viernes, 30 de enero de 2009 | By: Abril

Click


Me estaba preguntando… ¿por qué nacen los sentimientos cuando sólo tenemos un río de palabras para regarlos, ni una pequeña parcela de piel para enraizarlos y ni un solo beso con labios enredados para abonarlos? Pero nacen… y crecen… y brotan… y florecen…
Y es que me he dado cuenta de que en cada una de mis palabras dejo una parte de mí, al igual que con cada una de las tuyas sé que entregas un trocito de ti. Y no sabes cómo me gusta guardar tus cachitos en el primer cajón de mi corazón... y perfumarlos con mis latidos.
Me gusta pararme a mirar como juegan nuestras letras, cómo se cruzan nuestras risas, cómo se adivinan miradas y se comparten guiños. Me gusta seguir tus pasos, oír su eco y seguirte con la mirada buscando entre tantas líneas aquellas que me dedicas.
Te imagino caminando, en medio de la gente, y yo mirándote… a lo lejos… De pronto te das la vuelta, me miras, me sonrojo al verme descubierta, me sonríes por ello y es entonces cuando me doy cuenta de que la gente se diluye, el paisaje cambia, el aire empieza a quemar en Enero, espera a que llegue Febrero… Y ahora estás tan cerca… casi puedo rozarte, ¡no!, que te rozo con una de mis vocales y me respondes con un beso. Qué fácil es besar cuando no hay labios y que difícil sería dejar de hacerlo si los hubiera…
Me das tu mano, te la acaricio cuando la acercas y siento como te estremeces con mi contacto, ¿será porque las mías están frías?, será… o no.
Pero es la hora, y como en todos los cuentos, el paisaje vuelve a ser el de antes, -¡tengo que irme!… ¡y el zapato de cristal lo he perdido en tu ventanal!-.
Ay… cómo duele despedirse… Es cómo si dejara atrás otra vida: la de los juegos, la de las risas, la de los guiños, la de los besos de colores, la que me convierte en niña y a ti en mi niño, la de las mil palomas que me aletean por dentro, la que nos hace llevadera la verdadera…
Pero esta otra vida, se apaga con un triste: … “clic”... Y me quedo a oscuras… sin ti, deslumbrada aún por tu mirada, y sonriendo a… la nada.
Pero esta vez he hecho trampa, porque aunque he perdido mi zapato cristalino, a escondidas, me he traído un suspiro. Así que… volveré…te buscaré… me encontrarás… y tal vez… juntos… encontremos un cuento donde quepan nuestros sueños.

(Alguien cuyo nick sólo dice:"Lenta")
miércoles, 28 de enero de 2009 | By: Abril

Mi Gorda


Qué pronto se ha hecho tarde, mi gorda. Pero te debo esta carta; decirte las cosas que no te dije, o decírmelas a mí. Así es como te llamaban cuando tú no les oías: LA GORDA, inflando la 'o' y la 'a'. Nunca me gustaron las gordas. Ya de niño me daban repelús. Qué extraña palabra: arañas recorriendo la piel.

Pero tampoco era eso; como madres prematuras las gordas, tan blanditas, tan de apretujar, de amasar. Me gustaba la carne blanda en el codo de mi madre, pero era mi madre. Las madres sí, las madres mejor gordas.
El Antoñito nos presentó. ¿Pili? Pili no es nombre de gorda, pensé, las íes son flacas. Y el Antoñito, con ojos de sapo, partiéndose de risa para sus adentros, porque sabía que a mí las gordas no me gustaban, qué cabrón. Para ti la gorda para mí la modelo, me decía con los ojos. Y yo esforzándome para que no se me notara en la cara y no ofenderte, porque una cosa es que no me gusten las gordas y otra ser un cabrón como el Antoñito, siempre riéndose de todo el mundo, como si él fuera un Adonis y no el adefesio que es, con sus ojos saltones y la saliva como huevos de insecto en la comisura de los labios.
No, no me gustan las gordas, y tú eres gorda. Aquel primer día salías de la piscina con el pelo húmedo, todavía las gotas cayéndote por la cara redonda, de ensaimada crujiente. No se ha quitado el flotador, recuerdo que pensé al verte, que pensó el niño idiota que hay en mí. Y para colmo, a tu lado una especie de Barbie Morritos, con el cuerpo de plástico y los labios a juego con los pechos, inflados de lujuria los unos, henchidos de soberbia los otros. La bella y la bestia, recuerdo que pensé, que pensó mi niño cruel e infame.
Y nos sentamos los cuatro en la terraza de un bar, y la tarde fue cayendo, y la bella cada vez más aerodinámica, pero menos bella. En cada gesto, en cada palabra se le desprendía la belleza como polvo de estrellas, que iba pasando a ti, iluminando tu cara. Y te reconocí también bella, pero de una belleza inflada, sin facciones. Y entonces me dieron ganas de golpear allí mismo al hijoputa del Antoñito, siempre mirando a las mujeres como a ganado, como a cosas de usar y tirar. Pero era a mí a quien quería golpear, a mí, que a lo peor no era muy distinto de él.
Sí, que no se me notara era lo que yo quería. Sólo mirarte a los ojos, a tus manos de mazapán, para no distraerme en tu cuerpo. Y ocurrió que al terminar la tarde ya me había perdido en la profundidad de tus ojos negros, en la melodía de tu risa flaca, aunque no dejaba de decirme no puede ser, no puede ser, que es gorda, que es gorda, para no enamorarme. Y lo confieso, miraba las rodillas perfectas de la Barbie, sus pechos de almidón, para ver si el instinto me rescataba del amor que ya me iba golpeando.
Pero al llegar la noche, se fueron juntos la Barbie y el Antoñito. Él con gesto burlón, guiñándome un ojo, otra vez como si me dijera 'para ti la gorda, para mí la modelo'. Y allí nos quedamos los dos, rodeados de gente, pero cada vez más solos, más tú y yo, hasta que se acercó el camarero y nos dijo 'vamos a cerrar', porque ya era de madrugada. Y al mirar a nuestro alrededor, descubrimos de golpe las mesas vacías, como si un viento mágico se los hubiera llevado a todos y las horas fueran minutos. Y tú dijiste 'Ay'. Y yo respondí 'Uff', y te acaricié la mano.
A la mañana siguiente te llamé muy temprano, antes de que fueras al trabajo. "Esta noche has entrado en mi sueño", te dije. Y tú, con esa guasa tan tuya, me preguntaste "¿y he cabido?" Y no sólo no habías cabido, sino que empezabas a llenarlo todo, y el mundo entero parecía que estaba aún por estrenar, para que tú le dieras el significado que antes no tenía. Y esa mañana, mi cocina tuvo un lustre imposible y las magdalenas, ya caducadas, se esponjaron nostálgicas en el café humeante, y en la puerta del ascensor sonreí al estúpido con chándal que tengo por vecino.
Habíamos quedado para la tarde en tu casa. Como te gusta mucho Humphrey Bogart, en el achicharrante mes de agosto me presenté con gabardina, sombrero y un cigarro en la boca. "¿Ha refrescado?", preguntaste al abrirme la puerta, y no había ironía en tus palabras. Luego, a la media hora descubrías el disfraz y empezabas a reír. Y al Humphrey Bogart de pacotilla le tembló el cigarro en la boca. Eras así, joder, con esos despistes que me desarmaban.
Las paredes las tenías pintadas de verde, de un verde elegante. "Es el color de la esperanza", me dijiste, un pelín cursi. Y luego me fuiste enseñando la casa, y te fui conociendo a través de los objetos, porque cada uno de ellos contaba algo de ti. Esa manía tuya por los símbolos, por los significados. "Nada en este mundo es casual, todo tiene un porqué", me aseguraste cuando quise calzar la mesa coja que tenías en el salón. "Ni se te ocurra; es mi mesa cojita, le quitarías su personalidad". Y no me dio tiempo a replicar, porque ya me estabas desnudando, quizá para descubrir lo que yo significaba. Pero yo tenía miedo de desnudarte a ti, de que tu cuerpo gordo anulara mi deseo, y me dieron ganas de inventar una excusa y salir corriendo. Pero todo era tan natural contigo, que ya estaba besando tus pies gordos, tus rodillas gordas, tu vientre gordo, ¡tus pestañas gordas!, sí, tus pestañas gordas, te dije, y nos reímos. Ah, mi gorda.
Luego vinieron otras tardes, siempre escondidos en tu casa o en la mía, porque a mí me avergonzaba que nos vieran juntos. Tú lo adivinabas, pero no decías nada, quizá confiabas en que tu amor gordo, enorme, acabara por vencerme. "¿Me quieres un poquito?", preguntabas. "Sí, mujer, cómo no te voy a querer", te respondía, como si me costaran las palabras. Sólo en el dormitorio, sin el mundo, sin los ojos ajenos, se detenía el tiempo y yo me perdía en tu cuerpo, olvidándome de mí, del cobarde que soy.
En una de mis visitas a tu casa, dejé un cepillo de dientes en el cuarto de baño, y tú, con esa manía por las señales, pensaste que era como poner una bandera en una tierra conquistada, y me abrazaste loca de contenta, pero yo, con los brazos caídos y como un gilipollas, me puse a hacer gárgaras frente al espejo, doblemente gilipollas. Porque no quería ser tu novio de cuerpo entero, sólo caminar de perfil a tu lado en las inevitables salidas, como si no fuera contigo, como si en cualquier momento fuéramos a perder el paso y a desencontrarnos. Hubiera dado la vida por ti, pero no quería pasear contigo de la mano. La gorda y el flaco. Así de imbécil era yo.
Y llegó el día fatal, de cristales rotos sobre el calendario. Llovía. Ahora llueve siempre que te recuerdo, siempre lloviendo en el recuerdo, que es lo único que me queda, todo yo cubierto de nubes grises, la lluvia golpeando las entrañas y tu mirándome como un sol cuajado de sonrisas, en el recuerdo, con tu gorda generosidad, tu gorda simpatía, tu amor gordo. Yo escondido en los soportales de la plaza, el olor a orín de los pilares. Un meón, el cobarde novio de la gorda. Vienes levantando la cabeza, buscándome, y no ves el coche que se salta el semáforo. Se te viene encima y no lo ves. "Te veo a ti aunque no estés", me decías siempre con tu voz cálida como de pan reciente. No lo ves y el coche te lanza por los aires. Chirrían los frenos, gritos, carreras. Salgo de mi escondrijo. Aspavientos de la gente. Todos con ojos de sapo como el Antoñito. El espectáculo de la muerte. Abran paso, abran paso, suplico, con las piernas temblando, que es mi novia que es mi novia, grito, ¡a buena horas!, que es mi novia. Pero las palabras llegan tarde, descoloridas, lívidas. Estás en el suelo y ya no respiras; se te congeló la sonrisa. Y allí, a tu lado, entre la gente apelmazada, todas las niñas gordas de mi infancia me señalan con el dedo, acusándome. Y ya tarde, demasiado tarde, beso la flor roja que brota de tus labios, los labios de mi gorda, de mi amor, pensé, piensa el hombre triste en que me he convertido.

Ánimal Léctor

(Eloy Serrano Barroso)

Nota: Finalista del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor

Ventanas


Te escribo para decirte que tengo tus ventanas. No sé cómo sucedió, el hecho es que se vinieron conmigo. Tal vez debí decírtelo antes, pero esta situación me tomó por sorpresa y esperaba poder resolverla con el tiempo. Ahora, viendo que ya pasa más de un año y no consigo resultados, la única alternativa que encuentro es pedirte ayuda (o al menos informarte)

Están acá las dos (me miran mientras te escribo, es muy incómodo!), la de amanecer y la de atardecer.
Las descubrí la primera noche oscura. Asomaron riendo entre luces amarillas y rosadas, con todo y sus macetitas puestas. Abiertas, cerradas, ventosas....cantando. Y de verdad no me explico (vos sabés que yo necesito entender las cosas siempre) cómo pudo suceder. Tanto cuidado que tuvimos en la separación de bienes, tanta ceremonia al devolverte las llaves, tanto dolor vaciando cajones ...y se me cuelan nada menos que las ventanas.
No sé. Supongo que se escondieron en mis pulmones, o tal vez las traje en las yemas de los dedos.
En realidad no debería sorprendernos, siempre les gustó seguirme. Pero antes era distinto, mis viajes tenían boleto de vuelta, las tres regresábamos a vos. Entonces su presencia era hermosa, un recuerdo-anticipo de ser dos y uno a un tiempo. Me las llevaba como a tus libros, poblados de vos a lápiz en los márgenes. Trocitos tuyos a cuenta. Como Hansel y Gretell en el mundo del revés, llevando partes nuestras hasta volver a ser una sola mirada..
Esta vez no hay mitades que reunir ni días que tachar. Ya no saco fotos que contarte.
No hay aeropuerto, el lugar de llegada se quemó. Claro que lo sé... creo que tal vez por eso ellas no regresan. Las ventanas son seres muy sensibles, un cambio de temperatura brusco puede herirlas de muerte, y la luz de tu casa cambió tanto....
Aquí parecen a gusto. O sería más justo decir que se han adueñado de mi espacio. Disponen a su antojo cuándo dejarme dormir y el momento de despertar. Traen a tu vecino del segundo piso tocando el piano, a la vieja del tercero que cuelga ropa y a veces hasta dejan entrar sigilosamente a la michi.
Yo sé que no hay maldad en sus intenciones, solo son traviesas. Pero cuando sus juegos terminan inevitablemente me siento vacía, como si no hubiese aire y todo fuera hueco -no sé qué será.

Por eso te escribo. Necesito que me ayudes, por favor. Decime qué puedo hacer.
No es mi culpa si se acostumbraron a dormir conmigo y despertarme con la primera luz. A sostenerme en sus hombros mientras te esperaba fumando. Si nos escapamos al cielo en alguna tarde áspera o servían de tobogán en ascenso cuando el amor era demasiado. Yo no lo busqué.

Están empeñadas en quedarse y con los días colonizan el infinito.
Crecen entre mis plantas nuevas. Cierran mi paso cuando voy a salir de casa. Inventan lluvias que no son.

Están.
No quieren irse .. yo no quiero que se vayan, y ellas lo saben, por eso son dueñas.

Te lo ruego. Por última vez sé vos la fuerza. Interrumpí este tren fantasma
Te espero el martes.
Traé el martillo.

Egretta Thula

(María Mercedes Rizzutti)


Nota: Finalista del III Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor

Todavía


De cuando en cuando, mientras simulo revisar unos asientos contables armada con mi portaminas, aprovecho para observarte. Elevo los ojos del papel, cruzo los apenas veinticinco metros que nos separan y, si no hay ninguna interferencia visual, ahí te tengo. Estás mirando la pantalla del ordenador y tu perfil es mío durante unos instantes.

Llevas el pelo más largo de lo habitual, empieza a rizarse por la nuca. Hoy no te has afeitado, tu barbilla tiene una ligera sombra e imagino el roce áspero en mis dedos. Llevas una camisa azul clara con rayas blancas, el botón superior abierto, los puños remangados. Giras la cabeza hacia la izquierda y veo tu boca al completo, los labios que se abren, la lengua que se mueve. No puedo resistirlo. Mi estómago da una vuelta de campana y me refugio en las trincheras de la contabilidad.

En este momento finjo trabajar volcando datos contables en un aburrido informe mensual, pero desde hace un rato el informe se ha convertido en una carta, mi amor. Nunca hasta hoy te había espiado. Antes eras un compañero más. Bien es cierto que siempre habíamos congeniado, que solíamos tomar el café juntos, que me gustaba tu sentido del humor, tu ironía y tus ojos grises. Pero eso era hasta ayer, antes de que todo saltara por los aires.

No dejo de pensar en lo sucedido, como si tuviera una cinta rayada en la cabeza que cuando acaba vuelve a saltar al principio. La veo una y otra vez y vivo la repetición con morboso placer. Estamos los dos en la cafetería, apoyados en la barra, yo abro el bolso para sacar la cartera, la pitillera cae al suelo, una señora mayor que pasa junto a nosotros lo ve y te dice: se le ha caído algo a su señora. Y tú le sonríes y le contestas: no es mi señora, todavía. Me agacho a recoger la pitillera pero ya está allí tu mano y la rozo suavemente y la evito sobresaltada, como si hubiera sentido una descarga eléctrica. Me la entregas. Miro tu mano porque no me atrevo a mirarte a los ojos. La guardo mientras hablamos de trivialidades. Sé que estoy colorada. Me sucede siempre que me pongo nerviosa.

Me digo: fue uno de sus comentarios ingeniosos, no tuvo intención alguna, pero tus palabras han tenido un efecto devastador. Hasta que las pronunciaste, yo llevaba una vida convencional, cada paso subordinado a mi rutina de esposa, madre y ama de casa. ¿Quien era yo hace apenas veinticuatro horas?. Un persona dedicaba a su familia; ponía todos los días la lavadora, sacaba por las mañanas a pasear al perro, jugaba al parchís con mis hijos o les ayudaba a hacer los deberes. Una persona un poco abandonada de sí misma, que iba a la peluquería una vez cada dos meses, que se compraba casi toda la ropa en las rebajas, que pensaba que darse un capricho era comprarse un paquete de galletas surtidas... Alguien a quien en su último cumpleaños, al cumplir los cuarenta, le regalaron unas gafas para la vista cansada. Esa era yo. Era consciente de que en el metro, en la calle, nadie me miraba. Había ido perdiendo el color con el tiempo. Era gris.

Sin embargo, desde que utilizaste esa palabra: todavía, el mundo empezó a girar con un brío diferente. El viento empezó a soplar y me soltó el pelo que siempre llevo recogido. El sudor apareció en mis sienes y sentí la humedad en las axilas, sobre el labio, entre los pechos. Esas siete letras han sembrado el desorden, han caído como bombas en mi vida y han destrozado el paisaje diario y monótono de mi pequeña rutina. Aunque me digo que no tuviste intención, mi cuerpo y mi mente se han rebelado. Te imagino, te sueño, te visto, te desnudo, te chupo, te soplo, te añoro, te odio, te quiero, te echo de menos. Creo que me he enamorado. Y en este arrebato que se sale de la lógica y de la razón me voy pintando a mi misma. Dejo de ser gris. Me visto de arco iris, de amanecer, de puesta de sol. Vuelve a haber colores. Ilusión. Alegría. Esperanza.

Esta mañana me he vestido con mimo. Y me he sonreído después para ver si mis dientes siguen siendo bonitos. Y me he pintado los labios y la raya de los ojos, y los párpados. Y he camino como si flotara, como si fuera más ligera. Y me he sentido bien, guapa y ágil, despierta, inteligente. En el metro, nadie me ha mirado. Pero si alguien lo hubiera hecho habría visto que emano una extraña luz interior. Me he convertido en luciérnaga.

A ratos me digo; eres una ilusa, una tonta. Estás sacando las cosas de quicio. El hizo un broma y tú te vuelves loca y empiezas a hacerte una película. Estás trastornada. Pero qué más da, me digo. En este punto de enajenación casi no importa lo que tú hayas dicho, lo importante es lo que yo siento, lo que me está sucediendo. Es la transformación. La aventura. El vértigo. Estaba muerta y he resucitado. Dios mío, tengo la sensación de haber subido a un rascacielos y mirar hacia abajo. Quizás sólo me quede saltar al vacío, pero lo importante es que estoy aquí arriba.

Me gustaría contarte algo. Sucedió ayer, al volver a casa. Yo estaba un poco seria, más bien silenciosa. No quería hablar con nadie. Quería estar a solas para pensar en ti. Fingí un dolor de cabeza y me fui pronto a la cama. Entonces se acercó mi marido y me preguntó cómo estaba. ¿Te pasa algo? añadió, estás muy rara. Le dije que no pasaba nada, que sólo necesitaba dormir. Entonces él me besó en la mejilla y me dijo: te quiero. Yo también te quiero, le respondí. Pero yo no había acabado mi frase. Mientras él se alejaba y yo observaba su espalda me di cuenta de que una palabra se me había quedado pegada en el paladar. Hice esfuerzos con la lengua pero no conseguía despegarla. Finalmente, con la ayuda del dedo índice pude liberarla. Era un todavía pequeño y pegajoso, débil y flojito que no sabía muy bien de donde había salido. Yo también te quiero, todavía, habían sido mis palabras.

Me tragué esa palabra con textura de plastilina, aún a riesgo de que actuara como una seta venenosa, o tuviera un efecto mágico como las galletas de Alicia en el país de las maravillas. Me la comí, y ahora la llevo conmigo a todas partes. No soy la misma persona, algo está germinando dentro de mi. No sé cómo llamarlo pero sé que es hermoso y que me va a cambiar la vida. Esa palabra chiquita me acerca a ti y vive en mi por ti y para ti. Me gustaría que me tocaras e intentaras sentirla aquí dentro. Se mueve con gran libertad. A ratos se pasea por la cabeza, otros duerme la siesta acurrucada en el corazón, otras me pellizca el estómago juguetona. Mira, ahora la siento aquí, en mi boca, me hace cosquillas, sonrío. Levanto los ojos del teclado y me encuentro con los tuyos.

Todavía es un tiempo indeterminado, una posibilidad, quien sabe si una oportunidad que no dejaré pasar. Por eso, dentro de unos segundos, colgada de tu brazo, avanzaré a tu lado, como una reina, camino de la cafetería.

(Juana Cortés Amunárriz)

El Poeta Asesinado


La verdad es que desde el principio me caíste mal. Dijiste que eras poeta y pensé, esto ya se jodió. No me malentiendas, me encanta leer poesía y aprenderme poemas; a veces hasta me levanto recitando, depende de mi humor, y de los temas que me rondan por la cabeza: esta mañana te sorprendo con el rostro tan desnudo que temblamos, sin más que un aire de haber sido y sólo estar, un aire que te cuelga de los ojos y los dientes.

O si me siento más ligera de espíritu: Rilke, ella dijo, ¿no adoras a Rilke? No, dije, me aburre, los poetas me aburren, son mierdas, caracoles, pedacitos de polvo en un viento barato. Yo pienso casi lo mismo, pero con una diferencia, me aburren los poetas de carne y hueso porque son muy sensibles y ver la sensibilidad a todo color es desagradable. No es que me moleste mirar dentro del corazón abierto de alguien; es algo que hasta cierto punto admiro. Me gusta, por ejemplo, la sensibilidad de Van Gogh al pintar su noche estrellada. La sensibilidad que mostró Mozart al componer su vigorosa marcha Turca. ¿Se entiende mi punto? Pero, por Dios, no me jodas mostrándome la tuya a cada instante. No me dejas caminar tranquila por la calle porque te la pasas extendiendo tu dedo índice frente a mí para que vea un árbol, una fuente o niños jugando en la banqueta. Sí, muy lindo, sí, ¿pero qué esperas de mí? No me parece nada extraordinario. En cambio tú te sueltas hablando de la naturaleza, del viento que mece al mundo, de la enorme suerte que tenemos de escuchar el canto de los pajaritos, y te juro que no puedo soportarlo y quisiera que en la próxima calle que crucemos te atropelle un carro. Claro que no te deseo nada grave; me conformo con que no puedas hablar por unas cuántas semanas o que pierdas la memoria y se te olvide que eres poeta.

Lo que nunca me voy a perdonar es haber compartido contigo una de mis composiciones favoritas, porque ahora, cuando me atrevo a volver a ponerla, siento que una enorme mancha atraviesa las notas. Te conocía poco, es verdad, y nunca me imaginé que fueras a reaccionar de esa manera. Encendí el aparato y empezó a escucharse la melodía. Vi tu rostro y pensé asustada: ¿por qué tiene esa cara de idiota? Habías cerrado los ojos y un gesto de éxtasis de retrasado mental ocupaba tu rostro. Ése fue sólo el inicio del horror. Cuando terminó la música abriste los ojos y dijiste que los violines se te metieron en la carne, que el piano todavía vibraba en tu alma y que sentías que la música te quemaba sin hacerte daño. Basta, pensé, basta. Todo lo demás lo escuché bebiéndome un vaso repleto de ron.

Desde ese momento creíste que nuestras almas se parecían. No había día en que no me invitaras a caminar para observar la vida, o en que sin que viniera al caso te soltaras recitando un poema, o me hicieras saber que el mundo entero te conmovía a cada segundo, desde una hormiga hasta la sombra que proyectan los edificios. No había manera de que la poesía dejara de navegar por el torrente de tu sangre. Eso lo dijiste una vez pensando que ibas a impresionarme.

Unas semanas después me mandaste una carta. A mí nunca nadie me enviaba cartas, por eso me tomó por sorpresa encontrarme con una en el buzón. Al ver quien era el remitente me desilusioné un poco, pero luego me sobrepuse y pensé: bueno, una carta es una carta. Me senté en el patio a leerla y fue como si estuviera contigo caminando por la calle, escuchando todas las estupideces poéticas que te provocaban la contemplación del mundo y sus criaturas. Al final te despedías diciendo que: el gozo de mirarte hace que mi corazón se cubra de primavera. Me quedé un rato con la vista fija en la frase, luego no pude más, me doblé en dos y me carcajeé hasta que me dolió el estómago, el pecho y la mandíbula.

No mencioné la carta cuando volví a verte y yo notaba que querías que comentara algo. Entramos en una librería y anduvimos recorriendo los pasillos donde se encontraban los libros de poesía. Mira, dijiste, cartas a un joven poeta, es un libro magnífico. Y después; mira, la correspondencia entre tal y tal poeta. Sí, contesté yo, eso sí que debe ser interesante, porque luego hay cada cosa que quieren hacer pasar por una carta y resulta que es una mierda y además salpicada de poesía barata. Me miraste fijamente, ¿cómo cuál? Me adelanté y fingí ver los títulos de unos libros. Te acercaste a mí y volviste a repetir la pregunta: ¿poesía barata como la de quién? Qué se yo, respondí, hay muchos malos poetas en el mundo, ¿no? Sí, dijiste, pero quiero que me digas cuáles son esos poetas que consideras malos. Me hice tonta y seguí caminando por el pasillo hasta que di con el título de un libro que me llamó la atención: el poeta asesinado. Te paraste a mi lado y de nuevo repetiste la pregunta y me imaginé que dentro de unos segundos el canto de los pájaros, el viento, los cálidos rayos del sol, el olor del césped recién cortado, todo ello se incineraría en tu mundo en cuanto yo pronunciara tu nombre.

(Claudia Reina)

Carta finalista del VII Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor

Desamor y Paella para dos


Hoy hace justo seis meses que me dejaste. Viniste a verme una tarde a casa y lo soltaste así:

-“No es culpa tuya. No es que hayas perdido tu encanto, es sólo que ya no sé verlo más. Lo siento. Para mi también es difícil”.

Y te fuiste de casa mientras yo me quedé preguntándole al atardecer:

-“¿Y para quien cocino yo las paellas ahora?”

Así se terminó un mes de amor. Un mes para amarte y seis para tratar de olvidarte. Aunque fue el mes más hermoso de mi vida...Al principio no me apatecía quedar contigo; eras rubio y pálido, y los “guiris” no son mi tipo. Pero no tenía nada mejor que hacer aquel sábado, así que fui al cine contigo. Total, que al final contaba las pecas de tu cara como si fueran pepitas de oro. Y me enternecía con tus dulces frases de amor en alemán, de las que no entendía ni una sola palabra.

Un mes de amor y seis de dolor...Al día siguiente de tu abandono empecé a deshacerme en lágrimas. Acudían a mis ojos como un torrente. Sentía un deseo incontenible y doloroso de llorar. Lloraba en los momentos más inoportunos: en el trabajo, en el autobús, en el fútbol. Mezclaba mis lágrimas con la sopa, con el agua de la ducha, con la lluvia, con el infinito mar...Lloraba con el canto del gallo, al mediodía, y todas las tardes al las 20:17 h.(la hora exacta en que me abandonaste).Y siempre repetía entre lágrimas, como dice la canción: “Dime cariño ¿Qué fue lo que hice mal?

De haber almacenado mis lágrimas, hubiera podido hacer cafés, regar las plantas y poner lavadoras con ellas...

Me ha visto llorar la Luna, el repartidor del butano, el ratón del ordenador y hasta el hombre del tiempo.

Eso fue hasta hace dos días, como aquel que dice. Hasta que mi corazón quedó sepultado bajo el agua, como un arrozal donde los pájaros se detienen a beber.

Hoy te he vuelto a ver, al cabo de seis meses justos; ibas cogido de la mano de tu nueva ilusión. Igual que me llevaste cogida a mí durante un mes.

Pues no. No. NO. Esta vez no he llorado al verte. Ni lo volveré a hacer más. Quizá alguna noche de invierno, cuando me sienta sola en la oscuridad. Pero serán lágrimas dulces y serenas. Como el rocío. Como el amor que te tuve. Ese amor que no supiste apreciar.

¡¡¡Hay que ver las paellas tan ricas que te has perdido!!!. Por eso... sí merece la pena llorar.

(Carmen Bañuls Torres)

Carta a Conchita


Ahora que la hermana Clara se ha ido, aprovecharé para escribirte la carta de amor que desde hace tiempo quiero escribirte.

Sí, a ti, mujer, a ti y no te rías, condenada, que me va a costar lo mío esto de decirte cuatro cosas bonitas…Cuando hace ya un montón de años, le mandé la primera carta de amor a mi mujer, recuerdo que se la encargué al “Sevilla”, un compañero de la mili, que estaba hecho un fenómeno con el arte de la pluma y que a cambio de un chorizo de pueblo o de un bote de leche condensada, te componía unas cartas de amor que hacían llorar de puro sentimiento a las novias…

Y es que yo, Conchita mía, era un auténtico negado para esos asuntos. Pero, lo que son las cosas, Conchitín, aquí me tienes, sesenta y dos años más tarde, cogiendo papel y lápiz y escribiendo a escondidas como un niño una carta de amor para ti, mi valenciana de ojos de miel, la misma que cada día me da unas palizas impresionantes jugando al mus y quien me guarda siempre el crucigrama del periódico antes que el aprovechado del Fermín le eche mano… A ti, bisabuela coraje, que ahorras con esfuerzo cuatro eurillos privándote de algún capricho para compararle regalos a tu recién estrenado bisnieto. A ti, fiel y abnegada compañerita, que estuviste a mi lado cuando tuve esa gripe tan complicada que por poco me lleva al otro mundo. A ti, que me has devuelto la sonrisa y la esperanza de vivir cuando creía que la vida ya no tenía sentido. A ti, maravillosa mujer, que con tu sonrisa y carácter dicharachero has convertido esta fría y triste residencia –mal llamada “El Sol”, que te aseguro que más bien debería llamarse “La Soledad” y en la que un día de julio mis hijos decidieron aparcarme- en un fresco albergue juvenil. A ti, a ti y mil veces a ti, Conchita mía, te diría una y otra vez que eres un ángel venido del cielo y que te quiero más que a nadie, aunque tenga ochenta y dos años y sea un viejo gruñón como dice la madre Clara. A ti, Conchita, te quiero pedir que te cases conmigo y que pasemos los años que me quedan en una casita que tengo en la playa, rodeados de mar y de sol. Los dos juntitos. Nuestros hijos que digan lo que quieran. Tu y yo, Conchita. Tu y yo y nuestro cariño sincero hasta que el sol se ponga en nuestras vidas...

(Antonio María Rubio Navarro)