domingo, 5 de diciembre de 2010 | By: Abril

Carta para Beatriz


Bea:

Ha pasado un día. Un largo día. Quizás no es mucho tiempo como para andarse escribiendo cartas, lo sé. Pero ahora mismo siento que es la mejor manera que tengo para convencerme de llevar a cabo eso que, con dolor, convenimos. Que puede ser verdad, es cierto. Que es necesario, lo ignoro.

Catuche no ha digerido muy bien tu ausencia. Se la pasó toda la noche entre el mueble rojo, la mesa del comedor y el revistero del balcón. Imagínate, ese que siempre ha odiado. Esta mañana se asomó a la habitación pero ahí mismo reculeó, seguro porque comprobó que no había sido un mal sueño, que de verdad no estabas. Quizás pensó que no tenía demasiado sentido saltar a la cama sin tu cuerpo abrazado al mío, que no existe placer en arañar las mantas de una cama donde yace un tipo solo. Quizás para él, el amanecer no sea otra cosa que espiar la porosidad de tu sueño, el destilar del aliento en la atmósfera silenciosa de la mañana. Tampoco ha querido comer, no hemos querido comer. En mi caso es probable que sean los latigazos de esa dieta tan forzada que se llevó nuestros kilitos de más pero, al parecer, también nuestro humor y paciencia.

A lo mejor Catuche está triste porque no entiende que dos personas se puedan separar de un día para otro, pero a veces pasa…Los gatos no tienen por qué entender cosas de esta naturaleza. Ellos viven el día a día, echando vaina todo el tiempo, saltando de un techo a otro, como solíamos hacerlo nosotros, brincándonos encima una y otra vez, del día a la noche, la noche entera, por toda la casa, por toda la ciudad, salpicándonos de amor, fruición y delirio porque el mañana no importaba si se tenían fuerzas para estallar los infinitos rincones del ahora…Ya se le pasará.

Tampoco ha sido fácil para mí, pero mírame aquí escribiendo estas líneas más calmadas, tratando de reformar mi letra de cirujano para que no esfuerces tanto tus ojitos, para que comprendas que…Ah, lo olvidaba ¡Dejaste el limpiador de tus lentes! Has dejado muchísimo más, pero sé como eres de obstinada con los cristales. Avísame si lo quieres y te lo llevo de inmediato, así…puedo pasar rápido y dejarlo con el vigilante o esperarte abajo si prefieres. No quiero usar el teléfono no quiero toparme de casualidad con la voz de Inés ni con Rodrigo, ellos no entenderán nunca lo que estamos pasando por más que intentes explicárselo. Pero sé que no les has dicho nada. Sé que te miran con incomprensión y, en busca de respuesta, lo que hacen es llamarme una y otra vez, pero igual no atiendo.

Yo tampoco he hablado con nadie más, no sé que podría decir: Beatriz se fue, Beatriz me dejó. Esto no sería problemático, la dificultad vendría cuando preguntasen el por qué: No sé, porque nos amamos demasiado, dos personas no deben quererse tanto, el matrimonio se debe nutrir con monotonía no con pasión, cosas así.

He tratado de llevarlo mejor que ayer, cuestionándome cada minuto si es acertado lo que hacemos, pero me distraigo con las posibilidades de que nada de esto sea real: ahora mismo imagino que sigo aquí escribiendo y llegas tú de puntillas, silenciosa, me tapas los ojos con tus manitos para asustarme, como lo haces siempre. El susto lo recibiría tan grato. Dejaría el bolígrafo y te tomaría por las muñecas para abrir tus palmas y lamer con suavidad y devoción esas líneas de destino que no sé por qué rayos se expandieron hasta más allá de nuestros deseos, como si al porvenir no le importásemos…Y creo que es verdad, esto debe ser nada más que una trampa, un ajuste de cuentas por mucho que hemos despreciado al futuro revolcándonos en la intensidad del presente como los gatos locos que siempre hemos sido, iguales a Catuche que ahora mismo está diciéndome con su mirada: Dile, es el momento, dile lo que querías decirle, lo que siempre ha querido escuchar.

Pero Bea, si lo supiera lo hubiese dicho. Se me agotan las palabras. Las palabras no sirven para nada si sólo postulan ésta lejanía como única solución. Si vieras los ojitos de Catuche, si escrutarás más allá de lo que nosotros avistamos, sabrías. Y sé que lo sabes. Por eso, he decidido esperar. Pero no aquí en casa. Cuando estés leyendo esta carta, ya estaré sentado en la entrada del edificio en el que estás.
Esperándote.

Si no quieres bajar ahora, igual me quedaré. Como el chamo de aquella película italiana que vimos alguna vez, que pasó noches y noches frente al balcón de su amada, aguardando a que ella lo aceptase.

Yo, más desbocado aún, estaré noche y día. Catuche está conmigo. Si debemos esperar, lo haremos. No regresaremos a casa sin ti. Aquello no será casita hasta que volvamos los tres.

(Víctor Ojeda, 1er Premio Cartas Pasionlaes, Concurso MontBlanc 2010)

viernes, 3 de diciembre de 2010 | By: Abril

Despedida al amor de mi vida


A partir de hoy me echarás de menos, tendrás que aprender a vivir sin mí. No es difícil. Yo he aprendido los últimos meses a vivir tu ausencia como el gesto más cotidiano de mis días. Comenzaste por dejar de mandarme mensajes y regalos casi a diario como hacías antes. Después olvidabas despedirte con “un beso cariño” o con un “te quiero” o un “no me olvides nunca”. Dejaste de preguntarme si tú eras el hombre que desterraría en mi memoria el recuerdo de los anteriores, cuando empezaba a acostumbrarme a tus pequeños ataques de celos con los amantes que alquilaron una habitación en mi pasado. Yo nunca te respondía. Tal vez si acaso una media sonrisa cerraba nuestras conversaciones y algún beso robado en una cafetería en la que vivir nuestro amor prohibido…

Ahora tú también tienes un número y empiezas a ser pasado, justo cuando acabe esta carta que no pensé escribir nunca cuando nuestro amor lo inundaba todo como la lluvia que cae hoy detrás de la ventana. Me prometiste besarme un día bajo la lluvia. Me voy sin haber probado tus labios bajo la lluvia. Yo tenía esa ilusión que ahora me llevo conmigo sin haberla hecho realidad. No importa, me llevo tu promesa. La deuda queda saldada. Guarda tus besos de lluvia para la que ocupe mi lugar. Me marcho con la poca dignidad que me queda en la maleta después de haber intentado llevar una vida razonablemente normal a tu lado con las limosnas de tiempo que guardabas para mí.

No quiero echarte en cara nada, amor…(qué duro me resulta despedirme de ti sabiendo que aún te amo)…Yo acepté lo nuestro con sus reglas y creí que sabría ocupar la segunda fila en tus pensamientos…Incluso llegué a creer, en la ingenuidad de la ceguera que provoca el amor, que ocupaba la primera fila…Pero no. Sé que me quisiste mucho durante un tiempo, lo suficiente para decirme que de haberme conocido en otras circunstancias, nuestra vida juntos tendría un bonito final. Pero debe de ser que estoy condenada a vivir finales tristes, con despedidas improvisadas…que apenas tengo hecha la maleta para salir de tu vida y aquí me tienes, diciéndote adiós.

Qué difícil amor, qué difícil…saber que a partir de mañana mis amaneceres se quedan huérfanos de tus “te echo de menos” y tus “me muero de ganas de verte”. Qué difícil saber que los atardeceres desde mi cornisa nunca volverán a ser los mismos sin tu compañía y mis tardes de café no tendrán tus encuentros…

Qué difícil amor, qué difícil…

(La Dama)

jueves, 2 de diciembre de 2010 | By: Abril

Carta al Amor


No sé si querrás leer esta carta. Supongo que sigues ofendido y que recuperar lo nuestro será más difícil que echar para atrás el cambio climático, alcanzar el Everest, sacar la cita del pasaporte … ¡o todas las anteriores! Aún así, Amor, asumo el riesgo de quemar mi último cartucho contigo, o sea, disparar esta carta en el mero centro de tu rencoroso corazón.

¿No te alegra, en el fondo, saber de mí después de tantos años?, ¡Nuestra relación es tan larga como mi memoria!. Comenzó exactamente en el tercer grado de la escuelita municipal aquella, ¿Recuerdas?. ¡Los irrepetibles años sesenta!, El movimiento Hippie, Los Beatles, la Era de Acuario y ¡por supuesto!, El Apolo 11. Te llamabas Fernandito, Amor, y estabas sentado en el pupitre de al lado. Me mirabas con cara de “¿qué le pasa ésta loca?” cuando decía, “¡Toma Fernandito, te regalo mi merienda!, ¡Y mis legos!, ¿Quieres mis creyones?”. En un arrebato de pasión precoz casi te regalo mi Barbie Visage 1963, ¡Mi única Barbie!, ¡Eso ya era como mucho con demasiado!

Fue así, Amor, como entramos en contacto. Tu primer chiste malo conmigo fue el 20 de julio de 1969, ¡Ni que lo hubieses calculado!, El día exacto que el capitán Armstrong posó un pie en la superficie lunar… ¡Fernandito se cambió de Escuela!. Aquel fue el día que se produjo un gran paso para el hombre, un salto gigantesco para la humanidad y… ¡un soberano barranco para mí infantil existencia!. Como era una niñita no comprendí que estaba deprimida y la verdad, eso de aprender a multiplicar “llevando” era tan complicado que la tristeza se diluyó, en progresión geométrica, con el avance de mi educación primaria.

La segunda vez que supe de ti, Amor, había entrado de cabeza y sin fórceps a ese sudoku emocional que llaman adolescencia. -Me llamo Claudio Arquímedes-, dijo él… ¿Claudio Arquímedes?, ¡DIOS QUE NOMBRE!, ¡Homérico, epicúreo, galvánico, fisicoquímico!”, aullé. Además, era idéntico, ¡igualito! al solista de los Bee Gees. Me enamoré ipso facto, sin cura, sin resistencia. Las rodillas me traqueteaban como un trapiche viejo en su presencia y sólo podía respirar completo, o sea, suspirar, cuando se le ocurría voltear a mirarme ¿Lo recuerdas, Amor? Enloquecí. Quería ser su novia. La cosa no estaba fácil porque después de aprender a multiplicar “llevando” se me desató la vena aritmética y sólo sacaba veinte. Es harto conocido que no hay nada peor que ser la cerebrito del salón si lo que se quiere es enamorar al bello de la película. Pero ¡qué carajo!, decidí enrollarme el pelo en papel de aluminio para parecerme a Donna Summer, La Pantera de Boston. Eso tendría que gustarle ¿no?.¡ Yo sabía, yo tenía la certeza de que Claudio se fijaría en mí y me invitaría a comer un helado! (signo inequívoco de que terminaríamos casándonos).

¿Recuerdas lo que pasó, Amor?. Descubrí que Claudio ya era novio de la Reina del Liceo quien ¡por supuesto! ni era gordita, ni sacaba veinte en matemáticas como yo. ¡Hubiese preferido otra muerte!. Durante un mes mi único alimento fueron las barajitas del álbum “Amor Es” que me comí, una a una, con pega y todo. ¡No me convertí en anoréxica porque en los años setenta esa vaina no existía!

Cuando volví en mí tenía dieciocho años y estaba haciendo la cola para inscribirme en la universidad. No esperaba que rondaras por ahí, Amor, pero…

Robertico era rural ma non tropo, ingresos superiores al promedio y con un verbo de moto sierra capaz de desquiciar a cualquiera. ¿Su hobby?, ¡Sacarme la piedra!

“Mira caraqueña… de verdad ¿Tú no sabes lo que es el ponsigué?” me decía inclemente con su sarcasmo endógeno. “¡No, no sé! ¡Y qué!” ¡Le odiaba! De tanto odiarle, obvio, comencé a adorarle. Justo cuando me disponía a darle el beso que le convertiría de batracio en mi cónyuge… ¡zas! ¡Agarró sus maletas y se fue de mi vida por siempre jamás!

¡Ese out con las bases llenas sí me dolió, Amor! Llena de bolero, vestida de tango y como recién arrastrada por un tsunami, comencé a analizarte. Llegué a la conclusión que tú, Amor, eres cruel, agotador, malversador y mala gente. Decidí comenzar una nueva vida sin ti. ¡No más AMOR! ¡No más taquicardia, no más conjuntivitis, no más desvelos!. Te sentencié al exilio… ¡Mi vida sin ti no conocería el dolor!

Cerca de los treinta decidí que debía casarme. No me impactó, Amor, que no estuvieras involucrado, ¡Al contrario!, Escogí el novio, la casa y hasta el recetario únicamente con el cerebro, con la razón. Para hacerte el cuento corto, Amor, te diré que me divorcié y que lo único que funcionó de aquel episodio inviable fueron las recetas del libro “Mi cocina a la manera de Caracas” de Armando Scannone.

Cuando me independicé y comenzaba mi segunda República, me dediqué a buscar lo que toda cuarentona libre, solvente, sin hijos e inmune al Amor aspira: ¡encontrar un novio diez años más joven para subir la autoestima y bajar la angustia!. Diez años después, es decir hoy, lo único que me quedó de la loquetera fue un “ex” que todavía quiere que lo mantenga, una tendinitis crónica (de cuando aprendí a bailar reggaeton), una soledad del tamaño de una catedral y ... ¡esta cosa rara por dentro!… ¡Este vacío!… ¡Esta urgencia de no sé qué, Amor!

¿Será que extraño la sensación de querer regalar mis juguetes a alguien sin esperar nada a cambio?. ¿Será que ya no me miro en el espejo para agradar a alguien que no sea yo misma?. ¿Será que no es tan malo ser bolero, tango y noche porque, en el fondo, hasta el peor despecho es mejor que esta insoportable, tediosa y ridícula paz?.

Yo creo que esta vez sí, Amor, las respuestas son todas las anteriores.

Por eso te ruego… ¡Vuelve a mi vida Amor!, pasa un día por la casa. Llega con el nombre que quieras… Quédate el tiempo que puedas. No vas a interrumpir nada.

Ni siquiera he tenido la valentía de asumir plenamente tu ausencia comprándome el perrito que me recomendó el terapeuta… ¡para olvidar que la vida sin ti es una soberana mierda!

¡Perdóname chico! Porque, ¿sabes? Aunque no lo creas, Amor…

¡Hace rato que yo a ti te perdoné!

(María Angélica Taisma, 3er lugar en el Concurso de Cartas de Amor de Montblanc 2010)

miércoles, 1 de diciembre de 2010 | By: Abril

Carta a Marucha


Marucha, amor

Quiero escribirte ahora las cosas que te dije cuando quizás ya no me oías y las que no te dije en la terrible noche y madrugada de nuestra inesperada despedida. Te susurré casi al oído, “te me escapas amor en los mejores años de mi vida y en el hermoso otoño de la tuya”. Te debo tantos besos todavía, tenemos una deuda de caminos y no puedo mirar sin tu mirada. Te dije muchas veces con ternura que tu mano en mi mano era la vida, que mi paso sin ella vacilaba y que si no la tengo, si me falta, no sé cuánto podré seguir sin alcanzarte para poder mirar tus ojos y besarlos. Como siempre te digo que me esperes porque voy a seguirte donde vayas ya que tú me dijiste que algún día seguiríamos juntos como antes por todos los lugares que marcamos en el viejo cuaderno de los sueños. Hoy frente a lo inexorable, le estoy rogando a la Virgen que no sufras, que estoy y estaré contigo, con tu imagen y con tu suave mano entre las mías. Aún así, desesperadamente te ruego, no me dejes. También quiero decirte que contuve mi llanto y contemplé tus ojos. Tu dulce y cálida mirada me dijo que me oías y una leve, casi tenue sonrisa para mi, llena de amor se dibujó en tus labios. Me incliné, aproximé mi rostro al comprender tu invitación y nos unimos en el beso nupcial de nuestro aniversario de boda. Sentí que te me ibas al retener tus manos sabiendo que ya no volverías. Luego sólo atrapé la esencia de tu voz y tu aliento como reflejos que fueron muriéndose lentamente. Te fuiste silenciosamente con la mirada viva y el semblante apacible. Tu imagen encantada serenamente bella, amanecer de trinos, parecía una diosa. Debe ser lindo el sueño, tu sueño, en la estancia divina que visitas.

Marucha, amor.

Te escribo como antes, como siempre, sin esperar respuesta escrita ya que todas tus cartas eran el abrazo del encuentro feliz, mi llanto en tus mejillas y tus cálidos besos. Sabes que nuestro viaje era distinto, íbamos a renovar los votos luego de seis décadas y un año de nuestra hermosa aventura matrimonial en una linda y pequeña iglesia perdida a orillas de un gran lago. Allí acudí con tu imagen para cumplir nuestro plan interrumpido. Ya que no estaba solo porque sentí que estabas a mi lado y que escuché tu voz cuando parados en el altar, frente a Dios, dijimos a una sola voz ACEPTAMOS.

Recuerda amor entre lo que no pude repetirte esa noche llevaba la carta de nuestras bodas de oro. Ahora te la envío de nuevo porque sé que puedes oír y ver lo que digo, lo que escribo. Esa mañana de abril te pude decir cómo miré la luz tímidamente y recogí la brisa, estabas en la luz y en la brisa represando mis sueños, mi ansiedad. Tu imagen y la mía confundidas eran un solo canto, una ilusión y una carta de amor no terminada. También te recordé cómo transitamos sin huella y sin camino un horizonte ilimitado y juntos, más allá de la voz y la palabra, con la mirada dulce de tus lagos, mi tristeza escondida y tu mudez serena, vimos morir el sol y despertar el alba. Medio siglo detrás de tu perfume, persiguiendo tu voz y tu reclamo, medio siglo arrullado en tu regazo, prendido de tus ojos y tus labios. No sé hasta dónde me dejarás llegar en tu jardín, no imagino cuánto tendré que amarte, cuántos años recorrerán mis dedos tu cabello, mis ojos tu mirada y mis labios tu piel, sólo sé que tu imagen y la mía confundidas en una sola voz y la palabra, ansían tejer un horizonte ilimitado, un canto, una ilusión y un sueño sin ocaso.

Como ves, debes ver desde tu nuevo mundo, que sería prolongar el tiempo que se volvía final para seguir diciéndote las cosas que te dije tantas veces y las que no te dije, que recorrimos el mundo tomados de la mano, temerosos a veces, cautelosos luego, pero llenos de amor y fuego. Sin planes ni caminos, tan solo con azules y estrellas adornando los sueños. Sabes que así empezó nuestra aventura donde todo intento fue bueno, todo instante sublime y ni siquiera lo pensamos, simplemente lo hicimos. Recuerdas amor cuando te dije en nuestras bodas de oro: -si tuviera que hacerlo una y mil veces más contigo, lo intentaría de nuevo-

También quiero que sepas amor mío que al dormir para siempre tus pupilas, lloraron las estrellas sobre el campo cataratas de luces y colores cabalgando veloces la hondonada al recibir mi llanto desbordado. Rayos de luz persiguieron al viento hasta alcanzar las nubes peregrinas, párpados, nimbos, ocultaron tus ojos del titilar mezquino, más bien tenue, de los luceros mañaneros.

No imaginas como llovió copiosamente para que todas las menudas perlas elevaran tu brillo al universo en su entrega final, tu despedida.

Te contemplé dormida entregando a la aurora tu mensaje de gloria, tu sonrisa leve, al tiempo que le dabas el aroma de pétalos viajeros cuando tu imagen vaporosa se elevaba hacia el cielo.

Amor, imagino el sendero para llegar a ti, de nuevo, detrás de tu perfume entre las flores y luces esparcidas al renacer en perlas el alma de las fuentes. Buscaré al mensajero y esperaré que llegue nuestro encuentro, la promesa, cuando vuelva a llover copiosamente.

Marucha…Marucha, no puedo concluir esta misiva, mi alma, sin expresarte que esta lucha es muy dura, es una lucha silenciosa entre la realidad y los recuerdos, una puesta en escena que se prolonga día a día pidiéndome abandonar la pena. ¿Cómo dejarla , borrarla, sin olvidar la imagen y el recuerdo?. ¿Cómo ignorar los ecos y sonidos de unos pasos, los tuyos, que siento a cada instante y el aroma, tu aroma, que envuelve mis sentidos tal que si en realidad estuvieras aquí?.

Amor…amor, fueron seis décadas y un año detrás de tu perfume y ahogándome en la luz de tus pupilas, recorriendo abrazados nuestro mundo dichosos y embriagados de felicidad.

Seis décadas y un año envueltos en un mundo de ilusiones acariciando metas, persiguiendo destinos, abonando con besos los reclamos, renovando promesas con perdones.Marucha…amor, fueron seis décadas y un año hablándote al oído dulcemente y contemplando mudo y extasiado tus silencios que hablaban. Por ello de nuevo te prometo que esas seis décadas y un año, nuestra vida, seguirán siendo el sueño que soñamos y la hermosa aventura que vivimos.

Francisco.

(Francisco Gutiérrez, 1er Premio del Concurso de Cartas de Amor de Montblanc 2010)
sábado, 20 de noviembre de 2010 | By: Abril

Ayer fui agua...


Densa y turbia como el petróleo llegué a tu lado. Impura y revuelta. Agitada me dejé conducir por remansos de asfalto hasta el delta de un, aún, desconocido paraíso; mientras el mundo real se oscurecía y difuminaba ante nuestra mirada, reflejando sombras de vida sobre un embalse de ensueño.

Me sumergiste en el vacío dando bautismo a mi ilusión inocente, inundándolo todo de nada y, con el sonido del silencio en los oidos, buceamos por la calma olvidando, en un segundo, el tic-tac de los relojes de arena.

Agradecímos la dulce poción que los Tritones nos brindaron en aquella parcela de cielo donde, tendidos junto a nuestros recuerdos para que el calor de las palabras los secaran, cuando las olas de tu ojos llegaron hasta mi orilla, tu mano rozó la mía.

Nos recibieron las estrellas al tomar tierra, dejando vano su lugar en el firmamento; confundiendome hasta creerme dueña del aire con el que me mezclé para acariciar tu cara y enredarme en tu pelo. Y cuidaste de mi, saciando la sed con besos borrachos de ternura y el hambre, ofreciendote desnudo para amasarte y devorarte como un pastel caliente.

Tras el último gemido, me licué en tus manos destilando gotas de placer que se condensaban en las concavidades de mi espalda, hasta ser solo un charquito en ebullición, evaporándose y alejándose de tí para reunirse con las mariposas que duermen en el techo de mi cuarto.

(Del Blog: "Desnuda no es sin ropa")
sábado, 6 de noviembre de 2010 | By: Abril

¿Dónde?


Esto, que a continuación leerás, no es un reproche. Ignóralo, siéntelo, u olvídalo. Haz con ello lo que quieras, porque sólo tiene un dueño.

Mañana, once de Mayo, a las ocho de la mañana, el reloj en mi muñeca izquierda, marcará trescientas horas de tu ausencia. Trescientas horas que pesan como trescientas losas, pero tan sólo cubren, una quinta parte de las mil cuatrocientas ochenta y ocho que me regalaste con tu presencia.


Por eso, mañana, once de mayo, a las ocho de la mañana, pararé el reloj de mi muñeca izquierda; no le permitiré que siga contando las horas sin ti, y lo cambiaré por otro que cronometre únicamente las mías. Contará las horas en las que pueda sentirme sola y vacía, las horas de sonrisas y las de caricias nuevas, contará las horas de sueño que no volverán a tener segunda parte. Serán horas de las que me sentiré orgullosa, pues desde las que viví contigo he aprendido a quererme más, como tú me querías y a verme mejor, como tú me veías.

He de pasar esta página, sé que lo entiendes, pero desde que soltaste mis manos, a duras penas salen de ellas, palabras que no te llamen.

Hace casi un año empecé a escribir en este cuarto donde me siento cómoda, y colgué en sus paredes posters con tu imagen. Me inspirabas y, rozando con las yemas el papel satinado, fantaseaba como una adolescente en compartir tiempo contigo. Lo hice, y la realidad superó todos mis espejismos.

Lo sé... ¿Qué mas podía desear ya? Cualquier cosa hubiera sido desmedida.

Sólo quiero decirte, mi niño, que todo este tiempo, aunque intenso, me ha sabido a poco. Que no olvido tus promesas, ni las mías. Que la banda sonora de un pretérito perfecto no sonará durante algún tiempo (no soy tan fuerte) , pero han sido unos días maravillosos los que he vivido contigo.

Guardaré el reloj, junto a sus horas, sobre un pañuelo aún húmedo. Rellenaré los espacios huecos con papeles impresos de bromas nuestras, de risas tontas, y “tequieros” sin término, y envolveré el petate con las imágenes que decoraban esta estancia. Ahora solo mía. Pero aunque el hombre tenga los pies de barro, no dejaré de adorar al héroe.

Hemos de repartir los gananciales. El más sórdido momento en toda relación que acaba: Tenemos una casa construida entre los dos. ¿Quieres la mitad de los ladrillos? ¿La demolemos juntos? El orgullo me pide que te la entregue entera, fingiendo que no me importa; pero me he propuesto amordazar, hoy, a mi parte mezquina, y te ruego que, sabiendo lo mucho que para mí significa, la incluyas a mi nombre en tu testamento cuando desees que te dé por muerto. Yo la visitaré de vez en cuando y tal vez, algún día, vuelva a ella y la alegre con una maceta. Dejaré abiertas las ventanas, por si tu espectro decide hacerse corpóreo y registrar los cajones o dejar una nota bajo mi almohada.

Aún me queda mucho por saber de mí, solo sé que me dueles. Pero no por qué, ni dónde.

(Del Blog: "Desnuda no es sin ropa")
martes, 19 de octubre de 2010 | By: Abril

Carta a un amor imposible...


Déjame decirte, déjame contarte…

Quiero que sepas lo que siento y he sentido hasta ahora, necesito que comprendas que nunca te olvidé, que fuiste la luz que ilumina el final del túnel…que no reniego de ti porque no te quiera, porque hayas pasado a ser un vago recuerdo que va tan rápido que casi ni pueda alguien asimilar, no, es por algo más duro, más cruel, es por una realidad, y no es un hasta nunca, es un hasta siempre…en mi mente, en mis pensamientos, en mi corazón…es algo que siempre tendremos tú y yo, es algo…indescriptible. Déjame que te explique que entre tú y yo hay una puerta, una que se abre y se cierra, pero permanece cerrada, y aunque tú a un lado y yo al otro queramos abrirla…nos es imposible, porque el destino…nadie lo controla. Y ahora que sabrás cómo me siento, déjame contarte qué es de mí ahora. Ahora no estoy sola, no, ni amo locamente a alguien, al menos no tanto como un día te amé a ti, o como te pueda seguir amando toda la eternidad. Sí, tengo a alguien, a alguien que me sirve de consuelo, que necesito, porque sin él nadie ocuparía el gran vacío que dejaste (y no te enfades, tú y yo sabemos que yo acabé con todo, pero porque me di cuenta de que esto era un amor imposible)…Tú y yo…Tú y yo estábamos hechos el uno para el otro, hasta ese maldito día en que algo me hizo ver la realidad, hasta que algo, cualquier cosa, me dijo…no sigas creyendo que corriendo llegarás…pues si el destino no lo quiere, en este pasadizo, no hay final.
Y ahora es cuando te doy las gracias, las gracias por haber sido un recuerdo inolvidable para mí, un amor, un todo, y un todo completo, sin faltas, sin secretos, sin sobras…Las gracias por haber sido una inspiración, por haber sido el ave que pasó en plena tormenta, cuando esta fotógrafa, sin sueldo alguno, ya se había rendido a sus ganas de morir. Gracias por haberme devuelto la alegría en ese tiempo que vivimos en nuestro mundo de fantasía, gracias por dármelo todo, porque ese todo era amor, y era lo que yo necesitaba. En fin…gracias por haber sido una inspiración para mi, por haberme hecho feliz…
Esperaré en silencio y sentada, tranquila, sin ansia alguna, como he acostumbrado a hacer…viviendo mi vida, sin girarme a mirar si la puerta se abre o se cierra, o si el final está muy lejos, me contentaré pensando que tú eres ese final de cuento, que no sé si queda mucho para tenerte de nuevo…que no sé si quiera si algún día volveremos a estar juntos y no parecerá una locura, o una ofensa a los cuerdos, por así decirlo. Pero esperaré sin prisa, porque si esto está escrito…sé que llegará, y sé que tú, llegarás con ello.
Atentamente, quien solo tú y yo sabemos, lo imposible, lo borroso…simplemente, un recuerdo.

(Anónimo)