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Quizás te diga un día
aunque siga queriéndote más allá de la muerte;
y acaso no comprendas, en esa despedida,
que, aunque el amor nos une,
nos separa la vida.
Quizás te diga un día que se me fue el amor,
y cerraré los ojos para amarte mejor,
porque el amor nos ciega, pero, vivos o muertos,
nuestros ojos cerrados ven más que estando abiertos.
Quizás te diga un día que dejé de quererte,
aunque siga queriéndote más allá de la muerte;
y acaso no comprendas, en esa despedida,
que nos quedamos juntos para toda la vida.
(José Ángel Buesa)
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Cartas al Pasado
Carta Urgente
Para no decirlas
Hay cosas que escribo en canciones
Para repetirlas
Hay cosas que estan en mi alma
Y quedaran contigo cuando me haya ido...
En todas acabo diciendo cuanto te he querido...
Hay cosas que escribo en la cama
Hay cosas que escribo en el aire
Hay cosas que siento tan mias....
Que no son de nadie
Hay cosas que escribo contigo
Hay cosas que sin ti no valen
Hay cosas y cosas...
Que acaban llegando tan tarde..
Hay cosas que se lleva el tiempo
Sabe Dios a donde
Hay cosas que siguen ancladas
Cuando el tiempo corre
Hay cosas que estan en m i alma
Y quedaran conmigo cuando me haya ido...
Y en todas acabo sabiendo cuanto me has querido...
Hay cosas que escribo en la cama...
Hay cartas urgentes que llegan cuando ya no hay nadie...
(Rosana Arbelo)
Una carta de amor
no es un naipe de amor
una carta de amor tampoco es una carta
pastoral o crédito / de pago o fletamento
en cambio se asemeja a una carta de amparo
ya que si la alegría o la tristeza
se animan a escribir una carta de amor
es porque en las entrañas de la noche
se abren la euforia o la congoja
las cenizas se olvidan de su hoguera
o la culpa se asila en su pasado
una carta de amor
es por lo general un pobre afluente
de un río caudaloso
y nunca está a la altura del paisaje
ni de los ojos que miraron verdes
ni de los labios dulces
que besaron temblando o no besaron
ni del cielo que a veces se desploma
en trombas en escarnio o en granizo
una carta de amor puede enviarse
desde un altozano o desde una mazmorra
desde la exaltación o desde el duelo
pero no hay caso / siempre
será tan sólo un calco
una copia frugal del sentimiento
una carta de amor no es el amor
sino un informe de la ausencia.
(Mario Benedetti)
Carta
El palomar de las cartas
abre su imposible vuelo
desde las trémulas mesas
donde se apoya el recuerdo,
la gravedad de la ausencia,
el corazón, el silencio.
Oigo un latido de cartas
navegando hacia su centro.
Donde voy, con las mujeres
y con los hombres
me encuentro,
malheridos por la ausencia,
desgastados por el tiempo.
Cartas, relaciones, cartas:
tarjetas postales, sueños,
fragmentos de la ternura,
proyectados en el cielo,
lanzados de sangre a sangre
y de deseo a deseo.
Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.
En un rincón enmudecen
cartas viejas, sobres viejos,
con el color de la edad
sobre la escritura puesto.
Allí perecen las cartas
llenas de estremecimientos.
Allí agoniza la tinta
y desfallecen los pliegos,
y el papel se agujerea
como un breve cementerio
de las pasiones de antes,
de los amores de luego.
Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.
Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.
Cuando te voy a escribir,
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.
Allá va mi carta cálida,
paloma forjada al fuego,
con las dos alas plegadas
y la dirección en medio.
Ave que sólo persigue,
para nido y aire y cielo,
carne, manos, ojos tuyos,
y el espacio de tu aliento.
Y te quedarás desnuda
dentro de tus sentimientos,
sin ropa, para sentirla
del todo contra tu pecho.
Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra
que yo te escribiré.
Ayer se quedó una carta
abandonada y sin dueño,
volando sobre los ojos
de alguien que perdió su cuerpo.
Cartas que se quedan vivas
hablando para los muertos:
papel anhelante, humano,
sin ojos que puedan serlo.
Mientras los colmillos crecen,
cada vez más cerca siento
la leve voz de tu carta
igual que un clamor inmenso.
La recibiré dormido,
si no es posible despierto.
Y mis heridas serán
los derramados tinteros,
las bocas estremecidas
de rememorar tus besos,
y con su inaudita voz
han de repetir: te quiero.
Se buscan cartas de amor...
Directo al Corazón
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Peces en mi Red
Para cuando olvides y ya no recuerdes...
Sé que tienes miedo y que no tienes la práctica o la gracia que se requieren para escribirte una carta a ti misma, pero tienes que hacerlo, Corina, tienes que hacerlo hoy que recuerdas, hoy que es aterradoramente obvio que con el paso del tiempo incluso tu reflejo perderá familiaridad.
Es martes 27 de febrero de 2013, tu nombre es Corina y te diagnosticaron Alzheimer hace diez años. Esta es una carta a tu reflejo, un intento desesperado por evitar lo inevitable, por evitar que te borres a ti misma por completo. Cuando mires al espejo te toparás, de buenas a primeras, con unos ojos descaradamente grandes, se los debes a la familia de tu madre. Fueron, siempre, motivo de halagos a los que nunca supiste cómo responder. Encantaron a tu esposo cuando él tenía 16 años y tú 14, cuando aún no sabías bien cómo usarlos. Controlaron a tus hijos, retaron a tus superiores y lloraron de felicidad, frustración y tristeza cada vez que la vida les dio oportunidad. Tu nariz jamás te gustó, eso puedes olvidarlo. Tus labios los mordías para darles color. No eras muy entusiasta con los labiales. Besaron por primera vez a los 13 años y solían ser la parte más expresiva y menos controlable del rostro que ves, tan incontrolable como las palabras que pronunciaban. Fueron muchas, por cierto, era poco lo que dejabas de decir. No por nada te casaste con la única persona que conseguía callarte la boca. Tu cabello significó tu primer campo de batalla, una guerra que sin duda alguna él ganó. Pocas veces te has sentido tan libre como el día en que aceptaste su soberanía y entendiste que estar siempre despeinada no era malo, era divertido, y que una cabellera con personalidad propia era un misterio que te sorprendería cada mañana de tu vida. Tus orejas no te preocuparon hasta que leíste que es de las partes del cuerpo que nunca cesa de crecer. Entonces, sufriste por una Corina anciana y las orejas con las que tendría que lidiar. Supongo que eso ya no será un problema. Por algún razón contaste los lunares de tu cara un día, eran 33, un número manejable que fue creciendo hasta que contarlos se convirtió en una tarea de ocio que no pretendía obtener resultados. Como contar estrellas.
Entrar en detalles sobre tu cuerpo sería extenderme más de lo que me atrevo a esperar que seas capaz de leer. Confórmate con saber que tenías el cuerpo ideal para tu personalidad. Tu carácter no habría sabido qué hacer con más voluptuosidad o menos altura. Lo sentías como un regalo, una facilidad, un dilema menos. Te procuró admiración al igual que respeto y se mantuvo estable a través del tiempo. Todo lo que tu mente no supo hacer. Te gustaban mucho tus manos, abraza ese sentimiento, respíralo, procésalo, antes de que empieces a levantarlas a la altura de tus ojos, a rotarlas de lado a lado como hacía tu abuelo, a mirarlas con extrañeza. Al parecer esperando una razón, algo, lo que sea, que las justifique. Tal cual como un bebé, excepto que tu expresión no se traducirá en curiosidad, sino en incertidumbre y quizá, incluso, en rechazo.
Olvidarás, está claro, escrito, sellado. Los nombres, las calles, los libros. Olvidarás lo que te gustaba y lo que no, olvidarás los quienes, los grandes y los pequeños quienes. Al amor de tu vida, a tu primer gato, el olor de tu padre al abrazarte, pero nada de eso se compara siquiera con la falta de olvidarte a ti. Tú, que ya te habías perdido alguna vez entre obsesiones y melancolías; tú, que contra el mundo lograste recuperarte a ti misma; tú, que dejaste de temerle a casi todo, pero nunca a la posibilidad de perderte nuevamente; tú, estás aquí, hoy, frente al olvido, y a lo único que no me resigno es a que olvides que te amas.
Corina, lo hiciste, conseguiste ser de las pocas personas que después de ver lo más feo de sí misma, se perdonó y se amó profunda y totalmente. De todos tus éxitos, ese es el mayor.
Te amo, te amo.
Recuérdalo.
Recuérdate.
(Maura Sulbarán Rivadeiro)
Te convoco
A vos:
Yo te escribo en secreto verdades que molestan, sutiles y engorrosas. No caben en la almohada o calladas, en la boca. Si cuando en el insomnio de noche sin murallas me miran a los ojos, escondo la guadaña, doy vuelta y me desplomo. Te susurro en mil notas verdades que no ofenden, lastiman o acobardan. Se sienten como bombas de estruendo en la garganta y afilan sus certeros estiletes de engaño. Me enchironan por santa, me deifican por furcia, se fugan vitoreando por sellarme los labios con besos desaguados por su lóbrego lacre. Hoy te canto en mis cuerdas verdades que se incendian con el hielo de tu alma, la médula se funde y mi esencia se amarga. Te convoco de amores y reclamo tu augurio… Despójame de duda, suspicacia o recelo, que someto a tu eterno poder mi deseo: me consagro a tus manos, me rindo a tus misterios, y encadeno mis alas a la piel de tu cuerpo. Verdades que no fingen. Mentiras que prometen. Cómo rasgar el silencio, si ya muero de miedo…
Fernanda
(Fer Bigotti)
Hasta pronto papá
Estoy más distraída que nunca y lo pierdo todo. Tengo una nube de sombrero y esta ola de tristeza, en su vaivén, me oprime el corazón.
Cuando pienso en ti, vienen a mi mente dos cosa: el océano y unos versos de Neruda que rezan: …así cada mañana de mi vida…traigo del sueño otro sueño… El océano por tu condición de emigrante y la rima porque resume todo tu batallero e indomable espíritu.
No sé como pudo entrar tu colosal humanidad, en ese pequeño ataúd orlado de guirnaldas doradas. Tu rostro parecía el mismo de siempre, pero a mis ojos no escapaban las marcas de tu paso por esta Patria de corazón grande que te recibió.
Tu piel curtida, aparecía cubierta de minúsculas escamas como fragmentos de herrumbre; las hendiduras de tu carne, delataban todas tus edades: la de los sacrificios, la de bonanza, la de tu decadencia física y emocional. Ahí estaba tu cuerpo inerme y tu corazón sin recuerdos. Hace varios meses ya, la depresión se había apoderado de ti. Apenas abrías los ojos, una vez ambarinos, para mirar el vacío y después, el letargo te engullía nuevamente. Miro la flor que me traje de la capilla; ya pasaron tres semanas y aún esta viva. Me remonto a los recuerdos y a las anécdotas que solías contarme cuando te estabas recuperando de la caída. Mamá todavía no tenía la mente nimbada por el Alzheimer y se unía a nosotros.
Se casaron un 30 de diciembre y después de la ceremonia cada quien regresó a su respectiva casa, de hecho no consumaron el matrimonio ya que, la semana siguiente zarparías para Venezuela y a la familia le preocupaba un embarazo en tu ausencia. El esperado día llegó y en la estación de trenes te sentaste en un banco a esperar la locomotora que te llevaría a Nápoles, al lado de una campesina con una gran bolsa de la que asomaba la cresta de un gallo. La espera adormeció a la mujer y el asustado animal voló sobre tu raído abrigo dejando una estela de excrementos. Lo tomaste como una señal de buena suerte, le devolviste la bestia a su dueña y lavaste la mancha con nieve fresca. ¡Siempre fuiste supersticioso!
Tu maleta era de cartón y estaba asegurada con un cordel. En el puerto tenías los nudillos blancos de tanto estrechar el asa, por temor a los pillos de Nápoles. Pero, la anécdota que me arrancó una carcajada, fue la de la sirena del trasatlántico; al zarpar, el tronador silbido te tomó desprevenido haciéndote perder el equilibrio. Un pasajero cercano te sostuvo; más tarde descubrirías que era un compañero de camarote.
El viaje no te desagradó. Las mañanas las pasabas en cubierta; el viento, el olor a salitre y a rémora adherida al casco, borraban el hedor de los camarotes atestados. Las tardes transcurrían entre naipes y volutas de tabaco y si corrías con suerte, un trago de vino. De vez en cuando alguien sacaba una botella que atesoraba en su maleta: la esencia misma de sus terruños amados. Para esa gente sólo resplandecían las estrellas de la Patria recién abandonada y florecían las flores de la esperanza. ¡Y tu viejo, eras uno de ellos! Por las noches, un acordeón dejaba escapar su lamento y muchos lloraban quedamente, con el corazón henchido de nostalgia.
¡Pasaste aquí, en América, casi 64 años! El trópico lo embruja a uno; no es fácil encontrar en otros países estos verdes intensísimos, esta luz que se multiplica en miríadas de espejos con el viento y con el sol. Esta fue tu Tierra de Gracia; aquí construiste el rincón de tu alma con el que amaste, sentiste, viviste.
Te gustaba pescar. Solíamos ir al Rey del Pescado Frito; en el risco más alto, acomodabas tu caña y echabas la carnada. Al rato, mi piel se encendía y bajaba a refugiarme en la taguara que fungía de restaurante. Cuando aparecías exclamabas: ¡Mala pesca, no hay cena! Luego con una sonrisa cómplice preguntabas: ¿Quieres comer pescado frito con tostones? Ya entrado el crepúsculo, regresábamos a Caracas con la piel ardida y la cava vacía.
Nos gustaba el cine. Frecuentábamos un autocine cercano porque no te gustaban los espacios cerrados. Vimos películas que hoy son un mito: Bella de noche y Los girasoles de Rusia entre otras. Sin embargo, la que me impresionó, fue la de un colosal simio que llenó la pantalla de ferocidad. Esa noche te tocó trasladar mi cama al cuarto que compartías con mamá porque yo no podía conciliar el sueño sino aferrada a tu mano.
La mente me pide una tregua, pero no quiero cerrar esta carta con un simple adiós, prefiero despedirme de ti, a la luz violácea de la aurora, con tan sólo un Hasta pronto papa…
Anna
(Anna María Pecorelli)
Para el amor de mi vida
Me levanté con las ganas de andar desnuda, con la vida desteñida y de espaldas a la indiferencia, me levanté y entendí muchas cosas: Te entendí, entendí a mamá y me entendí, sí, después de mucho me entendí, siento haber tardado demasiado, pero se supone que esto venía con un manual de instrucciones y una garantía por si surgía algún daño, pero nunca me llegó nada al correo, también se supone que la crisis adolescente sanaba con alcohol y los recuerdos se borraban con el paso de la rebeldía, lo probé todo y todo siguió lleno de grietas; después de muchos cafés con sal en las mañanas y de resanar grietas, me puse a pensar en ¿hace cuánto no escribo una carta de amor?, ¿cuál fue la última carta que te escribí?, por eso escribo, esta carta la título: Para el amor de mi vida, porque sí, el primer amor de toda mujer es su padre…
Papá, de tantas cosas que me enseñaste: El caminar y el amar sin duda fueron unas de las mejores; ahora vendría una lista enorme de las cosas que te agradezco y te agradeceré siempre pero mejor voy directo al vacío antes de quedarme sin tinta; debes entender que me rondan muchas preguntas, ahora cuando ya entiendo más, quisiera saber si ¿En algún momento toqué tu corazón con las manos sucias?, ¿Era necesario salir por la puerta trasera de esa manera tan vil?, y ¿Por qué te fuiste sin terminar de leerme todos y cada uno de los cuentos de los Hermanos Grimm o antes de que me enseñaras a patinar?, pero lo que más pesa, papá, lo que más duele es ¿Por qué no he tocado los recuerdos suficientes para que vuelvas a casa? Preguntarás que ha sido de mí en este tiempo, por eso envío esta carta, que no pretende ser un susurro ahogado, aunque es muy probable que se estanque en la oficina de correos junto a otras cosas por decir…
Pero si has de recibirla, has de saberlo todo, empezando por el nudo, empezando por la pérdida, Papá, me desconozco frente a cualquier espejo, he cambiado por tiempo y necesidad, sin querer, sin elegir, me vine a dar cuenta muy tarde de que estoy rota y con cada caída se me entierran los pedazos, he fecundando relaciones muertas y he renacido con tejidos cada vez más inservibles dentro de mí.
Lloro porque me pesa, porque me duele, lloro porque hace frío aquí dentro y no paro de derramar pedacitos de hielo, lloro porque ese es el precio de tener alma. Y Lloro de nuevo porque se supone que esta es una carta de amor y no de reproche, aunque supongo que todo eso viene atado al amor…
Sin pretender escribir más de una carta, hoy quiero que sepas, así por este medio, de buena manera y a escondidas de tus orejas, que elijo el perdón, lo elijo por encima del resentimiento que parece perpetuo, elijo la tranquilidad que brinda un buen funeral, porque como dice mamá: ‘’Para poder curarme este dolor del alma tengo que irme a un funeral y llorarlo, llorarlo como a un muerto.’’ Y por eso mismo elijo lo que sea mejor para el alma amarga y los años venideros.
Te perdonaré, hablando en un futuro, quizás lejano, como amiga, como hermana, como humano, pero tal vez, no te perdone como hija, porque la sangre me duele y supongo que las explicaciones sobran.
Te preguntarás: ¿Y ahora qué?, lo que queda es sanar, hallar cada pedazo y bañarlo en desinfectante y perdón, enhebrar la aguja y coserme por dentro. No comí mucho dulce hoy y prometo no quedarme despierta hasta muy tarde.
Te amo, papá.
(Laura Guerrero)
Querido "Niño Jesús"
Querido Niño Jesús:
Aún recuerdo tus figuras abstractas y tus siluetas deformes, aunque cuando vivía entre tus calles, y transitaba por tus escaleras, prefería mirar al cielo porque era lo único que me gustaba ver a tu alrededor. Era un idiota.
Quizás no me recuerdes, pues solía ser uno de esos muchos que todavía viven en tus casitas iluminadas y descoloridas, tan juntitas todas que siempre se me hizo difícil saber en dónde comenzaba una y en dónde terminaba otra.
No sé de dónde sacaste tu nombre, pero es fácil imaginarlo. Eres un barrio. Un pesebre caraqueño. Tienes un montón de muñequitos que nadie quita cuando termina diciembre. Están allí todo el año, inmóviles, presos, con miedo. Deseando que los tiros que escuchan todas las noches no fuesen más que fosforitos. Pero sonrientes, siempre. No tienes arroyitos ni puentes bonitos. Ni a Jesús ni a María. Sí recuerdo a los mismos tres pranes magos, al que le decían mula, y al que le decían buey. Y estaba yo, José, pero me fui.
No tenías la culpa de nada. Pero quería estar lejos de ti. Odiaba despertar a las cuatro de la mañana para pelear un puesto en el jeep y poder llegar temprano al trabajo. Odiaba subir o bajar cada uno de tus malditos escalones. Odiaba los techos de zinc que no detenían ni las piedras, ni las gotas de lluvia, ni las balas. Odiaba las sábanas desplegadas sobre cuerpos helados que ya no podían sentir ni el frío del asfalto. Te odiaba.
Ahora te extraño. Extraño mirar el cielo que te servía de sombrero. Extraño ver a los papagayos serpentear entre las nubes como espermatozoides errantes. Extraño el verde de tus árboles, al lado del naranja de tus ladrillos, acariciando el azul de los tanques de agua. Extraño la impertinencia de los gallos al amanecer y la elocuencia de los gatos al anochecer. Extraño todas y cada una de tus lucecitas, las amarillas y las blancas. Te extraño.
Aunque entiendo lo importante que has sido para erigir mi vida, siempre me avergoncé de ti. Negué conocerte. Dije cosas horribles de tus muñequitos asustados pero sonrientes, de tus casitas iluminadas y descoloridas, de tus formas, de tus virtudes. De ti. De mí. Y lo siento. Nunca antes te había pertenecido como ahora que estás sin mí y yo sin ti. Nunca antes me había dado cuenta de que amaba algo cuando ya estaba perdido. Nunca antes te había pedido algo, pero esta vez te pido que me perdones. Descubrí tu belleza y ahora la quiero. La defiendo. La anhelo.
Cambié. Vengo de ti. Y seré siempre tuyo.
(José G. Márquez, Carta ganadora del Concurso Cartas de Amor de Montblanc, 2013).
La lluvia, el olvido y los perros
Montevideo, febrero de 2013
Flaca:
¿Sabes qué? Me di cuenta de que al final tenías razón con lo que me dijiste aquella vez, hace tiempo, en tu auto, la noche en que llovía afuera y un poquito también adentro. Sí, tenías razón. Yo preferí no dártela porque –no es para poner excusas– a esa altura todo lo que te daba se rompía y todo lo que me devolvías ya no andaba. No te la di, pero tenías razón.
Me acuerdo de que lo dijiste como al pasar, casi sin querer, como disculpándote por tamaño hallazgo y tamaña verdad dicha de una manera tan linda. Estábamos tomando una cerveza, callados, probablemente aburridos y claramente en duda, cuando me dijiste eso. “La lluvia no es mala ni perjudicial, mojarnos no es molesto ni dañino y la ropa ni se achica ni se rompe. Pero le tenemos miedo a la lluvia”. Estabas hablando de nosotros, yo me di cuenta, pero preferí pasarlo por alto. Hoy, que ya pasaron más de dos años y varias lluvias, entiendo que debí haberte dado la razón y bajar a mojarme, a caminar o a correr, pero a irme.
Dos años después siempre es fácil pensar. Esa noche no lo hice: ni me fui ni te di la razón ni nada. Apenas te largué un “puede ser”, indiferente y cobarde. Desde esa lluvia hasta el sol tibio y pusilánime de hoy pasó mucho tiempo y tantas otras cobardías. El final, predecible a todas luces, amagó ser final, pero fue apagón inconformista. No sé si te acordás, Flaca, pero la primera vez que hablamos de terminar fue casi que jugando. Nos preguntamos qué pasaría si, y respondiendo nos dimos cuenta de que la ruleta rusa que habíamos empezado a jugar resultaba tener seis balas, y aunque el tambor gira mucho, tampoco gira tanto. Nos dimos cuenta de que no sería tan grave, y eso es gravísimo, Flaca. Después de eso seguimos como si no hubiese pasado nada. El tambor giraba y las seis balas bailaban esperando que pare la música para ver quién quedaba sin silla. Dejamos de ir donde íbamos, dejamos de abrazarnos para dormir, dejamos de soñar con una casa bien lejos, dejamos de reírnos de la gente y dejamos de hablar sobre la lluvia. Pero no dejamos de vernos.
Te soy franco. No sé qué hacer. Seguramente esperabas que esta carta estuviese abrazada a una certeza, a una respuesta clara, a una decisión; a algo. Pero no. La carta dice lo que dice y hasta ahora no me ha dado más valentía que cualquier otra carta que pude haberte escrito bajo cualquier otro sol menos cobarde. Sin embargo, ya sabés, escribir me ayuda a pensar. Y sentarme a escribirte y a pensarte y a extrañarte joven me ayuda a acordarme de por qué te espero cada tarde y de por qué te elijo cada noche.
Es lindo acordarse, Flaca, porque en el recuerdo está la respuesta. Vos sabés bien que le tengo miedo al olvido, a la rutina, al conformismo, a “lo normal”, a la lluvia y a los perros. Esto último no importa, pero lo otro sí, el olvido sobre todo. El olvido es cruel, Flaca, porque entre otras cosas no existe. Yo sé que de vos no me olvido más, y sé que si me voy no va a parar la lluvia. Además, qué es eso de irse porque las cosas no funcionan. Qué es eso de escaparnos. ¿Sabés qué? Yo me quedo. Sí, lo decidí, me quedo. Y no me quedo por vos, me quedo por nosotros. Me quedo por lo que todavía nos falta. Me quedo porque nunca nadie dijo algo tan lindo sobre la lluvia. Me quedo porque dormir abrazados vale la pena aunque haya calor. Porque podemos tener una casita afuera. Porque te quiero a vos. Me quedo porque el olvido no existe, porque hay rutinas divinas, porque el conformismo es para mediocres y porque lo normal es para amores normales. Todavía no solucioné lo de los perros, ya sé, pero podemos comprar uno grande para la casa de afuera, y capaz que le tomo cariño. Y con él a todos. Y con vos al mundo. Y con el mundo a vos, que sos la ley de gravedad de todo lo que me pasa.
Al final sí, decidí, sé qué hacer. Me quedo, Flaca. Ahora estás leyendo esto y yo no estoy pero ya vuelvo. Me quedo. Ya vuelvo. Salí a buscar una película. Si tenés tiempo, cuando llegues, prepárame el más tuyo de los abrazos.
Yo
(Ángel Cal, 2º Premio, Concurso de Cartas de Amor de Montblanc, 2013)
Carta para mi amor ausente
Otro amanecer frío y nublado. Hace varios días que ha amanecido así. A diferencia de ti, a mi me agradan los días grises. La brisa helada en la cara, el rocío. Sería la excusa perfecta para quedarme en casa, contigo. Pero hoy no será posible pues hace meses que ya no estás aquí. Infinidad de días nublados han pasado y tú, ausente. Pero igual sigo mirando por la ventana hacia ninguna parte. Cada vez que siento este dolor en el pecho miro hacia afuera, esperándote. Ese es mi estado permanente. La espera.
¿La distancia hace más grande el amor? Podría decirse que sí. Yo siento que te amo mucho más desde que estás ausente. Las circunstancias de la vida son extrañas, misteriosas. Cuando te conocí no tenía idea de que te convertirías en el amor de mi vida. Me caías un poco pesado, ¿sabías? No te soportaba tan chistoso, tan espontáneo. Me molestaba toparme con tus gracias. Con esa gran sonrisa. Recuerdo aquel día en que llegaste por detrás de mí, poniendo tu cabeza sobre mi hombro te acercaste a mi oído y me dijiste: “El cabello más bonito que he visto en mi vida.” Me paralicé. Al volverme y mirarte ya no pude hacer nada. Tus ojos enormes se me clavaron en el alma. Y comencé en ese mismo instante a quererte. Hace tantos años de eso y aún recuerdo la sensación que me recorrió todo el cuerpo cuando entendí que me estaba enamorando de ti.
Recuerdos. Pequeños instantes cuando todo el pasado revive, cuando volvemos a sentir lo sentido. Mi vida sin ti está llena de recuerdos, mi cielo. Sé que la mayoría son buenos, tú te encargaste de colmarme la vida de buenos momentos, de despertarme con un beso, a veces dos. Sentir tu nariz rozando mis mejillas, la calidez de tu piel en la mía. Saber que estabas ahí sin haber abierto los ojos, era una señal de que ese sería un buen día. Hace tanto que me despierto sola, sin besos, sin ti. Nunca pensé que me acostumbraría. Creo que no lo he hecho. Sólo estoy resignada a que ya son distintas mis mañanas. Mis tardes. Mis días. Mi vida.
¿Sabes cuánto tiempo va desde que te alejaste, amor mío? Siempre te reías de esa costumbre obsesiva que tengo de llevar cuenta de todas las fechas: El primer día que salimos, el primer beso, la primera noche juntos, el aniversario de cuando nos hicimos novios. Pero cuando nos casamos me dijiste: “Esta fecha déjamela a mí. Porque te juro por todo lo que tengo, por todo lo que soy que nunca podré olvidar el día más feliz de toda mi vida. Gracias por tanto, amor, princesa.” Y ahí tuve la certeza de que no sólo me casaba contigo, sino de que te entregaba la vida. Nunca creí que podía llegar a sentir un amor tan grande. Lo vivíamos todos los días, éramos tan felices, mi cielo, ¡tan pero tan felices! ¿Cuántos días van desde que te alejaste mi vida? Son casi 100, 97 para ser más exacta.
Seguro que no te gustaría que llevase esta cuenta, porque nunca te gustaron las cosas tristes. Pero ¿qué puedo hacer, mi vida, si hace 97 noches que estoy desierta? Además, tratando de ser optimista, como lo querrías tú, pienso que hoy estoy más cerca de volverte a ver entrando de nuevo por la puerta, con una flor en la mano o sin ella. Con un torontico en el bolsillo para mí. Con tu inmensa sonrisa, con el abrazo furtivo y apretado con el que siempre me sorprendías en la cocina besándome el cuello, diciéndome que me amabas. Ojalá que la vida sea generosa conmigo y eso de nuevo suceda.
Sabes que no fue tu culpa, mi amor. Tú no hubieses permitido nunca que esto sucediera. Tú nunca hubieses querido dejarme sola. Por días y días me sentí llena de ira, de dolor. Me negaba a todo. Porque no podía entenderlo, aceptarlo. ¿Qué hicimos de malo? Sólo fuimos al cine y luego nos tomamos una cerveza donde siempre. Cuando nos íbamos, sin saber de dónde, apareció este hombre horrible que nos dijo que no nos moviéramos. Quería el dinero, el celular, el carro. Desde ese momento tengo este susto clavado en el pecho. Yo sé que trataste de protegerme mi cielo, por eso te moviste, para cubrirme. Cerré los ojos. Un solo disparo. Sentí como te desplomabas sobre mí, no quería mirar pero lo hice, ahí estabas. No sabía si vivo o muerto, no sé cómo tuve valor, pero al fin pude gritar para pedir ayuda, para tratar de salvarte. Dios fue bueno conmigo y aunque esa bala no me arrebató la vida, me destrozó el alma.
Tú todavía estás aquí, o allá, no sé dónde estás, porque hace 97 días que no despiertas
¿De quién es la culpa, mi cielo? El hombre que disparó está entre rejas, pero eso no me alivia, eso no repara la pérdida. Lo peor es que esto sigue pasando todos los días, lo veo en los diarios. Y aunque tu vida, la mía, la de tantas personas más se va destruyendo cada día, no pasa nada. No hay nada ni nadie que los detenga.
Estoy en la ventana, esperándote. Esperando un milagro. Esperando que abras los ojos, que te levantes de esa cama y vuelvas a tu casa, a tu sofá, a tus libros, a tu música, a mí. El perrito también se echa en la puerta y cuando siente ruidos se levanta y mueve la cola como cuando tú llegabas. Pero se queda como yo, mirando hacia ninguna parte y de nuevo se echa. Somos cómplices en la espera.
Empezó a salir el sol. Hoy no vas a regresar, me parece. Tomaré un poco de café y me obligaré a comer algo; está bien, lo haré por ti, porque me necesitas. Recogeré las cosas que el perro siempre desordena. Llevaré el mismo libro que empiezo a leer y nunca termino porque paso los ojos por encima de las letras para verte, para desear con toda mi alma que muevas un dedo, que hagas una mueca. Que abras los ojos y me digas “hola, princesa”. Voy saliendo para el hospital, amor mío. Otro día menos para esperar a que vuelvas.
(Rosa Fabiola Páez González)
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