domingo, 5 de enero de 2014 | By: Abril

¿Hogar... dulce hogar?

 
Animación hogar lluvia libro para celular
Todo el mundo sabe que cuando las agujas se estiran y marcan el final de algo, sólo caben dos finales: o levantas el pie del acelerador o por el contrario, coges aire, cierras los ojos y te zambulles en azul profundo e infinito.

Puede que ahí abajo encuentre cosas que no me gusten. Rocas con forma de arista, peces que llevan días sin pegar bocado, pero no me importa, esto es lo que he escogido y no me arrepiento de ello. Hoy estoy en edad de sentir, de vivir los recuerdos con libertinaje y anarquía, de ser como me da la gana, que ya pagué las consecuencias.

Después de varias semanas fuera, viviendo como un turista, a mesa puesta y cama recién hecha, hoy vuelvo a mi hogar, perdón, quería decir a mi casa. O quizá a mi... no lo tengo claro.

Me sobrecoge ver la cocina así de limpia, tan recogida, todo en su sitio y ordenado, recuerda a esas que salen en las revistas en las que no te atreverías ni a pelar una mandarina de lo limpias q están.
Echo una mirada rápida al resto de las habitaciones. Hay marcos sin fotos, estanterías vacías y pedacitos de algunos recuerdos por el suelo.

Los peluches sin billete de ida, se ponen de acuerdo como un batallón legionario para que esto recupere una pizca de calor, y es que la vida se construye de ausencias emocionales que la mente y la resistencia al olvido transforman en presencias, en eternidades.

Llego al baño y lo primero que me llama la atención, es encontrar al cepillo de dientes solito en su cubilete. Anda triste, cabizbajo,  pues se ha quedado sin pareja de baile. Eran idénticos, igualitos,  tan sólo se diferenciaban en el color. Le queda próximo un bote de colonia, pero dice que no es lo mismo... que tienen muy pocas cosas en común y lo entiendo.

Estamos de vacaciones, y aunque este año he suspendido algunas asignaturas, me he librado de los cuadernillos de verano. Me quedaron dos asignaturas, dicen que son las más importantes del curso. Una se llama RESPETO y la otra SINCERIDAD. Y es que mentir con descaro no debería de salir gratis.

Sin embargo, me doy cuenta, que no me arrepiento de nada o casi nada, creo que soy de esos alumnos complicados, siempre hay un par de ellos en todas las clases que no acaban de pasar por el aro por muy mal que hayan hecho las cosas (por muy mal que crean los demás que las has hecho). Me siento feliz y libre de poder escoger mi propio camino, de no ser prisionero de costumbres, tradiciones milenarias impuestas a golpe de martillo, o documentos oficiales que me obliguen a decirme que es lo que debo de hacer, que es lo que debo sentir.

A pesar de todo lo sucedido, de recuerdos que me invaden y arañan en la memoria, sigo pensando que estar aquí es maravilloso y doy gracias todos los días por este regalo que es la vida.

(Carlos Vicente)

Una piña de piñones

Una piña de piñones es devorada con fuerza por la llama prendida entre unas tablas y un tronco de encina. Es tiempo de frío y nostalgia, es día gris y nublado, desapacible, y colgado está de la rama de la tristeza que hoy tiene hambre, codiciosa en su amargura surca el cielo como una cometa, y zozobra como el barco a la deriva en la tempestad.

He abierto un libro releído varias veces y una hoja de flor de pascua seca cayó. Sentada en una banqueta roja de madera y ante una mesa de cocina también roja y de madera, con molduras que en su día fueron el sostén de un hule cualquiera que no podía moverse, y ahora desaparecido, en la desnudez de esta mesa te escribo; es una carta que nunca quise enviarte y no lo hice.

No te quería, si acaso me gustaba soñar contigo, algo así como vivir en el cuento de las mil y una noche donde Schahrasod narraba hábilmente un relato para no morir por orden del Sultán, te tocaba a ti correr el riesgo y eso me divertía; entonces yo debía ser algo cruel y ansiaba un nuevo día, lo deseaba especialmente por la noche, la oscuridad tiene tonalidades y luces que el día amortigua, las cosas se ven diferentes, unas veces negras y muchas no se ven, se adivinan, imaginan, como yo imaginaba; pero tú no pudiste servirme el final, extinto como ahora la piña presa del fuego real, que en su exuberancia se agota sin poder hacer nada.

Si hubieses echado más leña al fuego, si me hubieses tenido entretenida un día y otro, con el resplandor de tu imagen, dosificada, interesante, en la extrañeza de la vida que yo pedía; habrías encontrado fuste, habrías labrado mejor mi tierra en que las vueltas que dabas yo te las abría pagado a medias, como se hacen los tratos antes de  recoger la cosecha del año; pero te habías instalado en la prudencia, en la debilidad, pagado  como saldo. Venerando dilatabas lo venidero, de resultas no quemaste en las brasas, todo era furtivo, fragmento, parte, pequeño, fungible, pero inolvidable.

La piña se ha consumido, arde el fuego, en el fondo del pantano de mis recuerdos descansas, ahí ya no corres peligro. Te he amado desde siempre, y mi mirada agachaba para verte, el barandal donde me había instalado se encontró con unas manos que te borraron, los cultivadores que pasó por mi tierra dieron su fruto, se desveló y amanecía cada sol y cada luna .Te dejé dormido ¿quemar otra piña? Se ha hecho tarde, está empezando la primavera, la temperatura ya no es la misma. Mañana por la noche que volverá a hacer frío.

(Luisa Serrano)
jueves, 2 de enero de 2014 | By: Abril

Querido amigo


Hoy te escribo para decirte que te admiro mucho. Eres la persona más transparente que conozco. Jamás escondes lo que piensas y sobre todo amas a tu esposa e hijos por encima de todo. En diversas ocasiones has ofrecido tu vida y corrido graves peligros para que ellos no sufrieran. Sí, es cierto, hay tensiones con tu hijo mayor y sueles estrangularlo a menudo, pero todos sabemos que es algo cariñoso y que no llegarás nunca hasta el final.

Un día tu hija me dijo que la acompañabas a lugares que tú odias para que ella disfrute de sus necesidades culturales. Te veo acompañándola a un teatro mientras unas bailarinas danzan o unos músicos interpretan música que no entiendes ni te apetece entenderla.

Lo haces por amor y eso te dignifica. Tu hija pequeña, que todavía no habla y apenas camina, es capaz de empuñar un rifle para salvarte de unos mafiosos que un día intentaron liquidarte y lo hizo por amor a ti. Amor que sólo unos pocos elegidos como tú pueden conseguir.

No lo sabes amigo, pero aunque nunca has escuchado a tu hija pequeña hablar, un día dijo algo después de que le dieras un beso de buenas noches y salieses de su cuarto. Su palabra fue: "papi". No la escuchaste, ni tu familia, ni tus vecinos, pero los que te seguimos, sí.

Es imposible no quererte tal y como eres. Has estado varias veces en la cárcel, has sido mafioso, contrabandista, estafador, ladrón, borracho, jugador, saboteador, polígamo, usurpador de identidad, entrenador de bailes de mal gusto para deportistas, traidor, chivato, pero por encima de todo amas a tu familia.

Espero todas las tardes con verdadera ansiedad esas reuniones que tenemos en el bar. Allí escucho con devoción todos tus consejos hasta que el dueño nos echa amenazándonos con una escopeta.

Siempre llevaré en mi corazón aquel día que te pedí que fueras mi consejero espiritual y aceptaste después de unas cuantas cervezas y de gritar: ¡MOSKIS!

Consejero, amigo y hermano Homer. Un abrazo.

Santi 

Lola, querida


Te voy a escribir una carta...

Sí, ya sé que no estás aquí, pero sigues estando mientras yo te sienta a mi lado. Esta es una carta como aquellas que cruzaban el Estrecho desde África a Sevilla... ¿Recuerdas? En aquel entonces, era la carta el único vehículo para llegar a ti. No había móviles, esos que ahora rompen continentes, fronteras y océanos...

Una carta que tiene el remite de mi soledad y una dirección de destino que no es de esta tierra. La tierra que un día, siempre cercano en mi recuerdo, abandonaste, -quizá con gozo- para vivir en otra Sevilla, la Sevilla de tus sueños.

No creo que estas líneas se pierdan. Habrá, como aquí abajo, un servicio de Correos que te hará llegar mi misiva, mi mensaje de amor. Tu muerte no ha conseguido separarnos, como sin fortuna nos dijo el cura. Te sigo queriendo. Te quiero más, mejor dicho: no puedo quererte más, porque te quiero sin medida, como la infinita eternidad en la que tú vives ahora.

Un beso de tu Enrique.

Querido cuerpo mío...


Dijimos que era mejor terminar y era cierto, que nos hacíamos daño, que no conseguíamos estar bien...Todo eso quedó claro y admitido por los dos. Pero me pasa algo con mi cuerpo, siento que no me pertenece.

Cada que rozo mi piel vienes a mí, cada caricia es tuya, si me peino veo tus manos enredándose en mi pelo, recuerdo como lo hacías mientras yo me abrazaba a ti. Mientras me enjabono son tus manos las que me recorren despacio. Si me toco la espalda, la cintura, las piernas tú apareces. Si me miro al espejo te veo a ti. Todo mi cuerpo eres tú, ¿cómo puede el amor apoderarse así, físicamente, del ser amado? Parece que pusiste un sello invisible en cada centímetro de mi ser.

Y si he de olvidarte, ¿qué hacer con mi cuerpo? Si pudiera quitármelo y guardarlo en el armario como quien se quita un abrigo sería un alivio. Olvidarse de él y cerrar la puerta, luego guardaría mi corazón en una cajita al fondo del cajón. Y después, aún quedaría mi alma, ahí también estás, ahí reinas. La verdad no sé si meterla en esta carta y enviarla al correo.

(Rosario)

Nos dijimos adiós...

 

No era así como lo había imaginado, quiero decir, nunca había deseado que llegase ese instante...pero sucumbió, se desarboló nuestra relación. Nos dijimos, adiós. Lo que no puedo precisar es el momento en que todo se derrumbó.

¿Dónde está el umbral, ese umbral infinitesimal que transforma sin remedio las cosas? El punto (de cansancio, de agobio) en que la caricia a fuerza de repetirse no produce placer sino dolor. El momento en el que el clavo que sostiene un cuadro demasiado pesado para él cae, y con él su carga

¿Va cediendo paulatinamente en silencio, o bien lo sostiene hasta el fin con la misma tenacidad y se desmorona de golpe al comprender que no podrá sostener el peso por más tiempo?¡Ay, amor! Quizá la conciencia, cuando aparece la señal, la grieta y llega el final, comprendes que lo inexorable había ocurrido mucho antes de que se manifestara, así al modo que cuando muere un amor sabemos, si queremos saber, que había muerto hacía tiempo, pero no lo quisimos (o no supimos) verlo.

Lo cierto es que el adiós fue cinematográfico. Una mesa de mármol frío, un pocillo de café, un atardecer naranja de otoño algo difuminado por el humo del cigarrillo, una lágrima de papel y en tu mirada el ansia, la luz pálida y lenta de mujer que no se resigna al adiós. Lo leí en tus ojos, sí:  "volver, volver". La vida invitándome nuevamente a recorrer las calles de tu mano, a besarnos en el fragor entre las sábanas en desorden donde habrá calideces olvidadas.

Y yo sigo aquí, esperando porque ¿sabes amor? Nos pertenecemos pase lo que pase, aunque no volvamos a vernos. Quiero que comprendas que la pertenencia no depende del tiempo que dure una relación sino de la intensidad puesta en la entrega. Vuelve. Te espero. Sabes dónde encontrarme...

Fernando

Historia de un adiós, (Parte I)


A lo mejor no me comprenderías si te dijera que yo necesito verte todas las semanas...aunque apenas levantes la cabeza y te aísles en ese lugar de tu memoria que habitas y que a los demás nos parece olvido, sigo sintiendo por ti ese respeto grave que los niños de antes teníamos hacia nuestros abuelos, aunque tú ya no seas dueño de tu cuerpo. En cuanto te veo, abandono la realidad, huyo de canas disimuladas, de marido y niños, de trabajos y cocinas, y de todas esas cosas que me convierten en adulta.
 
Y entonces, monto en mi triciclo, agarro firmemente las empuñaduras de plástico y pedaleo con fuerza alrededor del cedro que plantaste en el centro de tu patio, desandando la espiral del tiempo para regresar a la protección segura de tu regazo. Donde los demás ven un hombre serio y de mal carácter, mi sonrisa incombustible encuentra amor y comprensión. Cuando el miedo me paraliza, sólo entonces, levantas la voz: "¡No hagáis llorar a la nena!", y yo me refugio entre tus brazos.
 
Como si acabáramos de cenar, en esta noche de verano, aspiro con deleite los aromas que desprende tu casa, a pan tostado, a tu loción Floïd Blue, a hogar. Parpadea en la oscuridad la televisión que no miramos, mientras se revuelven cantarinas las fichas de dominó sobre la mesa en la terraza, y memorizo para siempre la lección que me dictas: Tengas menos, tengas más, la salida taparás.
 
Me mandas al garaje a buscar bebida y vuelvo a quedarme enganchada en las redes que cuelgan secándose en la noche serena. Mañana volverás al río a pescar con tu barquita y tu amigo. Me desenredas con una carcajada limpia que me nubla un poco los ojos y me devuelve a la realidad severa.
 
Llevas las gafas sucias, abuelo. Déjame que te las limpie, que si nos viera la abuela nos regañaría. Y con la mano me haces un gesto para que deje de nombrarla, porque a lo mejor tapando esa salida consigues que no sea verdad que ella se ha ido para siempre. Y yo te dejo que así lo pienses, y engaño un poquito más al tiempo. No quiero decirte adiós, abuelo.
 
Ana Bergua (Del programa: Es Radio)