lunes, 13 de febrero de 2017 | By: Abril

Te encontré en mi cuarto

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Anoche quise escribirte, pero ya era tarde. Pasaba de la medianoche y yo me debatía si debía mandarte un mensaje o no. Me reí por las noches en las que no lo pensé y simplemente lo hice. 
Pero las cosas cambiaron. ¿Cambiaron, verdad? 
  Al final me dije que te escribiera, que no habría problema porque ya sabes lo terriblemente espontánea que soy, pero pensé -incluso con el mensaje escrito- que ya no tenía ese derecho, que ya no podía escribirte a mitad de la noche sólo para decirte que te quiero, que ya no era la dueña de tus sueños para irrumpir en ellos, que no debía quitarte horas de descanso sólo por un antojo de mi corazón. 
De mi caprichoso corazón. Anoche quise escribirte, dibujarte una sonrisa en los labios y -quizás, sólo quizás- alegrar tu día, pero entre el jurado, protagonizado por la razón, y el juez que resultó ser mi conciencia, me han negado tan atrevida petición. Para resistir mis impulsos y satisfacer mis caprichos: hurgué en mis recuerdos. Me paré de la cama y encendí la luz, recogí esa caja de madera que guardo en el closet y tomé un viaje en el tiempo; habían fotos, tantas que se me hizo imposible contarlas, notitas de mis amigas, regalos de amores pasados y tú. Si, tú estabas en una pequeña caja en mi armario. 
Estaban tus sonrisas regadas en todos lados, un botón de tu camisa que había encontrado entre mi cabello alguna vez, estaba esa foto que te tomé mientras creías que jugaba con mi teléfono. Luego miré alrededor y me levanté exaltada: no sólo estabas en mi cápsula del tiempo, estabas disperso en toda mi habitación. Encontré tus miradas acostadas en mi cama, tus cosquillas en el suelo -junto a mí-, tus sueños en mi almohada, tus palabras rebotando en las paredes, los atisbos de tus risas guindados en mi espejo y tus besos aún persiguiéndome en el armario. 
La cinta que ataste a mi muñeca, esa que aun no sé de donde sacaste, el día que nos conocimos estaba colgada en el borde de mi cama, recordándome que los sueños se pueden hacer realidad y que la ficción puede llegar a ser real. 
El pasaje de tren de esa vez que pensaste que la primera cita en un viaje de cuatro horas a una ciudad que ninguno de los dos conocía no podía ser más que perfecta, estaba pegado en mi cartelera, en esa zona reservada para los lugares que amo y a los que me encantaría volver.
Todas las notas que me pasabas cuando estábamos rodeados de gente -y cuando estábamos solos- estaban apiladas en un compartimiento especial de la caja, recordándome que alguna vez me dijiste que me dabas escritos porque tus palabras eran demasiado reales y sinceras como para decirlas en voz alta y que jamás las recordara, que de esta forma siempre que lo quisiera estarían allí para mí. 
Guardé el reloj roto que me diste cuando me dijiste que junto a mi no pasaba el tiempo y que por eso siempre seríamos eternos. También estaba la hoja de verano que reposaba en tu cabello la primera vez que nos besamos y el anillo de goma que me diste cuando entre risas y bromas me aseguraste que nos casaríamos. 
Encontré los secretos que nunca te conté, la grapa que me diste cuando te dije que mi corazón estaba roto y las baterías que me lanzaste cuando te dije que no podía más. Amontoné en un rincón tus abrazos en las noches y tus besos de buenos días, tus melodías y tus risas, tus rabietas y caricias. 
También estaban los dobles ejemplares de muchas novelas, esos que comprabas para leer junto a mí o para recitar juntos los diálogos. Por último hallé el mapa que me diste para que eligiera a donde quería ir y el boomerang que venía con el como una promesa de siempre volver a ti. 
Mi cuarto se plagó con palabras no dichas, pero entendidas. Con sentimientos no expresados, pero sentidos. Con abrazos no al cuerpo, sino al alma. Y con un extraño sentimiento que vagamente se parecía a la felicidad y a la aceptación. 
Si, anoche quise escribirte, pero no dejaba de sonreír y de pensar lo ilógico que es que haya guardado tanto de ti y tú no estés aquí; así que con una sonrisa tonta en los labios, albergada allí por tantos recuerdos, y un desastre extravagante en mi cuarto me fui con un Morfeo sospechosamente parecido a ti a la tierra donde todavía gozo de tus abrazos y te robo besos, a la tierra donde siempre seremos eternos. 
jueves, 9 de febrero de 2017 | By: Abril

Freedom




El día en que empecé a ser libre fue el día en que dejé de pensar  en ti, el día en que empecé a escribir sólo para mí. No he dejado nunca de echarte de menos, y supongo que nunca lo haré,  pero ya no le pongo tanto empeño ni se traduce en tanto desgaste mental y físico. Simplemente estás en ese lugar de mi memoria donde guardo con cariño los amores pasados. Vives tras una vitrina donde he colocado nuestros momentos felices; los otros los tiré a la papelera apenas saliste de mi vida.

¿Qué no te olvidaré jamás? Probablemente. Tengo una nostalgia caníbal que me consume en pequeños momentos de debilidad y no tengo más que escuchar una melodía u oler el perfume que me regalaste, para volver a echarte de menos. Alguien entre mis vecinas usa Narciso Rodríguez. No sé quién es, pero por las mañanas, cuando me voy a trabajar, esa persona se me ha adelantado y ha dejado la esencia atrapada en el ascensor. Abrirse la puerta, sentir ese aroma y recordarte, todo es uno.
Me pregunto cuánto tiempo tardará ese olor que me lleva  a ti en cortar el cordón umbilical de mi memoria. Sé que me piensas como yo a ti, cuando todos se han ido y el silencio en medio de la oscuridad de la noche te hace pensar en lo que fuimos, en lo que tuvimos y en lo que nos amamos a esas horas tan extrañas de la tarde en las que yacen los amantes. Nunca supe por qué hay que esconder el amor cuando es tan perfecto. No importa, ya no espero ni pido respuestas. Sólo quiero recordar lo mejor de lo que fue nuestro.
Nada es lo mismo desde que no estás, te juro que es cierto, pero déjame vivir mi duelo, reponerme del dolor y tomar conciencia de nunca más volveré a verte.

(N.H.R.)
miércoles, 1 de febrero de 2017 | By: Abril

...los te quiero que no te dije


Así me siento, y todavía no te he vuelto a ver. He desaprendido a querer, no he vuelto a decir te quiero porque te llevaste mis ganas de querer. Ahora… bueno, ahora huyo. Huyo de querer, huyo porque me agobio, porque me asfixio, porque tengo miedo, porque sigo siendo tan frágil como siempre, porque yo no soy yo. Porque ya no existe yo, porque tengo que reconstruirme de cero, de los pedacitos que dejaste cuando te fuiste con ese “no quiero que nos volvamos desconocidos” que se llevó el viento. Porque finjo como si no me importase nada, como si no estuviese rota, como si no buscase tu pecho para apoyar mi cabeza y tu brazo rodeándome. Como si no me doliese que quieras a otra, como si pudiese tragarme esos te quiero que eran tuyos y ahora no me dejan respirar.
“He olvidado como se duerme sin ti”  “Lo peor fueron los te quiero. Aún los sigo llevando escondidos en diferentes rincones de mi cuerpo. Porque esos no se pueden tragar, no se merecen ser escupidos y no son intercambiables, no se los puedes decir a nadie más.” “Quizá ya he aprendido a vivir con todos los te quiero que no te dije”.
domingo, 15 de enero de 2017 | By: Abril

Boceto para una carta



How to Create Animated Cinemagraphs

Me gustaría estar contigo cuando estás sola y ser parte de ti cuando eres tú misma. Que mi voz pudiera repetir las palabras ocultas que susurra tu ropa, cuando te acomodas en un café, en el asiento que espía tus rutinas y tu esfuerzo, o cuando haces tu nido en el sofá de tu casa, como un hushky en la nieve, y entonces tu vestido, tu impecable traje de cinco días por semana, le cede el privilegio de cubrirte a tu viejo jersey favorito. Que mi voz pudiera repetir las palabras ocultas que susurra la tela, cuando roza tu piel y abre sus fibras al paso de tus hombros, y se deja caer como cortinas desde una estatua, como pañuelo de seda en el suelo de la tarde, sobre tus senos.

Me gustaría poder atrapar esos versos de voces sutiles y atesorarlos en mi memoria. Que de improviso me llegara una brisa desde la acogedora y latente cueva de tu pecho, cuando te dejaras caer en la cama, rendida, pero triunfante, otro día más, otros retos, alguna asignatura adelantada, y con los ojos abiertos exhalaras prolongadamente, dejando escapar el tedio de tus pulmones, dejando entrar la satisfacción en las habitaciones de tu alma.

Me gustaría ser un lecho de plumas extraviadas, de aves sin dueño, de jaulas profanadas, y velar tu sueño envolviendo tu desnudez con el calor de mis verdades aún no confesadas. Porque nos iremos diciendo las cosas con el tiempo, aunque hayan ido antes viniendo como hojas traídas por el viento.

Me gustaría, mucho, poder estar contigo justo cuando creyeras estar a solas, en ese espacio tuyo, poder sin estar ahí compartirlo. Percibirte cuando no hay idiomas ni puentes, cuando eres tan sólo tú, contigo, satisfecha, contemplativa, tranquila, o reflexiva, y no es necesario traducir sensaciones en palabras, ni cruzar desde una orilla a otra, desde emociones e ideas de tu mundo a las de otro, ni aunque sea el mío.

Me gustaría tanto poder ser un trozo tuyo, un instante propio de tu tiempo, un latido, un pensamiento desechado, un sentimiento apenas intuido, una pieza del engranaje de tu día a día, ser el espejo cuando en él te miras y te gustas en lo que no puedes ver, ser el brillo de tus ojos en tu mejor sonrisa de la jornada, la sangre cansada de tus pies, las fugaces brasas entre tus manos cuando las frotas para ahuyentar el frío, los senderos de tu cuerpo por los que resbalan el agua y la canción privada que destrozas en la ducha.

Me gustaría, más que cualquier otra cosa, habitar en ti, exiliarme en tu patria, y cuando regresaran mi piel y mi mirada serena a tu lado, tuvieras la extraña pero diáfana sensación de que nunca me hubiese ido antes.

Apenas tendríamos motivos para contarnos nuestras cosas, pues habríamos sido testigos desde las plateas más insospechadas, y aún así nos recrearíamos con placer en ello, por religar (porque tú serás mi religión, niña, y tu cuerpo mi templo) y reanudar los lazos.

Cómo me gustaría sentirte así, sin el más mínimo disfraz, sin el menor vestido. Y acaso al estar contigo, aún en la distancia, oirte decir sin hablar que también me has sentido.

(Sergi Bellver)

Conocerte



Hay demasiadas cosas que aún tengo que conocer de ti, detalles como por ejemplo si eres de los que miran con nostalgia por la ventana del autobús o si eres de esos que analizan a cada persona que entra. Si de vez en cuando juegas a mi rompecabezas de intentar averiguar cuales son las penas que acarrea cada cuerpo; de dónde vendrán, si ellos también están enamorados o si lo estarán algún día. Puede que incluso acaben prendados de tu sonrisa, pero esperemos que no, porque yo quiero ser la ocupa de tus labios por mucho tiempo.
Me gustaría saber si también caes en la tentación de tararear tu canción favorita cuando suena en la radio, o si algún día podría ser el motivo por el cual tengas dos pies derechos, y no puedas levantarte ninguna mañana con el izquierdo.
Hay tantas cosas que ahogan mi cabeza que, por un momento, quisiera escribirlas en una lista como quien escribe la lista de la compra. Pero sé que eso no es posible porque si algo he conocido de ti es que tienes una letra inteligible y que jamás te descubrirías tras tu máscara de corazón fuerte.
Pero algún día lo harás porque no se puede besar con los labios cubiertos, igual que no se puede querer a un corazón que esta a oscuras. Pero qué te voy a decir a ti, con la de damas que se han roto la falda por intentar rozar un mínimo de tu mejilla, qué te voy a decir si eres el caballero que aparece para convertir cada momento en fantasía y luego desapareces, tal y como dicta tu guión. Porque eres como un sueño, pero aún así siempre serás ese chico que se acomoda en la esquina del bar y que nunca tiene la copa vacía.
Quiero conocerte, saber de ti y que, una noche cualquiera vayamos al bar de siempre y se te olvide que solías pedir un tiro largo de Jack, porque estés tan ocupado intentando conocerme que todo se desvanece a tu alrededor.
De momento, voy a limitarme a sonreírte porque se te ve muy solo en esa esquina del bar. Quién sabe si cuando vayas a pedir la cuenta, la camarera con su falda tan corta te invita a otro trago más; o quién sabe si me acerco, te susurro todo esto y nos tomamos juntos la siguiente.
Porque hasta ahora sólo he jugado a intentar saber cómo eres, ahora es el turno de conocerte.

(Loreto Sesma)
 

Tu carta



Hace ya varías horas que ha anochecido y no hará mucho tiempo desde que yo creía que el sol no iba a volver a salir de nuevo mañana, pero mira, parece que no lo hará. Para esto Benedetti, Neruda y Bécquer inventaron la manera de asfixiar palabras, para recobrar el aliento de unos versos que lloraban sangre cuando ellos en realidad querían llorar tinta.
Y mírame a mi, que hace unos días escribía cómo era la comisura de tus labios y ahora me tienes escribiéndolo en una carta de despedida, aunque ya no se si es para esos ojos tuyos o para todos esos momentos que no habremos vivido. Que hoy era día para besarte y hoy iban a ser todos los días. Estas carta quiere decirte que todos los días me ponía mis mejores galas y mi mejor sonrisa para intentar conquistarte y que incluso cambié de corte de pelo porque algo me decía que te iba a gustar más. También, que cuando escuchaba tu nombre siempre una pequeña risa me hilaba la garganta y no podía evitar que mis ojos adquirieran un brillo especial.
Dicen que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pero también esta la cara de la otra moneda en esta historia que dicta que yo siempre supe lo especial que eras cuando ni siquiera te tuve. Aunque si es cuestión de confesar, he de reconocer que siempre he sabido que estoy hecha para esta sola, con ninguna compañía que no sean los desgarrados versos de Carlos Salem que me recuerdan lo jodida que puedo llegar a estar a veces.
El final de esta carta te quiere dar las gracias porque al fin y al cabo has sido una de mis mejores inspiraciones que he tenido, ojalá otros muchos puedan recitarles todas las palabras que hablan de ti en mis escritos, y que su historia tenga un final inolvidable.

(Loreto Sesma)
jueves, 22 de diciembre de 2016 | By: Abril

Nunca te fuiste del todo



Querido Tú:
Ha pasado el tiempo y sigo sin poder olvidarte. No sé si a ti te ocurrirá lo mismo. No me importa si no es así. En realidad este amor ha llegado a ser lo que fue por mi tendencia natural al romanticismo subrogado, unidireccional pero autocomplaciente y al amor no correspondido. Llevo la tragedia griega en la sangre y creo que desde siempre supe que esto terminaría en el puñado de cenizas que forman hoy los recuerdos de lo que, con una intriga un tanto deshonesta, vinimos a bautizar en otro tiempo como “lo nuestro”.
No tendrás queja. Te prometí no volver a molestarte con mis laberintos emocionales (todos acababan en ti) y he cumplido mi promesa casi al pie de la letra. Estoy orgullosa de mis logros. Ya sé que volví a contactar contigo, a sabiendas de que no ibas a entender mis debilidades a la hora de zanjar relaciones tóxicas, pero me resistí justo hasta donde pude,  aunque -como demostró la evidencia-  no fue suficiente.
Me he visto quemando los últimos cartuchos: un poco desesperada y un mucho abandonada a la suerte de mis creencias pretendiendo que esto vuelva a ser lo que fue, en medio de un sinfín de dudas, tan oceánica, tan extenuada, tan desinhibida para confesar sentimientos… que a veces no me reconozco, si no es porque alguien me llama por mi nombre y atiendo como los perros viejos casi ciegos que acuden al "bulto" acercándose a  cualquiera que les da de comer un mendrugo de pan y tienen que elegir entre el desierto y la nada.
Sé que te desconcierto y que ya no confías en mi palabra. Sé que dije lo que dije, pero también sé que soy lo que soy y no puedo renegar de ello. Cada adiós es una bofetada por tu parte y un nuevo intento por la mía. Se me están acabando las excusas para traerte a mí. Pienso que hay esperanza, que no todo ha terminado, aunque sé que me engaño, pero quiero pensar así. Quiero creer que el tiempo es nuestro aún, que una vida mejor y juntos es posible y nos espera y que detrás de cada desastre emocional hay un haz de luz que nos marca el camino hacia el otro.
Dios escribe con renglones torcidos pero trata de hacernos coincidir en algún punto de nuestras vidas por muy complicado que parezca. Lo sé y te busco. Tal vez también tú lo sepas y me busques a tu manera en medio de este caos, en medio de esta guerra, y por eso no hayas cerrado definitivamente la puerta.  
(N.H.R.)