viernes, 5 de diciembre de 2014 | By: Abril

Una carta para un adiós




Anoche quise decirte algunas cosas, pero no pude, siempre me es difícil decir qué pienso o siento cuando te tengo cerca, por eso elijo la mentira o el disimulo en esos momentos, para esconderme.
Esto explica por qué estas leyendo este papel en lugar de estar escuchando mi explicación. Ya me conoces. ¿No? Quizá para mi sea más fácil expresarme en un papel que frente a tu linda mirada.

Quiero que sepas que he decidido olvidarme de ti. Que mi mente no recuerde nunca más nada tuyo. Tengo demasiadas ilusiones rotas como para seguir imaginando nuevas y sólo recibir indiferencias.
Pienso en ti, te deseo y no estás. Siento ser una molestia en tu vida. No digas que no. No pienses ahora que no.

Sé que me quieres, pero tienes tu vida, y yo únicamente paso y estorbo; cualquier ciego puede verlo. Las razones se han juntado para decidir: serán estos los últimos días que nos hablaremos y pronto no sabrás de mí ni yo de ti. Voy a olvidar todo. Tu dirección, aunque ya no vivas en ese mágico lugar en que nos conocimos. Tus mensajes; tristes, dulces, alegres... ¡qué maldición! sólo sirvieron para crear falsas expectativas.

Estoy cansado de desearte y encontrar siempre una respuesta fría y distante. No quiero que mi mente imagine momentos que no van a existir; porque eres distinta, porque te imagino distinta; y cuando llega la realidad, en ese momento, lo imaginado no sucede, y me siento mal. Peor aún, me siento desamparado, desprotegido demasiado olvidado.

No tienes la culpa, vives tu vida. Soy yo el molesto, quien llega a fastidiar, a pretender cosas que no debe. No se por qué lo hago, será tal vez porque siempre te deseé y nunca te tuve; o será que no puedo explicarlo, como no puedo explicar mis sentimientos.

Hoy (ayer), después de verte sonreír con todos, me he dado cuenta que nunca te voy a tener. Que de nada sirve tenerte en mi mente, en mi corazón. Que no puedo evitar los celos de verte sonreír, de no sonreír conmigo. Entiendo que es mejor olvidar tu existencia al fin. La distancia y las ocupaciones harán su trabajo. La memoria no es tan fuerte, el corazón no es tan tonto.

Si te olvido ya no sufriré, ni crearé ilusiones débiles en mi corazón, ni pensaré en ti como en una mujer. Así entonces, todo va ser mejor para ti y para mí. Para mí por las razones que te explico, para ti porque ya no tendrás esa piedrita en el zapato que te molesta.

Estamos acá, al final. No pienses que soy trágico o melodramático. Existe la necesidad de dar vuelta a la página para poder seguir. No importa si el final es alegre como imaginé o triste como está sucediendo.

No hay nada más que decir.
Adiós
 
martes, 2 de diciembre de 2014 | By: Abril

Por todo eso te amo



Frío




Hola,

...Tienes razón. Me debiste de leer los pensamientos en la cara. No tenía frío la última vez que nos despedimos después de almorzar juntos. No era frío, al menos físico. Era dolor. El dolor a veces hace daño, como el frío, cuando es intenso.

Nos despedimos, como siempre, como lo hacemos desde hace ya dos años. Con un "que te vaya bien, cuídate", acompañando a dos besos que más que de cariño son una mueca que forman parte de esta representación que hacemos en público.

Luego, a solas, nos escribimos todo lo que sentimos... a veces, hasta me sueltas un "te quiero" con el que me aferro a lo nuestro hasta el próximo encuentro, siempre a solas y siempre en público.

Y la historia se repite, porque soy incapaz de dejar de querer (te), porque me ahoga la esperanza que no pierdo, de volver a ser lo que fuimos; porque te quiero y deseo que todo vuelva atrás, a ese instante en que te hacía ilusión verme y en que nos procurábamos los recovecos de esta ciudad para hacerlos nuestros, para dar rienda suelta a nuestro amor, que era como de película... de esos amores imposibles, en los que dos personas que están destinadas a quererse, se encuentran al cabo de los años y saben que son ellos lo que ambos estaban buscando, pero cuando se encuentran ya lo hacen a destiempo porque cada uno es la mitad de otra relación que no pueden romper.

Eso éramos tú y yo. La mitad de una aventura con un pacto no firmado. Y así nos iba bien, porque tú me amabas y yo estaba loca por ti. Porque por fin encontrábamos sentido a todo el dolor, porque la espera había merecido la pena. Y tratamos de adaptarnos a las circunstancias del otro y de lamernos las heridas.

Al principio nos fue bien, no sin remordimientos. Pero un día empezaste a llamarme "amiga" (¿puede haber dolor en ese palabra? para una amante sí, lo hay) y a espaciar los encuentros con excusas de todo tipo: que si el trabajo, que si los niños... Y yo me ahogaba y trataba de buscar la salida menos dolorosa para nuestro final infeliz. Habíamos superado tantos obstáculos para llegar hasta aquí...

Pero tú no me dejas irme, Amor, y tampoco me escuchas ya. Soy sólo tu paño de lágrimas... y me siento fatal. Y nuestros encuentros son tan fríos, que eso es lo que viste en mi cara la ultima vez que nos despedimos. Ya no me necesitas. Nuestra historia pasó. Por favor, si no me quieres, deja que me vaya...

(NRM)
sábado, 15 de noviembre de 2014 | By: Abril

Perdóname


Antes que nada, perdona si huele un poco a cerrado, hacía mucho tiempo que nadie se alojaba aquí, y menos aún con la intención de quedarse. Ábreme bien de puertas y ventanas. Que corra el aire, que entre tu luz, que pinten algo los colores, que a este azul se le suba el rojo, que hoy nos vamos a poner moraos. 
Y hablando de ponerse, vete poniendo cómoda, que estás en tu casa. Yo, por mi parte, lo he dejado todo dispuesto para que no quieras mudarte ya más. Puedes dejar tus cosas aquí, entre los años que te busqué y los que te pienso seguir encontrando. Los primeros están llenos de errores, los segundos, teñidos de ganas de no equivocarme otra vez. 
El espacio es tan acogedor como me permite mi honestidad. Ni muy pequeño para sentirse incomodo, ni demasiado grande como para meter mentiras. Mis recuerdos, los dejé todos esparcidos por ahí, en cajas de zapatos gastados y cansados de merodear por vidas ajenas.
No pises aún, que está fregado con lágrimas recientes, y podrías resbalar. Yo te aviso. 
El interruptor general de corriente está conectado a cada una de tus sonrisas. Intenta administrarlas bien y no reirte demasiado a carcajadas, no vayas a fundirlo de sopetón. 
No sé si te lo había comentado antes, pero la estufa la pones tú. Y hablando del tema, he intentado que la temperatura del agua siempre estuviera a tu gusto, pero si de vez en cuando notas un jarro de agua fría, eso es que se me ha ido la mano con el calentador. Sal y vuelve a entrar pasados unos minutos. Discúlpame si es la única solución, es lo que tenemos los de la vieja escuela, que a estas alturas ya no nos fabrican ni los recambios. 
Tampoco acaba de funcionarme bien la lavadora. Hay cosas del pasado que necesitarán más de un lavado, es inevitable. Y hay cosas del futuro que, como es normal, se acabarán gastando de tanto lavarlas. La recomendación, ensuciarse a su ritmo y en su grado justo. Eso sí, no te preocupes por lo que pase con las sábanas, que las mías lo aguantan todo. 
Para acabar, te he dejado un baño de princesa, una cama de bella durmiente, un sofa de puta de lujo y algo de pollo hecho en la nevera. Para que los disfrutes a tu gusto, eso sí, siempre que sigas reservando el derecho de admisión. Aquí no vienes a rendir cuentas, sino a rendirte tú. Aquí no vienes a competir con nadie, sino a compartirme a mi. Y lo de dar explicaciones, déjalo para el señor Stevenson. 
El resto, no sé, supongo que está todo por hacer. Encontrarás que sobra algún tabique emocional, que falta alguna neurona por amueblar y que echas de menos, sobre todo al principio alguna reforma en fachada y estructura. Dime que tienes toda la vida, y voy pidiendo presupuestos. Dime que intentaremos toda una vida e iré encofrando mis nunca más.

(R. Mejide)

No, así no...


No me mires así. A mí tampoco me gusta esto. Yo también creí que estaríamos juntos toda la vida. A mí también me vendieron un sí quiero envuelto de para siempre. Yo también nos conjugué hasta que la muerte nos separe, y tampoco me planteé hasta la muerte de qué.

Así que ahora no me vengas preguntando en qué fallamos. Porque fallamos y punto. Recoge tus cosas y sal de mi vida. Ah, no, espera, que siempre eres tú la que se queda. No te preocupes, en cuanto pueda seré yo el que desaparezca. Pero quiero que sepas que esto acaba aquí y ahora. Ni paréntesis, ni treguas, ni plazos. No tiene sentido hacerlo durar más.

Quizás podríamos seguir intentándolo y alargar el sufrimiento, pero creo que ni tú ni yo nos merecemos ver cómo agoniza esta relación, algo que ha sido lo más maravilloso que ha ocurrido jamás en la historia del universo, algo que tiene el mal gusto de acabarse así.

De hecho, te recuerdo que este daño hasta nos fuimos a Bali para intentar arreglarlo y para llegar de nuevo a ese triste punto muerto, ése en el que tú consideras que mi actitud te provoca dolor, y yo te contesto que necesito hacer lo que hago para sentir que estamos progresando. Entiendo que se te haga cada vez más insoportable. Pero cariño, por más que lo intente, a estas alturas muy poco voy a poder cambiar.

Para este daño que empieza, entre mis buenos despropósitos, ya te anuncio varios que, te guste o no, van seguir ahí. Pienso seguir quemando millones de hectolitros de crudo en esos conciertos para motores a los que llamamos atascos, pienso encender cientos de miles de lucecitas por toda la ciudad cada vez que me ponga flamenco y consumista, voy a bajar el aire acondicionado un par de grados más para compensar tus cada vez más frecuentes y caprichosos sofocos, y pienso seguir duchándome y bañándome como si nada de todo eso estuviese pasando.

Eso por no hablar de los absurdos macrocasinos temáticos que voy a abrir en medio del desierto, precedidos de exposiciones millonarias dedicadas a la escasez de agua, o de otros vicios de contaminación y producción desenfrenada que ya son imposibles de quitar, sobre todo cuando mi otro yo, el emergente, necesita destruirte a mayor ritmo y menor coste para salir lo antes posible de tan incómoda emergencia.

Ahora que ya había dejado de pisarte para empezar a pisotearte en toda regla, ahora va y tenemos que decir adiós. En fin. Espero que el próximo te cuide mejor que yo.

Por mi parte, no te preocupes, que ya me hago cargo de que no encontraré a otra como tú. Que ya no habrá más paseos por el parque rodeados de miles de hojas multicolor, ni viajes en trineo a la luz de la aurora boreal, que no volveré a contemplar tus glaciares, ni tus lagos ni tus pantanos rebosantes de energía acumulada, ni tus especies sin peligro de extinción.

A cambio, seguramente tendré que hacer frente a tu rabiosa venganza en forma de calentones absurdos, devastadores huracanes, estaciones imprevisibles y alguna que otra restricción en mis suministros básicos.

Pero qué le vamos a hacer, esto de la convivencia es lo que tiene.

Que cuando no es imposible, se lo vuelve.

Que cuando más la necesitas, ya no está.

(R. Mejide)
miércoles, 22 de octubre de 2014 | By: Abril

Amores que matan (la pregunta)

 
Cuando hayas recibido esta carta, sé que encogerás la nariz en señal de protesta. Sí, yo de nuevo, después de un año y algo más de haber tapiado la puerta que unía nuestras casas.

No he dejado de adivinarte. No puedes leer sin tomar café, por lo que imagino una atmósfera sensual de café colombiano, quizás incluso suene Falete o la Niña Pastori de fondo… Y estás luchando con tu curiosidad y con la distancia que aún percibo como estela. Léeme. Hoy sólo léeme y juzga lo que te relato.

La historia toynbeeana me persigue, la historia como una espiral que siempre regresa un punto más arriba que la partida; pero que vuelve, infinitamente retorna, como una bailarina que se balancea y se sostiene sobre su pie diminuto, todo su cuerpo sobre sus cinco dedos atormentados, todo su peso sobre la gracia de su tobillo, toda su singularidad multicolor llorando sobre su empeine.

Te sé. Te conozco como uno conoce los recovecos de su propia guarida, sé cuál rincón de tu cuerpo me otorga más luz y en cuál de ellos pasar el calor de las tardes de verano; cuál de los mohines de tu boca, capta mejor la ligereza de mi malhumor y mi cansancio; con cuál de ellos torcerás el labio superior haciendo egoísta tu boca de ofrenda. (Sé también que mientras me lees, pasas tu mano lentamente sobre tu pelo, como si amansaras un gato inquieto).

Te intuyo. Sin necesidad que me expliques, sé por qué te refugias en el silencio: las palabras sobran. Las palabras cansan la luna de tu cuerpo claro, no quiero que existan entre ellas y tú ni un solo ruido, ni un eco que atosigue tu reserva, la paz contenida en tu afonía.

A pesar que son meses de ausencia y que cuando me nombran haces ademanes de fastidio, aún me extrañas. Quizás por eso he vuelto: por la invisible soga que me ata a tu cadera alocada, a tu cadera que se volvía golondrina. Vuelvo por tu boca también, por la boca que me dejó un día anclado a tus treguas quebrantadas, la que me acalló con una maestría que intimida y que marca.

Es tu cumpleaños. No creas que no me acuerdo. Soy el que no lo ha olvidado nunca. Pero también soy éste, el que te sigue pensando a pesar de haberme ido sin despedidas, sin decirte lo que el tiempo contigo hizo con mis días, el que cerró egoístamente la puerta entre nuestros dos mundos, el que un día decidió que todo era más íntimo de lo que esperaba y simplemente cerró el libro en el mejor capítulo, dejándolo luego en la repisa de siempre. Me odias a veces. Sin duda que sí, con tu pasión invariable, intensamente, con tu alma enardecida y traicionada, con tu ímpetu colegial que ya no le vienen a tus treinta años, con ese calor que no encuentra sosiego nunca. Pero más son los momentos en que crees amarme y por eso me continúas leyendo, ávida y fanática, arrebatada y violenta.

Regreso a quedarme, si quieres, si me aceptas, si te atreves, si tu otoño ya homenajeó suficientemente a mis manos sin flores, si la furia de tu verano chillanejo me deja. Regreso porque te amo, tontamente, furtivamente, como un trompo, bailando en el fragor de tu tierra húmeda y dejando marcas en tu cara… Regreso a festejar tus pechos de luna, a agasajar tu pubis mojado de ganas que no aflojan, a rendirle tributos a tus pies helados, a tus manos finas, a tu boca sin dueño, a la brava que desafía los oleajes más fuertes, a la constructora, a la que magulla en silencios sus rabias o las lanza como si fueran un ciclón sobre los malecones de otros… Te quiero, mi áspera, mi arisca, mi indómita, por ser la indomable en la que no remiten los fuegos, por ser la mujer que durante las largas noches de un año, no pude sacarme del alma. Te quiero: Me quedo, si me dejas…
 
miércoles, 15 de octubre de 2014 | By: Abril

Cerrar la ventana todas las veces que llueva...

 
...y quedar empapados sólo del puro placer.
Tu sudor, tu hombros, tus pecas y la cicatriz que vive al ras de tu espalda. Mis uñas, mis besos, mis versos y las groserías que te canto al oído.
No nos estamos tranquilos. No podemos ser correctos. Pero define correcto y no es más que hacer el amor con la persona indicada. Pero define indicada y en el diccionario aparece como antónimo tu nombre.
Que nos disfrute la vida mientras los dos la jodemos. Que nos observe pasar y nos tenga mucha envidia. Que se piense al encontrarnos que somos unos cabrones. Que apueste por separarnos y que termine sin nada. Que se canse de que siempre le ganemos las jugadas. Y que no le quede de otra que dejarnos agotados, medio rotos, despeinados, pegajosos, alterados, excitados, como locos, y queriendo.
Aduéñate, sí, de todos sus pensamientos, luego de su corazón, y el cuerpo entero trabajará por sí solo. El amor es la historia de todos nuestros rincones: la casa de los amantes, las bragas de los cajones, la cama de los hoteles, algunas habitaciones, la regadera del baño, la última parte del cine, el auto fuera del bar, el árbol más escondido. Nuestras huellas dactilares se quedarán para siempre en la lista de lugares que ni locos nos perdimos.
Tendrás mi mano acariciando la tuya aunque no la sientas cerca y mis ojos cuidando tu camino aunque tú no puedas verlos. Estaré ahí. Estaremos juntos incluso cuando no estemos. Cuando beses otros labios y te laves la boca. Cuando yo diga “te quiero” y al instante sienta náuseas. Cuando ya no seas antónimo. Cuando por fin, sin notarlo, podamos ser correctos al lado de otras personas.