miércoles, 30 de septiembre de 2009 | By: Abril

¿Y ahora qué?...


… ¿Y ahora qué?... ahora que hemos rozado el límite con los labios, las manos, el cuerpo…ahora que nos avergonzamos de lo ya hecho porque con hechos hemos recorrido el camino que no nos atrevíamos a hablar…
…¿Ahora qué? a jugar a ser idiotas, a que todo sigue igual y que el ayer simplemente no fue; se desvaneció cuando nos dimos cuenta, porque quizá ambos lo soñamos o lo inventamos despiertos…
…¿Por qué ahora? ¿Cómo atrevernos a tocarnos, a mirarnos, a sentirnos? Si somos cómplices fortuitos de un descuido de verdad…
…¿Y la solución?... ¿Más tiempo al tiempo? A esperar que no se nos acelere el reloj antes de hora y vivamos nuevamente la extraña situación de unos segundos por adelantado, para quizá vivir otra vez lo vivido y no paralizarnos ni por lo sentimientos ni por lo que acabamos de descubrir…

No puedo, lo siento, pero no puedo…el tiempo se me escapó entre los dedos, me voy. Me voy sin más, y conmigo se va todo lo que he ido guardando en silencio…me inventaría un nuevo idioma para intentar explicarte de alguna forma más adecuada lo que produces en mí, para decirte sin tanto preámbulo y con más dedición todo lo que escondo, para gritártelo con rabia, sin remordimientos ni vergüenza, pero si ese idioma lo hablo solo yo, nunca podrás entenderme; y me temo que tampoco harías el intento de aprenderlo, porque temes a lo desconocido y lo incierto que puede ser amar…

Me voy y conmigo se va esa parte de mi que solo te corresponde a ti, esa parte de mí que es completamente tuya, esa parte de mí que se hizo tan grande que necesito lazarla al mar a ver si se ahoga…es triste pesar que el amor es triste, pero es más aún sentirlo así, sentirlo desgastado antes de empezar, sentir cómo se encoge apesadumbrado ante la inseguridad, observar como se intenta apagar porque tiene demasiado miedo a producir una fogata, miedo a dar la cara y a ser escuchado; porque tu y yo nos escondemos tras máscaras forjadas por nosotros mismo y por nuestros propio, duro y conciente trabajo…¡Qué triste!

Ya no puedo más, estoy gobernada por la impotencia de vernos a ambos dejar pasar sueños secretos… es esta impotencia la que me lleva a escribirte, a actuar sin pensar de una vez por todas… ¿por qué dejas que sea yo quien de el primer paso? Si el miedo que tengo y el vértigo que siento al rozarte no son menos que el tuyo propio cuando te toco suavemente…

Sabes que has dejado tus pasos marcados en mí, solo espero que se conviertan en huellas en la arena y que algún día no muy lejano suba tanto la marea que no quede rastro ni sospecha de hoy, de anoche y de los últimos momentos contigo.

Adiós, me despido yo (quién sino)

PD: lo siento, aún no he acabado con toda la verdad que me inundaba y con la última gota de ella quiero que sepas que aunque pretendo olvidarte y cerrar la puerta que alguna vez me llevó hasta ti, albergo la secreta esperanza que después de esto me busques, me encuentres y me hagas olvidar lo mal que se siente amarte en silencio…
Espero aprendamos a amarnos sin más…ahora que por fin te amo al descubierto…

(Magdalena Oporto; Carta premiada en el VI Certamen de Cartas de Amor y Desamor “Pedro Salinas y Margarita Bonmatí”)

Querida Isabel


Querida Isabel:

Ha pasado ya un año y de veras que durante todo este tiempo he intentado asumir tu ausencia. He aprendido a dibujarte de memoria, a tocarte de memoria, incluso a quererte de memoria. Pero es en las tardes oscuras de este frío invierno cuando tu recuerdo se hacer más presente y veo tu rostro reflejado en las paredes de mi cuarto, ahora vacío y silencioso, como si tu voz me susurrase al oído que ha llegado el momento de volver a soñar.

Nada consigue arrancarme de la mente tu imagen, tus grandes ojos verdes observándome, tan expresivos, tan llenos de bondad. Pero sé perfectamente que nada es real, que por mucho que trate de despertar por la mañana con ánimo de abrazarte, jamás lograré acercarme a la ilusión de tu cuerpo, de tu mirada.

En más de una ocasión he llegado a pensar que me estoy volviendo loco, pero en vez de miedo o frustración solo siento incredulidad, puesto que al llegar al trabajo y encontrarme con la misma gente de siempre, descarto la idea de una posible pérdida de juicio, a pesar de que Isabel, mi querida Isabel, intentes demostrarme lo contrario con tu extraño poder sobre mi mente, sobre mi alma...

La casa está hoy más fría que nunca, sin el calor ni el ruido de los niños. Mientras espero a que regresen, sigo escribiendo esta carta, que como todas las demás, acabará guardada en tu caja verde, sin que jamás llegue a ser abierta. Te escribo, aunque resulte realmente complicado concentrarse en ello cuando hace tan sólo unas horas he vuelto a despertar con la angustia pegada a las sábanas y la inquietud adherida a los labios. He soñado de nuevo contigo, y esta vez todo parecía más auténtico que nunca, yo parado en la nada sin poder mover un solo músculo, tú sonriente y hermosa, mirándome fijamente.

Ven conmigo, repites siempre, como si semejante enunciado, suspendido entre la súplica y la exhortación, pudiese evocar algún poder ineludible.

Supongo que mi vida sería mejor sin tu reflejo escondido en los espejos, pero es mi “otro yo” el que se niega a aniquilar de una vez por todas, tan inquietante producto de esta mente agotada. A veces me río de mi propia paranoia, pero otras creo incluso sentir tu presencia tangible y real llenándolo absolutamente todo, caminando con tranquilidad por los rincones infinitos de mi cuarto...

Isabel, mi dulce Isabel. El tuyo es sin duda un nombre hermoso, una melodía singular que parece salir de debajo de mi cama y me hace sentir como en un sueño sin final, que queda abierto siempre para repetirse incansablemente cada nueva noche, en cuando a mis ojos les vence la necesidad del descanso y el sosiego. Ojalá pudiera desprenderme de tu ambigua influencia...

A veces, sólo la rutina diaria consigue sacarme de este estado inexplicable y, ahora que oigo que alguien está abriendo la puerta, consigo recordad que es Navidad. Ya casi había olvidado que mañana, cuando vuelva a despertar – pensando, seguro, en tí- me hallaré en 2006. Pasa tan rápido el tiempo...

Ven conmigo, me susurraste. A pesar de lo confuso del sueño, estoy absolutamente convencido de que es esa frase la que pronunciaron tus dulces y finos labios. Eras tú. No podías ser más que tú.

Sintiendo que las manos me temblaban sin control, como si repentinamente estuviese viéndome a mí mismo en una película, levanté ligeramente la mirada pero ya no estabas en el mismo lugar, sino que habías echado a andar por la acera, deprisa, dándome la espalda. ¿Dónde ibas? Cómo es posible que pretendieras marcharte ahora que por fin te había recuperado... Dispuesto a seguirte, me dirigí a cruzar la calle al tiempo que vi como tu figura comenzaba a confundirse entre la gente que caminaba calle abajo...

¡Isabel!

Oí mi voz gritar al vacío, avanzando hacia la carretera, pero tú ni siquiera te volviste.

Súbitamente, sonó un pitido que llenó todo el silencio, arrancándome con la brusquedad de lo inesperado, algo más que la contemplación de tu imagen ausente... Giro la cabeza y... ese maldito coche otra vez.

Una señora se detiene espantada en medio de la acera. Antes de echarse a gritar, se tapa la boca con las manos en un acto reflejo, sin poder remediar la impresión que le produce el choque frontal de aquel coche contra una joven que sale despedida por los aires para quedar después tendida sobre el asfalto.

Entonces puedo ver mi rostro, ese mismo rostro que te seguía sólo unas décimas de segundo antes... rostro soñador que no sabe despertar a tiempo...

Te echo tanto de menos, Isabel.

Con todo mi amor.


Fdo. PERCEVAL.

(Ismael González González; Finalista en el I Certamen de cartas de amor de Villanueva de la Serena)

El olor de las pipas


Im dorique roma, o lo que es lo mismo, Mi querido, querido amor.

Con el paso del tiempo me distraje. Así es. Durante lo que parece un momento que en realidad ha durado algo más de 50 años, imagínate 50, no había vuelto a pensar en ello. No había vuelto ni a recordarlo. Lo que es la vida...

Esa misma vida que ha ido difuminando algunos de mis rasgos, como el candor en mi mirada, o la chispa de la espontaneidad... y que en cambio ha acentuado otros, me ha dibujado arrugas aquí o allá, me ha pintado oscuras manchas en las manos, ha esparcido finas pinceladas blancas por mi melena cobriza. Y si, ya lo ves, contesto a tu pregunta, me sigue apasionando la pintura, tanto como entonces, como hace 50 años.

Pero los años me han envejecido, como a todos, han llenado mi casa de hijos y nietos, y han ido escondiendo poco a poco, los recuerdos antiguos en blanco y negro, tras otros más nuevos a todo color. Pero ahora sé que seguían ahí, ahí detrás, callados, agazapaditos esperando su turno, aunque yo no hubiera vuelto a pensar en ellos...

Hasta el día que me encontré con aquel sobre apaisado entre mi correspondencia atrasada, medio escondido entre los habituales de bancos, centros comerciales y propagandas varias. ¿Sabes? hacía mucho tiempo que no me escribía nadie, por eso me extrañó aquella carta particular con el sobre abierto; recordé que mi hija me había comentado algo semanas atrás de una nota ilegible... la verdad es que no le habíamos dado ninguna importancia, ocupadas en ese momento en cuestiones cotidianas que acaparaban nuestra atención mas urgente. El pobre sobre, abandonado, se había ido quedando al final del bloque de correspondencia por revisar y fueron, lentamente, transcurriendo los días.

Pero aquel día miré de nuevo el remite, no tenía, extrañada volví sobre aquella caligrafía desconocida, pequeña y apretada, cuyos rasgos azules resaltaban sobre el papel de color crema, por cierto, pensé, de excelente calidad.

Saqué cuidadosamente la nota de su interior y leí:

Im darique gamia,

Ah dosapa totam poemti... ¿Moco tases? En riatagus chomu tever, euq em rastacom euq ah dosi de it. Et domam sim ñasse

Rop vorfa, macabús.

un sobe,

Masto.

No entendí nada, nada de nada, volví a releerla por segunda vez, esta vez más despacio, mucho más despacio, pero tampoco la entendí. Y estaba con ella aún entre las manos, cuando llegaron mi hija y su familia, y creo que más o menos fue así como pasó:

Hola mamá, ¿qué haces?

No sé hija, creo que nada en realidad. ¿Te acuerdas de aquella carta que me comentastes, aquella ilegible que no se entendía...?

Si, claro; ¿Todavía anda por aquí...? Tirala mamá, no te compliques la vida, sino se entiende nada...

Pues sí hija, la verdad es que llevo un rato con ella y no la entiendo, por más que la releo una y otra vez, no consigo aclararme...

En ese momento, entraron mis nietos a darme un beso...

Laho taliebue, ¿Moco tases?

Me quedé mirándolos sorprendida...

No les hagas caso mamá, ahora les ha dado por hablar del revés...

Al revés pensé, hablando al revés... eso es... y fue entonces Tomás, entonces, cuando hasta mí desde muy, muy lejos llegó un olor familiar, entrañable, maravilloso y mágico: el olor de las pipas...

¡Eso es! ¡está al revés! Dije por fin. Y entonces volviste a mi vida.

Mi querido, querido Tomás.

Sé que mis labios dibujaron una sonrisa, una sonrisa dulce y enorme, y mis ojos, si los vieras ahora, surcados de finas arrugas, por unos momentos dejaron de ver a mis nietos para ver a otros dos niños, más o menos de la misma altura, más o menos de la misma edad; ella, con el color de mis ojos y una mirada cándida; él pecoso y espigado. Ella, con su melena cobriza, larga y lisa hasta la cintura; él, tú, mi Tomás, otra vez sonriéndome pícaramente con las manos llenitas, llenitas de pipas... ¡Ay! aún tengo el corazón encogido...

Después acaricié con suavidad la carta y una vez más saqué con mucho cuidado la nota de su interior, y entonces, fui leyendo poco a poco, ordenando las palabras:

Mi querida amiga,

Ha pasado tanto tiempo... ¿Cómo estás?. Me gustaría mucho verte, que me contaras que ha sido de tí. Te mando mis señas.

Por favor, búscame.

Tomás.

Y el resto puedes imaginártelo, cogí papel y lápiz, y muy despacio, fui volviendo cada palabra del revés, del final al principio, dándole poquito a poco vuelta a la vida. Al principio me costaba mucho esfuerzo, habían sido muchos años sin entrenar, pero poco a poco, me fui animando, fue cogiendo carrerilla, y aquí me tienes...

Otra vez dando y dando vuelta a las palabras, poniendo mi vida patas arriba, volviéndola del revés para retomarla dónde nos distrajo, 50 años atrás, y pedirte de nuevo pipas mi querido Tomás:

Masto, gavén, medá nasu caspo. ¿ O es que otra vez, te las vas a comer todas sin mí...?

Fdo. Tusitala.

(Rocío Díaz Gómez; Carta ganadora del I Certamen de cartas de amor de Villanueva de la Serena)
martes, 29 de septiembre de 2009 | By: Abril

La Revelación


Querido Roberto:

Una tarde de diciembre del año pasado, te vi en una entrevista de TV sobre trasplantes de corazón. Roberto Durán, aquel joven inconformista, mi compañero de estudios, mi amor platónico y que siempre quiso ser médico, es ahora cardiólogo y tiene el pelo canoso. Sigues teniendo el mismo encanto. No puedes imaginar la gran satisfacción que siento al saber que conseguiste tu objetivo en la vida. Te conocí por el nombre en el subtítulo de la pantalla. Aún sigues conservando tu voz lenta y esa mirada tranquila que parece un lago donde de un momento a otro aparecerán los cisnes. Investigué en Internet y por fin hallé la dirección de tu consulta. He dudado mucho antes de escribirte porque no estoy seguro de que te guste saber de mí y porque te voy a revelar algo que ahora quiero compartir contigo.

Aquella tarde en la TV, mientras hablabas, volví a recordar tu brillante oratoria como si fuera ayer, aunque han pasado más de 40 años desde que dejamos el internado católico a los 16 años. La excitación que me producía tu mano al felicitarme cuando sacaba buenas notas y cómo me esforzaba para que te sintieras orgulloso de mí o ser yo el elegido para sentarme a tu lado en las clases de matemáticas por mi sabiduría y rozar mis piernas con las tuyas de forma casual, eso Roberto no se me olvidará nunca.

Me gustaban tus gafas ahumadas y tu voz suave como el talco y ese flequillo rubio que te caía por la frente como ramas de sauce… estabas guapísimo. Vestías muy elegante con aquella chaqueta oscura y tu camisa blanca con el primer botón desabrochado. Yo siempre llevaba un jersey azul descolorido y unos pantalones grises de saldo, pero no me avergonzaba. Tu caligrafía era perfecta, la mía era horrible y me lo reprochabas continuamente. Partía por la mitad los caramelos "sacis" que calmaban tu tos persistente y te daba el trozo más grande, te hacía los deberes de matemáticas que tan mal genio te ponían y lo que no sabes, Roberto, es que soñaba tanto contigo que no creía que fueras real. Al amanecer me levantaba y me iba a tu cama a verte dormir. Abría un poco la contraventana para poder apreciar tu cara y permanecía de pie a tu lado hasta un poco antes de que el cura de turno tocara el silbato para levantarnos. Te arropaba muy despacio para no despertarte y algunas veces rocé mis labios sobre tu mano apoyada en la almohada. Para que los demás chicos no sospecharan, llevaba un cuaderno para dejártelo en la mesilla por si acaso alguien o tú me descubría. No hizo falta dejarlo nunca. Tuve suerte y regresé siempre a mi cama antes de que nadie se diera cuenta. Te hubiera dado un beso en esos labios carnosos semiabiertos que quitaban todos los pecados pero te despertarías. Me apetecía meterme en tu cama, abrazarme a ti y enroscar mis muslos, con pelillos incipientes, a los tuyos limpios de bello y de color marfil y que me moría por acariciar.

Una noche, cuando todos dormían, me deslicé de madrugada agazapado entre las camas del dormitorio comunitario, me metí debajo de tu cama y me quedé tumbado en el suelo boca arriba. Pasé horas acariciando el colchón entre los alambres del somier tocando con la punta de los dedos la deformidad ovalada que tenía el colchón al abrazar tu cuerpo. Inventando mil palabras de amor, pintando iniciales en el aire e imaginando mil diabluras juntos, llegué a mojar mi mano y luego me adormecí. Lo repetía cuando la fuerza del amor me quemaba por dentro.

Me las arreglaba para jugar al fútbol de defensa y contra ti, así en pantalón de deporte podía ir a quitarte el balón, regatear y chocar mis piernas con las tuyas desnudas, tocarte la cintura esporádicamente o abrazarte en la disputa del balón o estampar mi sexo contra cualquier parte de tu cuerpo cuando te atacaba o incluso rodar por el suelo los dos medio agarrados. Nadie se enteró nunca de mi pasión por ti. Tú tampoco. Ni los curas lo sospecharon jamás. Me hubieran expulsado del colegio por degeneración mental y conducta pecaminosa y tal vez tú hubieras sido objeto de burla. Sólo un cura en el confesionario me preguntó si había tenido tentaciones con chicos y dije que sí. Me preguntó que con quién y al mencionar tu nombre me dijo que me alejara de ti, que eras un peligro para mi salvación eterna. No entendí nunca por qué amar a alguien del mismo género fuera pecado pero no lo era amar a un hombre Santo.

Durante los dos años que compartimos curso y hasta nuestra separación definitiva, soporté con increíble dolor no ver en tus ojos un destello de ternura, ni un gesto de amor hacia mí, aunque me agradecieras lo que hacía por ti y que según tú, era un buen compañero. La pena de saber que te perdía para siempre cuando me enseñaste la foto de la chica que te traía loco, no cambió mis sentimientos, ni la edad, ni otros enamoramientos que no llegaron a ahogar el mío por ti. Conmigo eras amable y me ayudabas a coserme botones, encuadernar libros, hacer la cama y me dabas alguna moneda. También arreglabas la correa metálica de mi reloj que siempre estaba desbaratada. Ver esa manipulación de la correa, me ponía la carne de gallina. Y cuando me ponías el reloj, parecía que tu sangre iba a circular por mis venas. Pero nunca te diste cuenta que me hervían las terminaciones nerviosas cuando me rozaba tu piel.

Han pasado muchos años, pero te sigo queriendo y no he conseguido olvidarte ni aún casándome. Tú eres mi verdadero amor, tanto que aún conservo un pañuelo blanco a rayas azules que te robé de la maleta y me aseguré que tendría tu olor extendiéndolo bajo la sábana de tu cama una tarde que me quedé solo en el dormitorio simulando un dolor de estómago. Lo retiré una semana después. Tampoco te enteraste. El pañuelo y una carta al poco de finalizar los estudios de bachiller, en la que me decías que no querías perder mi amistad, es lo que me ha hecho seguir vivo. Aunque perdimos el contacto porque estabas enamorado de aquella chica de la foto que llevabas en la cartera, esa última carta la leo cada 26 de junio, día que te vi por última vez a los 16 años, y aspiro el aire y tus hormonas jóvenes a través de aquél pañuelo robado. Y para que no se me olvidara tu rostro, arranqué de la revista anual del colegio, tu foto que conservo en el mismo sobre que la carta, junto con el trozo de esparadrapo que me pusiste encima de la verruga que me arranqué del Brazo.

Ahora te dedicas a sanar corazones. Es una ironía del destino o tal vez un castigo del cielo como diría algún cura del colegio, el que tú seas cardiólogo y mi corazón esté enfermo de ti y no lo puedas curar siendo tú el único médico que podría alargarle la vida. Cuando salí del colegio descubrí que el infierno no está donde nos dijeron sino en no poder amar a quien amas porque el amor está comprometido; en no alcanzar su distancia porque es infinita y el saber que nunca habrá respuesta a ese amor porque al que amas no lo sabe y si lo supiera sentiría rechazo. Te sigo queriendo como entonces Roberto. Supongo que no querrás verme y te preguntarás que a qué viene esto de contarte mis intimidades como si fueras mi confidente y después de tantos años declararte mi amor. La respuesta es que tus colegas han puesto fecha de caducidad a mi vida, y quiero que sepas que te quiero tanto que este corazón que ni tú puedes salvar y que siempre fue tuyo, cuando dé su último latido, ese será para ti solo. Guárdalo… ya no podré darte otro.


Jorge Barmín

(Pedro A García Zanón; Carta ganadora del III Concurso Internacional de Cartas de Amor San Valentín)

Teoría para un Adiós


Te escribo porque no estás, es obvio.
Te escribo porque es opio el papel y llama la pluma que enciende estas letras con que trato de aliviar mi soledad.
La vida en Roma es muy diferente a la de ahí, pero ya sabes, para mí lo más extraño es siempre vivir en mí, aquí o allí.
No te describiré mis días para no descubrir que son noches. Aunque lleve aquí poco tiempo —¿Cuánto? ¿7 meses? ¿Tres semanas? ¿Una eternidad? ¿Una nada?— son tantos los cambios que ya no me reconozco en el espejo del pasado —¿te quise o te quiero? ¿Grao? ¿Roma? ¿Grao? ¿el pasado o el presente? ¿el verano o el Infierno?— . Aunque a los relojes les parezca poco tiempo, yo he tomado ya algunas determinaciones importantes para mí, no para los relojes, que te quiero contar.
La primera, OLVIDARTE. No es posible el amor en la distancia.
La segunda, abandonar la poesía. Es una actividad sin sentido hoy en día, una pérdida de tiempo, una cárcel de palabras, mentiras que suenan bien, un vertedero, una escombrera, una montaña de miedos, una casa en ruinas pintada de colores sólo para ti… Por eso he decidido dedicarme a un oficio con futuro: la CIENCIA. Por supuesto que no estoy dispuesto a devanarme los sesos estudiando la reproducción esporádica de los radicales-libres, ni el hipotético origen de la superioridad del Homo-aparentis sobre el Dudantis-hominidus, NO. Me dedicaré al estudio de algo importante, humano y a la vez científico, resolveré enigmas milenarios con nuevas técnicas objetivas, le aplicaré el método a todos los antiguos misterios y para ello he empezado con el mayor de todos. El beso.
Te envío mi 1ª TEORIA, Categorial y Definitiva, porque tú fuiste la clave para mis descubrimientos y el experimento mismo del cual obtuve todas las premisas que ahora conforman esta teoría. Te incluiré en los agradecimientos del libro, si se publica algún día, pero quería también que fueses tú la primera en ver resuelto este, hasta ahora, gran enigma para la humanidad: EL BESO.
Adiós, Amor, aquí tienes mi última carta, mi primera teoría, y mi beso definitivo,

TEORÍA BESO A BESO
CAPÍTULO 1. (DEFINICIÓN).
Un beso es un escalofrío que da calor.
CAPÍTULO 2. (EL ESPACIO).
Cada beso es un mundo y sin embargo cabe en el leve roce de los labios.
CAPÍTULO 3. (EL TIEMPO).
Tus besos dividen en dos el tiempo. Hay un antes pero desaparece. Existe un después pero no importa.
CAPÍTULO 4. (Indicios)
Resulta sencillo comprobar la presencia o cercanía de tus besos:No hay nubes en el cielo. La Luna está llena de deseo. Quedan restos de estrellas en los labios.
CAPÍTULO 5.
(LA ELECTRICIDAD)
Tus besos tienen una carga positiva que entra por la lengua viaja en la saliva y enciende cada poro de mi piel.
CAPÍTULO 6. (GÉNESIS)
Tus besos son un Big-Bang:Explotan, se expanden, inventan un nuevo mundo.
CAPÍTULO 7. (Axioma)
Cada nuevo beso es infinitamente más intenso.
CAPÍTULO 8. (Axioma)
Besarte es reinventar el beso a cada instante.
CAPÍTULO 9 (EL MILAGRO).
Tus besos permiten ver con los ojos cerrados, sentir fuera del tiempo,apretar en un puño el silencio, exprimir cada instante hasta sacarle el jugo.
CAPÍTULO 10 (Proporciones)
El miedo es inversamente proporcional al número diario de besos.
CAPÍTULO 11.
(Cálculo aprox.)
Tus besos dividen por dos el tiempo pero multiplican por mil las sensaciones es decir,cada vez que nos besamos el mundo se hace quinientas veces más grande.
CAPÍTULO 12.
Tus besos tienen una Corteza formada con leves roces,un Manto de aliento divisible en dos labios y un Núcleo, un centro ardiente hecho de luz en lo oscuro; lasciva ternura humedal donde nace el mundo...
CAPÍTULO 13. (CONCLUSIÓN)
Si el mundo se desintegrase y tú ya no existieses y yo tampoco en el vacío suspendidos quedarían nuestros besos.

(Carlos Granda Busto; Carta ganadora del I certamen de Cartas de Amor San Valentín)
sábado, 1 de agosto de 2009 | By: Abril

Carta a Vicente Ferrer


Querido Vicente:

Llevo meses, tres hasta el día que decidiste marchar a investigar que hay más allá, que mi alma y mi mente andan un poco revueltas.

Un buen amigo, ¿sabes?, el que me acompañó a Etiopía, me mandó un sms para avisarme que estabas grave. De pronto mi corazón se encogió, de pronto cada una de tus palabras en nuestra despedida en Anantapur, resonaron en mi cabeza como si acabaras de decírmelas.

Durante tres meses estuve al tanto de tu evolución. Ana, tú querida Ana, contestaba nuestros mensajes, y la Fundación nos mantenía informados. No me parecía justo que tuvieras que sufrir después de todo tu trabajo, después de todos tus desvelos. Por otro lado, pensaba que segúias siendo tú; luchador, rebelde, cabezota, como cuando Lancy y Mónica tenían que arrastrarte a la cama después de un día más, agotador, recibiendo padrinos, atendiendo a todo aquel que quería hablar contigo y te acercabas a nuestro bungalow y te sorprendías porque unos padrinos estuvieran sentados charlando y compartiendo las experiencias en Anantapur.

Durante estos tres meses, he visto montones de iniciativas, para que te dieran el premio Nóbel, para el reconocimiento de la Fundación… Qué injusto me parecía, que hasta hace diez años apenas unos pocos sabían de tu lucha, de tu trabajo y ahora que se preveía el fin, todos quisieran participar de ese final. Pero una vez más recordé tus palabras, no estabas de acuerdo con muchas cosas, lo poco que te gustaban las apariciones públicas, pero si todo conducía a tu fin, que cada pobre tuviera un plato de comida “solo eso” como tú decías, con tu maravillosa ironía, bienvenido sea. Así que, me he unido a esas miles de personas para que al menos la Fundación tenga ese reconocimiento, aunque para todos será tu reconocimiento.

También recordé que a veces el azar, nos lleva a descubrir a las personas, de la manera más inesperada, como te descubrí yo. Confiar en aquello que tu corazón te dice que puede ser bueno, y que luego tienes la suerte de comprobar.

Y llego el día en que decidiste partir. Me sentí sola. Empecé a ojear de nuevo mis fotos contigo, recordé tu mirada y tú abrazo. La sensación inexplicable cuando sin conocernos, sólo mirándonos a los ojos fuiste capaz de describir a mis compañeros de viaje: a mi marido, a mi hermana, a mi cuñado y a mi misma. La de vueltas que di yo y sigo dando a todo lo que me dijiste, ¡Que escribiera un libro!, ¿Un libro? ¿Sobre qué? ¿De qué?. “Tú tienes mucho que contar y más tendrás”, dijiste fijando tus pequeños ojos en los míos. Esa mirada profunda y llena de querer saber.

Me sentí triste por no haber aceptado tu invitación a estar contigo acompañando a los miles de padrinos que llegan a la Fundación cada verano. Pero recordé una vez más tus palabras, “sigue escuchando tu corazón y él te guiará hasta lo que andas buscando”, y me sentí feliz. Sin querer ¿o sí?, mi corazón me ha llevado hasta Etiopía, donde me siento feliz, donde me siento útil en mi inutilidad. Y donde puedo sentir “que un pequeño gesto, puede alcanzar lo imposible”.

Ayer asistí al homenaje que la Fundación quiso brindarte. Fue una tarde especial.

Una vez más a mi lado estaba mi hermana, mi querida hermana, a la que dedicaste las palabras más bonitas, porque adivinaste su extremada dulzura, palabras que me hicieron sentir orgullosa del amor que mis padres han sabido infundir entre todos mis hermanos, tres. Y en esa tarde tan especial, en el altar mi más querida amiga, Ana (como tú Ana) te brindaba su dulce voz, entre notas musicales. Mi Ana, a la que hubiera querido llevar a Anantapur, para que la conocieras y te conociera. Pero las tres estábamos juntas, pensando en ti.

Escuché con desgana a toda la cohorte de representates de la Iglesia, que un día decidieron expulsarte de sus filas, porque no seguías sus mandatos, pero que no pudieron lograr que perdieras tu fe en Dios, sin imponérsela a nadie.

Observé a las ilustres señorías representantes del pueblo, que se olvidaron de asistir a tu entierro en India, esos que tú decías no entender “¿Como yo que no soy nadie y nada tengo, puedo intentar paliar el sufrimiento y ellos, que tienen el poder y pueden hacer y deshacer, no pueden?”.

Miré a los cientos de personas que bajo un calor terrible, se habían acerado hasta Santa María del Mar. No me preocupé en pensar que razones les habían llevado hasta allí, sólo recordé: “No puedes pedir amor, recibes amor por el amor que das”.

Escuché a Jordi, tu sobrino, “¡Como se parece a ti!”. Lo imaginé sentado contigo en la cantina de Anantapur, en tu despacho, en tu casa, en los caminos de la Fundación, que orgulloso tiene que sentirse por tener un tío como tú.

Y Ana, tú Ana, pidió decir unas palabras. Escuchándola, oyéndola, guardando su palabras, sentí que no te has ido, en cada una de sus palabras, en sus gestos pausados, tranquilos y llenos de Paz, te ví a ti.

Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer, creo que estuvísteis juntos todo este tiempo, nunca uno delante del otro, sino juntos y que ella en la sombra, en silencio, en esa revolución silenciosa, se estaba preparando para tomar tu relevo.

Sentí que sin darnos cuenta, con esos pequeños gestos tuyos, nos ibas preparando para cuando te fueras, “para cuando cambiaras de forma”, para que pudieramos seguir.

Marché para casa, con la sensación de que todo está bien, que no pasa nada. Que tú sigues aquí, en cada uno de los que compartimos una mínima parte de tu tiempo en este espacio y en este lugar llamado Tierra.

Hoy, he vuelto a escuchar a Ana y de nuevo, tus palabras me dan la tranquilidad que perdí hace unos meses:

“LO QUE DICE ANA, PODEÍS PENSAR QUE SON MIS PALABRAS”

Ahora, sólo darte las gracias por todo. Por cruzarte en mi vida, por ponerte en mi camino, por compartir tú entusiasmo ante tanto sin sentido. Y decirte que sólo espero, que cuando abandone esta forma, me pueda marchar como tú, orgullosa y llena de amor no pedido.

Gracias por Ganghadevi, por Prameela, por Shiva, y por todas las mujeres de Gunthapalli.

¡Ah! Y da caña ahí arriba para que aquí abajo abramos los ojos…”

(Yolanda...)

Carta abierta a Álex Villoch


Amado Álex:

Nos ha costado mucho decidir si escribíamos esta carta a los mismos medios que hace apenas una semana se hicieron eco de tu muerte. Tras mucho debatir hemos acordado rendirte este homenaje póstumo porque nos parece injusto que la opinión pública, que ha sabido de ti únicamente por tu aparatoso adiós, te identifique como el niño con síndrome de Down que murió en el maletero de un coche en Formentera. Porque has sido infinitamente más que eso.

Lo tuviste todo en contra desde que naciste. Tu primer obstáculo fue una cardiopatía que se resolvió favorablemente a las pocas semanas. Pensamos que ya estabas a salvo. Empezamos a dedicarte toda nuestra atención: estimulación temprana, fisioterapia, natación. Con dieciocho meses conseguiste dar tus primeros pasos y estuviste preparado para empezar a ir al cole. Más tarde llegó la logopedia. Ya desde el principio descubrimos tu sonrisa. En cuanto supiste cómo articularla, que fue muy pronto, te abonaste a ella para siempre.

Jamás fue capaz de borrarla de tus labios la leucemia que te diagnosticaron a los tres años, llena de complicaciones, y que tardaste cuatro en superar, ni el aparato que te viste forzado a llevar por tus problemas de cadera. Ganaste esas batallas con brillantez. No se podía esperar menos de alguien tan fuerte como tú. Estamos seguros de que fue tu sonrisa -otra vez tu sonrisa-, que llegó a resplandecer incluso entre tubos y aparatos, la que impidió que el árbitro pudiera contar hasta diez. Un ejemplo de tu capacidad de lucha contra la adversidad.

Todos los que te conocimos estábamos enamorados de ti. Nos fascinaba -y sigue haciéndolo- tu capacidad para devolver multiplicado todo el amor que te profesamos a pesar de las situaciones extremas a las tuviste que hacer frente. Ya no sólo con tu recurrente sonrisa. También con tus continuas caricias, tus espontáneos abrazos y los incontables piropos que dedicabas a quienes estábamos cerca. Nos diste infinitas lecciones de entereza y fuiste único en poner al mal tiempo buena cara. Has sido el campeón del cariño.

Demostraste, como dejó dicho Machado, que el camino se hace al andar. Eras un experimentado nadador, asistías a clases de música, salías de acampada, jugabas al fútbol, practicabas kárate, danza e incluso yoga. Siempre pendiente de robar un ratito para jugar con el ordenador. Cómo olvidar tu sonrisa cuando descubriste con sorpresa la vida submarina este verano en Formentera a través del cristal de unas gafas de bucear. Protestabas contrariado cuando el mal tiempo te impedía ir a montar a lomos de Kent. Tu curiosidad y tus ganas de aprender siempre fueron insaciables. Fuiste el ojito derecho de todas tus educadoras, el orgullo de tu escuela.

No creas que olvidamos lo gamberrete que siempre fuiste. Aficionado al escapismo, a pegar portazos, a esconderte para darnos sustos, a pasar olímpicamente de bajar de los castillos hinchables, a encerrarte tras cualquier puerta que tuviera un pestillo, a correr por los pasillos del colegio mirando hacia atrás muerto de risa mientras profesores y alumnos te perseguían. Disfrutaste y bebiste la vida a grandes tragos, como un auténtico cosaco.

Últimamente estabas radiante con tus nueve añazos. Más guapo que nunca, totalmente recuperado. Si tiempo atrás hacerte comer y sobre todo masticar exigía agotadoras sesiones, ahora era un placer verte disfrutar con la comida. Pasaste de estar flaco y deslavazado a convertirte en un niño fuerte y sano. Tu sonrisa, ya legendaria, se había impuesto por encima de todo para permitirte alcanzar la plenitud. Quizá por eso la muerte, que tanto te había acechado, decidió que era el mejor momento para llevarte con ella.

«Muere joven el amado de los dioses», escribió el dramaturgo griego Menandro hace 2.300 años. No imaginamos cuánto llegarán a amarte los que se te acaban de llevar. Quizás no tanto como los que aquí quedamos, desolados por tu marcha: familiares, amigos, compañeros, educadores, personal sanitario y todos los que te conocimos, Álex. A cada uno nosotros nos trataste y nos hiciste sentir como alguien especial. Tu sonrisa ha sido un regalo impagable del que sólo hemos podido disfrutar nueve cortísimos años. Gracias por todo lo que nos has dado.

(Familia Villoch Carrión)