo...

Me regalabas tu sonrisa más bella y quitaste de inmediato la mía tan triste. Caminamos un tiempo en sentido contrario, dejando nuestras almas entrelazadas, el adiós no fue definitivo, no, porque te quedaste con mi corazón y yo con el tuyo... En nuestra siguiente cita todo fue diferente y así sigue siendo, unidos, ojala que no acabe nunca.

Es maravilloso amar, si, "mi amor tardío" pero inmenso. Gracias por devolverme a una vida llena de sentimientos. Te amo.

(Marisi)

Rosas de invierno

 
 
Una calada profunda y amarga a este cigarrillo que acabo de encender y mi mirada atenta al humo que como nebulosa mal entiende lo que está viendo.

¿Quieres un pitillo? perdona sé que no fumas..., sólo estoy ensayando ante el espejo que tantas veces impregnado de nosotros nos representaba, y que hoy canalla de él me devuelve mi propia imagen, sola, silenciosa. No hay queja ni dolor.

¿Una copa de vino quizá? de color tinto, negro rojizo cómo la sangre del toro bravo. Del toro de lidia, con estoque profundo y cuerpo. Lo he derramado sin querer o queriendo sobre la mesa, que aún conserva esas rosas de invierno, rosas que no huelen a nada, que nunca se abren, y que son testigos vivos de mis silencios y el frío helador de la soledad.

Sí, llevas razón, este tabaco es malo, malo por excelencia, pero que bien que me sabe. Lo mismo que fue amarte, veneno puro en mis venas, criminal pero delicioso. Ardías y yo me quemaba, pasión y muerte que palpábamos, intocable entre el hielo y el fuego que he desgastado en el vacío atrevido y osado que me dejó tu recuerdo, lo que era y lo que no, todo enmarañado, realidad e imaginación, como son todos los recuerdos. Como a veces es el presente y será el futuro convertido en interminable y acomodaticio según pase el tiempo .Y así seguiré amándote cómo te amé, entre páginas en blanco que cuentan historias de amor que felices se ocultan a miradas indiscretas, no necesitan adornos de nadie.

He encendido otro pitillo, y he descorchado otra botella, la embriaguez del momento nubla mi vista, he acertado a servirlo en nuestras copas, y estoy brindando frente al espejo, tú al otro lado de mi vida; te recuerdo, ¿lo sabes?

Te propongo un brindis tan cierto como la hora en la que te escribo, el papel sobre el que lo hago y el tiempo en que seguiré esperándote cualquier día, dónde des una pincelada de color a esta vida en blanco y negro.

"Brindo por mi amor y aunque el olvido es mi única defensa no la quiero, prefiero esta condena por amarte.

(Luisa Serrano)
sábado, 16 de marzo de 2013 | By: Abril

Carta a la novia



¡Hola Querida!

Probablemente estés en el auto o quizás llegando a la iglesia. Disculpa si esta carta te parece sorprendente y si tu futuro esposo no te ha hablado de mí.

Tengo el sutil honor de presentarme: yo soy la que le arrancó a ese hombre los gemidos de placer más agudos de la Historia. Tú tendrás su cuerpo, por eso es importante que sepas cómo y dónde hacerlo estallar. Tengo la teoría de que todo hombre tiene un "punto H" -por no decir G- como toda mujer, sólo que a ellos les da por tenerlo en una oreja, un testículo... o hasta en la nuca -como es el caso de tu futuro marido-, cinco años viviendo juntos...créeme: le conozco.

No me avergüenza decirlo: me dejó por otra -no quiero que te ofendas- pero, en fin: sí, me dejó por ti.

Estuve los rastreros meses siguientes a la ruptura viviendo en una constante agonía, llena de recuerdos. Cada copa me lo recordaba. Hasta el muchacho del correo que te entregará esta carta -¿te has fijado lo buen mozo que es?-, me lo recuerda (bueno, no sé si su físico ha cambiado)...

En fin: que estaba muerta en vida. Mi vida social había tocado fondo y vaya, que me caracterizaba por ser el alma de las fiestas -cosa que él amaba de mí-. Pero yo no quería nada, sólo lo quería a él. ¿Cursi? Aquí hago una pausa. ¿Él te ha hablado de mi? No quiero creer que estuve a punto de casarme con un mentiroso. En realidad sí lo estuve- él era un completo farsante, pero un farsante con gracia.  Siempre fui consciente de ello. Era mi farsante. Me encantaba que me mintiera porque sus mentiras tenían un "tumbao" como él mismo decía, pero también sabia que, al conocerlo tanto, no creía sus mentiras o, digamos que las "creía", aun sabiendo que mentía...

Retomando mi pregunta,¿lo hizo?, ¿te habló de nuestros paseos interminables? De las noches en que huíamos de mis padres, de los besos bajo la lluvia, de los tangos en el escenario ficticio, de "su grito de guerra", como solía decir su mejor amigo: -¡¡¡Que le pongan salsa!!!. En cualquier disco, bar, o fiesta, era su adicción verme bailar salsa. Decía que disfrutaba al bailar conmigo, pero más al verme bailar.

¿Te habló de las ocasiones en que teníamos sexo descontrolado en la cocina?... ¿Del día que me quemé el trasero con la hornilla..., de las miradas que decían todo, de los insultos, de las cachetadas y los besos...?, ¿De los viejos amigos?, ¿De que jugábamos con el vino un juego que él se inventó -que no te diré-?. ¿Te habló, acaso, de ese bebe que queríamos y de que mi fertilidad me jugó una mala pasada?...Sí. ¿Te ha contado que no puedo tener hijos? Él nunca quiso hacerse los exámenes. Decía que estaba sano, he incluso su madre me contó que tuvo una novia a la cual dejó embarazada, pero ella lo perdió. Aunque la chica era una fresca, que aseguró no saber quien era el padre, para mí era suficiente lo que él me decía. Tal vez, ahora que lo pienso, ése sea el motivo por el cual me ha dejado.

A ti te conoció justo en la época que la situación estaba de mal en peor y ningún tratamiento me ayudaba. Tú eres mucho menor que él, considerando que, en esa fecha, tenia 29 y tú 22. Yo tenia 27. Hoy él tiene 33, tú 26 y yo 31.

-"Estoy seca por dentro"- decía siempre y él me consolaba diciendo: -"Lo lograremos"-. Al final, creo que de tantos intentos se rindió. Eso es algo que a ti no te importa.

Mi historia con él se puede decir que fue casi perfecta y que sólo nos falto el cartel. "Felices por siempre". Él y yo cambiamos ese cartel por uno que decía: "Mientras el amor nos dure", o en este caso: "Hasta que la infertilidad nos separe". Fuimos ese tipo de pareja que ves por la calle y que si sueñan con estar juntos eternamente nunca se lo dirían, por no fallar a sus ideales y convicciones internas. Fuimos un par de idiotas que se amaron y que nunca se dieron cuenta. Nos amamos desde adolescentes hasta adultos. Crecimos juntos ¿sabes? Recuerdo que muchas veces faltabamos a nuestros respectivos trabajos para quedarnos todo el dia abrazados, tirados en el sofá un rato jugando a la "Play" y al siguiente viendo películas "rosas" que él tanto odia pero que yo amo.

Siempre he sido una persona decidida, fuerte y valiente. Por eso, desde el momento en que me enteré de que estábais juntos, le dejé, con un tanto de dolor y resentimiento, pero con un profundo despecho. Siempre he dicho que la magnitud de ese despecho es proporcionalmente idéntica al amor o a la historia que se ha tenido. En ambos casos, mi amor hacia a él era un gigante (fueron once años). Por eso no pude comprender por qué se había buscado a otra.

He logrado seguir adelante convenciéndome diariamente de que fue lo mejor que pudo suceder. Hace mucho que dejé de torturarme con el: "y si yo..." Creo que en esta vida, donde nos enfrentamos diariamente a las rupturas, esta frase siempre ayuda: "...Deja de torturarte con los recuerdos, con las preguntas. Vivieron lo que tenían que vivir, duraron lo que tenían durar...".

Desde ese dia no me ha vuelto a ver -hace 4 años- y la invitación a su boda me ha llegado por correo. Yo volví hace cuatro meses, cosa que él ignora. Creo que le contaron que me fui del país hace tres años, pero no que ya regresé, si no, me habría buscado para invitarme personalmente, imagino. Volví por razones importantes y algunos papeleos, y me estoy quedando en un hotel. No cualquier hotel: "nuestro hotel". No cualquier habitacion: "nuestra habitación". Y digo "nuestra" porque aún guarda su aroma. Una habitación donde todo me habla de él y de nuestras pasiones desbordadas.

Entré en "el bar de las solteras" -como lo bautizamos mis amigas, él y yo-. Alli quedé en verme con algunos colegas. Entonces vi a su mejor amigo acercarse, me levanté a saludarle -él no me había visto- y en ese instante tú te levantaste sonriente y lo besaste. De mi mano resbaló la copa. La impresión fue un poco desagradable pero al final placentera ¡JODER! ¡Engañas a tu futuro esposo con su mejor amigo!,¡Qué éxito! Estoy segura que eras tú, de eso no hay duda. Cruzásteis la calle ligeros. No soy quien para juzgaros. En fin, fuísteis al motel del frente. Ahhhhh, Querido: esta noticia te dolería...

Descuida tú, que no voy a contarle nada. Éste será nuestro "secretillo". No intentes huir de tu boda. Yo estaré en la primera fila, con el vestido rojo que él amaba y un revólver en la cartera. Si tú no eres capaz de amarle como yo lo hice, no permitiré entonces que se case contigo, prefiero verle muerto. Y hablo muy en serio. Tampoco intentes acusarme de nada... ¿Que es ilegal tener un revólver? ¿Acaso tu futura esposa está loca?...Benditas las máquinas de escribir que ni la letra puede delatarme.

Querida: no llores, que se te corre el maquillaje. ¿Cómo puedes creer que mataría al hombre que más he amado? Sí, hoy estaré en primera fila, sin el vestido rojo que a él le gusta (ni idea de qué hice con él). Estaré allí en primera fila, con mi esposo al lado y mi hijo en brazos. Sólo he querido tontear un poco contigo ¡Hazlo feliz, guapa!.

PD: Sé que estás embarazada, de ahí lo de la boda ¿qué crees? La fecha coincide justamente con el mes que entraste en ese motel ¿y adivina qué? Tu esposo es estéril. Besos.


-PM