sábado, 16 de enero de 2010 | By: Abril

Regálame el comienzo...


“Sin duda... te reconoceré de inmediato.... y tocaré tus labios con mis dedos, presa de una fiebre que no amaina... “

Chillán, Chile, Primavera de 2008

Querido Amigo:

La última vez que hablamos me dejaste abandonada, con los labios tiritando de rabia y frustración.
Me hablaste de tiempos del polvo, de tiempos antiguos, de un improbable tiempo que quizás nunca se repita.
Me obligaste a abrir la mano empuñada y dejar libres las mariposas que había cazado para ti.
Mis dedos recorrieron mi cuerpo como si fuese un mago sin memoria, buscaron en el fogón donde cocino la vida por si algún rastro tuyo me quedase… Alguno que no me obligara al olvido violento.
Quiero jugar con tus barcos de papel, dejarlos que naveguen en mi corriente sin la prisa a la que estás acostumbrado… Quiero desabrocharte la camisa y besarte tan dulcemente que la boca se me vuelva granada.
Tengo una boca perjura, una boca infame, una boca desleal que no quiere dejar de pronunciarte.
No me regales de nuevo un final para mi cuento. Regálame el comienzo.

(Milita Babilónica)

La historia que no se cuenta


"Porque en tus ojos están mis alas
y está la orilla en que me ahogo"
Carlos Varela

Y comenzó la historia de la mujer que tirita cuando te lee, la historia de la mujer cuya loba interna aúlla cuando te siente cercano y cuyo campanario repica cuando sabe de tus misas clandestinas y de tu hostia consagrada.
Estoy azotada, sufriente, oceánica; tengo rasgados los pétalos como una rosa de escarcha, triturados los sueños de la esperanza, me expongo partida en dos como un durazno maduro.
Sí, la historia de la mujer húmeda, de la hurí ajada que te espera, de la hechicera que bebe conjuros de olvido de tu mano. Siente cómo palpita su entrega, cómo moja sus valles, cómo violenta sus cárceles, cómo baja sedienta de una sed que no le pertenece. Mujer extemporánea, de otros tiempos, de otras horas, para otros amantes distintos a ti.
Continúa la historia porque soy tu mujer de lluvias y flagelo tu cuerpo con mis tormentas calientes, porque soy mujer de oquedades, de silencios y de ausencias, tu mujer de hielo, porque me derrito en ti.
Mientras tú existas, seguirá la historia.

(Milita Babilónica)
jueves, 14 de enero de 2010 | By: Abril

Nada se pierde...


Nada se pierde, todo se transforma.
Es ese y solo ese el convencimiento que me mantiene viva, borracha de desilusión y acobardada, esperando que suene el teléfono, que aparezcas por casa, que me mires, que me toques… que vuelvas.
Por que si es cierto que me quisiste, si es verdad que juntos fuimos felices, que nos unía el sentimiento más puro del mundo, que mis besos coloreaban tus ojos; Si es cierto que proyectamos una vida, que tejimos sueños e ilusiones, si todo eso es cierto, esa fuerza genuina debe hallarse en algún lugar, muy dentro tuyo, eclipsado por el trajín de una vida cotidiana sin expectativas, por la urgencia de ganar el pan, procurarse vacaciones, un auto nuevo, una vida más sofisticada, una tele gigante … que se yo.
Cuesta creer que los atardeceres de la mano se acabaron para siempre, que las risas hasta la madrugada, las miradas cómplices, las tardes apasionadas, los viernes de video y lujuria, que todo el mundo por el que trabajamos se haya desvanecido de repente.
Nada se pierde, todo se transforma.
Y eso espero, desahuciada y triste: conocer en que se convirtió lo que nos unía. Saber si hay odio en tu mirada, melancolía, tristeza o bronca; todo lo soporto, menos esto, esta ausencia silenciosa, esta comunicación invisible, esta certeza incontrastable de que ya no hay nada, de que me ignoras.
Eso no… Eso no…
Nada se pierde, todo se transforma.

("Anitasol", Analía de Laurente)
domingo, 3 de enero de 2010 | By: Abril

Ya ni me acuerdo...


La media luz lo teñía todo. Vos, como siempre te imaginé, cálido, descontracturado, con ese desparpajo que te hace singular. Yo, ¿para que decirlo? yo me dejaba transcurrir.
Me miraste y notaste enseguida mis temores, me acariciaste el cabello, y con una suavidad inédita me besaste.
Después vinieron segundos de tormenta y pasión, me desconocí en esa vorágine de piernas enlazadas y manos atolondrándose. Nos hurgamos todos los rincones mientras decíamos palabrotas, mezcla de obscenidades y embriaguez.
Subimos y bajamos al ritmo de tu encanto, perdiéndonos en miradas cómplices, y labios encendidos.
Así la noche nos encontró como nos había dejado la tarde, absortos en nuestros cuerpos, recorriéndonos, saboreando cada secreto.
Te fuiste despacito, con una promesa: te llamo, yo ya sabía que el último beso había sido para siempre, igual te sonreí y me quede solo.
Llamé a mi mujer, su monotonía me devolvió la razón: -esta noche no vuelvo, me oí decir, después... ya ni me acuerdo.

(Analía de Laurente)
sábado, 2 de enero de 2010 | By: Abril

Nueva carta, viejo amor


Hola:

¡Cuanto hace que no te escribo! Con esto de que ya no entenderías como leerme por mail, ni sabrías que por un msm también se puede mandar un beso apasionado, con esto de que los correos se usan para pagar cuentas… bueno, pues yo también he perdido la costumbre de sentarme a escribir.
Pero aquí estoy con el viejo lápiz, cómplice de otras épocas, tiempos en los que nos queríamos como los chicos que éramos, como los jóvenes en que nos perfilábamos, como oteadores del futuro, un porvenir que se veía lejano y ancho.
Estoy un poco romántica, lo sé, es que se me ha dado por extrañarte mucho en estos días. Que locura ¿no? Pasaron más de 20 años desde nuestra última palabra, 20 años con sus días y sus noches, con sus alegrías y penas, con sus sorpresas y desvelos. Veinte años. Tendrías que verme ahora, ya no uso anteojos, las lentes de contacto me han cambiado la vida, mi cabello sigue siendo un revoltijo, pero ahora me llamarías pelirroja –yo también he sucumbido a la tiranía de la moda, al fin y al cabo, a esta altura no habría quien me reproche un poco de coquetería.- Sigo siendo alta y delgada, aunque tengo mis curvas que me ofrecen vértigo y peligro –aún lo necesito-
Ya no como “renomé” a toda hora, ni fumo, tengo otros vicios –la coca ligth, por ejemplo- trato de seguir con mis rutinas y sigo adorando el aire libre.
Leo mucho, estudio un poco, en fin, te recuerdo y tu sonrisa me entibia el alma.
¿Te cuento un secreto?: Cuando estoy sola, lo que no sucede muy a menudo: tengo 4 hijos maravillosos y su correspondiente padre al que adoro, te pienso mucho. Me imagino las charlas que tendríamos hoy, en este mundo que giró tan vertiginoso. Te figuro atónito ante la caída del muro de Berlín, gritando en la calle cuando volvió la democracia, puteando por la guerra de Malvinas, el odio, la injusticia y la falta de respeto.
Te extraño ¿sabes? No sólo la locura que nos mantuvo juntos, sino la pasión que nos separó. He pasado tanto por tu casa, la de la calle Belgrano, la de tus 18 años y mis dieciséis. Esta cambiada, le han puesto rejas y han tirado a la miércoles el enano de jardín, pero sigue tendiendo olor a misterio.
Pensarás que estoy un poco loca, lo sé, pero ya no me importa la cordura, he sufrido, he llorado, he amado intensamente, he perdonado al fin. Y sigo de pie, juntando tus pedacitos en recuerdos: la entrada de “Casablanca”, la boleta de la bicicleta que te compraste con tu primer sueldo, el botón de tu camisa azul, ese que nunca te cocí, el libro “Rayuela” dedicado con amor, y tantos otros retazos de vida que guardé.
Golpean la puerta, lo malo de ser madre es no tener más que minutos de intimidad, lo bueno es muy largo para que entre en esta carta… No quiero despedirme sin decirte que seguís siendo mi amor, sos mi tatuaje indeleble (no te esfuerces, no entenderías), mi sangre en las venas, mi primer hombre y mi último chico.
Chau.
Por donde quieras que flotes, por donde sea que te acomodes para otear al mundo, a donde sea que hayan ido a parar los desaparecidos, allá te mando esta carta cargada de un presente que no conocés y un futuro que seguiré inventando para vos.

(Analía de Laurente, "Anitasol")
lunes, 28 de diciembre de 2009 | By: Abril

La última despedida


Hoy, arañando en las entrañas de mi pasado más presente, te encuentro masticando despedidas.

Te miro y, casi alcanzando un sueño, desapareces, fugaz y rotundo, como el humo del cigarro que ni siquiera me fumo.

Te fuiste, te eché…da lo mismo, pero no estás desde hace tiempo.

Intento tocar tu nombre pero me vuelve el veneno del recuerdo y se me clava tu olor en la memoria.

Intento huir de ese por qué, pero me alcanza y viene ahí, arrasador, un silencio que me grita todo lo que no quiero saber: sí, siguen en mí tus ojos, mirándome mieles, dejándome en la pupila el único sabor dulce que recuerdo de ti.

El fin y por fin…un sin fin de incongruencias y solo una verdad… ya no eres pero existes ahí, en algún rincón de mi vida que no logro recuperar.

Déjame soñar con nada, márchate a aquel lugar oscuro que yo visité primero y permíteme abrazar tu ausencia tan sólo una vez cada mil noches…

Llévate tras de ti tu sabor a anhelo; quiero mirar de frente a la vida y gritarle que ya no te echo de menos…¿mentira?...no sé, pero es lo único que le diré cada vez que me pregunte.

No quiero comparar lo que te quise cada vez que me enamore, porque así jamás dejaría de amarte…

…Exhibías tu triunfo y mi derrota, viril y orgulloso, con las manos manchadas de mis ilusiones rotas, por tanto, ¿a qué esperas? Deja de intentar clavarme el puñal de tu recuerdo…tus ojos mieles solo son algo que ya fue.

Entonces…márchate, o quédate, da lo mismo. Formas parte de una vida alquilada en mi memoria a la que la humedad de tu abandono, pronto desahuciará de mi alma por derribo.

Solo me queda decirte que ya no te amo, es cierto, pero que, tal vez te sigo queriendo…”es tan corto el amor y tan largo el olvido”, que cuando tenga frío, tan sólo tendré que acercar un recuerdo para que prenda, de nuevo, la llama.

(Marta Romo Cáceres)

Esta nunca será una carta de amor


Acaso se quedará en el borde de un quejido, tentando una caricia o atrapada en un recuerdo de tonos plomizos. Poco a poco, irá perdiendo su color e instalándose en un tiempo indefinido, pendiente de ser rescatada de un baúl, donde las instantáneas adquieren ese color sepia que nos moja los ojos. Pretendo decirte que el polvo terminará cubriéndolo todo. Y aún así, ahora mismo, te escribo desde las brasas, sobre las cenizas, frente a la estación calcinada del recuerdo, un paisaje yermo que todavía no anula tu nombre.

Yo sé que el tiempo correrá, que aplastará todo lamento. Sé que terminaré instalándome en otras caricias y otros ojos, que otras miradas harán todo el resto. Lo que ahora me mueva no será el rencor, tu olor terminará siendo un recuerdo inasociable, una constancia leve de lo que un día fue. Estas palabras frágiles serán zarandeadas por el viento, arrancadas de ese tálamo cálido, donde pudimos querernos tantas noches, cuando burlábamos la tiranía de todos los relojes, con esa vocación perpetua que depositamos en las caricias y los besos cuando nos enamoramos. No quisiera asociar el tiempo, con esa falacia triste que termina devorándolo todo. Quisiera ser feliz y que tú seas feliz, si es que los días que restan pueden llegar con esa ilusión eterna que nos llena los ojos. Ahora agarro la esperanza y brindo mi ofrenda y mi futuro a la creencia de que toda experiencia dolorosa nos hace crecer. No habrá intención de quedarme instalado en ese rencor que se nos agarra a las orillas del pantalón y trepa hasta secarnos los ojos. Quisiera que permaneciéramos inmunes a las espinas del tiempo, que no se enquistara la llaga que me quemó las manos, éstas mismas que descendían sobre tu vientre, casi imaginando la vida en sus adentros. Este niño no nacerá. Se quedará esperando, en un lugar y un tiempo indefinidos. Mi simiente deambulará callada, perdida y torpe, temerosa de volver a errar, cobarde y desconfiada de toda experiencia venidera. Es el precio que nos dejan los pequeños fracasos. Quisiera no tener nada más que decir, pero cómo acallar las palabras que nacen de adentro y se precipitan hacia los labios, esos mismos que todavía hoy, te buscan desesperadamente en medio de la noche, con la pátina húmeda que nos deja la costumbre y el jergón tibio que nunca ha de volver. Es precisamente esa constancia la que golpea a veces; cómo esquivar el proyectil que rompe en medio de la frente. Ninguno de los dos hemos de volver ahora a ese instante en el que andamos ya naciendo en forma de recuerdo. Es precisamente el recuerdo lo que nos hace ascender al punto álgido donde la tristeza encuentra fórmulas que invitan al insomnio: entonces se callan las palabras. Me sumerjo en el centro de la oscuridad, me pierdo y hago tabula rasa al dolor, vuelvo a morir y a despertar y de nuevo muero y saco la cabeza en medio del dolor, porque el dolor renace cada vez que el recuerdo se empeña en negar toda razón. Es necesario, al fin y al cabo que sepas que el dolor penetra en mi cuerpo, me debes ese reconocimiento, mi sufrimiento es la tímida venganza que ahora te confieso, por encima de todo raciocinio.


No habrá continuación, ni siquiera un leve gesto que me devuelva tu nombre en medio de este invierno. Descenderé al centro del dolor y volveré a resurgir. De alguna forma pretendo verbalizar el dolor, expurgar mediante la palabra. Una vez fui poeta, ese mismo estúpido poeta, fabricante de sueños, ese al que ahora, el sueño se le seca y se hace sarmiento estéril, el sueño, el sueño, el sueño. Poesía inútil que me quema los ojos, orgullo estéril, consciencia tormentosa de que la lágrima ha de llegar, ese torrente inmenso que podría inundar todos los océanos del mundo. No habrá palabra suficiente que pueda contener la venida del llanto. Te ofrezco mi impotencia como último testimonio, mi vulnerabilidad humana y el reconocimiento del dolor, por encima de todo el dolor, mi dolor presente por encima de la razón. Entre la impotencia y el recuerdo siempre llega el dolor; el dolor y este continuo empeño que busca nombrarlo todo para aniquilarlo todo. Mis palabras piden a gritos un descanso en medio de esta noche, y a la vez se alzan y se me enredan al pecho, y es un dolor antiguo y un desvelo y una caricia que no ha de volver. Ni tú, ni yo, volver a ese lugar donde fuimos felices.

(ANTONIO DE PACO DOMINGO; 2º Premio de "Cartas de Amor y Desamor" de Huétor Vega)